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Boletín Nº 1 (Abril 2003) - Selección de artículos de "Guerra y Revolución"
19 04 2003
Article Index
La guerra y la Cuarta Internacional*
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10 de junio de 1934

 

La catastrófica crisis comercial, industrial, agraria y financiera, la ruptura de los lazos económicos inter­nacionales, la decadencia de las fuerzas productivas de la humanidad, la insostenible agudización de las contradicciones entre las clases y entre las naciones señalan el ocaso del capitalismo y confirman la carac­terización leninista de que la nuestra es una era de gue­rras y revoluciones.

La guerra de 1914 a 1918 fue el comienzo oficial de una nueva época. Hasta ahora sus acontecimientos políticos más importantes fueron la conquista del poder por el proletariado ruso en 1917 y el aplastamiento del proletariado alemán en 1933. Las terribles calamidades que sufrieron los pueblos en todas partes del mundo, e incluso los peligros más terribles todavía que nos ace­chan, son una consecuencia de que la revolución de 1917 no se haya expandido con éxito en la escena euro­pea y mundial.

Dentro de cada uno de los países, el callejón sin salida del capitalismo se expresa en el desempleo cró­nico, en la disminución del nivel de vida de los trabaja­dores, en la ruina del campesinado y la pequeña burguesía urbana, en la descomposición y decadencia del estado parlamentario, en la monstruosa demagogia "social" y "nacional" que emponzoña al pueblo frente a la liquidación de las reformas sociales, en el margina­miento y sustitución de hecho de los viejos partidos go­bernantes por un simple aparato militar-policial (el bonapartismo de la decadencia capitalista), en el avan­ce del fascismo, que conquista el poder y aplasta a todas y cada una de las organizaciones proletarias.

En el terreno mundial, este mismo proceso liquida los últimos restos de estabilidad en las relaciones in­ternacionales y lleva hasta sus límites máximos todo conflicto entre los estados, dejando al descubierto la futilidad de los intentos pacifistas, dando lugar al incre­mento de los armamentos en una escala nunca alcanzada hasta ahora; todo esto conduce a una nueva guerra imperialista. El fascismo es su artífice y organizador más consecuente.

Por otra parte, la evidencia del carácter totalmente reaccionario, putrefacto y bandidesco del capitalismo moderno, la destrucción de la democracia, del refor­mismo y del pacifismo, la perentoria y candente nece­sidad que tiene el proletariado de encontrar una salida al desastre inminente, ponen con renovada fuerza a la orden del día la revolución internacional. Sólo el derro­camiento de la burguesía por el proletariado insurrecto puede salvar a la humanidad de una nueva y devastadora matanza de los pueblos.

 

Los preparativos para una nueva guerra

1. Las razones que provocaron la última guerra imperialista, inherentes al capitalismo moderno, alcanzaron ahora una tensión infinitamente mayor que a me­diados de 1914. El único factor que frena al imperialis­mo es el temor a las consecuencias de una nueva gue­rra. Pero la eficacia de este freno es limitada. El peso de las contradicciones internas empuja a un país tras otro por la vía del fascismo, el que a su vez no podrá mantenerse en el poder sin preparar explosiones inter­nacionales. Todos los gobiernos temen la guerra, pero ninguno tiene libertad para elegir. Sin una revolución proletaria es inevitable una nueva guerra mundial.

2. Europa, escenario reciente de la mayor de las guerras, marcha hacia su decadencia, con avances y retrocesos. La Liga de las Naciones, que según su pro­grama oficial iba a ser "el organizador de la paz" pero que en realidad pretendía perpetuar el sistema de Versalles para neutralizar la hegemonía de Estados Unidos y constituirse en un baluarte contra el Oriente Rojo, no pudo soportar el impacto de las contradicciones im­perialistas. Sólo los social-patriotas más cínicos (Hen­derson, Vandervelde, Jouhaux y otros) intentan todavía relacionar con la Liga las perspectivas del desarme y del pacifismo. En realidad, la Liga de las Naciones pasó a ser una ficha secundaria en el tablero de ajedrez de las combinaciones imperialistas. La tarea principal de la diplomacia, que ahora se realiza con el respaldo de Ginebra, consiste en buscar aliados militares, es decir, en preparar febrilmente la nueva carnicería. A la vez crece constantemente la fabricación de armamentos, a la que la Alemania fascista le dio un nuevo y gigantesco impulso.

3. El desastre de la Liga de las Naciones está indi­solublemente ligado con el comienzo del colapso de la hegemonía francesa en el continente europeo. Como era de esperar, la potencia demográfica y económica de Francia demostró ser una base demasiado estrecha para el sistema de Versalles. El imperialismo francés, armado hasta los dientes, pese a su carácter aparentemente "defensivo", dado que se ve obligado a defen­der con acuerdos legales los frutos de sus saqueos y expoliaciones, sigue siendo esencialmente uno de los factores más importantes de una nueva guerra.

Impulsado por sus insostenibles contradicciones y por las consecuencias de la derrota, el capitalismo alemán se vio obligado a sacarse el chaleco de fuerza del pacifismo democrático y ahora sale a la palestra como la principal amenaza al sistema de Versalles. Los acuerdos entre los estados del continente europeo todavía se orientan, en lo fundamental, según el crite­rio de vencedores y vencidos. Italia juega el papel de un intermediario traidor, dispuesto, en el momento decisivo, a vender su amistad al más fuerte, como lo hizo durante la última guerra. Inglaterra intenta mantener su "independencia" -una mera sombra de su antiguo "espléndido aislamiento"- con la esperanza de aprovechar los antagonismos europeos, las contradicciones entre Europa y Norteamérica, los conflictos inminentes en el Lejano Oriente. Pero la Inglaterra do­minante no logra concretar sus proyectos. Aterrorizada por la desintegración de su imperio, por el movimiento revolucionario de la India, por la inestabilidad de sus posiciones en China, la burguesía británica oculta tras la repugnante hipocresía de MacDonald y Henderson su ávida y cobarde política de esperar y maniobrar, que a su vez constituye una de las razones principales de la inestabilidad general de hoy y de las catástrofes de mañana.

4. El período de la guerra y la posguerra provocó grandes cambios en la situación interna e internacional de Estados Unidos. La gigantesca superioridad econó­mica de Estados Unidos sobre Europa y por lo tanto sobre el mundo entero permitió a la burguesía nor­teamericana aparecer en la primera etapa de la posgue­rra como un desinteresado "conciliador", defensor de la "libertad de los mares" y de las "puertas abier­tas". Pero la crisis industrial y comercial reveló con fuerza terrible la ruptura del viejo equilibrio económi­co, al que le bastaba apoyarse en el mercado interno. Esta vía esta totalmente agotada.

Por supuesto, la superioridad económica de Estados Unidos no desapareció; por el contrario, aumentó potencialmente debido a la ulterior desintegración de Europa. Pero las formas en que se manifestaba anti­guamente esta superioridad (técnica industrial, balanza comercial, estabilidad del dólar, deudas europeas) perdieron actualidad; la técnica industrial ya no se uti­liza, la balanza comercial es desfavorable, el dólar está en decadencia, las deudas no se pagan. La superioridad de Estados Unidos tiene que expresarse en formas nuevas, a las que sólo una guerra les puede allanar el camino.

En China unas cuantas divisiones japonesas demos­traron la inoperancia de la consigna de "puertas abier­tas". Washington aplica en el lejano Oriente la política de provocar en el momento más propicio un choque entre la URSS y Japón para que ambos se debiliten y poder así trazar sus planes estratégicos en base al estallido de la guerra. Mientras continúan por inercia la discusión sobre la liberación de las Filipinas, los impe­rialistas norteamericanos se disponen en realidad a establecer una base territorial en China y a plantear en la próxima etapa, en el caso de un conflicto con Gran Bretaña, la cuestión de la "liberación" de la India. El capitalismo norteamericano se enfrenta con los mis­mos problemas que en 1914 empujaron a Alemania por el camino de la guerra. ¿Ya esta repartido el mun­do? Hay que volver a repartirlo. Para Alemania se trataba de "organizar Europa". Estados Unidos tiene que "organizar" el mundo. La historia está enfrentando a la humanidad con la erupción volcánica del impe­rialismo norteamericano.

5. Al tardío capitalismo japonés, que se alimenta del atraso, la pobreza y la barbarie, sus insoportables úlceras y abscesos internos lo arrastran a un incesante saqueo piratesco. La falta de una base industrial propia y la extrema precariedad de todo su sistema social hacen del capitalismo japonés el más agresivo y desen­frenado de todos. Sin embargo, el futuro demostrará que esta ávida agresividad esconde una fuerza real muy limitada. Japón puede ser el primero en dar la señal de partida para la guerra, pero en ese país semifeudal, acosado por todas las contradicciones que desgarraron a la Rusia zarista, puede sonar antes que en cualquier otro lado el clarín que llame a la revolución.

6. Sin embargo, sería muy aventurado predecir con toda precisión dónde y cuándo se disparará el primer tiro. Por influencia del acuerdo soviético-norteame­ricano, así como de sus dificultades internas, Japón puede replegarse provisoriamente. Pero las mismas circunstancias pueden obligar también a la camarilla militar japonesa a asestar el golpe mientras todavía está a tiempo. ¿Se decidirá el gobierno francés a lanzar una guerra "preventiva", y ésta no se convertirá, con la ayuda de Italia, en una guerra generalizada? O, por el contrario, mientras espera y maniobra, y bajo la presión de Inglaterra, ¿no se decidirá Francia por el acuerdo con Hitler, allanándole así el camino para atacar en el Este?

¿No será una vez más la Península Balcánica el instigador de la guerra? ¿O serán los países danubianos los que tomen esta vez la iniciativa? La multiplicidad de los factores y el entrelazamiento de las fuerzas en conflicto excluyen la posibilidad de un pronóstico con­creto. Pero la tendencia general del proceso es absolu­tamente clara: el período de posguerra se transformó simplemente en un intervalo entre dos guerras, inter­valo que ya llega a su fin. El capitalismo planificado, corporativo o de estado, que va de la mano con el estado autoritario, bonapartista o fascista, sigue siendo una utopía y una mentira, ya que oficialmente se plantea el objetivo de lograr una economía nacional armoniosa sobre la base de la propiedad privada. Pero constituye una realidad amenazante en la medida en que concentra todas las fuerzas económicas de la nación en la preparación de una nueva guerra. Esta tarea se realiza ahora a todo vapor. Otra gran guerra golpea a nuestras puertas. Será más cruel y destructiva que la anterior. Este solo hecho determina que la actitud hacia la próxima guerra sea el problema básico de la política proletaria.

 

La URSS y la guerra imperialista

7. Tomado a escala histórica, el antagonismo entre el imperialismo mundial y la Unión Soviética es infi­nitamente más profundo que los que oponen entre sí a los distintos países capitalistas. Pero la intensidad de la contradicción de clase entre el estado obrero y los estados capitalistas varía de acuerdo a la evolución del estado obrero y a los cambios en la situación mundial. El monstruoso desarrollo del burocratismo soviético y las difíciles condiciones de vida de las masas trabajadoras redujeron drásticamente la fuerza de atracción del estado obrero sobre el proletariado de todo el mundo. A su vez, las graves derrotas de la Comintern y la política exterior nacional-pacifista del gobierno soviético no podían menos que aminorar las apren­siones de la burguesía mundial. Finalmente, la nueva agudización de las contradicciones internas del mundo capitalista obliga a los gobiernos de Europa y Norteamérica a aproximarse a la URSS en esta etapa. No lo hacen desde la perspectiva del problema fundamental, capitalismo o socialismo, sino teniendo en cuenta el rol coyuntural que puede jugar el estado soviético en la lucha entre las potencias imperialistas. Los pactos de no agresión, el reconocimiento de la URSS por el gobierno de Washington, etcétera, son manifestaciones de esta situación internacional. Los persistentes esfuerzos de Hitler por legalizar el rearme alemán señalando el "peligro oriental" todavía no encuentran respuesta, en especial de parte de Francia y sus saté­lites, precisamente porque, pese a la terrible crisis, se debilitó el peligro del comunismo. Por lo tanto, al menos en gran medida, hay que atribuir los éxitos diplomáticos de la Unión Soviética al debilitamiento de la revolución mundial.

8. Sin embargo, sería un error fatal considerar totalmente excluida la posibilidad de una intervención armada contra la Unión Soviética. Si bien perdieron aspereza las relaciones coyunturales, las contradic­ciones entre los sistemas sociales conservan toda su fuerza. La constante decadencia del capitalismo llevará a los gobiernos burgueses a tomar decisiones radicales. Cualquier gran guerra, más allá de cuáles sean sus motivos iniciales, planteará abiertamente el problema de la intervención militar contra la URSS como medio de inyectar sangre fresca en las escleróti­cas venas del capitalismo.

La indudable degeneración burocrática del estado soviético, que se sigue profundizando, así como el carácter nacional-conservador de su política exterior, no cambian el carácter social de la Unión Soviética, que sigue siendo el primer estado obrero. Todo tipo de teoría democrática, idealista, ultraizquierdista y anar­quista que ignore que las relaciones de propiedad soviéticas son socialistas por su tendencia, y disi­mule la contradicción de clase entre el estado burgués y la URSS o la niegue, llevará inevitablemente, sobre todo si se declara la guerra, a conclusiones políticas contrarrevolucionarias.

Defender a la Unión Soviética de los ataques de los enemigos capitalistas, más allá de las circunstancias y causas inmediatas del conflicto, es obligación ele­mental de toda organización obrera honesta.

 

"La defensa nacional"

9. El estado nacional creado por el capitalismo en su lucha contra el localismo de la Edad Media pasó a ser el clásico terreno de lucha del capitalismo. Pero ni bien se conformó se transformó en un freno del desarro­llo económico y cultural. La contradicción entre las fuerzas productivas y los límites del estado nacional, junto con la contradicción principal -entre las fuerzas productivas y la propiedad privada de los medios de producción- dieron carácter mundial a la crisis del capitalismo como sistema social.

10. Si se pudieran borrar de un golpe las fronteras nacionales, las fuerzas productivas, incluso bajo el capitalismo, podrían seguir desarrollándose durante un tiempo -aunque es cierto que al precio de grandes sacrificios-. Como lo demuestra la experiencia de la URSS, aboliendo la propiedad privada de los medios de producción las fuerzas productivas pueden llegar a un nivel de desarrollo todavía mayor, incluso dentro de los límites de un solo estado. Pero sólo la abolición de la propiedad privada y de las barreras estatales entre las naciones puede crear las condiciones para un nuevo sistema económico: la sociedad socialista.

11. La defensa del estado nacional, sobre todo en la que fue su cuna -la balcanizada Europa-, es desde todo punto de vista un objetivo reaccionario. El estado nacional, con sus fronteras, pasaportes, sistema mone­tario, mercancías y ejército para proteger sus mercancías, se transformó en un tremendo impedimento para el desarrollo cultural y económico de la humanidad. El objetivo del proletariado no es la defensa del estado nacional sino su liquidación total y absoluta.

12. Si el estado nacional actual fuera un factor progresivo habría que defenderlo sin tener en cuenta su forma política ni, por supuesto, quién "empezó" la guerra. Es absurdo confundir el problema de la función histórica del estado nacional con el de "la culpa" de determinado gobierno. ¿Es posible rehusarse a salvar una casa que se puede utilizar como vivienda porque el incendio comenzó por descuido o mala intención de su propietario? Pero en este caso la casa no sirve para vivir sino para morir en ella. Para que los pueblos puedan vivir hay que eliminar de raíz la estructura del estado nacional.

13. El "socialista" que predica la defensa del estado nacional es un reaccionario pequeñoburgués al servicio del capitalismo decadente. Sólo el partido que ya en época de paz luchó irreconciliablemente contra el estado nacional puede no atarse a éste durante la guerra, puede seguir el mapa de la lucha de clases y no el de las batallas bélicas. La vanguardia proletaria únicamente se volverá invulnerable a toda suerte de patriotismo nacional si comprende plenamente el rol objetivamente reaccionario del estado imperialista. Esto significa que sólo se puede romper con la ideología y la política de la "defensa nacional" desde la perspectiva de la revolución proletaria internacional.

 

La cuestión nacional y la guerra imperialista

14. A la clase obrera no le es indiferente su nación. Por el contrario; justamente porque la historia coloca el destino de la nación en sus manos, la clase obrera se niega a confiarle la conquista de la libertad y la inde­pendencia nacional al imperialismo, que "salva" a la nación para someterla mañana a nuevos peligros mortales en función de los intereses de una insignifi­cante minoría de explotadores.

15. Aunque utilizó a la nación para desarrollarse, en ningún lado, en ningún rincón del mundo, el capita­lismo resolvió plenamente el problema nacional. Las fronteras de la Europa de Versalles se grabaron sobre el organismo vivo de las naciones. La idea de volver a dividir la Europa capitalista para que las fronteras estatales se correspondan con las nacionales es la mayor de las utopías. Ningún gobierno cederá pacífi­camente una sola pulgada de terreno. Una nueva guerra redividiría a Europa según el mapa establecido por la guerra, no según las fronteras nacionales. El objetivo de la total autodeterminación nacional y la colaboración pacífica entre todos los pueblos de Europa sólo se puede lograr en base a la unificación económica del continente, una vez eliminado el dominio burgués. La consigna de los estados unidos de Europa no hace solamente a la salvación de los pueblos balcánicos y danubianos sino también a la de los pueblos de Alema­nia y Francia.

16. Un problema especial y muy importante es el de los países coloniales y semicoloniales de Oriente, que ya están luchando por su estado nacional inde­pendiente. Su lucha es doblemente progresiva: al hacer romper a los pueblos atrasados con el asiatismo, el localismo y la dominación extranjera asestan pode­rosos golpes a los estados imperialistas. Pero desde ya hay que plantearse claramente que las tardías revolu­ciones de Asia y África son incapaces de abrir una nueva era de renacimiento del estado nacional. La liberación de las colonias no será mas que un gigantes­co episodio de la revolución socialista mundial, así como el tardío golpe democrático de Rusia no fue más que la introducción a la revolución socialista.

17. En Sud América, donde el capitalismo retrasado y ya en decadencia se apoya en condiciones de vida semifeudales, es decir semiserviles, los antagonismos mundiales provocan una dura lucha entre las camarillas compradoras, continuos choques y prolongados conflictos armados entre los estados. La burguesía americana, que durante su ascenso histórico pudo uni­ficar en una sola federación la mitad norte del conti­nente, ahora utiliza toda la fuerza que logró gracias a esa unificación para desunir, debilitar y esclavizar a la mitad sur. Sud y Centroamérica sólo podrán liquidar el atraso y la esclavitud uniendo sus estados en una única y poderosa federación. Pero no será la atrasada burguesía sudamericana, agencia totalmente venal del imperialismo extranjero, quien cumplirá esta tarea, sino el joven proletariado sudamericano, llamado a dirigir a las masas oprimidas. Por lo tanto, la consigna que debe guiar la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta domina­ción de las camarillas compradoras nativas es Por los estados unidos soviéticos de Sud y Centroamérica.

En todos lados el problema nacional se mezcla con el social. Sólo la conquista del poder por el proletariado mundial garantizará la paz real y duradera para todas las naciones del planeta.

 


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