Problemas
del desarrollo de la URSS[1]
Proyecto
de tesis de la Oposición de Izquierda Internacional sobre la cuestión rusa
4 de abril
de 1931
1.
Las contradicciones económicas en el período de transición
El
carácter de clase de la Unión Soviética
Los procesos contradictorios de la
economía y la política de la URSS se desarrollan sobre la base de la dictadura
del proletariado. El carácter de un régimen social está determinado, sobre
todo, por las relaciones de propiedad. La nacionalización de la tierra, de los
medios de producción industrial y de intercambio, con el monopolio del comercio
exterior en manos del estado, constituyen los fundamentos del orden social de
la URSS. Sólo por medio de un golpe contrarrevolucionario las clases
expropiadas por la Revolución de Octubre, así como la burguesía y el sector
burgués de la burocracia que se formó recientemente, podrían restablecer la
propiedad privada de la tierra, los bancos, las fábricas, los molinos, los
ferrocarriles, etcétera. Para nosotros, estas relaciones de propiedad, sobre
las que se asientan las relaciones de clase, determinan el carácter de estado
proletario de la Unión Soviética.
La defensa
de la URSS contra la intervención extranjera y el ataque de los enemigos
internos – desde los monárquicos y ex terratenientes hasta los “demócratas”,
los mencheviques y los social-revolucionarios– es el deber elemental e
indiscutible de todo obrero revolucionario, y más aun de los bolcheviques
leninistas. La ambigüedad y las reservas sobre este problema, que reflejan
esencialmente las oscilaciones del ultraizquierdismo pequeñoburgués entre el
imperialismo y la revolución proletaria, son incompatibles con la adhesión a la
Oposición de Izquierda Internacional.
La
importancia histórica mundial del acelerado ritmo de desarrollo económico
Lo que
permitió los logros actuales de la economía soviética, realmente gigantescos,
fue el cambio revolucionario en las relaciones de propiedad, que estableció las
condiciones necesarias para la eliminación planificada de la anarquía del
mercado. El capitalismo nunca alcanzó, es incapaz de hacerlo, el avance
económico que se da en este momento en el territorio de la Unión Soviética. La
aceleración sin precedentes del ritmo de industrialización, que se logró a
pesar de las expectativas y los
planes de la dirección de los epígonos, demostró de una vez para siempre el
poder del método económico socialista. La lucha abierta de los imperialistas
contra lo que llaman el “dumping”
soviético implica un reconocimiento involuntario, y por eso más genuino
todavía, de la superioridad de la forma soviética de producción. En el terreno
de la agricultura, en el que hunden sus raíces más profundas el atraso, el
aislamiento y la barbarie, también reveló una poderosa fuerza creadora. Por pronunciados
que sean los estancamientos y retrocesos futuros, los actuales ritmos de
colectivización, que sólo la nacionalización de la tierra, el crédito y la
industria dirigida por los trabajadores hicieron posibles, significan una nueva
época en el desarrollo de la humanidad, el comienzo de la liquidación del
“idiotismo de la vida rural”.
Aun en el
peor de los casos históricamente concebibles, si el bloqueo, la intervención o
la guerra civil interna derrocaran la dictadura proletaria, la gran lección de
la construcción socialista conservaría toda su fuerza para el desarrollo futuro
de la humanidad. La Revolución de Octubre coyunturalmente liquidada se vería
plenamente justificada desde el punto de vista económico y cultural, y en
consecuencia resurgiría. No obstante, la tarea más importante de la vanguardia
proletaria es cerrarle las puertas a esta variante histórica, la peor de todas,
defendiendo y fortaleciendo la Revolución de Octubre y transformándola en un
prólogo de la revolución mundial.
Las
contradicciones básicas del período de transición
Es
absolutamente falsa la doctrina oficial del optimismo fatalista que hoy
predomina, según la cual el avance continuo y acelerado de la industrialización
y la colectivización está garantizado de antemano y conduce automáticamente a
la construcción del socialismo en un solo país. La economía socialista avanzada
será armónica, internamente proporcionada, y en consecuencia estará libre de
crisis; por el contrario, la economía transicional del capitalismo al socialismo
es una encrucijada de contradicciones, entre las que predominan las más
profundas y agudas. La Unión Soviética no llegó al socialismo, como predica la
fracción stalinista dominante, sino sólo a la primera etapa del camino que
lleva al socialismo.
Como culminación
de las dificultades económicas, de las crisis sucesivas, de la extrema tensión
de todo el sistema soviético y de sus
convulsiones políticas, hay una cantidad de contradicciones de origen histórico
diverso que se relacionan de distintas maneras. Señalemos las más importantes:
a) la herencia de las contradicciones capitalistas y precapitalistas de la
antigua Rusia zarista-burguesa, fundamentalmente la contradicción entre la
ciudad y el campo; b) la contradicción entre el atraso económico-cultural general
de Rusia y las tareas de transformación socialista que este atraso
dialécticamente plantea; c) la contradicción entre el estado obrero y su
entorno capitalista, particularmente entre el monopolio del comercio exterior y
el mercado mundial.
Estas contradicciones
no son de carácter episódico; por el contrario, el peso de las más importantes
aumentará en el futuro.
La
industrialización
El
cumplimiento del plan quinquenal significaría un enorme paso adelante respecto
de la herencia miserable que el proletariado arrancó a los explotadores. Pero
aun después de conquistar su primer triunfo en la planificación, la Unión
Soviética no habrá superado la primera etapa del período de transición. El
socialismo como sistema que no produce para el mercado sino para la
satisfacción de las necesidades humanas sólo es concebible sobre la base de
fuerzas productivas muy desarrolladas. Sin embargo, de acuerdo al promedio de
bienes existentes per cápita, al final del plan quinquenal la URSS seguirá
siendo todavía uno de los países más atrasados. Para alcanzar realmente a los
países capitalistas más avanzados, será necesaria una buena cantidad de planes
quinquenales. Mientras tanto, las conquistas industriales de los últimos años
no garantizan por sí mismas un avance ininterrumpido en el futuro. Justamente,
la velocidad del desarrollo industrial acumula desproporciones, en parte
heredadas del pasado, en parte originadas en las complicaciones de los nuevos
objetivos, en parte creadas por los errores metodológicos de la dirección
combinados con el sabotaje directo. La sustitución de la dirección económica
por el aguijón administrativo, la carencia de todo control colectivo serio,
conducen inevitablemente a la inclusión de los errores en los fundamentos de la
economía y a preparar nuevos “puntos de tensión” en el proceso económico. Las
desproporciones que se ocultan vuelven a aparecer inevitablemente en la etapa
siguiente, en la desarmonía entre los medios de producción y las materias
primas, entre el transporte y la industria, entre la cantidad y la calidad y,
finalmente, en la desorganización del sistema monetario. Los peligros que
encierran estas crisis se acrecientan en la medida en que la actual dirección
del estado es incapaz de preverlos a tiempo.
La
colectivización
La
colectivización “total”, aun si realmente se la concretara en los próximos dos
o tres años, no significaría, en lo más mínimo, la liquidación de los kulakis como clase. Al no existir una
base técnica y cultural, las cooperativas de productores, son incapaces de
detener el proceso de diferenciación entre los pequeños productores de
mercancías y el surgimiento de elementos capitalistas en este medio. La
liquidación real del kulak exige una
revolución completa de la técnica agrícola y la transformación del campesino
junto al proletariado industrial, en trabajador de la economía socialista y
miembro de la sociedad sin clases. Pero ésta es una perspectiva para varias
décadas. Con el predominio de la posesión individual de las herramientas y del interés personal o de grupo de
sus propietarios, se renovará y fortalecerá la diferenciación en el
campesinado, precisamente en el caso de que la colectivización alcance un éxito
relativo, en el aumento general de la producción agrícola. Además debemos tener
en cuenta que la colectivización y los nuevos elementos técnicos aumentarán
considerablemente la productividad del trabajo agrícola, ya que de lo contrario
la colectivización no se justificaría económicamente y desaparecería; esto
llevará inmediatamente a la aldea, que ya ahora está superpoblada, a diez,
veinte o más millones de trabajadores excedentes a los que la industria no
podría absorber ni con los planes más optimistas. Paralela al aumento de la
población excedente, semiproletaria, semipauperizada, que no encontraría lugar
en las granjas colectivas, se daría un incremento de granjas colectivas ricas y
de campesinos ricos dentro de las granjas colectivas pobres y medias. Con una
dirección poco previsora, que declara a priori que las granjas colectivas son
empresas socialistas, los elementos campesinos capitalistas pueden hacer de la
colectivización su mejor cobertura y volverse muy peligrosos para la dictadura
proletaria.
En
consecuencia, los éxitos económicos del actual período de transición no
liquidan las contradicciones básicas; por el contrario, preparan su
reproducción profundizada sobre fundamentos históricos nuevos y superiores.
La
URSS y la economía mundial
A pesar de
su atraso, la Rusia capitalista ya formaba parte inseparable de la economía
mundial. La república soviética heredó del pasado, además de su estructura
geográfica, demográfica y económica,
esta dependencia de la parte respecto al todo. La teoría de un socialismo
nacional autosuficiente, formulada entre 1924 y 1927, reflejó la primera etapa,
muy elemental, del resurgimiento económico de la posguerra, cuando todavía no
se habían hecho sentir las exigencias mundiales. La tensa lucha que se libra
actualmente por la expansión de las exportaciones soviéticas refuta
enérgicamente las ilusiones del socialismo nacional. Las cifras del comercio
exterior cada vez se imponen más en los planes y los ritmos de la construcción socialista. Pero el comercio
exterior debe continuar, y el
problema de la relación entre la economía transicional soviética y el mercado
mundial apenas comienza a revelar su importancia decisiva.
Académicamente
se puede concebir la construcción de una economía cerrada e internamente
equilibrada dentro de las fronteras de la URSS, pero el largo camino histórico
hacia este ideal “nacional” estaría preñado de gigantescos cambios económicos,
convulsiones sociales y crisis. La sola duplicación de la cosecha actual, es
decir, su aproximación a la europea, enfrentaría a la Unión Soviética con la
enorme tarea de realizar un excedente agrícola de decenas de millones de
toneladas. La solución a este problema, como al no menos agudo de la creciente
superpoblación rural, sólo podría lograrse mediante la redistribución radical
de millones de personas en las distintas ramas de la economía y con la liquidación total de las
contradicciones entre la ciudad y la aldea. Pero este objetivo - básico para el
socialismo- exigirá a su vez utilizar los recursos del mercado mundial en una
medida hasta ahora desconocida.
En última
instancia, todas las contradicciones del desarrollo de la URSS conducen de este
modo a la contradicción entre el estado obrero aislado y su entorno
capitalista. La imposibilidad de construir una economía socialista
autosuficiente en un solo país hace resurgir en cada nueva etapa las contradicciones
básicas de la construcción socialista con mayor amplitud y profundidad. En este
sentido, la dictadura del proletariado sería destruida en la URSS si el régimen
capitalista que impera en el resto del mundo demuestra ser capaz de mantenerse
durante otra larga etapa histórica. Sin embargo, sólo los que creen en la
firmeza del capitalismo o en su longevidad pueden considerar que esa
perspectiva es inevitable, o incluso que es la más probable. La Oposición de
Izquierda no tiene nada que ver con ese optimismo capitalista. Pero tampoco
puede estar de acuerdo con la teoría del socialismo nacional, que es una
expresión de la capitulación ante el optimismo capitalista.
La
crisis mundial y la “colaboración” económica entre los países capitalistas y la
URSS
El problema
del comercio exterior, que actualmente reviste una gravedad excepcional, tomó
por sorpresa a los organismos dirigentes de la URSS, lo que lo convirtió en un
elemento perturbador de los planes económicos. Frente a este problema, la
dirección de la Comintern también demostró su bancarrota. El desempleo mundial
determinó que el desarrollo de las relaciones económicas entre los países
capitalistas y la URSS pasara a ser un problema vital para las amplias masas
obreras. Al gobierno soviético y a la Comintern se les presentó una oportunidad
extraordinaria para atraer a los trabajadores socialdemócratas y sin partido
apoyándose en un problema vital y candente, y familiarizarlos así con el plan
quinquenal soviético y con las ventajas de los métodos económicos socialistas.
La vanguardia comunista pudo haber librado una lucha mucho más efectiva contra
el bloqueo y la intervención con la consigna de colaboración económica, armada
con un programa concreto, que con la repetición constante de las condenas inútiles.
Se pudo haber elevado a niveles sin precedentes la perspectiva de una economía
europea y mundial planificada, y de esta manera haberle dado nueva vida a la
consigna de la revolución mundial. La Comintern no hizo casi nada en este
sentido.
Cuando la
prensa burguesa mundial, incluida la socialdemócrata, se movilizó súbitamente
en una campaña contra el supuesto dumping
soviético, los partidos comunistas perdieron el tiempo decidiendo qué hacer. En
el momento en que el gobierno soviético, a los ojos de todo el mundo, busca
mercados y créditos en el exterior, la burocracia de la Comintern declara que
la consigna de colaboración económica con la URSS es “contrarrevolucionaria”.
Esas estupideces vergonzosas, que parecen creadas especialmente para confundir
a la clase obrera, son consecuencia directa de la ruin teoría del socialismo en
un solo país.
2.
El partido en el régimen de la dictadura
La
relación dialéctica entre la economía y la política
Las
contradicciones económicas de la
economía transicional no se desarrollan en el vacío. Las contradicciones políticas del régimen de la dictadura,
aunque en última instancia surgen de las económicas, tienen una significación
independiente y también más directa para la suerte de la dictadura que la
crisis económica.
La posición
oficial actual, según la cual el avance de la industria nacionalizada y de la
colectivización refuerza automática e ininterrumpidamente el régimen de la
dictadura proletaria, es producto del materialismo “economicista” vulgar, no
del materialismo dialéctico. En realidad, la relación entre el fundamento
económico y la superestructura
revolucionaria es mucho más compleja y
contradictoria, especialmente en una época revolucionaria. La dictadura del
proletariado, que surgió de las relaciones sociales burguesas, reveló su poder
en el período previo a la nacionalización de la industria y la colectivización
de la agricultura. Posteriormente, la dictadura atravesó etapas de
fortalecimiento y debilidad, según el
curso de la lucha de clases interna y mundial. A menudo el precio de las
conquistas económicas fue el debilitamiento político del régimen. Precisamente
esta relación dialéctica entre la economía y la política fue el origen directo
de los pronunciados cambios de la política económica del gobierno, empezando
con la Nueva Política Económica y terminando con los zigzags recientes en la
colectivización.
El
partido como arma y como medida del éxito
Como todas
las instituciones políticas, el partido es en última instancia un producto de
las relaciones productivas de la sociedad; pero no registra mecánicamente los
cambios que se producen en estas relaciones. Como síntesis de la experiencia
histórica del proletariado, y en
cierto sentido de toda la humanidad, el partido se eleva sobre los cambios
coyunturales y episódicos de las condiciones sociales y políticas, que no hacen
más que brindarle la necesaria capacidad de previsión, iniciativa y
resistencia.
En Rusia se
logró la dictadura y ésta pudo resistir en los momentos más críticos porque
tuvo en el Partido Bolchevique un centro consciente y resuelto; esto es
absolutamente indiscutible. La incoherencia y, en última instancia, el carácter
reaccionario de todo tipo de anarquistas y anarco-sindicalistas consiste,
precisamente, en que no entienden la importancia decisiva del partido
revolucionario, especialmente en la etapa superior de la lucha de clases, en la
época de la dictadura proletaria. Sin duda, las contradicciones sociales pueden
volverse tan agudas que ningún partido encuentre una salida. Pero no es menos
cierto que el debilitamiento del partido o su degeneración pueden convertir una
crisis económica eludible en la causa de la caída de la dictadura.
Dentro del
partido dirigente se reflejan las crisis económicas y políticas del régimen
soviético. En cada crisis sucesiva la gravedad del peligro depende directamente
de la situación del partido. Por importante que sea en sí mismo el nivel de
industrialización y colectivización, pasa a segundo plano ante este problema:
¿conservó el partido su claridad marxista, su solidez ideológica, su capacidad
para llegar colectivamente a adoptar una posición y luchar abnegadamente por
ella? Desde este punto de vista, la situación del partido es el mejor
termómetro de la situación de la dictadura proletaria, la medida sintética de
su estabilidad. Si, en función de alcanzar tal o cual objetivo práctico, se
introduce en el partido una actitud teórica falsa; si se aleja por la fuerza a
la base partidaria de la dirección política; si la vanguardia se disuelve en la
masa amorfa; si se mantiene la obediencia de los cuadros partidarios por medio
del aparato de represión estatal, quiere decir que, a pesar de los éxitos
económicos, el balance general de la dictadura es deficitario.
Sustitución
del partido por el aparato
Sólo los
ciegos, los mercenarios o los engañados pueden negar que al partido gobernante
en la URSS, al partido dirigente de la Comintern, se lo aplastó totalmente y se
lo remplazó por el aparato. La gigantesca diferencia entre el burocratismo de
1923 y el de 1931 está dada por la liquidación total de la dependencia del
aparato respecto al partido, que tuvo lugar en ese lapso, así como por la
degeneración plebiscitaria del propio aparato.
Ni huellas
quedan de la democracia partidaria. Los secretarios seleccionan y reorganizan
autocráticamente las organizaciones locales. Se reclutan nuevos afiliados al
partido siguiendo las órdenes que emanan del centro directivo, con métodos
compulsivos. El Comité Central, que se convirtió, oficial y abiertamente, en un
organismo consultivo del secretario general, designa los secretarios locales.
Se posponen arbitrariamente los congresos
y los delegados se eligen desde arriba, de acuerdo a sus demostraciones de
solidaridad con el líder insustituible. Se elimina hasta la menor pretensión de
control de la cúpula por la base. A los militantes del partido se los educa
sistemáticamente en un espíritu de subordinación pasiva. Se aplasta, persigue y
pisotea cualquier chispa de independencia, de confianza en sí mismo, de
firmeza, de los rasgos que conforman la naturaleza de un revolucionario.
Indudablemente,
quedan en el aparato muchos revolucionarios honestos y abnegados. Pero la
historia de la etapa posleninista -una sucesión de falsificaciones del marxismo
cada vez mayores, de intrigas sin principios, de burlas cínicas al partido-
hubiera sido imposible sin el creciente predominio en el aparato de
funcionarios serviles que no se detienen ante nada.
Bajo la
máscara del monolitismo espurio, un doble juego impregna toda la vida del
partido. Se aceptan por unanimidad las resoluciones oficiales. Al mismo tiempo,
todos los sectores del partido están corroídos por contradicciones
irreconciliables que buscan una salida. Los Bessedovskis orientan la purga del
partido contra la Oposición de Izquierda en vísperas de su deserción al bando
enemigo. Se fusila a los Blumkins y se los remplza por los Agabekovs. Sirtsov
es designado presidente de los comisarios del pueblo de la Unión Soviética en
lugar del “semitraidor” Rikov, y poco después se lo acusa de hacer trabajo
clandestino contra el partido. A Riazanov, jefe de la institución científica
más importan del partido se lo acusa, después de celebrar solemnemente su
cumpleaños, de haber participado en un complot contrarrevolucionario.
Librándose del control partidario, la burocracia se priva de la posibilidad de
controlar al partido, salvo a través de la GPU, donde los Menshinskis y los
Iagodas designan a los Agabekovs.
Una caldera
a vapor, aunque se la maneje mal, puede rendir muchos servicios durante largo
tiempo. En cambio, el manómetro es un instrumento muy delicado al que cualquier
impacto arruina rápidamente. Con un manómetro inservible la mejor caldera puede
explotar. Aun si el partido fuera un instrumento de orientación, como el
manómetro o la brújula de un barco, su mal funcionamiento acarrearía grandes
dificultades.
Pero, más
que eso, el partido es la parte más importante del mecanismo gubernamental. La
caldera soviética puesta en marcha por la Revolución de Octubre es capaz de
realizar un trabajo gigantesco aun con malos mecánicos. Pero el mal
funcionamiento del manómetro plantea constantemente el peligro de que explote
toda la máquina.
¿Disolución
del partido en la clase?
Los
apologistas y abogados de la burocracia stalinista pretenden a veces presentar
la liquidación burocrática del partido como un proceso progresivo de disolución
del partido en la clase, que se explica por los éxitos logrados en la
transformación socialista de la sociedad. En estos estertores teóricos, la
ignorancia compite con la charlatanería. Sólo se podría hablar de disolución
del partido en la clase como contrapartida de la desaparición de los
antagonismos de clase, de la política, de todas las formas de burocratismo y,
fundamentalmente, de la reducción de las
medidas coercitivas en las relaciones sociales. Sin embargo, los procesos
que se están dando en la URSS y en el partido gobernante se oponen a esto
directamente en muchos aspectos. No solamente no desaparece la disciplina
coercitiva –sería ridículo pretenderlo en esta etapa–, sino que, por el
contrario, asume características especialmente severas en todas las esferas de
la vida social y personal. Actualmente, la participación organizada en la
política del partido y de la clase se redujo a cero. La corrupción del burocratismo
no conoce límites. En estas condiciones, presentar la dictadura del aparato
stalinista como la disolución socialista del partido es una burla a la
dictadura y al partido.
La
justificación brandlerista del burocratismo plebiscitario
Los
partidarios derechistas del centrismo, los brandleristas, tratan de justificar
la estrangulación del partido por la burocracia stalinista haciendo referencia
a la “falta de cultura” de las masas trabajadoras. A la vez, esto no es
obstáculo para que le adjudiquen al proletariado ruso el dudoso monopolio de la
construcción del socialismo en un solo país.
Es
indiscutible el atraso económico y cultural de Rusia. Pero el desarrollo de las
naciones históricamente atrasadas es
combinado: en muchos aspectos, para superar su atraso se ven obligadas a
adoptar y cultivar las formas más avanzadas. Los revolucionarios de la Alemania
atrasada de mediados del siglo XIX crearon la doctrina científica de la
revolución proletaria. Gracias a su atraso, el capitalismo alemán posteriormente
superó al inglés y al francés. La industria de la atrasada Rusia burguesa era
la más concentrada de todo el mundo y el joven proletariado ruso fue el primero
en llevar a la práctica la combinación de la huelga general con la
insurrección, el primero en crear soviets, el primero en conquistar el poder.
El atraso del capitalismo ruso no impidió la educación del partido proletario
con más visión política que haya existido. Por el contrario, la hizo posible.
El Partido
Bolchevique tuvo una vida interna rica y tormentosa en el período más crítico
de su historia porque era lo más selecto de la clase revolucionaria en una
época revolucionaria. ¡Quién se hubiera atrevido, antes de Octubre y en los
años inmediatamente posteriores a la Revolución a referirse al “atraso” del
proletariado ruso como justificación del burocratismo del partido! Sin embargo,
el incremento real del nivel cultural de los trabajadores que se produjo desde
la toma del poder no condujo al florecimiento de la democracia partidaria sino,
por el contrario, a su extinción total. La emigración de trabajadores desde la
aldea no explica nada, ya que este factor siempre ha funcionado y desde la
revolución el nivel cultural de la aldea aumentó considerablemente. Finalmente,
el partido no es la clase sino su vanguardia; no puede pagar su crecimiento
numérico al precio de la disminución de su nivel político. La defensa
brandlerista del burocratismo plebiscitario, que se basa en una concepción
sindicalista, no bolchevique, del partido, es en realidad una autodefensa, ya
que en la época de las peores derrotas y de mayor degradación del centrismo los
derechistas constituían su puntal más firme.
¿Por
qué triunfó la burocracia centrista?
Para
explicar de manera marxista por qué triunfó la burocracia centrista y por, qué
se vio obligada a estrangular al partido para preservar su triunfo no hay que
partir de una abstracta “falta de cultura” del proletariado, sino de los
cambios en las relaciones entre las clases y en el estado de ánimo de cada
clase.
Después del
heroico esfuerzo de los años de la revolución y la Guerra Civil, que fue un
período de grandes esperanzas e inevitables ilusiones, el proletariado tenía
que atravesar una etapa prolongada de cansancio, debilidad, y en parte
decepción directa ante los resultados de la revolución. En virtud de las leyes
de la lucha de clases, la reacción del proletariado confluyó en una tremenda
corriente de confianza en los sectores pequeñoburgueses y en los elementos
burgueses de la burocracia estatal, que se fortalecieron considerablemente en
base a la NEP. El aplastamiento de la insurrección búlgara en 1923, la triste
derrota del proletariado alemán en 1923, el aplastamiento de la insurrección
estoniana en 1924, la falaz liquidación de la huelga general en Inglaterra en 1926,
el aplastamiento de la revolución china en 1927, la estabilización del
capitalismo relacionada con todas estas catástrofes conforman el cuadro
internacional de la lucha de los centristas contra los bolcheviques leninistas.
Los ataques contra la revolución “permanente”, en esencia contra la revolución
internacional, el rechazo a adoptar una política audaz de industrialización y
colectivización, la confianza en el
kulak, la alianza con la burguesía “nacional” en las colonias y con los
social-imperialistas en las metrópolis: tal
es el contenido político del bloque de la burocracia centrista con las
fuerzas termidorianas. Apoyándose en la pequeña burguesía fortalecida y en la
burocracia burguesa, explotando la pasividad del proletariado cansado y
desorientado y las derrotas de la
revolución en todo el mundo, el aparato centrista aplastó a la izquierda
revolucionaria del partido en el transcurso de unos pocos años.
La
orientación zigzagueante
Los zigzags políticos del aparato no son
accidentales. En ellos se expresa la adaptación de la burocracia a las fuerzas
de clase en conflicto. La orientación de 1923 a 1928, si dejamos de lado
algunas fluctuaciones ocasionales, fue una semicapitulación de la burocracia a
los kulakis dentro del país, y a la
burguesía mundial y su agencia reformista en el extranjero. Cuando sintieron la
creciente hostilidad del proletariado, al percibir el fondo del abismo
termidoriano hasta cuyo borde mismo se habían deslizado, los stalinistas
saltaron a la izquierda. La profundidad del salto estuvo de acuerdo con la
extensión del pánico creado en sus filas por las consecuencias de su propia
política, que la crítica de la Oposición puso al desnudo. La orientación de
1928-1931 -dejando nuevamente de lado las inevitables oscilaciones y repliegues-
constituye un intento de la burocracia de adaptarse al proletariado, pero sin
abandonar la base principista de su política o, lo que es más importante, su
omnipotencia. Los zigzags del stalinismo demuestran que la burocracia no es una
clase, ni un factor histórico independiente, sino un instrumento, un órgano
ejecutivo de las clases. El viraje a la izquierda constituye una prueba de que,
por lejos que se haya llegado en el curso previo hacia la derecha, éste se
desarrolló sobre la base de la dictadura del proletariado. Sin embargo, la
burocracia no es un órgano pasivo que solamente refleja las aspiraciones de la
clase. Pese a las ilusiones de muchos burócratas, su independencia no es
absoluta, pero goza de una gran independencia relativa. La burocracia detecta
directamente el poder estatal; se eleva por encima de las clases y estampa su
sello poderoso sobre el desarrollo de éstas y aunque no puede convertirse por sí
misma en el fundamento del poder del estado, sí puede, a través de su política,
facilitar en gran medida la trasferencia del poder de una clase a otra.
La
política zigzagueante es incompatible con la independencia del partido
proletario
El mayor
problema de la burocracia es su autopreservación. Todos sus cambios son una
consecuencia directa de su afán de
mantener su independencia, su posición, su poder. Pero para aplicar una
política de zigzags hace falta tener las manos totalmente libres, lo que es
incompatible con la existencia de un partido independiente, acostumbrado a
controlar y a exigir que se le rindan
cuentas. Este es el origen del sistema de destrucción violenta de la ideología
partidaria y de que se siembre conscientemente la confusión. La orientación
hacia el kulak, el programa de
sabotaje menchevique a la industrialización
y la colectivización, el bloque con Purcell, Chiang Kai-shek, La Follette y
Radich, la creación de la “Internacional” Campesina, la consigna del partido
biclasista[2]... todo esto pasó a ser leninismo.
Por el contrario, la orientación hacia la industrialización y la colectivización, la exigencia de democracia partidaria, la
consigna de soviets en China, la lucha contra los partidos biclasistas en
interés del partido del proletariado, la denuncia de la inutilidad y falsedad de la Krestintern, de la
Liga Antiimperialista y de otras aldeas de Potemkin[3]... todo esto pasó a ser
“trotskismo”.
Con el giro
de 1928 se cambió el color de las máscaras, pero estas se mantuvieron. La
proclamación de la insurrección armada y
de los soviets en China en un momento de ascenso contrarrevolucionario, la
aplicación en la URSS de ritmos económicos aventureros bajo el látigo
administrativo, la “liquidación del kulak
como clase” en el lapso de dos años, la negativa al frente único con los
reformistas en cualquier situación[4], el rechazo de las consignas
democrático-revolucionarias para los países históricamente atrasados, la
proclamación del “tercer período” en un momento de resurgimiento económico...
todo esto se convirtió en leninismo. En cambio, la exigencia de planes
económicos realistas adaptados a las necesidades y recursos de los
trabajadores, el rechazo del programa de liquidación del kulak dada la situación del campesinado, el rechazo de la
metafísica del “tercer período” en función de un análisis marxista de los
procesos económicos y políticos de todo el mundo y de cada uno de los países...
todo esto pasó a ser “trotskismo contrarrevolucionario”.
La conexión
ideológica entre ambas etapas de la mascarada soviética sigue siendo la teoría
del socialismo en un solo país, el naipe que la burocracia soviética saca de la
manga y mantiene suspendido sobre la vanguardia proletaria mundial, al que
utiliza para santificar de antemano todos sus actos, vuelcos, errores y crímenes. La trama de la conciencia
partidaria se urde lentamente y exige ser constantemente renovada a través de
la caracterización marxista del camino recorrido, del análisis de los cambios
de la situación, del pronóstico revolucionario. Sin un incansable trabajo de
crítica interna, el partido inevitablemente decae. Sin embargo, la lucha de la
burocracia por su autopreservación excluye la posibilidad de que se compare
abiertamente la política de hoy con la de ayer, que se contrapongan entre sí
los virajes. Cuanto más sucia está la conciencia de la fracción dominante, más
se transforma en un conjunto de oráculos que hablan una lengua esotérica y
exigen el reconocimiento de la infalibilidad del oráculo principal. Se adaptó
toda la historia del partido y de la revolución a las necesidades de la
autopreservación burocrática. Se acumula una leyenda tras otra. Se tacha de
desviaciones las verdades básicas del marxismo. En consecuencia, en el proceso
de oscilación entre las clases que se viene dando desde hace ocho años, la
trama fundamental de la conciencia partidaria se ha desgarrado cada vez más.
Los pogromos administrativos hicieron el resto.
El
régimen plebiscitario en el partido
Ahora que
se apoderó del partido y lo estranguló, la burocracia no puede permitirse el
lujo de que haya diferencias de opinión en sus propias filas, pues en ese caso
tendría que apelar a las masas para resolver los problemas en disputa. Necesita
un árbitro destacado, un jefe político. Se seleccionó a los componentes del
aparato de entre los que rodeaban al “jefe”. Así surgió el régimen
plebiscitario del aparato.
El
bonapartismo es una de las formas que reviste el triunfo de la burguesía sobre
la insurrección de las masas populares. Identificar, como lo hace Kautsky, al
actual régimen soviético con el régimen social del bonapartismo implica
ocultarles conscientemente a los obreros, en beneficio de la burguesía, que los
fundamentos de clase son diferentes. No obstante, se puede señalar muy
justificadamente que la total degeneración plebiscitaria del aparato stalinista
o el sistema bonapartista de administración del partido son requisitos previos
para la instauración de un régimen bonapartista en el país. Un orden político
nuevo no surge de la nada. La clase que toma el poder construye el aparato de
su dominación con los elementos que tiene a mano en el momento del golpe
revolucionario o contrarrevolucionario. En la época de Kerenski, los soviets
dirigidos por los mencheviques y los social-revolucionarios fueron el último
recurso político del régimen burgués. A la vez, los soviets, especialmente en
su aspecto bolchevique, fueron el crisol en el que se creó la dictadura del
proletariado. El actual aparato soviético es una forma burocrática,
plebiscitaria, distorsionada, de la dictadura del proletariado. Pero también es
un instrumento potencial del bonapartismo. Entre el papel que juega actualmente
el aparato y el que puede llegar a jugar correría la sangre de la guerra civil.
Precisamente en el aparato plebiscitario encontraría la contrarrevolución
triunfante elementos muy valiosos para la instauración de su dominio, y su
mismo triunfo sería inconcebible sin que sectores importantes del aparato se
pasaran al bando de la burguesía. Por eso el régimen plebiscitario stalinista
se convirtió en un peligro fundamental para la dictadura del proletariado.
3.
Peligros y posibilidades de una insurrección contrarrevolucionaria
La
relación de fuerzas entre las tendencias socialistas y las capitalistas
Por el
efecto combinado de los éxitos económicos y las medidas administrativas, estos
últimos años se redujo mucho el peso especifico de los elementos capitalistas
en la economía, especialmente en la industria y el comercio. La colectivización y la deskulakización
disminuyeron en gran medida el rol explotador de los estratos rurales más
altos. Es indudable que la relación de fuerzas entre los elementos económicos
socialistas y los capitalistas se volcó en favor de los primeros. Ignorar o
negar este hecho, como lo hacen los ultraizquierdistas o los oposicionistas
vulgares, que repiten frases generales sobre el nepman o el kulak, es
totalmente indigno de un marxista.
Sin
embargo, no es menos falso considerar como algo ya establecido la distribución
actual de la relación de fuerzas o, lo que es peor, medir el grado de
realización del socialismo por el peso específico que tienen en la URSS la
economía estatal y la privada. La liquidación acelerada de los elementos
capitalistas internos, que también se llevó a cabo con vertiginosos métodos
administrativos, coincidió con la aparición acelerada de la URSS en el mercado
mundial. Por lo tanto, el problema del peso específico de los elementos
capitalistas no se puede plantear independientemente del problema del peso
específico de la URSS en la economía mundial.
El nepman, el campesino medio y el kulak son indudablemente agentes del
imperialismo mundial; el debilitamiento de aquéllos implica el debilitamiento
de éste. Pero con ello no se agota el problema; junto al nepman subsiste todavía el funcionario estatal. En el último
congreso al que asistió, Lenin recordó que en la historia sucedió con
frecuencia que un pueblo triunfante, o al menos su estrato superior, adoptara
las costumbres y hábitos del pueblo culturalmente más avanzado conquistado por
aquél, y que se puede dar un proceso análogo en la lucha de clases. La
burocracia soviética, que constituye una amalgama del estrato superior del
proletariado triunfante con amplios sectores de las clases derrocadas, alberga
en su seno a un poderoso agente del capitalismo mundial.
Elementos
de poder dual
Dos juicios
-uno contra los técnicos saboteadores y otro contra los mencheviques- mostraron
un panorama impactante de la relación de fuerzas existente en la URSS entre las
clases y los partidos. La Corte estableció de manera irrefutable que entre 1923
y 1928 los técnicos burgueses, estrechamente aliados con los centros de la
burguesía en el exterior, lograron disminuir el ritmo de la industrialización,
contando con el restablecimiento de las relaciones capitalistas. ¡Los elementos
de poder dual alcanzaron tal peso en la tierra de la dictadura proletaria que
los agentes directos de la restauración capitalista, junto con sus agentes
democráticos –los mencheviques–, llegaron a desempeñar un papel dirigente en
los centros económicos de la república soviética! ¡Hasta dónde había llegado el
centrismo, por otra parte, en su acercamiento a la burguesía, que la política
oficial del partido pudo servir durante muchos años de cobertura legal a los
planes y métodos de la restauración capitalista!
De todos
modos, el zigzag a la izquierda de Stalin, evidencia objetiva de la fuerte
vitalidad de la dictadura proletaria, que obliga a la burocracia a girar
alrededor de sus ejes, no produjo una política proletaria coherente ni un
régimen de plena dictadura del proletariado. Los elementos de poder dual que
contiene el aparato burocrático no desaparecieron con la puesta en práctica de
la nueva orientación; cambiaron de color y de método. No hay duda de que
incluso se fortalecen a medida que avanza la degeneración plebiscitaria del
aparato. Los canallas ahora invierten los ritmos con una perspectiva
aventurera, preparando así peligrosas crisis. A toda prisa, los burócratas
izaron la bandera del socialismo sobre las granjas colectivas, en las que se
ocultan los kulakis. Los tentáculos
ideológicos y organizativos de la contrarrevolución han penetrado profundamente
en todas las organizaciones de la dictadura proletaria, y les resulta muy fácil
disimular su presencia camuflándose porque la vida entera del partido oficial
descansa sobre la mentira y la falsificación. Los elementos de poder dual se
vuelven más peligrosos a medida que la vanguardia proletaria suprimida pierde
las posibilidades de descubrirlos y eliminarlos a tiempo.
El
partido y la construcción socialista
La política
es economía concentrada, y la política de la dictadura es la más concentrada de
todas las políticas concebibles. La planificación de las perspectivas
económicas no es un dogma que se toma como punto de partida sino una hipótesis
de trabajo. El análisis colectivo del plan debe darse en el proceso de su aplicación, y los elementos de verificación no
deben ser sólo las cifras de los libros de contabilidad sino los músculos y los
nervios de los obreros y el estado de ánimo político de los campesinos. Sólo un
partido independiente, que actúa por voluntad propia, seguro de sí mismo, puede
probar, controlar y sintetizar todo
eso. El plan quinquenal sería inconcebible sin la certeza de que todos los
protagonistas del proceso económico, los administradores de las fábricas y los
trusts por un lado y los comités de fábrica por el otro, se someten a la
disciplina partidaria, y de que los obreros sin partido están bajo la dirección
de las células centrales y de los comités de fábrica.
Sin
embargo, se ha confundido totalmente la disciplina partidaria con la disciplina
administrativa. El aparato se mostraba –y sigue haciéndolo– como omnipotente,
ya que tiene la posibilidad de aprovechar el capital acumulado por el Partido
Bolchevique. Este capital es voluminoso, pero no ilimitado. La tensión del
mando burocrático llegó a sus límites en el momento del aplastamiento del ala
derecha. Ya no se puede ir más lejos. Pero se allanó el camino para la
liquidación de la disciplina administrativa.
Desde el
momento en que la tradición partidaria, para algunos, o el temor a ella, para
otros, dejen de mantener aglutinado al partido oficial, y las fuerzas hostiles
irrumpan en la superficie, la economía estatal sentirá el impacto de la fuerza
de las contradicciones políticas. Todos los trusts y las fábricas cancelarían
los planes y las directivas que vienen desde arriba para garantizar por cuenta
propia la satisfacción de sus intereses. Los contratos celebrados a espaldas
del estado entre determinadas fábricas y el mercado privado dejarían de ser la
excepción para convertirse en regla. La competencia entre las distintas
fábricas para conseguir obreros, materias primas y mercados impulsaría
automáticamente a los trabajadores a luchar por mejores condiciones laborales.
De esta manera desaparecería inevitablemente el principio de planificación, lo
que implicaría el restablecimiento del mercado interno y la liquidación del
monopolio del comercio exterior. La situación de los administradores de los
trusts se aproximaría rápidamente a la de propietarios privados o agentes del
capital extranjero, al que muchos de ellos tendrían que recurrir para
sobrevivir. En la aldea, donde las granjas colectivas que no estuviesen en
condiciones de ofrecer resistencia apenas si tendrían tiempo de absorber a los
pequeños productores de mercancías, el desastre del principio de planificación
precipitaría la acumulación primitiva. La presión administrativa sería incapaz
de salvar la situación, ya que el aparato burocrático sería la primera víctima
de las contradicciones y las
tendencias centrífugas. Sin la fuerza idealista y aglutinadora del Partido
Comunista, el estado soviético y la economía planificada estarían condenados a
la desintegración.
La
degeneración del partido y el peligro de guerra civil
El colapso
de la disciplina partidaria no sólo afectaría a las organizaciones partidarias,
administrativas, económicas, sindicales y cooperativas, sino también al
Ejército Rojo y a la GPU; en determinadas condiciones la explosión podría
comenzar en esta última. Esto ya demuestra que el paso del poder a la burguesía
en ninguna circunstancia se limitaría sólo a un proceso de degeneración;
asumiría inevitablemente la forma de un derrocamiento abierto y violento.
¿Bajo qué
formas políticas podría darse? En este sentido, sólo se puede suponer cuáles
serán las tendencias fundamentales. Al hablar de un vuelco termidoriano, la Oposición de Izquierda siempre se refirió a un
traspaso decisivo del poder del proletariado a la burguesía, aunque realizado
formalmente, dentro de los marcos del sistema soviético, levantando las
banderas de una fracción del partido oficial contra la otra. En contraposición,
el derrocamiento bonapartista aparece
como una contrarrevolución burguesa más abierta, más “madura”, como una espada
desenvainada en defensa de la propiedad burguesa. El hecho de que haya aplastado
a la derecha del partido y de que ésta haya renunciado a su plataforma
disminuye las posibilidades de que se dé la primera variante, gradual, velada,
termidoriana. La degeneración plebiscitaria del aparato partidario aumenta
indudablemente las posibilidades de que se produzca la variante bonapartista.
Pero el termidor y el bonapartismo no son irreconciliables, son sólo etapas de
un mismo desarrollo; el proceso histórica vivo es inagotable en la creación de
formas combinadas y transicionales. Una cosa es segura: si la burguesía osara
plantear abiertamente el problema del poder, la respuesta final estaría dada
por el resultado de la confrontación de las fuerzas de clase en combate mortal.
Los
dos bandos de la guerra civil
En el caso
de que el proceso molecular de acumulación de contradicciones llevara a una
explosión, el bando enemigo se unificaría al calor de la lucha alrededor de los
núcleos políticos que hasta el día anterior eran ilegales. El centrismo como
fracción dirigente, junto con el aparato administrativo, caería inmediatamente
víctima de la diferenciación política. Los elementos que lo componen se
ubicarían en lados opuestos de la barricada. ¿Quiénes serían los primeros en
ocupar el lugar más destacado en el bando de la contrarrevolución, los
elementos aventureros pretorianos como Tujachevski, Bluecher, Budenni[5], los francamente renegados como
Bessedovski o los elementos todavía más influyentes, como Ramzin y Osadchi? Lo
dirán el momento y las condiciones en que la contrarrevolución pase a la ofensiva.
Pero ese problema puede revestir una significación episódica. Los Tujachevskis
y los Bessedovskis pueden ser un paso hacia los Ramzins y los Osadchis; éstos, a su vez, pueden ser el escalón previo para
la dictadura imperialista que pronto los haría a un lado, si no lograra saltar
inmediatamente por encima de ellos. Los mencheviques y los
social-revolucionarios formarían un bloque con el ala pretoriana del centrismo, y en la precipitada caída de la
revolución no serían más que una máscara de los imperialistas, como
pretendieron serlo durante el brusco ascenso revolucionario de 1917.
En el bando
opuesto, bajo las banderas de la lucha por Octubre, tendría lugar un
reagrupamiento de fuerzas no menos decisivo. Los elementos revolucionarios de
los soviets, de los sindicatos, de las cooperativas, del ejército, y finalmente
y por sobre todo los obreros avanzados de las fábricas, sentirían, ante el
peligro inminente, la necesidad de unirse estrechamente alrededor de los
cuadros templados y probados,
incapaces de traicionar y capitular. Tanto de la fracción centrista como del
ala derecha del partido saldrían no pocos revolucionarios dispuestos a defender
con las armas en la mano la Revolución de Octubre. Pero para eso haría falta
una ardua diferenciación interna, que implicaría necesariamente un período de
confusión, vacilación y pérdida de tiempo. En estas difíciles circunstancias,
la fracción bolchevique leninista, profundamente marcada por su pasado, y
templada por las arduas pruebas que tuvo que atravesar, sería un elemento de
unificación dentro del partido. Alrededor de la Oposición de Izquierda tendría
lugar el proceso de agrupamiento del bando revolucionario y de resurgimiento del verdadero Partido Comunista. La existencia
de una fracción leninista duplicaría las posibilidades del proletariado, en la
lucha contra las fuerzas contrarrevolucionarias.
4.
La Oposición de Izquierda y la URSS
Contra
el socialismo nacional, por la revolución permanente
La única
forma de resolver las tareas democráticas en la atrasada Rusia es a través de
la dictadura de proletariado. No obstante, después de tomar el poder la cabeza
de las masas campesinas, el proletariado no podía detenerse en esas tareas
democráticas. La revolución democrática estaba directamente ligada con la
revolución socialista. Pero ésta sólo se podía completar en el terreno
internacional. El programa del Partido Bolchevique formulado por Lenin
considera la Insurrección de Octubre como la primera etapa de la revolución
proletaria mundial, de la que es inseparable. Esta es también la esencia de la revolución permanente.
El
extraordinario retraso en el desarrollo de la revolución mundial, que le crea
gigantescas dificultades a la URSS y provoca inesperados procesos
transicionales, no cambia sin embargo las perspectivas y objetivos
fundamentales que surgen del carácter mundial de la economía capitalista y del
carácter permanente de la revolución proletaria internacional.
La
Oposición de Izquierda Internacional rechaza categóricamente la teoría del
socialismo en un solo país, creada en 1924 por los epígonos, porque es la peor
perversión del marxismo, la principal conquista de la ideología termidoriana.
Tanto en el terreno de la lucha de clases internacional como en el de las
tareas económicas de la URSS, la condición necesaria para una estrategia
revolucionaria correcta es la lucha irreconciliable contra el stalinismo (o
socialismo nacional), que está expresado en el programa de la Internacional
Comunista.
Elementos
de poder dual en el régimen de la dictadura proletaria
Del hecho
indiscutible de que el Partido Comunista ha dejado de ser un partido, ¿no se
desprende necesariamente la conclusión de que en la URSS no hay dictadura del
proletariado, ya que ésta es inconcebible sin un partido proletario en el
gobierno? Esa conclusión, enteramente coherente a primera vista, es sin embargo
una caricatura de la realidad, caricatura reaccionaria que ignora las
posibilidades creativas del régimen y
las reservas ocultas de la dictadura. Aun cuando no existe el partido como tal,
como organización independiente de la vanguardia, eso no significa que estén
liquidados todos los elementos del partido heredados del pasado. En la clase
obrera la tradición de Octubre es muy viva
y fuerte, los hábitos clasistas de pensamiento tienen firmes raíces, la
generación más vieja no olvidó las conclusiones de la estrategia bolchevique y
las lecciones de la lucha revolucionaria; en las masas populares -y
especialmente en el proletariado- pervive el odio contra las anteriores clases
dominantes y sus partidos. El
conjunto de estas tendencias constituye no sólo la reserva del futuro sino
también la fuerza viva del presente, lo que mantiene a la Unión Soviética como
estado obrero.
Hay un
profundo antagonismo entre las fuerzas vivas de la revolución y la burocracia.
Si el aparato stalinista constantemente llega a un límite y se detiene, si se ve obligado incluso a volcarse bruscamente a
la izquierda, se debe sobre todo a la presión de los elementos amorfos,
dispersos, pero todavía poderosos del partido revolucionario. No se puede
expresar numéricamente la fuerza de este factor. De todos modos, es hoy lo
suficientemente poderosa como para soportar la estructura de la dictadura del
proletariado. Ignorarlo significa adoptar la manera de pensar burocrática y
buscar al partido solamente donde manda el aparato stalinista.
La
Oposición de Izquierda rechaza categóricamente no sólo la caracterización del
estado soviético como estado burgués o pequeñoburgués sino también como estado
“neutral”, el cual, de algún modo, se quedó sin gobernantes que representen una
clase determinada. El hecho de que existan
elementos de poder dual de ningún modo implica el equilibrio político de las clases. Al evaluar los procesos
sociales es especialmente importante establecer el grado de madurez alcanzado y el punto en que el proceso acaba. El
momento del cambio de cantidad en cualidad es de significación decisiva, tanto
en la política como en otros terrenos. Determinar correctamente este momento es
una de las tareas más importantes y al mismo tiempo más difíciles de la
dirección revolucionaria. La caracterización de la URSS como estado que oscila
entre las clases (Urbahns) es teóricamente incorrecta, y políticamente equivale
a subordinar total o parcialmente la fortaleza del proletariado mundial al
enemigo de clase. La Oposición de Izquierda rechaza y condena categóricamente
esta posición, considerándola incompatible con los principios del marxismo
revolucionario.
La
reforma: línea de la Oposición de Izquierda en la URSS
No hay que
interpretar el análisis que hicimos de las posibilidades de un golpe
contrarrevolucionario en el sentido de que las contradicciones actuales
llevarán indefectiblemente a la
explosión abierta de una guerra civil. El proceso social es elástico y -dentro
de ciertos límites-– plantea distintas posibilidades, de acuerdo a la energía y
la penetración de las fuerzas en combate y a los procesos internos, que
dependen del curso de la lucha de clases internacional. En todas las
circunstancias, el proletariado revolucionario tiene el deber de analizar cada
situación hasta las últimas consecuencias
y prepararse para la peor de las variantes. El análisis marxista de las
posibilidades de un golpe termidoriano-bonapartista no tiene [nada] en común
con el pesimismo, así como la ceguera y las bravatas de la burocracia no tienen
nada en común con el optimismo revolucionario.
Reconocer
al actual estado soviético como estado obrero implica reconocer que la
burguesía sólo podrá tomar el poder a través de la insurrección armada y además
que el proletariado no desechó la posibilidad de imponerse a la burocracia, de
revivir el partido y regenerar el régimen de la dictadura sin una nueva
revolución, con los métodos y la línea de la
reforma.
Sería una
pedantería estéril pretender el cálculo anticipado de las posibilidades de una
reforma proletaria y de los intentos de una insurrección burguesa. Sería una
ligereza criminal pretender que una es segura y la otra imposible. Hay que estar preparado para todas las
variantes posibles. Para que la Oposición de Izquierda pueda nuclear e impulsar
rápidamente al sector proletario en el momento de la caída inevitable del
régimen plebiscitario, sin dejarle ganar tiempo al enemigo de clase, es
absolutamente necesario que exista y se desarrolle firmemente como fracción,
que analice todos los cambios de la situación, formule claramente las
perspectivas del proceso, levante consignas de lucha en el momento oportuno y
fortalezca sus conexiones con los elementos avanzados de la clase obrera.
La
Oposición de Izquierda y los brandleristas
La actitud
de la Oposición de Izquierda hacia el centrismo determina su actitud hacia la
Oposición de Derecha, que no es más que un puente inconcluso entre el centrismo
y la socialdemocracia.
En lo que
se refiere a la cuestión rusa, como a todas las demás, la derecha vive una
existencia parasitaria, nutriéndose principalmente de la crítica a los errores
prácticos y secundarios de la Internacional Comunista, cuya política
oportunista aprueba en lo esencial. Los brandleristas demuestran de la manera
más directa y cínica su falta de principios en los problemas ligados al destino
de la URSS. En la época en que el gobierno apostó a favor del kulak, los brandleristas apoyaron
totalmente la orientación oficial y señalaron que la única política posible era
la de Stalin-Rikov-Bujarin. Después del giro de 1928, se redujeron a un
silencio expectante. Cuando se hicieron notar los éxitos de la
industrialización, inesperados para ellos, adoptaron sin ninguna crítica el
“plan quinquenal en cuatro años” y la “liquidación de los kulakis como clase”. Los
derechistas demostraron que eran incapaces de tomar un camino revolucionario y
prever en forma marxista al salir al mismo tiempo a la palestra como defensores
del régimen stalinista en la URSS. El rasgo característico del oportunismo
-inclinarse ante el poder del momento- es lo que determina la posición de los
brandleristas respecto a los stalinistas. “Estamos dispuestos a apoyar
críticamente todo lo que ustedes hacen en la URSS; permítannos entonces aplicar nuestra política en nuestra Alemania.” Es similar la posición de los lovestonistas en
Estados Unidos, de la Oposición de Derecha de Checoslovaquia y de los grupos
semisocialdemócratas, semicomunistas ligados a ellos en otros países.
La Oposición
de Izquierda combate implacablemente a quienes desde la derecha siguen a los
centristas, en especial y principalmente en lo que se refiere al problema ruso.
Al mismo tiempo, trata de librar de la influencia desintegradora de los
dirigentes brandleristas a los revolucionarios obreros arrastrados a la
Oposición de Derecha por los zigzags
del centrismo y su indigno régimen.
El
principio de la Oposición de Izquierda: decir las cosas como son
Los
acólitos pequeñoburgueses, los ”amigos” de la Unión Soviética – en realidad
amigos de la burocracia stalinista –, incluyendo entre ellos a los funcionarios
que dependen de la Internacional Comunista en los distintos países, cierran los
ojos irresponsablemente a las contradicciones que se dan en el desarrollo de la
Unión Soviética para, después, ante el primer peligro serio, volverle la
espalda.
No
obstante, con frecuencia los conflictos políticos y personales empujan a las
filas de la Oposición de Izquierda a algunos centristas asustados o, lo que es
peor, arribistas insatisfechos. Al agudizarse la represión, o cuando la línea
oficial obtiene algunos éxitos momentáneos, estos elementos vuelven al
oficialismo como capituladores y pasan a formar parte del coro de los parias.
Los capituladores del tipo Zinoviev-Piatakov- Radek se diferencian muy poco de
los capituladores mencheviques del tipo Groman-Sujanov[6], o de los técnicos burgueses como
Ramzin. Aunque partieron de puntos distintos, los tres grupos coinciden ahora
en la aceptación de la “línea general”, sólo para dispersarse en distintas
direcciones cuando vuelvan a acentuarse las contradicciones.
La
Oposición de Izquierda se siente parte integral del ejército de la dictadura
proletaria y de la revolución mundial. No encara los problemas del régimen
soviético desde afuera sino desde adentro, denuncia sin temor las mentiras y
los peligros reales, para combatirlos abnegadamente y enseñar a otros a actuar
de la misma manera.
La
experiencia de toda la etapa posleninista constituye un testimonio irrefutable
de la influencia de la Oposición de Izquierda sobre el proceso interno de la
URSS. Todo lo que fue y sigue siendo creativo en la línea oficial es un eco
tardío de las ideas y consignas de la Oposición de Izquierda. La semirruptura
del bloque de centro-derecha fue una consecuencia de la presión de los
bolcheviques leninistas. El curso hacia la izquierda de Stalin, producto del
intento de socavar las bases de la Oposición de Izquierda, cayó en el absurdo
de la teoría y la práctica del “tercer período”. El abandono de este rapto
febril, que llevó a la catástrofe directa de la Internacional Comunista, fue
una vez más la consecuencia de la crítica de la Oposición, cuya fuerza, a pesar
de la debilidad numérica de la izquierda, se basa en aquello que hace fuerte al
marxismo: la capacidad de analizar, de prever y de señalar el camino correcto.
En consecuencia, la fracción bolchevique leninista es ya uno de los factores
más importantes en el desarrollo de la teoría y la práctica de la construcción
socialista en la URSS y de la revolución proletaria internacional.
El
nivel de vida de los trabajadores y la función que cumplen en el estado son los
principales criterios para sustentar los éxitos del socialismo
El
proletariado, además de la fuerza productiva fundamental, es la clase sobre la
que descansan el sistema soviético y la construcción socialista. La dictadura
carecerá de toda capacidad de resistencia si su régimen distorsionado lleva al
proletariado a la indiferencia política. La alta tasa de industrialización no
durará mucho si depende del esfuerzo
excesivo que provoca el agotamiento físico de los trabajadores. La escasez
constante de los medios de subsistencia más necesarios y el permanente estado
de alarma provocado por el knut de la
administración ponen en peligro toda la construcción socialista. “La
liquidación de la democracia interna en el partido -dice la plataforma de la
Oposición de la URSS- lleva a la liquidación de la democracia obrera en
general, en los sindicatos y en todas las demás organizaciones de masas no
partidarias.” Desde la publicación de la plataforma este proceso avanzó a ritmo
febril. Los sindicatos fueron degradados al rol de organismos auxiliares de la
burocracia dominante. Se creó un sistema de presión administrativa, al que se
le dio el nombre de tropas de choque, como
si se tratara de atravesar el desfiladero de una montaña en lugar de una
gran etapa histórica. A pesar de eso, la conclusión del plan quinquenal
enfrentará a la economía soviética con la necesidad de escalar una nueva
cuesta, más empinada todavía. Con la fórmula “alcanzar y superar”, la
burocracia soviética se engaña a sí misma, pero sobre todo engaña a los
trabajadores acerca del nivel alcanzado, y prepara una profunda crisis de
desilusión.
Hay que
considerar el plan económico desde el punto de vista de la necesidad de mejorar
sistemática y realmente las condiciones de vida materiales y culturales de la
clase obrera en la ciudad y en el campo. Los sindicatos deben reasumir su papel
fundamental de educadores colectivos, no de
knut. Hay que dejar de adormecer al proletariado de la URSS y del resto del
mundo exagerando lo que se ha logrado y minimizando los problemas y las dificultades. El problema de la
elevación de la independencia política y la iniciativa del proletariado debe ser
el telón de fondo de toda la política. Es inconcebible lograr este objetivo sin
combatir los privilegios excesivos de determinados grupos y sectores, la
extrema desigualdad en las condiciones de vida, y sobre todo las enormes
prerrogativas y la posición privilegiada de la burocracia sin control.
5.
Conclusiones
1) Los
éxitos económicos de la URSS, que se realizaron a pesar de la prolongada
alianza entre los centristas, los derechistas, los mencheviques y los
saboteadores en el terreno de la planificación, constituyen un gran triunfo de
los métodos económicos socialistas y un factor de gran peso en la revolución
mundial.
2) El
principal deber de todo obrero con conciencia de clase es defender a la URSS,
fortaleza principal del proletariado mundial, contra todos los ataques del
imperialismo internacional y de la contrarrevolución interna.
3) Las
crisis del desarrollo económico de la URSS surgen de las contradicciones
capitalistas y precapitalistas heredadas del pasado, así como de la
contradicción entre el carácter internacional de las fuerzas productivas
modernas y el carácter nacional de la construcción socialista.
4) La
teoría del socialismo en un solo país, que surge de la incomprensión de esta
última contradicción, aparece a su vez como la fuente de errores prácticos que
provocan crisis o las profundizan.
5) La
fuerza de la burocracia soviética se apoya en la brusca declinación de la
actividad política del proletariado soviético después de años de grandes
esfuerzos, en las derrotas de la revolución internacional, en la estabilización
del capitalismo y en el avance de la socialdemocracia internacional.
6) La
construcción socialista, dadas las contradicciones de clase internas y el
entorno capitalista existente, necesita un partido fuerte, previsor, activo,
para planificar la economía y realizar las necesarias maniobras de clase como
requisito político fundamental.
7) Dado que
tomó el poder con el apoyo directo de fuerzas sociales hostiles a la Revolución
de Octubre y después de aplastar al ala revolucionaria internacionalista del
partido, la burocracia centrista no puede mantener su dominación si no suprime
el control y la elección partidarios y la opinión de la clase obrera.
8) Después
de que estranguló al partido, perdiendo sus ojos y sus oídos, la burocracia
centrista avanza a tientas, y decide el camino a seguir según el impacto
directo de las clases, oscilando entre el oportunismo y el aventurerismo.
9) La
orientación del proceso confirmó plenamente los principios esenciales de la
plataforma de la Oposición rusa, tanto en sus aspectos críticos como en sus
exigencias positivas.
10) En la
última etapa se delimitaron con particular nitidez las tres corrientes
fundamentales del Partido Comunista de la Unión Soviética y de la Internacional
Comunista: la corriente marxista leninista, la centrista y la de derecha. La
tendencia ultraizquierdista aparece, ya sea como culminación de alguno de los
zigzags del centrismo o como periferia de la Oposición de Izquierda.
11) La
política y el régimen de la burocracia centrista se convirtieron en la fuente
de los peligros más agudos y directos que amenazan a la dictadura del
proletariado. La lucha sistemática contra el centrismo dominante es el aspecto
esencial de la lucha por la rehabilitación, el fortalecimiento y el desarrollo
del primer estado obrero.
12) La
ignorancia de la situación material y política de la clase obrera constituye el
rasgo esencial del régimen burocrático, que espera construir el reino del
socialismo nacional con el método de impartir órdenes y presionar administrativamente.
13) La
aceleración burocrática forzosa de los ritmos de industrialización y
colectivización, que se apoya en una posición teórica falsa y no ha sido
verificada por el razonamiento colectivo del partido, implica una acumulación
inevitable de desproporciones y contradicciones, especialmente en las
relaciones con la economía mundial.
14) Las
relaciones de propiedad imperantes en la URSS, así como las relaciones
políticas entre las clases, demuestran indiscublemente que, pese a las distorsiones
del régimen soviético y a la
desastrosa política de la burocracia centrista, la URSS sigue siendo un estado
obrero.
15) La
burguesía sólo podría apoderarse del poder en la URSS si se apoya en un
levantamiento contrarrevolucionario. La vanguardia proletaria aún tiene la
posibilidad de poner a la burocracia en su lugar subordinándola a su control,
garantizando una política correcta y regenerando el partido, los sindicatos y los soviets con reformas decisivas y
audaces.
16) Sin
embargo, si se mantiene el régimen stalinista, las contradicciones que se
acumulan dentro de los marcos del partido oficial, especialmente en el momento
de agudización de las dificultades económicas, deben conducir inevitablemente a
una crisis política que puede replantear en toda su magnitud el problema del
poder.
17) Será de
importancia decisiva para el régimen soviético que la vanguardia proletaria se
levante a tiempo, estreche filas y
resista al bloque de las fuerzas termidorianas-bonapartistas respaldado por el
imperialismo mundial.
18) La
Oposición de Izquierda podrá cumplir su deber hacia la vanguardia proletaria si realiza un trabajo crítico
constante, si hace análisis marxistas de la situación, si determina la
orientación correcta para el desarrollo económico de la URSS y la lucha del
proletariado mundial, si levanta
oportunamente consignas adecuadas, si lucha intransigentemente contra el
régimen plebiscitario que debilita a la clase obrera.
19) La
realización de estos objetivos teóricos y políticos sólo será posible si la
fracción rusa de los bolcheviques leninistas fortalece sus organizaciones,
penetra en todas las células importantes del partido oficial y de otras
organizaciones de la clase obrera y al mismo tiempo se mantiene
inseparablemente ligada a la Oposición de Izquierda Internacional.
20) Una de
las tareas más urgentes consiste en impulsar dentro del Partido Comunista de la
Unión Soviética y de la Internacional Comunista el estudio libre y la discusión
de la experiencia de la construcción económica en la URSS.
21) Los
criterios para la discusión, elaboración y verificación de los programas
económicos son: a) incremento sistemático del salario real del trabajador; b)
cierre de las tijeras de los precios industriales y agrícolas, garantizando así
la alianza con el campesinado; c) cierre de las tijeras entre los precios
internos y mundiales para proteger el monopolio del comercio exterior del
ataque de los precios bajos; d) aumento de la calidad de la producción, a la
que se le debe conceder la misma importancia que a la cantidad; e)
estabilización del poder adquisitivo del
chervonets, el cual, junto con el principio de estabilización, seguirá
siendo durante mucho tiempo un elemento necesario de la regulación económica.
22) La
desesperación administrativa por el ritmo “máximo” debe dejar paso a la
elaboración del ritmo óptimo (el más favorable), con el que no se persigue
cumplir órdenes para quedar bien sino el avance constante de la economía en
base a su equilibrio dinámico, a la distribución acertada de los recursos
internos y al aprovechamiento amplio y planificado del mercado mundial.
23) Para
esto hay que abandonar, ante todo, la falsa perspectiva, que surge de la teoría
del socialismo en un solo país, de un desarrollo económico nacional completo y
autosuficiente.
24) El
problema del comercio exterior de la URSS tiene que ser clave en la perspectiva
de la creciente vinculación a la economía mundial.
25) En
armonía con esto, el problema de la colaboración económica de los países
capitalistas con la URSS debe convertirse en una de las consignas corrientes de
todas las secciones de la Internacional Comunista, especialmente en esta época
de crisis mundial y desempleo.
26) Hay que
adecuar la colectivización del campo a la iniciativa real del proletariado
agrícola y de los pobres de la aldea, y a su alianza con los campesinos medios.
Los obreros y campesinos avanzados se deben plantear el examen serio y completo
de la experiencia de las granjas colectivas. El programa estatal de
construcción de granjas colectivas debe guardar una armonía con los resultados
reales de la experiencia y con los recursos técnicos y económicos disponibles.
27) Hay que
terminar con la utopía burocrática de la liquidación “de los kulakis como clase” en dos o tres años,
en base a la acumulación de los campesinos. Se debe aplicar una firme política
de restricción sistemática de las tendencias explotadoras de los kulakis.
Con este
objetivo, tenemos que seguir atentamente el inevitable proceso de
diferenciación que se dará dentro de las granjas colectivas y entre ellas, y en
ningún caso identificar a las granjas colectivas con empresas socialistas.
28) Dejar
de guiarse, en el terreno económico, por consideraciones de prestigio
burocrático: no embellecer las cosas, no ocultar, no engañar. No hacer pasar
por socialista la actual economía de transición de la Unión Soviética, cuyas
fuerzas productivas siguen en un nivel muy bajo y cuya estructura está llena de
contradicciones.
29) Hay que
liquidar de una vez por todas la ruinosa práctica, indigna de un partido
revolucionario, de la aplicación del dogma católico romano de la infalibilidad
de la dirección.
30) Es
preciso condenar la teoría y la
práctica del stalinismo. Volver a la teoría de Marx y a la metodología
revolucionaria de Lenin.
31) Hay que
reconstituir el partido como organización de la vanguardia proletaria.
A pesar de
los grandes éxitos económicos y del extremo debilitamiento de la Internacional
Comunista, el peso específico revolucionario del bolchevismo en el mapa
político mundial es infinitamente más significativo que el peso específico de
la economía soviética en el mercado mundial. Mientras se expande y desarrolla
por todos los medios posibles la economía nacionalizada y colectivizada de la URSS, hay que conservar la perspectiva correcta.
No se debe olvidar ni por un minuto que el derrocamiento de la burguesía
mundial a través de la lucha revolucionaria es un objetivo mucho más real e
inmediato que el de “alcanzar y sobrepasar” la economía mundial, cuando para
lograrlo no se superan las fronteras de la URSS.
La profunda
crisis actual de la economía capitalista abre posibilidades revolucionarias al
proletariado de los países capitalistas avanzados. El inevitable aumento de la
actividad militante de las masas trabajadoras planteará otra vez, con toda
agudeza, los problemas de la revolución y hará temblar las bases de la
autocracia de la burocracia centrista. La Oposición de Izquierda entrará a la
etapa revolucionaria, armada con una comprensión clara del camino ya
atravesado, de los errores ya cometidos, de las nuevas tareas y perspectivas.
Solamente en el terreno de la revolución victoriosa del proletariado mundial encontrará la URSS la solución completa y final de sus contradicciones internas y externas.
[1] Problemas
del desarrollo de la URSS, folleto publicado por la Liga Comunista de
Norteamérica, junio de 1931. Traducido [al inglés] por Morris Lewitt y Max
Shachtman.
[2] Robert
La Follette (1855-1925): senador norteamericano por el estado de Wisconsin,
fue candidato a la presidencia por el Partido Progresista. Partidos biclasistas, o partidos obrero-campesinos: término
utilizado por los stalinistas en la
década del veinte para justificar el apoyo al Kuomintang y a otros partidos
burgueses en el Oriente. Trotsky ataca esta
concepción considerando que no es marxista (ver La Tercera Internacional después de Lenin y Problemas de la revolución china)
[3] Gregori
Potemkin (1739-1791) : mariscal de campo y consejero de Catalina la Grande,
al que se le asignó la tarea de organizar la “Nueva Rusia”. Reconstruyó viejos
puertos y estableció nuevas aldeas, pero sus críticos señalaron que sus aldeas
eran de utilería, construidas para engañar a la emperatriz cuando visitaba el
distrito; de allí la expresión aldeas de Potemkin.
[4] El frente único: táctica utilizada por
los bolcheviques en Rusia antes de la Revolución de Octubre y elaborada por el
Segundo Congreso de la Comintern en 1920. Su objetivo es darle a los
trabajadores la oportunidad de luchar unificados contra el común enemigo de
clase, incluso cuando están divididos en organizaciones revolucionarias y
reformistas; también le permite al partido revolucionario tomar contacto, en la
lucha común, con las bases de otras organizaciones de la clase obrera, y en
caso de tener éxito ganarse su apoyo. La condición principal para el uso de
esta táctica, según los bolcheviques, es
que el partido revolucionario mantenga en todo momento su independencia y el
derecho de criticar a los demás participantes del frente único. Entre 1928 y
1934 los stalinistas pervirtieron esta táctica convirtiéndola en lo que ellos
llamaron “frente único desde abajo”, que se basaba en la idea de que se debía
negociar y efectuar las acciones conjuntas con las bases y no con las
direcciones de organizaciones no stalinistas; el resultado fue que se abortó
cualquier posibilidad de frentes únicos reales. La discusión más amplia de
Trotsky sobre el frente único aparece en La lucha contra el fascismo en
Alemania.
[5] Semyon
Budenni (1883-1973): ingresó al PC ruso en 1919; fue uno de los pocos militares destacados que se
salvaron de la ejecución o el encarcelamiento durante las purgas.
[6] Nikolai
N. Sujanov (1882-193?): durante la Primera Guerra Mundial fue menchevique
internacionalista, y en 1917 miembro del Comité Ejecutivo del Soviet de
Petrogrado. Su libro acerca de la Revolución de Octubre fue traducido al inglés
con el título The Rusian Revolution of
1917. Fue uno de los acusados en el juicio a los mencheviques de 1931; la
última vez que se supo de él estaba en la cárcel, donde se quejaba de haber
sido traicionado por los stalinistas, quienes le habían prometido que lo
pondrían en libertad a cambio de su “confesión” en el juicio.