Una
retirada parcial[1]
29 de
enero de 1937
Esta
mañana escribí lo siguiente acerca de los veredictos: “Posiblemente, dos o tres
acusados serán perdonados para evitar un monolitismo excesivo y así salvar las
apariencias. Sea como fuere, los principales acusados serán sentenciados a
muerte”.
El último
cable dice que perdonarán a cuatro, un 25 por ciento más de lo que yo esperaba.
Pero debo
reconocer que no preví que entre los perdonados estarían Karl Radek y Grigori
Sokolnikov, porque ellos, como antes Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, se
declararon culpables de actividad terrorista y del asesinato de Serguei Kirov;
pero también confesaron ser culpables de alta traición.
Sokolnikov
confesó - mejor dicho, se autocalumnió - haber trasmitido secretos militares a
los diplomáticos japoneses. Siendo así, ¿por qué se les perdona la vida? Hay
una sola explicación: son demasiado conocidos, tanto en Oriente como en
Occidente.
No podemos
evitar considerar este hecho como una retirada parcial de Stalin ante la
opinión pública internacional. Digo Stalin, porque no cabe la menor duda de que
los veredictos fueron resueltos por el buró político y trasmitidos por teléfono
secreto.
Stalin no sólo no se atreve a fusilar a Radek
y a Sokolnikov, ni siquiera pudo condenarlos a muerte en primera instancia.
Comparando este caso con el proceso de los dieciséis, no podemos evitar la
sensación de encontrarnos ante una
retirada provocada por la incertidumbre.
Hay trece
condenados a muerte: Piatakov ocupa el
primer lugar de la lista.
Quizás
entre los acusados que desconocemos hay
verdaderos traidores y espías, juzgados con los demás únicamente para montar la amalgama. Pero
Piatakov, Serebriakov, Muralov,
Boguslavski y Drobnis son tan culpables
de terrorismo y alta traición como Radek y Sokolnikov. Ninguno es culpable de
nada. ¿Por qué, entonces, se los
condena a muerte?
Recordemos
que la acusación principal es sabotaje industrial. Debemos suponer que los
siniestros industriales que causan millares de muertes habrán suscitado gran
indignación entre las masas trabajadoras. Por eso la camarilla dominante
necesita chivos emisarios. De ahí el veredicto de muerte para Piatakov y los
demás saboteadores.
Queda por
verse si la sentencia es definitiva o si, tras la apelación, Stalin conmutará
las penas de muerte por
encarcelamiento. Si los cinco bolcheviques de la Vieja Guardia mencionados más arriba son perdonados - cosa que
deseamos fervientemente - esta debilidad revelará el carácter farsesco de las
acusaciones y, al mismo tiempo, la
creciente incertidumbre de la camarilla dominante.
Sin
embargo, nos parece que Piatakov corre gran
peligro, no sólo porque su muerte servirá para expiar los errores de la
administración de la industria estatal, sino también porque su descripción del
viaje a Noruega hizo quedar en ridículo
todo el proceso. Mientras Piatakov viva, proseguirá esta discusión embarazosa.
Desgraciadamente,
es posible que Stalin trate de superar
la crisis asesinando a Piatakov. Los muertos
no hablan.
Para sacar
las conclusiones finales deberemos
aguardar la decisión suprema. No tendremos que esperar mucho tiempo.
En los
círculos oficiales de Moscú empieza a correr el rumor, aunque en forma muy
vaga, de que se exigirá mi extradición. Esta posibilidad me llena de alegría.
Más aun, exijo que el gobierno ruso presente el pedido de extradición.
Durante el
proceso de los dieciséis exigí a Moscú
que presentara sus pruebas a la justicia noruega con el fin de pedir mi extradición.
Cuando
comparecí ante un tribunal noruego el 11 de diciembre de 1936 en calidad de
testigo del asalto fascista a mi
domicilio, desenmascaré el criminal fraude jurídico bajo juramento.
Desgraciadamente, las puertas estaban cerradas.
Estoy
dispuesto a repetir todo y en mayor detalle, con las puertas bien abiertas ante
un tribunal mexicano. No puedo imaginar una solución mejor para todo el asunto.
La verdad
es que en ninguno de los procesos apareció una carta o documento auténtico, un
testimonio irrefutable. Lo que sucedió a puertas cerradas es materia de
especulación. En las sesiones públicas todas las pruebas jurídicas se basan en
las confesiones de los acusados.
La única
base de los juicios son las confesiones supuestamente voluntarias, de los
acusados. La Oposición de Izquierda
existe desde hace catorce años. Miles de militantes han sufrido la cárcel, el
exilio y la muerte.
Si la
Oposición es tan hostil a la Unión Soviética y al socialismo, si está al servicio de los países enemigos, si se dedica al terrorismo, etcétera, en
estos catorce años de castigo, arrestos y violación de correspondencia la GPU
hubiera debido encontrar una gran cantidad de pruebas auténticas.
La GPU no
pudo obligar a los verdaderos militantes de la Oposición a capitular, ni
siquiera bajo amenaza de muerte. Por eso, para montar un juicio contra el
trotskismo se vio obligada a emplear a los capituladores, mis enemigos más
enconados.