Las
últimas palabras de los acusados[1]
30 de
enero de 1937
La
historia del avión de Piatakov convence a todos. Pero quienes profundicen más
en el asunto percibirán la falsedad del proceso en cada prueba, en cada
refutación. En este proceso no hay nada de natural, vivo, humano. El proceso
carece de sicología, los procesa- dos son autómatas, no personas vivientes. Los
terribles conspiradores y terroristas se arrepienten a coro, como niños. Los
viejos “trotskistas” redomados denuncian a Trotsky y cantan himnos de alabanza
a Stalin, a quien se supone que querían matar. ¿Cuándo, dónde se vio algo
igual?
Radek dice
que su crimen se debe a que no creía en la posibilidad de construir el
socialismo en un solo país. Pero en los últimos ocho años Radek escribió gran
cantidad de artículos para demostrar esa posibilidad. Ahora resulta que no hay
que creer en los artículos: todo era mentira y engaño. Sólo a partir del 20 de
diciembre de 1936, en una cárcel de la GPU, se convenció Radek completa y
sinceramente de que el socialismo había triunfado en la URSS.
Piatakov
controló la industria durante más de doce años: elaboró planes, construyó
fábricas, rindió cuentas en innumerables ocasiones, se alegró con los éxitos,
lloró los fracasos. Ahora resulta que odiaba a la industria soviética, la
destruía, masacraba a los obreros. Todo esto por odio a Stalin y amor a
Trotsky. Sólo después de pasar uno o dos meses en una celda solitaria empezó a
odiar a Trotsky y a amar ardientemente a Stalin. Y así resulta que la escuela
superior del socialismo, stalinismo y sinceridad es ¡La cárcel de la GPU!
Todo esto
parece un delirio provocado por la fiebre. Pero hay método en la locura. Para
encontrarlo, es necesario desechar los cánones de la sicología humana. Los
acusados no existen como personalidades. Son cuencos vacíos. Son títeres de ese
espectáculo educativo de la GPU que lleva por lema 2El trotskismo es la raíz de
todos los males”. Ante los ojos del mundo se arrojan bajo las ruedas del carro
del terrible dios Mahabharata. Pero, a diferencia de los devotos hindúes, no lo
hacen voluntariamente, por fanatismo ciego, en medio del éxtasis religioso,
sino a sangre fría, impasiblemente, bajo los golpes del garrote que los llevó a
la parálisis.
El fiscal Vishinski declaró que el proceso marca “el fin de Trotsky y del trotskismo”. No, el proceso de Moscú no es el fin. El verdadero juicio contra los organizadores del fraude apenas comienza. A pesar de todas las amenazas, obstáculos y peligros lo seguiremos hasta el fin.
[1] Las últimas palabras de los acusados. Biulleten Opozitsi, Nº 54-55, marzo de 1937. Traducido del ruso [al inglés] para la primera edición [norteamericana] de esta obra por John Fairlie.