La
cuestión agraria en Bolivia[1]
24 de
abril de 1937
[La
deferencia de Trotsky para conmigo] no se debió a mi cargo diplomático -
Trotsky me dijo que él no mantiene esa clase de relaciones -, sino a que
unos días antes había leído una crítica
de mi libro La reforma agraria en Bolivia en El Nacional de México, y le había
sorprendido que un sudamericano se interesara tanto por estos problemas, dado
el tradicional conservadurismo de nuestros países. Cuando recibió mi tarjeta,
quiso conocerme.
Tenía yo sumo
interés en conocer el pensamiento del dirigente rojo: qué podía decirme acerca
de la educación de las masas campesinas ... Y cómo había logrado vencer la
indiferencia de los mujiks
[campesinos] en la tierra de los soviets; los mujiks que, al igual que los indígenas de nuestro altiplano, habían
desarrollado sus sistemas rutinarios de vida agrícola durante generaciones, sin
demostrar el menor interés en mejorar sus vidas... A través de eso quería
saber: cómo los dirigentes de la Revolución Rusa llegaron a los recursos
espirituales de los campesinos; con qué métodos materiales mejoraron la
situación de los campesinos y los convirtieron en productores en gran escala;
por qué realizaron el sorprendente salto del sistema tradicional de propiedad
del mir [la gran propiedad agraria
formada por la acumulación de parcelas cultivadas, manteniendo el concepto de
la pequeña propiedad individual, como la comunidad indígena boliviana] al
sistema del koljós, que también es
una gran propiedad agraria, pero del estado, el cual reglamenta y dirige
técnicamente el trabajo y dispone de inmensos recursos para desarrollar la
agricultura mediante el empleo de maquinaria. Quise conocer su opinión acerca
de los métodos que, a su juicio, deberían emplearse en Bolivia para reproducir
allí el milagro ruso. Así se lo planteé a León Trotsky.
El
dirigente rojo me escuchó atentamente. Me pareció que hasta ese momento no
había estudiado a fondo nuestro problema agrario; pero me dijo, como expresando
un concepto general, que a pesar de desconocer el carácter de nuestras masas
indígenas y de no haber estudiado cuidadosamente la evolución de la propiedad
en la tierra de los Incas, pensaba, como una primera aproximación, que debían
respetarse los sistemas de propiedad y las “actividades” tradicionales del
indígena, pero encauzando la organización del trabajo y el cultivo por nuevos
rumbos. Me dijo que, tal como se había hecho en Europa Central, la explotación
de la agricultura y la labranza debían realizarse sobre bases amplias, con el
fin de mejorar la calidad y la cantidad de la producción, y con ello la
alimentación de las masas campesinas; asimismo, con ello el país se dotaría de
la capacidad de exportar los productos agrícolas locales, dado que una
agricultura bien administrada constituye la más estable de las riquezas, la que
ayuda a mantener alto el valor de la moneda.
“Eso –
prosiguió - es lo primero que se debe hacer. El gobierno debería obligar a los
grandes terratenientes a trasformar la agricultura, proporcionándoles, claro
está, los medios para alcanzar la producción en gran escala. Sólo de esa manera
podrían retener una parte proporcional de sus tierras, cuando se trata de
grandes extensiones cultivadas”. Me dijo que se le había informado que en los
países de América Latina resultaba difícil destruir las grandes propiedades
terratenientes, porque la baja densidad de la población no exigía soluciones de
este tipo y también debido a las ideas conservadoras de los dirigentes
políticos sobre el derecho de propiedad.
“Pero las naciones occidentales - agregó con
aguda ironía y una amplia sonrisa- poseen métodos más refinados, aunque más lentos que los nuestros, para confiscar y
expropiar la tierra y darle utilidad social: impuestos progresivos sobre las
tierras baldías; fuertes impuestos sobre las rentas individuales, que no
provienen de la explotación de la tierra, sino de la exagerada extensión de los
grandes latifundios”
Me dijo
que si nuestras masas campesinas eran
“espiritualistas” (ya le había referido yo este aspecto de la sicología
indígena), había que llegar a sus grandes recursos espirituales, arrancarlos
bruscamente de sus costumbres mediante una disciplina estricta, pero
trasformándolos progresivamente mediante una actitud protectora y afectuosa
(¡cuánto había cambiado Trotsky durante su estada en América!)...
“Sólo se
puede combatir la indiferencia del indígena – agregó - arrancándolo de su
cultura ‘estática’ y llevándolo a la
agricultura mecanizada. Para separar a millones de siervos indígenas de la
parcela comunal estática...” (“el Ayllu de
los aymaras”, le interrumpí) “... y del cultivo rutinario de la hacienda de
tipo español – prosiguió -, que es casi
el mismo sistema del antiguo mir;
pero exclusivamente al servicio del gran terrateniente...”
“Ese
sistema no existe en Bolivia – señalé -. El peón indígena paga un impuesto en
servicios personales y agrarios al terrateniente, mientras cultiva sus propio sayano”.
“Es
necesario - prosiguió Trotsky - que los campesinos indígenas se pasen al
sistema ruso del koljós, dirigido y
organizado científicamente, para salir de la rutina y convertirse en miembros
activos de la granja colectiva. Cada campesino conservaría su propia parcela
para su hogar, para cultivar vegetales y criar animales de corral para el
consumo de su familia”.
Seguidamente,
hizo la siguiente observación astuta: “El campesino es avaro antes de nacer. Es
lo mismo en todo el mundo, trátese del indígena boliviano o del mujik ruso. Por eso es necesario
explicarle la utilidad del cultivo intensivo, para que se interese y progrese.
El dinero que ganará le suscitará necesidades y entonces pedirá bienes
manufacturados. El indígena debe labrar las tierras comunales del estado”
[Aquí
Sanjines, que hasta el momento había concordado con todo lo dicho por Trotsky,
manifestó su desacuerdo: el indígena, aferrado a la propiedad individual,
aceptará la coexistencia de ésta con las cooperativas y las granjas colectivas,
a causa de la tradición histórica indígena de propiedad de la tierra ningún
cambio hará que pierda totalmente el sentido de la propiedad.]
“Por todo
lo que usted me ha dicho - dijo Trotsky - me parece que el sistema de propiedad
rural del indígena boliviano se acerca más al artel, que es otro tipo de
organización colectiva agraria rusa. Hemos modernizado el artel, lo hemos adaptado
a la época moderna, ustedes deberían hacer lo mismo. En el artel, el campesino
ruso es propietario de una pequeña parcela individual, que le permite
garantizar su subsistencia, mantener su hogar, realizar cultivo en pequeña
escala y criar aves y animales de corral, tal como lo hacen los indígenas
bolivianos de acuerdo con lo que usted me ha dicho; ello no les impide
pertenecer a una granja colectiva, donde trabajan, lo mismo podría hacerse el
Bolivia, expropiando algunas tierras de los grandes, latifundios y
estableciendo las granjas colectivas a cierta distancia unas de otras. De esa
manera, el campesino tendría asegurada su economía individual en su propia parcela, al mismo tiempo, contribuiría al
bienestar social en la granja colectiva; las haciendas pequeñas no serían
desmembradas; los grandes latifundios, tan enraizados en las tradiciones de las
repúblicas íberoamericanas, se desmembrarían paso a paso gracias a la creación
de las granjas colectivas, si resulta imposible destruirlos de una vez".
[1] La cuestión agraria en Bolivia. De Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, antología de escritos de Trotsky publicada en Argentina en 1962. Este artículo fue tomado de La reforma agraria en Bolivia de Alfredo Sanjines G., ex ministro plenipotenciario boliviano en México, que entrevistó a Trotsky en Coyoacán cuando estaba de paso por esa localidad.