Resultados y perspectivas[1]
Prefacio
12 de marzo de 1919
El carácter de la revolución rusa era la cuestión principal
alrededor de la cual se agrupaban, según la respuesta que daban, las diversas
corrientes de ideas y organizaciones políticas en el movimiento revolucionario
ruso. En la propia socialdemocracia esta cuestión provocó, desde que a causa
del transcurso de los acontecimientos comenzó a plantearse de una forma
concreta, las divergencias de opiniones más grandes. Desde 1904, estas
divergencias de opiniones se han expresado en dos corrientes básicas: el menchevismo
y el bolchevismo. El punto de vista menchevique partía del principio de que
nuestra revolución era burguesa, es decir que su consecuencia natural sería el
paso del poder a la burguesía y la creación de las condiciones de un parlamento
burgués. El punto de vista de los bolcheviques, en cambio, aún reconociendo la
inevitabilidad del carácter burgués de la revolución venidera, planteaba la
creación de una república democrática bajo la dictadura del proletariado y del
campesinado.
El análisis social de los mencheviques se caracterizaba por
una superficialidad extraordinaria y, en principio, iba a caer en analogías
históricas aproximativas -el típico método de la pequeña burguesía “culta”-.
Las advertencias de que las circunstancias del desarrollo del capitalismo ruso
habían provocado grandes contrastes entre sus dos polos y habían condenado a la
insignificancia a la democracia burguesa, no impedían a los mencheviques, como
tampoco lo hicieron las experiencias de los siguientes acontecimientos, buscar incansablemente
una democracia “auténtica”, “verdadera”, que tendría que ponerse a la cabeza de
la “nación” e introducir condiciones parlamentarias, de ser posible
democráticas, de cara a un desarrollo capitalista. Los mencheviques intentaron
siempre y en todas partes descubrir indicios de desarrollo de una democracia
burguesa, y cuando no los encontraron se los imaginaron. Exageraban la
importancia de cualquier declaración o discurso “democrático” y subestimaban,
al mismo tiempo, la fuerza del proletariado y las perspectivas de su lucha. Los
mencheviques se esforzaron tan fanáticamente en encontrar una democracia
burguesa dirigente de forma que quedase asegurado el carácter burgués “legal”
de la revolución, que ellos mismos se encargaron, con más o menos éxito,
durante la revolución, cuando no apareció ninguna democracia burguesa
dirigente, de cumplir con los deberes de aquélla. Está completamente claro que
una democracia pequeño burguesa sin ideología socialista alguna, sin un estudio
marxista de las relaciones de clase, no podía actuar, en las condiciones de la
revolución rusa, de otra forma que como actuaron los mencheviques como partido
“dirigente” en la revolución de febrero. La ausencia de una base social seria
sobre la que apoyar una democracia burguesa se demostró en las personas de los
mismos mencheviques: caducaron rápidamente y fueron barridos por la
continuación de la lucha de clases, ya en el octavo mes de la revolución.
A la inversa, el bolchevismo no estaba contagiado en lo más
mínimo por la creencia en el poder y en la fuerza de una democracia burguesa
revolucionaria en Rusia. Desde el principio reconoció la significación decisiva
de la clase obrera en la revolución venidera, pero su programa se limitaba, en
la primera época, a los intereses de las grandes masas campesinas sin la cual
-y contra la cual- la revolución no hubiese podido ser llevada a cabo por el
proletariado. De ahí el reconocimiento (interino) del carácter demócrata
burgués de la revolución.
Según su apreciación de las fuerzas internas de la
revolución y de sus perspectivas, el autor no pertenecía, en aquel período, ni
a la una ni a la otra corriente principal del movimiento obrero ruso. El punto
de vista adoptado entonces por el autor puede ser formulado de una manera
esquemática como sigue: Correspondientemente a sus tareas más próximas, la
revolución comienza siendo burguesa, pero luego hace que se desplieguen
rápidamente potentes antagonismos de clases y sólo llega a la victoria si
traspasa el poder a la única clase capaz de colocarse a la cabeza de las masas
oprimidas : el proletariado. Una vez en el poder, el proletariado no quiere ni
puede limitarse al marco de un programa demócrata burgués. Puede llevar a cabo
la revolución sólo si la revolución rusa se prolonga en una revolución del
proletariado europeo. Entonces se superará el programa democrático burgués de
la revolución, junto con su marco nacional, y la dominación política temporal
de la clase obrera rusa progresará hacia una dictadura socialista permanente.
Pero si Europa no avanza, entonces la contrarrevolución burguesa no tolerará el
gobierno de las masas trabajadoras en Rusia y empujará hacia atrás al país -muy
por detrás de la república democrática de obreros y campesinos-. El
proletariado, pues, llegado al poder, no debe limitarse al marco de la
democracia burguesa sino que tiene que desplegar la táctica de la revolución
permanente, es decir anular los límites entre el programa mínimo y el máximo de
la socialdemocracia, pasar a reformas sociales cada vez más profundas y buscar
un apoyo directo e inmediato en la revolución del oeste europeo. Esta posición
debe ser desarrollada y fundada por este trabajo, reeditado ahora y habiendo
sido escrito en 1904-1906.
El autor ha defendido, durante una década y media, el punto
de vista de la revolución permanente, pero al evaluar las fracciones en lucha
mutua dentro de la socialdemocracia cometió un error. Como entonces ambas
partían de las perspectivas de una revolución burguesa, el autor creía que las
divergencias de opiniones no eran tan profundas como para justificar una
escisión. Al mismo tiempo esperaba que el transcurso posterior de los
acontecimientos demostraría claramente a todos, por un lado, la falta de
fuerzas y la impotencia de la democracia burguesa rusa, y por el otro lado, el
hecho de que al proletariado le sería objetivamente imposible mantenerse en el
poder dentro del marco de un programa democrático; y que, en suma, ello haría
desaparecer el terreno de las divergencias de opinión entre las fracciones.
Sin pertenecer a ninguna de las dos fracciones durante la
emigración, el autor subestimaba el hecho cardinal de que en las divergencias
de opiniones entre los bolcheviques y los mencheviques figuraban, de hecho, un
grupo de revolucionarios inflexibles por un lado, y por el otro una agrupación
de elementos cada vez más disgregados por el oportunismo y la falta de
principios. Cuando estalló la revolución en 1917, el partido bolchevique
representaba una organización centralizada fuerte, que había absorbido a los
mejores elementos entre los obreros progresistas y de la intelligentzia
revolucionaria y que se orientaban, en su táctica, de completo acuerdo con la
situación internacional y con las relaciones de clase en Rusia -después de una
breve lucha interior- hacia una dictadura socialista de la clase obrera. La
fracción menchevique, en cambio, había madurado, en aquella época, justo lo
suficiente para realizar -como ya hemos mencionado- las tareas de una
democracia burguesa.
Al editar de nuevo su trabajo, el autor desea, no sólo
explicar aquellos fundamentos teóricos de base que, desde los comienzos del año
1917, le permitían a él y otros camaradas que estuvieron durante una serie de
años fuera del partido bolchevique, a entrelazar su propio destino con el del
partido (esta declaración personal no sería un motivo suficiente para una
reedición del libro), sino también recordar aquel análisis histórico-social de
las fuerzas motrices de la revolución rusa, según el cual la conquista del
poder político por la clase obrera podía y tenía que considerarse como tarea de
la revolución rusa -y esto mucho antes de que la dictadura del proletariado
llegase a ser un hecho consumado-. El hecho de que ahora podamos editar sin
modificaciones un trabajo escrito en 1906 y formulado en sus rasgos básicos ya
en 1904, es una muestra convincente de que la teoría marxista no está del lado
del apoyo menchevique a una democracia burguesa, sino del lado del partido que
de hecho realiza actualmente la dictadura de la clase obrera.
La instancia última de la teoría sigue siendo la
experiencia. El hecho de que los acontecimientos en los cuales participamos
ahora y las formas de esta participación estuviesen ya previstos, en sus rasgos
básicos, hace una década y media, es una prueba irrefutable de que la teoría
marxista ha sido aplicada correctamente por nosotros.
En el apéndice reproducimos el artículo La lucha por el
poder que apareció en el periódico parisiense Nache Slovo [Nuestra Palabra][2]
del 17 de octubre de 1915. El artículo tiene una función polémica : en el se
parte de la crítica de la “carta” programática del líder del menchevismo “a los
camaradas de Rusia”, y se llega a la conclusión de que, en la década posterior
a la revolución de 1905, el desarrollo de las relaciones de clases minaba más
aún las aspiraciones mencheviques por una democracia burguesa, habiendo unido,
por el contrario, mas estrechamente el destino de la revolución rusa con la
cuestión de la dictadura de la clase obrera. ¡Hay que ser testarudo para
hablar, todavía, después de una lucha ideológica de años, del “aventurerismo”
de la revolución de octubre!
Cuando se habla de la relación de los mencheviques con la
revolución, no se puede evitar el mencionar la degeneración menchevique de
Kautsky, que expresa ahora en la “teoría” de los Martov*, Dan* y Tseretelli* su
propia decadencia teórica y política. Después de octubre del 1917 oímos decir a
Kautsky que la conquista del poder político mediante la clase obrera, también
sería la tarea histórica del partido social demócrata pero que -dado que el
partido comunista ruso no ha llegado al poder entrando por la puerta ni a la
hora prevista en el horario de Kautsky- se debería dejar la república soviética
a la corrección de Kerensky, Tseretelli y Tchernov*. Esta crítica pedante
reaccionaria de Kaustky, debe haber sorprendido aún más a los camaradas que han
vivido con plena conciencia el período de la primera revolución rusa y que han
leído el artículo de Kautsky de 1905-1906. Entonces comprendió y reconoció
Kautsky (seguramente no sin la influencia bienhechora de Rosa Luxemburgo) que
la revolución rusa no podría terminar en una república democrática burguesa,
sino que tendría que conducir, dado el nivel alcanzado por la lucha de clases
en el interior del país y la situación internacional del capitalismo, a la
dictadura de la clase obrera. Kautsky hablaba entonces directamente de un
gobierno obrero con mayoría socialdemócrata. No se le ocurría hacer depender el
transcurso real de la lucha de clases de combinaciones superficiales y
temporalmente limitadas de la democracia política. Kautsky comprendía entonces
que una revolución comienza primeramente con el despertar de masas de millones
de campesinos y pequeño burgueses, y ni siquiera de un golpe sino lentamente,
capa por capa; que, en el momento en que la lucha entre el proletariado y la
burguesía capitalista se acerca a su momento decisivo, se encuentran todavía
amplias masas campesinas a un nivel primitivo de desarrollo político, dando sus
votos a los partidos políticos de las capas intermedias, que precisamente
reflejan únicamente el atraso y los prejuicios del campesinado. Kautsky
comprendió entonces que el proletariado, una vez que ha llegado a la conquista
del poder por la lógica de la revolución, no puede aplazar sus funciones
arbitrariamente por un tiempo indefinido, ya que con esta renuncia dejaría el
campo libre a la contrarrevolución. Kautsky comprendió entonces que el
proletariado, si tiene el poder revolucionario en sus manos, no hará el destino
de la revolución dependiente del estado de ánimo pasajero de las masas menos
conscientes y despiertas, sino que, al contrario, convertirá toda la autoridad
pública que se concentra en sus manos en un aparato de ilustración y
organización de estas masas campesinas más atrasadas e ignorantes. Kautsky comprendió
que llamar a la revolución rusa una revolución burguesa y limitar sus tareas
consecuentemente, significa no comprender nada de lo que pasa en el mundo.
Reconoció correctamente, junto con los marxistas revolucionarios de Rusia y
Polonia, que -si el proletariado ruso conseguía el poder antes que el europeo-
debería aprovechar su posición de clase dominante no para traspasar
urgentemente sus posiciones a la burguesía, sino para apoyar poderosamente la
revolución proletaria en Europa y en todo el mundo. Todas estas perspectivas
internacionales, penetradas por el espíritu de la doctrina marxista, no se
hacían dependientes, ni para Kautsky ni para nosotros, de cómo y por quién
votaría el campesinado en noviembre y diciembre de 1917 en las elecciones de la
así llamada Asamblea Constituyente[3].
Ahora, cuando las perspectivas trazadas hace 15 años han
llegado a ser realidad, Kautsky niega a la revolución rusa el acta de
reconocimiento con la argumentación de que no ha sido librada en la comisaría
política de la democracia burguesa. ¡Qué hecho más asombroso! ¡Qué increíble
envilecimiento del marxismo! Puede decirse con todo derecho que la decadencia
de la II Internacional[4] ha
encontrado una expresión aun más horrible en este juicio filisteo sobre la
revolución rusa de uno de sus más grandes teóricos, que a causa del acuerdo
respecto a los créditos de guerra del 4 de agosto.
Kautsky desarrolló y defendió durante décadas las ideas de
la revolución social. Ahora, cuando ha estallado, se aparta lleno de espanto.
Se resiste al poder soviético en Rusia y adopta una postura hostil contra el
movimiento poderoso del proletariado comunista en Alemania. Kautsky se parece
desconcertantemente a un maestrillo de escuela miserable que describe, año tras
año, en las cuatro paredes de su clase enmohecida, a sus alumnos la primavera y
luego, cuando por fin al final de su actividad pedagógica, sale una vez a ver
la naturaleza en primavera, no reconoce la primavera, se enfada (lo que pueda
enfadarse un maestrillo de escuela) e intenta demostrar que la primavera no es
ninguna primavera sino sólo un gran desorden de la naturaleza, puesto que
atenta contra las leyes de las ciencias naturales. ¡Qué bien está que los
obreros no se fíen de este pedante, equipado de tan alta autoridad, sino que se
fíen de la voz de la primavera! Nosotros, los discípulos de Marx, seguimos
convencidos, junto con los obreros alemanes, de que la primavera de la
revolución ha empezado en completo acuerdo con las leyes de la naturaleza
social y, al mismo tiempo, con la teoría marxista; ya que el marxismo no es el
puntero de un maestrillo de escuela que está por encima de la historia sino el
análisis social de las vías y formas del proceso histórico tal como se realiza
en realidad.
No he modificado los textos de los dos trabajos impresos -de
1906 y de 1915-. Originariamente quería completarlos con notas que acercasen la
representación al momento actual. Pero al leer el texto he abandonado este
proyecto. Si hubiese querido entrar en detalles hubiese duplicado con las notas
el tamaño del libro, para lo cual, en la actualidad, me falta el tiempo;
además, para el lector semejante “libro de dos pisos” hubiera sido incómodo.
Pero creo que lo principal es que el razonamiento se aproxima, en sus rasgos
esenciales, a la situación actual y el lector que se someta a la molestia de
estudiar este libro con más atención completará, sin esforzarse, la
representación con los hechos necesarios de la experiencia de la revolución
actual.
L. Trotsky, 12 de marzo de 1919
Kremlin
[1] Si bien Resultados y perspectivas fue escrito en 1906, Trotsky escribe este prefacio para la edición de 1919. Tomado de la versión publicada en 1905, Resultados y perspectivas, Ediciones Ruedo Ibérico, Tomo II, p. 219, Francia 1971.
[2] Diario ruso publicado en París de 1914 hasta 1917, sobre el que Trotsky ejerció una gran influencia, desde su llegada a París (1914), hasta su expulsión de Francia (1916).
[3] Asamblea Constituyente de 1917: Tras la insurrección de Octubre se realizan las elecciones para la Asamblea Constituyente convocada en su momento por el gobierno provisional, que dan una mayoría relativa a los “socialistas revolucionarios” de derecha, partidarios de formar un nuevo gobierno de coalición con la burguesía. Mientras tanto con una amplia mayoría bolchevique, el Soviet sostiene al gobierno obrero y campesino. Las elecciones a la Asamblea no expresaron la relación real de fuerzas que el transcurso de la revolución había puesto en marcha. A comienzos de 1918 la Asamblea Constituyente es disuelta.
[4] La II Internacional: fundada en 1889 como sucesora de la primera Internacional. Ensus inicios fue una asociación libre de partidos nacionales laboristas y socialdemócratas, en la que se nucleaban elementos revolucionarios y reformistas. En 1914, sus secciones principales, violando los más elementales principios socialistas, apoyaron a sus respectivos gobiernos imperialistas en la Primera Guerra Mundial. Quedó aislada durante la guerra pero resurgió en 1923 como organización completamente reformista.