Resultados y perspectivas.
Las fuerzas motrices de la revolución[1]
San Petersburgo (en la cárcel), 1906
Para todos la revolución en Rusia llegó inesperadamente
excepto para la socialdemocracia. Hacía ya mucho tiempo que el marxismo había
pronosticado la inevitabilidad de la revolución rusa, que tenía que estallar
como consecuencia del conflicto entre las fuerzas del desarrollo capitalista y
las del absolutismo burocrático. El marxismo había predicho el contenido social
de la revolución venidera. Al considerarla una revolución burguesa señaló que
las tareas objetivas inmediatas de la revolución serían las de crear
condiciones "normales" para el desarrollo de la sociedad burguesa en
su totalidad.
El marxismo tenía razón -esto ya no necesita de ninguna
discusión ni prueba. Los marxistas tienen hoy una tarea completamente distinta:
reconocer, con ayuda del análisis de su mecanismo interno, las
"posibilidades" de la revolución en desarrollo. Sería un grave error
el equiparar simplemente nuestra revolución con los acontecimientos de los años
1789-1793 o del año 1848. Analogías históricas con las cuales el liberalismo se
mantiene vivo no pueden reemplazar un análisis social.
La revolución rusa está caracterizada por particularidades
que derivan de los rasgos muy especiales de nuestro desarrollo socio histórico
y que nos abren, por su parte, perspectivas históricas completamente nuevas.
1. Las particularidades del desarrollo histórico
Comparando el desarrollo social de Rusia con el de otros
Estados europeos -resumiendo sus rasgos comunes y poniendo de relieve las
diferencias entre su historia y la historia rusa- estamos en condiciones de
decir que la característica esencial del desarrollo social ruso es su
primitivismo y su lentitud.
No queremos ocuparnos aquí de las causas naturales de este
primitivismo, pero el hecho en sí nos parece indudable: la sociedad rusa nació sobre
una base económica más simple y más pobre.
El marxismo enseña que el desarrollo de las fuerzas
productivas constituye la base del proceso socio-histórico. La formación de
corporaciones y clases económicas solamente es posible cuando este desarrollo ha
alcanzado un punto determinado. Es necesario para la diversificación de capas y
clases, que viene a su vez determinada por el desarrollo de la división del
trabajo y la formación de funciones sociales especializadas, que la parte de la
población que está ocupada directamente en la producción material produzca, por
encima de su propio consumo, un plusproducto, un excedente: y solamente por
apropiarse enajenadamente de este excedente pueden nacer y estructurarse las
clases no productivas. La división del trabajo dentro de las mismas clases
productivas únicamente es imaginable a partir de un cierto nivel de desarrollo
en la agricultura, en el cual queda garantizado el abastecimiento de la
población no campesina con artículos agrícolas. Estas condiciones previas para
el desarrollo social ya han sido formuladas exactamente por Adam Smith*.
De ello resulta -aunque el período de Novgorod en nuestra
historia coincide con los comienzos de la Edad Media europea- que el lento
desarrollo económico, debido a condiciones histórico-naturales (situación
geográfica desfavorable, población escasa), obstaculizó el proceso de la
formación de clases, dándole un carácter más primitivo.
Es muy difícil decir qué dirección habría tomado la historia
de la sociedad rusa si hubiera transcurrido aisladamente y si hubiese sido
influenciada sólo por sus tendencias internas propias. Basta mencionar que ese
no ha sido el caso. La sociedad rusa que se formaba sobre una determinada base
económica interior estaba siempre bajo el influjo, e incluso bajo la presión,
del medio socio-histórico exterior.
En el proceso del enfrentamiento de esta ya formada
organización socio-estatal con las otras vecinas jugaron un papel decisivo, del
lado de una el primitivismo de las circunstancias económicas y, del de las
otras, su nivel de desarrollo relativamente alto.
El Estado ruso que se había formado sobre una base económica
primitiva, entró en relación y llegó a tener conflictos con organizaciones
estatales que se habían desarrollado sobre una base económica más alta y más
estable. Aquí se planteaban entonces dos posibilidades: o bien el Estado ruso
se hundiría en esta lucha, como se habían hundido la Horda de Oro en la lucha
con el Estado de Moscú, o bien el Estado ruso tendría que adelantarse, en su
desarrollo, a la evolución propia de las condiciones económicas y gastar muchas
más energías vitales de las que hubiesen sido necesarias en el caso de un
desarrollo aislado. Para la primera alternativa la economía rusa no era lo
bastante primitiva. El Estado no se deshizo, sino que empezó a desenvolverse
merced a un supremo esfuerzo de sus fuerzas económicas.
Lo esencial no es, por tanto, que Rusia estuviera rodeada de
enemigos. Eso sólo no es suficiente. En principio eso vale para cualquier
Estado europeo excepto quizás para Inglaterra; pero con la diferencia de que,
en su lucha por la existencia, estos Estados se apoyaban en una base económica
más o menos homogénea y, por esto mismo, el desarrollo de su estabilidad no
estaba expuesta a una presión exterior tan fuerte.
La lucha contra los tártaros nogaicos y los de Crimea exigía
el máximo de esfuerzo; pero desde luego no exigía más que la lucha secular de
Francia contra Inglaterra. No fueron los tártaros los que obligaron a la vieja
Rusia a introducir las armas de fuego y los regimientos permanentes de la
guardia imperial; no fueron los tártaros los que la obligaron más tarde a crear
la caballería y la infantería. Fue la presión por parte de Lituania, Polonia y
Suecia.
Como consecuencia de esta presión ejercida desde Europa
occidental, el Estado devoró una parte excesivamente grande de la plusvalía, o
lo que es lo mismo, vivía a expensas de las clases privilegiadas que se
acababan de formar, retardando así su -de todos modos- lento desarrollo. Pero
esto no es todo. El Estado se lanzó sobre el "producto necesario" del
campesino, le privó de sus medios de existencia, obligándole, con ello, a
abandonar la tierra en la que acababa de establecerse y, de esta manera,
obstaculizó el crecimiento de la población, frenó el desarrollo de las fuerzas
productivas. Así es que, en la medida en la cual el Estado devoró una parte
desproporcionada de la plusvalía, obstaculizó la diversificación, ya bastante
lenta, de las capas sociales; y en la misma medida en que quitó una parte considerable
del producto necesario destruyó él mismo las primitivas bases de producción,
que eran su apoyo.
Pero, sobre todo, para apropiarse de una parte del producto
social, necesario para seguir existiendo y funcionando, el Estado necesitaba
una organización jerárquico-clasista. Así, mientras minaba las bases económicas
de su crecimiento, pretendía, al mismo tiempo, forzar su desarrollo mediante
medidas estatales autoritarias e intentaba -como cualquier otro Estado- guiar a
su gusto el proceso de formación de las capas sociales. En ello un historiador
de la civilización rusa, Miliukov[2], ve
un contraste directo con la historia de occidente. Sin embargo, no hay aquí en
verdad ningún contraste.
La monarquía clasista de la Edad Media, que más tarde
evolucionó hacia un absolutismo burocrático, representaba una forma de Estado
en la cual estaban arraigados determinados intereses y relaciones sociales.
Pero esta forma de Estado, una vez formada y establecida, engendró intereses
propios (dinásticos, cortesanos, burocráticos...) que entraron en conflicto no
solamente con los intereses de las capas bajas sino incluso con los de las
capas altas. Las clases dominantes, que formaban un "muro de
separación" socialmente imprescindible entre las masas de la población y
la organización estatal, presionaron sobre esta última y convirtieron sus
propios intereses en el contenido de su praxis estatal. Pero la autoridad
pública defendió, al mismo tiempo, su propio punto de vista, también frente a
los intereses de las clases altas. Como tal poder independiente, ella
desarrolló una política de oposición contra las aspiraciones de aquéllas e
intentó subordinarlas. La historia efectiva de las relaciones entre Estado y
clases transcurrió en el sentido de una resultante que estaba determinada por
esta constelación de fuerzas. Un proceso, similar en su esencia, tuvo lugar
también en la vieja Rusia.
El Estado intentaba aprovecharse de los grupos económicos en
desarrollo y subordinarlos a sus intereses financieros y militares específicos.
Los nacientes grupos económicos dominantes intentaron servirse del Estado para
asegurarse sus privilegios en forma de privilegios de clase. En este juego de
fuerzas sociales, el poder del Estado tuvo una importancia mucho más grande que
en la historia de la Europa occidental.
Este intercambio de ayudas mutuas entre el Estado y los
grupos sociales superiores, que se expresa en la distribución, de mutuo
acuerdo, de derechos y obligaciones, de cargas y privilegios, se realiza a
expensas del pueblo trabajador.
En Rusia el intercambio era menos ventajoso para la
aristocracia y el clero que en las monarquías clasistas medievales de Europa
occidental. Eso es indiscutible. Y, sin embargo, decir que en Rusia la
autoridad pública hubiese creado, de por sí, las clases, por su propio interés,
mientras que en el Occidente, en la misma época, las clases crearon el Estado,
es una increíble exageración, una absoluta falta de perspectiva. (Miliukov)
No se pueden crear clases por un procedimiento, por un mero
expediente jurídico estatal. Antes de que este o aquel grupo social pueda, con
ayuda de la autoridad pública, devenir una clase privilegiada, tiene de manera
previa que haberse formado económicamente, y, por añadidura, con todas sus
prerrogativas sociales. No se pueden fabricar clases según una jerarquía
preconcebida o según el modelo de la Legión de Honor. La autoridad pública
únicamente puede depositar todo el peso de su ayuda para favorecer este proceso
económico elemental, del cual se derivan más tarde las formaciones económicas
superiores. Como hemos mostrado, el Estado ruso gastó relativamente muchas
fuerzas y obstaculizó el proceso de cristalización social, pese a que él mismo
lo necesitaba. Es por tanto natural que, por su parte, intentara forzar, bajo
la influencia y la presión del mundo occidental socialmente más configurado
(una presión que fue proporcionada mediante la organización militar estatal),
la diversificación social sobre una base económica primitiva. Además, como la
necesidad de acelerar este proceso había surgido de la debilidad del desarrollo
socio-económico, es natural que el Estado, en sus esfuerzos previsores,
aspirara a aprovechar su preponderancia de poder para dirigir, según su propio
criterio, precisamente este desarrollo de las clases altas. Pero cuando el
Estado quiso obtener éxitos mayores en este sentido tropezó, ante todo, con su
propia debilidad, con el carácter primitivo de su propia organización; y éste
estaba, como ya sabemos, determinado por el primitivismo de la estructura
social.
Así fue impulsado el Estado ruso, construido sobre la base
de la economía rusa, por la presión amistosa y, más aún, por la presión rival
de las organizaciones estatales vecinas que se habían formado sobre una base
económica más desarrollada. A partir de un momento determinado -en especial
desde finales del siglo XVII- el Estado aspiró a acelerar artificialmente con
un esfuerzo supremo, el desarrollo económico natural. Nuevos ramos de oficios,
máquinas e industrias, producción en gran escala y capital parecen, por decirlo
así, servir como injertos en el tronco económico natural. El capitalismo
aparece como un hijo del Estado. Desde este punto de vista también se podría
decir que toda la ciencia rusa es un producto artificial de los esfuerzos
estatales, puesta artificialmente sobre el tronco natural de la ignorancia
nacional[3].
El pensamiento ruso se desarrolló, como la economía rusa, bajo la presión directa del pensamiento y de la economía -más avanzados- de Occidente. Como a consecuencia del carácter económico natural de la economía, es decir como a consecuencia del comercio exterior muy poco desarrollado, las relaciones con los otros países tenían un carácter principalmente estatal, la influencia que Rusia debía sentir de estos países, antes de poder adoptar la forma de competencia económica directa, se manifestó más bien como una lucha encarnizada por la existencia estatal misma. La economía occidental influenció sobre la rusa por mediación del Estado. Para poder sobrevivir mejor en medio de Estados enemigos y mejor armados, Rusia estaba obligada a introducir fábricas, escuelas de navegación, libros instructivos sobre la construcción de instalaciones de fortificación, etc. Pero si el movimiento general de la economía interior no se hubiera dirigido en este sentido, si la evolución de esta economía no hubiese creado una necesidad de aplicación y generalización de los conocimientos, entonces todos los esfuerzos del Estado hubieran sido infructuosos: la economía nacional, que evolucionaba de una manera normal de la forma de economía natural a la forma de economía dinero-mercancías, solamente reaccionó a las medidas del gobierno que se correspondían con esta evolución, y solamente en la medida en que estaban de acuerdo con ella. La historia de la fábrica rusa, del sistema monetario ruso y del crédito estatal es una prueba contundente de esta interpretación de los hechos que acabamos de exponer.
"La mayoría de los ramos industriales (metal, azúcar,
petróleo, aguardiente e incluso tejidos de fibra) -escribe el profesor
Mendeleev- nacieron directamente bajo la acción de medidas gubernamentales, a
veces también con ayuda de altas subvenciones pero, sobre todo, porque el
gobierno pretendía, por lo visto, en todas las épocas, una política
proteccionista consciente, llegando, durante el reinado del zar Alejandro, a
escribirla abiertamente sobre su bandera... El gobierno supremo que se atenía,
para Rusia, con plena conciencia, a los principios del proteccionismo, se había
adelantado a todas nuestras clases instruidas en conjunto”. El sabio
panegirista del proteccionismo industrial olvida añadir que la [4]política
gubernamental no estaba dictada en base a una preocupación por el desarrollo de
las fuerzas productivas sino en base a consideraciones puramente fiscales y, en
parte, técnico-militares. Por este motivo, la política de aranceles protectores
estaba en contradicción no solamente con los intereses fundamentales del
desarrollo industrial sino también con los intereses privados de grupos de
empresas individuales. Así, los fabricantes de algodón declararon abiertamente
que "los aranceles de algodón tan altos no son mantenidos para la
promoción del cultivo de algodón sino solamente a causa de intereses
fiscales". Así como el gobierno al "crear" las clases había
puesto los ojos sobre todo en los tributos para el Estado, también al
"establecer" la industria dirigía su preocupación principal hacia las
necesidades del fisco. Pero, indudablemente, la autocracia, al transplantar la
producción industrial en suelo ruso, jugaba un papel importante.
En la época en la que la sociedad burguesa en desarrollo
empezó a sentir la necesidad de las instituciones políticas de Occidente, la
autocracia estaba equipada con un poder material semejante al de los países
europeos. Se apoyaba en un aparato burocrático centralizado que era
completamente insuficiente en orden al control de situaciones nuevas pero que,
en cambio, era capaz de poner en movimiento grandes energías de carácter
represivo sistemático. Las inmensas distancias del país habían sido superadas
mediante el telégrafo, permitiendo que las iniciativas de la administración se
realizaran con seguridad, con relativa unidad y con rapidez (en el caso de
medidas represivas); los ferrocarriles hacían posible desplazar en poco tiempo
tropas militares de un extremo al otro del país. Los gobiernos
prerrevolucionarios de Europa apenas conocían ferrocarriles y telégrafos. El
ejército que estaba a disposición del absolutismo era realmente gigantesco y,
si bien en los primeros ensayos, la guerra ruso-japonesa, se había mostrado
inútil, era suficientemente bueno para el control del interior. No ya el
gobierno de la vieja Francia, sino ni siquiera el gobierno de 1848 había
conocido nada que pudiera igualarse al actual ejército ruso.
El gobierno, al mismo tiempo que con ayuda del aparato
fiscal militar explotaba el país al máximo, aumentaba su presupuesto anual
hasta la suma gigantesca de 2.000 millones de rublos. Apoyado en el ejército y
en el presupuesto, el gobierno autocrático convirtió la bolsa europea de
valores en su tesoro privado y al contribuyente ruso en un tributario
desesperado de esta bolsa.
Así el gobierno ruso se presentaba al mundo, en los años
ochenta y noventa del siglo XIX, como una inmensa organización impositiva y
bursátil con una significación burocrático-militar y con un poder inconmovible.
El poder financiero y militar del absolutismo agobiaba e
impresionaba no solamente a la burguesía europea sino también al liberalismo
ruso, quitándole cualquier atisbo de esperanza en la posibilidad de una disputa
abierta con el absolutismo. Parecía como si el poder militar y financiero del
absolutismo excluyera cualquier posibilidad de una revolución rusa.
En realidad ocurrió todo lo contrario.
Cuanto más centralizado es un Estado y cuanto más desgajado
está de la sociedad, tanto más pronto se convierte en una organización autónoma
que está por encima de la sociedad. Cuanto más grandes son las fuerzas
militares y financieras de tal organización, tanto más largamente y con más
éxito puede luchar por su supervivencia. El Estado centralizador, con su
presupuesto de 2.000 millones, con sus 8.000 millones de deuda y con millones
de hombres sobre las armas, podía todavía mantenerse aun después de haber
dejado de corresponder a las necesidades elementales del desarrollo social;
necesidades, no sólo referentes a la administración interna, sino inclusive las
necesidades relativas a la seguridad militar, para cuya garantía había sido,
originariamente, creado.
Cuanto más duradera era esta situación, tanto más se
desarrollaba la contradicción entre las exigencias del progreso económico y
cultural y la política gubernamental, la cual multiplicaba su propia desidia
"en millones de veces". Al haber dejado atrás la época de la grandes
reformas del tipo de soluciones de recambio -que no solamente no podían
eliminar esta contradicción sino que, por el contrario, la ponían al
descubierto claramente por primera vez- al gobierno se le hizo objetivamente
cada vez más difícil, y psicológicamente cada vez menos posible, el emprender
por sí mismo la marcha hacia el parlamentarismo. La única salida a esta
contradicción que en la mencionada situación se le ofrecía a la sociedad,
consistía en acumular el suficiente vapor revolucionario en la marmita del
absolutismo para poder hacerla volar.
Así, el poder administrativo, militar y financiero del
absolutismo, el mismo que le había proporcionado la posibilidad de sostenerse
en plena contradicción con el desarrollo social, no solamente no excluía la
posibilidad de una revolución -como pensaba el liberalismo- sino, por el
contrario, hacía que la revolución fuera la única salida; además, la revolución
tendría un carácter tanto más radical cuanto más profundo se hiciera el abismo
entre el poder del absolutismo y la nación.
El marxismo ruso puede, con toda razón, estar orgulloso de
haber sido el único en señalar el sentido de esta evolución y de haber predicho
sus formas generales[5], en
una época en la que el liberalismo se nutría de un "practicismo"
utópico y en que el movimiento revolucionario de los populistas vivía de
fantasmagorías y de la creencia en milagros.
Todo este transcurso de la evolución social hacía la
revolución inevitable. ¿Pero cuáles eran las fuerzas de esta revolución?
2. Ciudad y capital
El desarrollo de las ciudades en Rusia es un producto de la
historia más reciente -más exactamente, un producto de las últimas décadas-.
Hacia finales de la regencia de Pedro I, en el primer cuarto del siglo XVIII,
la población urbana era de un poco más de 328.000 personas, aproximadamente el
3 % de la población del país. Hacia finales del mismo siglo era de 1.301.000,
aproximadamente un 4,1 % de la población total. En 1812 había aumentado la
población de las ciudades a 1.653.000, es decir un 4,4 %. A mediados del siglo
XIX contaban las ciudades todavía con sólo 3.482.000 personas, un 7,8 %. En el
último censo (1897) se contabilizó finalmente una cifra de población urbana de
16.289.000, lo que hace aproximadamente el 13 % de la población total[6].
Si concebimos la ciudad no sólo como unidad administrativa
sino como formación económico-social, entonces tenemos que admitir que las
meras cifras mencionadas no reflejan realmente el desarrollo de las ciudades:
la práctica estatal administrativa adjudicaba a determinadas ciudades
innumerables privilegios con la misma arbitrariedad con que privaba a otras de
los mismos sin que en ello mediasen las más mínimas consideraciones de orden
técnico-científico. Estas cifras manifiestan, sin embargo, tanto la falta de
importancia de las ciudades en la Rusia anterior a las reformas como su
crecimiento febril durante las últimas décadas. El crecimiento de la población
urbana entre los años 1885 y 1887 era, según los cálculos de Mijailovski, de un
33,8 %, es decir, más del doble del crecimiento de la población rusa en general
(15,25 %) y casi el triple del aumento de la población rural (12,7 %). El
incremento rápido de la población urbana (no agrícola) se expresa aún más
claramente si añadimos los pueblos y las ciudades pequeñas con algo de
industria.
Pero las modernas ciudades rusas no difieren de las viejas
solamente por su número de habitantes sino también por su carácter social: son
el centro de la industria y del comercio. La mayoría de nuestras viejas
ciudades apenas desempeñaba un destacado papel económico; eran puntos administrativo-militares
o fortalezas, su población estaba obligada al servicio militar y, asimismo, era
mantenida por el fisco. La ciudad era generalmente un centro administrativo,
militar y recaudador de impuestos.
Cuando la población no sujeta al servicio se establecía en
el término municipal de la ciudad o en sus alrededores para encontrar
protección contra sus enemigos, este hecho no impedía en absoluto el que
continuara ocupándose en la agricultura. Incluso Moscú, la ciudad más grande de
la vieja Rusia, era -según las explicaciones del Miliukov- únicamente "una
residencia del zar, en la cual una parte considerable de sus habitantes estaba
vinculada, de una manera o de otra, a la corte, sea como séquito, sea como
guardia de palacio, sea como servidumbre. De más de 16.000 hogares que se
habían contado en el censo de Moscú de 1.701, sólo 7.000 (44 %) eran
traficantes y artesanos; e incluso éstos vivían cerca de la corte y trabajaban
para sus necesidades. Los restantes 9.000 hogares estaban formados por el clero
(1.500) y la clase dominante". La ciudad rusa, al igual que las ciudades
que caracterizaron al despotismo asiático y a diferencia de las ciudades
artesanales y comerciales de la Edad Media, realizaba pues una actividad
puramente de consumo. Por la misma época en que la moderna ciudad occidental
defendía con más o menos éxito la política de impedir que los artesanos se
estableciesen en los pueblos, la ciudad rusa desconocía todavía por completo
este fenómeno. Pero, ¿dónde existía en Rusia una industria transformadora, un
oficio?: en los pueblos, en la agricultura. A causa del intenso pillaje por
parte del Estado, el bajo nivel económico no dejaba ningún margen a la
acumulación de riquezas ni a la división del trabajo social. El verano, mucho
más corto, en comparación con el occidental, traía consigo una inactividad
invernal más larga. Todo esto dio ocasión a que la industria transformadora no
se separase de la agricultura ni se concentrase en las ciudades, sino que
continuara como ocupación accesoria en el campo. Cuando en la segunda mitad del
siglo XIX comenzó el desarrollo de la industria capitalista en gran escala, no
encontró ninguna industria urbana sobre la cual asentarse, sino principalmente
el oficio aldeano kustar[7]. El
millón y medio de obreros fabriles que hay, como máximo, en Rusia -escribe
Miliukov- tiene enfrente de sí a no menos de 4 millones de campesinos que están
ocupados en sus aldeas en la industria transformadora, sin dejar por esto la
agricultura. Precisamente esta clase, de la cual [...] surgió la fábrica
europea, no participó en modo alguno [...] en la construcción de la industria
rusa.
El crecimiento posterior de la población y de su
productividad proporcionó una base natural para la división del trabajo social
y, desde luego, también para el oficio urbano. Pero a causa de la presión
económica de los países avanzados, la gran industria capitalista se apoderó en
seguida de esta base, de forma que no hubo tiempo suficiente para que el oficio
urbano floreciese.
Los cuatro millones de artesanos kustar eran justamente el
elemento que, en Europa, había formado el núcleo de la población urbana
entrando a formar parte de los gremios como maestros y oficiales, y que luego,
progresivamente, fueron cada vez más quedando fuera de los gremios hasta independizarse
de ellos por completo. Era precisamente esta capa de artesanos la que, durante
la gran revolución, constituía la parte principal de la población de los
barrios más revolucionarios de París. Ya este mero hecho -la insignificancia de
la industria urbana- había de tener consecuencias incalculables para nuestra
revolución[8].
La característica económica esencial de la ciudad
contemporánea es la transformación de las materias primas, de las cuales le
abastece el campo; por este motivo son decisivas para la ciudad las condiciones
de transporte. Sólo la introducción del ferrocarril podía ensanchar de tal
manera el campo de abastecimiento de la ciudad hasta el punto de hacer posible
la aglomeración de centenares de miles de personas; la necesidad de una tal aglomeración
resultó de la gran industria fabril. El núcleo de población de una ciudad
moderna, por lo menos de una ciudad de importancia económica y política, es la
clase de los obreros asalariados, claramente diferenciada. Justamente esta
clase, que en la época de la gran revolución francesa era todavía
sustancialmente desconocida, debía jugar en nuestra revolución el papel
decisivo.
El sistema industrial fabril no solamente coloca al
proletariado en la primera línea del frente sino que también empuja hacia la
retaguardia a la democracia burguesa, quien en revoluciones anteriores había
encontrado un apoyo en la pequeña burguesía urbana: artesanos, pequeños
traficantes, etc. Y otra razón del papel político desproporcionadamente grande
del proletariado ruso la constituye el hecho de que una parte considerable del
capital ruso sea inmigrado. Esto ha conducido -según Kautsky- a que el
proletariado haya aumentado en número, fuerza e influencia de una manera que no
guardaba la más mínima proporción con el crecimiento del liberalismo burgués.
Ya explicamos cómo en Rusia el capitalismo no se desarrolló
a partir del oficio artesanal. Cuando el capitalismo llegó a la conquista de
Rusia traía consigo como auxiliar a la civilización económica europea; su
competidor era el artesano kustar desamparado o el industrial urbano arruinado;
y poseía en cambio a su favor, como reserva de fuerza de trabajo, al
campesinado semiempobrecido. El absolutismo, por su parte, favoreció bajo
diversos aspectos la subyugación capitalista del país.
Primero convirtió al campesino ruso en tributario de la
bolsa mundial de valores. La falta, en el campo, del capital exigido
continuamente por la ciudad, preparaba el terreno para las condiciones
usurarias de los empréstitos extranjeros. Desde la regencia de Catalina II
hasta el ministerio Witte-Durnovo trabajaron banqueros de Amsterdam, Londres,
París y Berlín con miras a la transformación de la autocracia en un gigantesco
objeto de especulación en bolsa. Una parte considerable de los llamados empréstitos
interiores, que fueron realizados por instituciones nacionales de crédito, no
se diferenció en nada de los empréstitos extranjeros, ya que de hecho fue
adquirida por capitalistas extranjeros. El absolutismo, mientras proletarizaba
y pauperizaba al campesinado mediante altos impuestos, convertía los millones
de la bolsa europea en soldados, en cruceros acorazados, en cárceles de
incomunicación y en ferrocarriles. La mayor parte de estos gastos era
absolutamente improductiva desde el punto de vista económico. Una parte inmensa
del producto nacional fue pagada al extranjero en forma de intereses y
enriquecía y fortalecía la aristocracia financiera de Europa. La burguesía
financiera europea, cuya influencia política ha ido creciendo continuamente
durante las últimas décadas en los países de gobierno parlamentario haciendo
retroceder la influencia de los capitalistas industriales y comerciales, ha
convertido realmente al gobierno zarista en su vasallo. Ahora bien, esta
burguesía no quería ni podía llegar a ser una parte de la oposición burguesa en
el interior de Rusia y efectivamente no lo fue. En lo que se refiere a sus
simpatías y antipatías se guiaba por el principio que ya habían formulado los
banqueros Hoppe y Cía., en el año 1789, relativo a las condiciones del
empréstito para el zar Pablo: "Los intereses han de pagarse sin
consideración de las circunstancias políticas". La bolsa europea estaba
incluso directamente interesada en el mantenimiento del absolutismo: ningún
otro gobierno podía garantizarle tales intereses de usura. Pero los empréstitos
estatales no eran el único camino mediante el cual se importaban capitales
europeos en Rusia. El mismo dinero que devoró una gran parte del presupuesto
nacional ruso volvió a Rusia como capital comercial e industrial, atraído por
sus riquezas naturales intactas y, sobre todo, por su mercado de trabajo no
organizado y desacostumbrado a la resistencia. El período más reciente de
nuestro incremento industrial de 1893 a 1899 fue al mismo tiempo un período de
inmigración acentuada del capital europeo. Este capital, pues, que quedaba,
ahora como antes, en su mayor parte en manos europeas y que dominaba la escena
política en los parlamentos de Francia o Bélgica, movilizó en cambio, sobre la
tierra rusa, a la clase obrera.
El capital europeo lanzó sus principales ramas de la
producción y medios de comunicación sobre este país económicamente atrasado y
lo esclavizó, saltando una serie de fases técnicas y económicas intermedias
que, en cambio, en su patria no podía menos de recorrer progresivamente. Pero
cuantos menos obstáculos encontraba en el camino hacia su predominio económico
tanto menos importante se configuró su papel político.
La burguesía europea se desarrolló a partir del Tercer
Estado de la Edad Media. Levantó la bandera de protesta contra el pillaje y la
violencia por parte del Primer y del Segundo Estados, levantándola en nombre de
los intereses del pueblo, al cual ella misma deseaba explotar. Durante la
transformación de la monarquía clasista medieval en absolutismo burocrático,
ésta se apoyó en la población urbana en su lucha contra las pretensiones del
clero y de la aristocracia. La burguesía se aprovechó de esto para su propia
promoción política. Así se desarrollaban, simultáneamente, el absolutismo
burocrático y la clase capitalista; y cuando chocaron en 1789 se mostró que la
burguesía gozaba del respaldo de la nación entera.
El absolutismo se desarrolló bajo la presión directa de los
Estados occidentales. Se apoderó de los métodos de administración y dominación
mucho antes de que la burguesía capitalista consiguiese desarrollarse al nivel
de la economía nacional. El absolutismo disponía ya de un inmenso ejército
permanente, de un aparato burocrático y fiscal centralizado y emitía deuda no
amortizable con destino a los banqueros europeos, en una época en la que las
ciudades rusas jugaban todavía un papel económico completamente subordinado.
El capital se internó desde el occidente, beneficiándose de la ayuda directa por parte del absolutismo, y convirtió en poco tiempo una serie de viejas ciudades arcaicas en centros industriales y comerciales, e inclusive creó tales ciudades comerciales e industriales en lugares antes inhabitados por completo. Este capital a menudo se presentó de repente en la forma de grandes e impersonales sociedades anónimas. En la década de la prosperidad industrial de 1893 a 1902, el capital nominal de las sociedades anónimas se incrementó en 2.000 millones de rublos, mientras que de 1854 a 1892 había aumentado sólo en 900 millones de rublos. El proletariado se vio repentinamente concentrado en grandes aglomeraciones, habiendo tan sólo entre el absolutismo y él una burguesía capitalista numéricamente débil, aislada del "pueblo", medio extranjera de origen, sin tradiciones históricas y animada únicamente por la codicia.
3. 1789-1848-1905
La historia no se repite. Por mucho que se quiera comparar
la revolución rusa con la gran revolución francesa, no por eso se convierte la
primera en una simple repetición de la segunda. El siglo XIX no ha transcurrido
en vano.
Ya el año 1848 presenta una gran diferencia respecto al año
1789. En comparación con la gran revolución, la prusiana o la austríaca
sorprendieron por su falta de brío. Por un lado llegaron demasiado pronto; por
otro, demasiado tarde. El gigantesco esfuerzo que necesita la sociedad burguesa
para arreglar cuentas radicalmente con los señores del pasado, sólo puede ser
conseguido, bien mediante la poderosa unidad de la nación entera que se subleva
contra el despotismo feudal, bien mediante una evolución acelerada de la lucha
de clases dentro de esta nación en vías de emancipación.
El primer caso se dio entre 1789 y 1793; toda la energía
nacional que se había ido acumulando en la tremenda resistencia contra el viejo
orden, se volcó por completo en la lucha contra la reacción. En el segundo
caso, que hasta ahora no se ha dado en la historia y que consideramos solamente
como una posibilidad, se produce, dentro de la nación burguesa, el grado de
energía necesario para conseguir la victoria sobre las fuerzas oscuras del pasado,
mediante una "discutible" lucha de clases. Los ásperos conflictos
internos que consumen gran parte de sus energías y privan a la burguesía de la
posibilidad de desempeñar el papel principal, empujan a su antagonista hacia
delante, le dan en un mes la experiencia de décadas, le colocan en el frente
más avanzado y le entregan las riendas tendidas, ocasión que él aprovecha para,
decididamente y sin vacilaciones, dar a los acontecimientos un ímpetu poderoso.
O una nación que se contrae toda ella como un león
preparándose para el salto; o una nación que se ha dividido definitivamente,
durante el proceso de la lucha, para dejar en libertad de movimientos a su
mejor parte en orden a la realización de la tarea para la cual el todo entero
ya no tiene fuerzas suficientes. Estos son dos tipos opuestos que, desde luego,
se pueden contraponer en su forma pura sólo teóricamente.
Lo peor es, como en tantos otros casos, un término medio; en
este término medio se encontró el año 1848.
En el período heroico de la historia francesa vemos delante
de nosotros una burguesía ilustrada y activa que aún no había descubierto sus
propias contradicciones. La historia le había confiado la tarea del mando, en
la lucha por el nuevo orden, no sólo en contra de las instituciones anticuadas
de Francia sino también en contra de las fuerzas reaccionarias de toda Europa.
Como consecuencia, la burguesía en todas sus diversas fracciones se siente
conductora de la nación, compromete a las masas en la lucha, les transmite
consignas y les señala la táctica de la lucha. La democracia unificó la nación
bajo una ideología política. El pueblo -pequeños burgueses, campesinos y
obreros- elegían burgueses como diputados y las tareas encargadas a ellos por
las masas, estaban escritas en el lenguaje de una burguesía que era consciente
de su papel mesiánico. Aunque también durante la revolución misma se destacan
claramente antagonismos de clase, el ímpetu, una vez conseguido, de la lucha
revolucionaria elimina política y consecuentemente los elementos burocráticos
de la burguesía. Ninguna capa social es relevada sin haber transmitido antes su
energía a las que le suceden. Así, la nación como un todo continúa la lucha por
sus objetivos con medios cada vez más potentes y decididos. Cuando la crema de
la burguesía adinerada se separa del núcleo del movimiento nacional puesto en
marcha y se alía con Luis XVI, se vuelven las reivindicaciones de la nación,
que a la sazón están ya dirigidas contra esta burguesía, hacia el sufragio
universal, y hacia la república como formas lógicas e inevitables de la
democracia.
La gran revolución francesa es, en efecto, una revolución
nacional. Incluso más: aquí se manifiesta en su forma clásica la lucha mundial
del orden social burgués por el dominio, el poder y la victoria indivisa dentro
del marco nacional.
Jacobinismo es hoy una injuria en boca de los sabelotodo
liberales. El odio burgués contra la revolución, contra las masas, contra la
violencia y contra la historia que se hace en la calle, se ha concentrado en un
grito de indignación y de angustia: ¡Jacobinismo! Nosotros, el ejército mundial
del comunismo, históricamente hemos ya arreglado cuentas hace tiempo con el
jacobinismo. Todo el movimiento proletario internacional de la actualidad ha
nacido y se ha fortalecido en disputa con las tradiciones del jacobinismo. Lo
hemos sometido a una crítica teórica, hemos mostrado su estrechez, hemos
desenmascarado su contradicción social, su utopismo, su fraseología y hemos
roto con sus tradiciones que, durante décadas, pasaban por herencia sagrada de
la revolución.
Pero defendemos el jacobinismo contra los ataques, las
calumnias y los ultrajes insípidos de que le hace objeto el liberalismo
flemático y exangüe. La burguesía ha traicionado ignominiosamente todas las
tradiciones de su juventud histórica, sus mercenarios actuales profanan las
tumbas de sus antepasados y calumnian los vestigios de sus ideales. El
proletariado defiende el honor del pasado revolucionario de la burguesía. El
proletariado que, en la práctica, ha roto tan radicalmente con las tradiciones
revolucionarias de la burguesía, las protege como herencia de grandes pasiones,
de heroísmo e iniciativa y su corazón late lleno de simpatía hacia los hechos y
las palabras de la Convención jacobina.
¿Qué es lo que dio al liberalismo su fuerza atractiva que no
fuesen las tradiciones de la gran revolución francesa? ¿En qué otro período se
elevó la democracia burguesa a tal altura, encendió una llama tal en el corazón
del pueblo como lo logró la democracia jacobina, sans-culottes y terrorista de
Robespierre en el año 1793?
¿No era el jacobinismo el que posibilitaba y posibilita
todavía al radicalismo burgués francés de los diversos matices a mantener en
proscripción hasta hoy en día a una inmensa parte del pueblo, incluso del
proletariado -y eso en una época en que el radicalismo burgués en Austria y
Alemania nutría su breve historia de actos inútiles y ridículos?
¿No es la fuerza atractiva del jacobinismo, su ideología
política abstracta, su culto por la República Sagrada y sus declamaciones
solemnes, de lo que se nutren todavía hoy los radicales y radicalsocialistas
franceses como Clemenceau, Millerand, Briand, Bourgeois[9] y
todos esos políticos, más incapaces todavía de conservar las esencias de la
sociedad burguesa que los junkers de Guillermo II[10],
estúpidos por la gracia de Dios; junkers a los cuales envidian tan
desesperadamente las democracias burguesas de otros países mientras,
simultáneamente, denigran la razón y la fuente de su posición política
privilegiada -el jacobinismo heroico- con calumnias? Incluso después de haber
defraudado muchas esperanzas, siguió el jacobinismo viviendo como tradición en
la conciencia del pueblo; el proletariado habló aún durante mucho tiempo de su
futuro en el lenguaje del pasado. En el año 1840, casi medio siglo después del
gobierno del "partido de la Montaña", ocho años antes de los días de
junio del 48, Heine visitó varios talleres en el suburbio Saint-Marceau, y pudo
ver lo que leían los obreros, "la parte más fuerte de la clase baja".
"Allí encontré -así informó a un periódico alemán- varias ediciones nuevas
de los discursos del viejo Robespierre, también de los panfletos de Marat por
entregas, la Historia de la revolución de Cabet, la libélula venenosa de
Cormenin, Babeuf y la conspiración de los Iguales de Buonarotti -todos ellos
escritos que olían como a sangre... Como fruto de esta siembra -profetizó el
poeta- amenaza prorrumpir, más tarde o más temprano, desde la tierra francesa,
la república .”[11]
En el año 1848, la burguesía era ya incapaz de jugar un
papel comparable. No era lo suficientemente dispuesta ni audaz como para asumir
la responsabilidad de la eliminación revolucionaria del orden social que se
oponía a su dominación. Entretanto, hemos podido llegar a conocer el porqué. Su
tarea consistía más bien -de eso se daba ella cuenta claramente- en incluir en
el viejo sistema garantías que eran necesarias, no para su dominación política,
sino simplemente para un reparto del poder con las fuerzas del pasado. La
burguesía había extraído algunas lecciones de la experiencia de la burguesía
francesa: estaba corrompida por su traición y amedrentada por sus fracasos. No
solamente se guardaba muy bien de empujar a las masas al asalto contra el viejo
orden sino que buscaba un apoyo en el viejo orden, con tal de rechazar a las
masas que la empujaban hacia adelante.
La burguesía francesa supo hacer grande su revolución. Su
conciencia era al mismo tiempo la conciencia de la sociedad entera y nada podía
convertirse en institución duradera sin haber sido reconocido antes por esta
conciencia como un objetivo suyo, como una tarea suya de carácter político. A
menudo adoptó una actitud teatral para esconder ante sí misma la estrechez de
su propio mundo burgués; pero seguía adelante sin embargo.
La burguesía alemana, en cambio, desde el principio en vez
de "hacer" la revolución, se separaba de ella. Su conciencia se
rebeló contra las condiciones objetivas de su propia dominación. No se podía
llegar a la revolución con su concurso, sino contra ella. En su pensamiento, las
instituciones democráticas se presentaban no como un objetivo de su lucha, sino
como el peligro para su bienestar.
En el año 48 se necesitaba una clase que hubiese sido capaz
de tomar en sus manos los acontecimientos, prescindiendo de la burguesía e incluso
en contradicción con ella, una clase que hubiera estado dispuesta no sólo a
empujar a la burguesía hacia adelante con toda su fuerza, sino también a quitar
de en medio, en el momento decisivo, su cadáver político.
Ni la pequeña burguesía ni el campesinado eran capaces de
hacerlo.
La pequeña burguesía urbana era no sólo hostil al ayer sino
también al mañana. Estaba todavía encamisada en las circunstancias medievales
-pero se veía ya impotente para mantenerse frente a la industria
"libre"-; todavía configuraba los rasgos de las ciudades -pero ya
cedía su influencia en favor de la gran burguesía y de la mediana-; ahogada en
sus prejuicios, aturdida por el alboroto de los acontecimientos, explotada y
explotando ella misma, ávida y desesperada en su codicia, la pequeña burguesía
atrasada no podía ponerse a la cabeza de los acontecimientos mundiales.
Al campesinado le faltaba, en una medida aún mayor, una
iniciativa política independiente. Desde hacía siglos avasallado, empobrecido y
furioso, siendo siempre la encrucijada tanto de la vieja explotación como de la
nueva, el campesinado representaba, en un momento determinado, una fuente rica
en caótica fuerza revolucionaria. Pero desunido, dispersado, rechazado de las
ciudades, los centros nerviosos de la política y de la cultura, apático,
limitado en su horizonte a lo que le rodeaba de inmediato e indiferente frente
a todo pensamiento urbano, el campesinado no podía tomar importancia como
fuerza dirigente. A partir del momento en que le liberaban de la carga de las
obligaciones feudales, el campesinado volvía a su inmovilidad y pagaba a la
ciudad, que había luchado por sus derechos, con extrema ingratitud: los
campesinos liberados se convertían en fanáticos del "orden".
La intelligentzia democrática, sin un poder de clase, se
arrastraba pronto, como una especie de retaguardia política, a remolque de su
hermana mayor, la burguesía liberal; luego, en momentos críticos, se separaba
de ella para únicamente dar pruebas de su propia impotencia. Se enredaba en
contradicciones insolubles y llevaba consigo esta confusión por todas partes.
El proletariado era demasiado débil, se encontraba sin
organización, sin experiencia y sin conocimientos. El desarrollo capitalista
había progresado lo suficiente como para hacer necesaria la abolición de las
viejas condiciones feudales, pero no tan suficientemente como para permitir
destacarse a la clase obrera -el producto de las nuevas condiciones de
producción- como una fuerza política decisiva. El antagonismo entre el
proletariado y la burguesía se había desarrollado demasiado en el marco
nacional de Alemania como para que aún le fuera posible a la burguesía figurar
intrépidamente con el papel de protagonista nacional; pero no se había
desarrollado tanto como para que el proletariado pudiese hacerse cargo él mismo
de este papel. Aunque los roces internos de la revolución preparaban al
proletariado para la independencia política, también ellos debilitaban, al
mismo tiempo, la energía y la unidad de acción, hacían despilfarrar
infructuosamente las fuerzas y obligaban a la revolución, después de los
primeros éxitos, a marcar el paso sin moverse del sitio para emprender luego la
retirada bajo los golpes de la reacción.
Austria ha sido un ejemplo especialmente claro y trágico, de
esta inexperiencia y del error que supone no llevar las condiciones políticas a
sus últimas consecuencias durante un período revolucionario.
El proletariado de Viena mostró en 1848 un heroísmo
asombroso y una energía inagotable. Una y otra vez se metía de lleno en la lucha
empujado por un ronco instinto de clase, sin tener una idea general sobre los
objetivos de la misma; saltaba de una consigna a la otra. La dirección del
proletariado pasó -asombrosamente- al estudiantado, el único grupo democrático
activo que tenía, gracias a su actividad, una gran influencia sobre las masas
y, por consecuencia, también sobre los acontecimientos. Los estudiantes podían,
si duda, luchar valientemente en las barricadas y fraternizar honrosamente con
los obreros, pero eran incapaces de señalar la dirección de la revolución,
posibilidad que la "dictadura" de la calle había colocado entre sus
manos.
El proletariado, desunido, sin experiencia política y sin
dirección política independiente, seguía a los estudiantes. En cada momento
crítico los obreros ofrecían firmemente a los "señores que trabajan con la
cabeza" la ayuda de los "que trabajan con las manos". Una vez
convocaron los estudiantes a los obreros, otra vez les cerraron el camino al
centro de la ciudad. Otras veces, en virtud de la autoridad política de que se
revestía la "legión académica", les prohibían plantear
reivindicaciones propias independientes. He aquí la forma clásica de la
benévola dictadura revolucionaria sobre el proletariado.
La consecuencia de todo ello fueron los acontecimientos
siguientes. Cuando el 26 de mayo todos los obreros vieneses siguieron el
llamamiento de los estudiantes y se pusieron en acción para impedir que
desarmaran a la "legión académica", cuando la población de la capital
levantaba barricadas por todas partes, cuando se demostró asombrosamente
patente y se apoderó de toda la ciudad, cuando la Viena armada tenía a Austria
como respaldo, cuando la monarquía, que se dio a la fuga, había perdido todo
significado, cuando, a causa de la presión popular, también las últimas tropas
fueron mandadas retirarse de la capital, cuando el poder gubernamental de
Austria era un objeto sin dueño, entonces, no hubo ninguna fuerza política para
hacerse con el timón.
La burguesía liberal, conscientemente, no quería encargarse de
un poder que había sido tomado de una manera tan rapaz; soñaba únicamente con
el regreso del emperador, que se había retirado de la huérfana Viena al Tirol.
Los obreros eran suficientemente valientes para destrozar a
la reacción, pero no lo bastante organizados y conscientes como para tomar
posesión de la herencia de la misma. Existía un movimiento obrero potente, pero
no había todavía ninguna verdadera lucha de clases desarrollada en la que el
proletariado hubiese podido precisar sus fines políticos. El proletariado,
incapaz de tomar el timón por sí mismo, tampoco podía inducir a la democracia
burguesa a que realizara este gran acto histórico, ya que la burguesía -como ya
tantas otras veces- se escondía en el momento decisivo. Para obligar a este
cobarde a cumplir con sus deberes, el proletariado hubiera necesitado, en todo
caso, de la misma fuerza y madurez que para la organización de un propio
gobierno obrero provisional.
En resumidas cuentas, una situación que un contemporáneo
caracterizó muy acertadamente con las palabras siguientes: "En efecto, en
Viena se ha edificado la república pero desgraciadamente nadie se ha dado
cuenta de ello ..." La república, de la que nadie se había enterado,
desapareció para mucho tiempo y dejó el camino libre a los Habsburgo... Una
ocasión, una vez que se ha desaprovechado no vuelve por segunda vez.
De las experiencias de las revoluciones húngara y alemana,
Lassalle* sacó la conclusión de que, de allí en adelante, la revolución
solamente se podía apoyar en la lucha de clases del proletariado.
Lassalle escribe a Marx en su carta del 24 de octubre de
1849: "Hungría tuvo la oportunidad, más que ningún otro país, de culminar
felizmente la lucha. Entre otras causas, porque allí los partidos todavía no
habían llegado a una separación y a un aislamiento tan radicales, al fuerte
contraste que se da en Europa occidental; y porque allí la revolución aún
estaba cubierta bajo la forma de una lucha nacional por la independencia. A
pesar de eso, Hungría sucumbió y precisamente debido a la traición del partido
nacional”.
"Por lo tanto -continúa Lassalle en relación con la
historia de Alemania durante los años 1848 y 1849- esto me ha servido de
lección definitiva en el sentido de considerar que en Europa ya no puede
terminar bien ningún combate que no sea de antemano una pronunciada lucha
puramente socialista; que ya no podrá terminar bien ninguna lucha que implique
las cuestiones sociales sólo como un elemento oscuro, como un fondo,
presentándose por fuera bajo la forma de una insurrección nacional o de un
republicanismo burgués.”[12]
No vamos a detenernos en la crítica de estas decisivas
conclusiones finales. En todo caso, son indudablemente correctas en el sentido
de que, ya a mediados del siglo XIX, no se podía resolver la tarea nacional de
la emancipación por la presión homogénea y unánime de la nación entera. Sólo la
táctica independiente del proletariado, el cual sacase las fuerzas para luchar
de su situación de clase y solamente de ella, podía garantizar la victoria de
la revolución.
La clase obrera rusa del año 1906 no se parece en absoluto a
la clase obrera de Viena del 48. Y la mejor prueba de ello es la experiencia de
los soviets de diputados obreros. Aquí no se trata de organizaciones de
conspiradores minuciosamente preparadas, que en un momento de exaltación se
hacen con el poder sobre la masa del proletariado. No, aquí se trata de órganos
creados metódicamente por esta misma masa en orden a la coordinación de su
lucha revolucionaria. Y estos soviets, elegidos por las masas y responsables
ante ellas, estas organizaciones incondicionalmente democráticas, practican una
política de clase enormemente decisiva en el sentido del socialismo
revolucionario.
Las particularidades sociales de la revolución rusa aparecen
especialmente claras en la cuestión de la entrega de armas al pueblo. Una
milicia (guardia nacional) fue la primera consigna y la primera adquisición de
todas las revoluciones -1789 y 1848- en París, en todos los Estados de Italia,
en Viena y en Berlín. En el año 1848, la guardia nacional (es decir, la entrega
de armas a los propietarios y a los "intelectuales") fue una consigna
de toda la oposición burguesa, incluso de la más moderada, pero su objetivo no
era únicamente el de proteger las libertades ganadas o meramente
"concedidas" contra los intentos de subversión desde arriba sino
también la de preservar la propiedad burguesa de los abusos del proletariado.
La demanda de una milicia era, por tanto, una clara exigencia clasista de la
burguesía. "Los italianos sabían muy bien -comentó un historiador inglés
liberal a propósito del acuerdo italiano- que el armamento de la milicia civil
haría imposible una subsistencia del despotismo. Además era una garantía para
las clases poseedoras contra una posible anarquía y contra cualquier clase de
agitación popular”[13]. Y
la reacción dominante, quien en los centros importantes no disponía del poder
militar suficiente para poder combatir la "anarquía", es decir, las
masas revolucionarias, armaba a la burguesía. El absolutismo permitió, por de
pronto, a los burgueses oprimir y pacificar a los obreros, para luego él
desarmar y pacificar a los burgueses mismos.
En Rusia, la reivindicación de las milicias no tiene ni el más
mínimo apoyo de los partidos burgueses. En el fondo los liberales no pueden
menos de comprender su importancia: en este sentido, el absolutismo les ha
servido claramente de lección. Pero también se dan cuenta de que es
absolutamente imposible componer una milicia sin o contra el proletariado. Los
obreros rusos se parecen poco a los obreros del 48 que llenaron de piedras sus
bolsillos y enarbolaban garrotes, mientras que los traficantes, los estudiantes
y los abogados llevaban al hombro mosquetes reales y ceñían espadas.
Armar la revolución significa en Rusia, antes que nada,
armar a los obreros. Como los liberales lo sabían y lo temían, preferían
desistir de crear las milicias. Sin combate, pues, abandonaron estas posiciones
al absolutismo igual que el burgués Thiers abandonó París y Francia a Bismarck[14]
con el único objeto de no tener que armar a los obreros.
En la colección de artículos El Estado constitucional, el
manifiesto de la coalición liberaldemócrata, Dzvelegov dice con mucha razón, al
discutir la posibilidad de un golpe de Estado, que "la sociedad misma
tiene que demostrar, en el momento decisivo, su disposición a sublevarse para
proteger su Constitución". Pero como de ahí resulta por sí mismo la
exigencia de armar al pueblo, el filósofo liberal cree "necesario
añadir" que para la defensa contra los golpes de Estado "no es
necesario en absoluto que todo el mundo tenga preparadas las armas"[15].
Lo único necesario es que la sociedad misma esté dispuesta a resistir. Sigue
siendo desconocido por qué camino debe hacerlo. Si algo resulta claro de estas
evasivas es que, en el corazón de nuestros demócratas, el miedo a la soldadesca
de la autocracia ha sido vencido por el miedo al proletariado en armas.
Así la tarea de armar a la revolución recae con todo su peso
sobre el proletariado. Y la milicia civil, la reivindicación clasista de la
burguesía del 48, se presenta en Rusia desde el principio como una exigencia de
armar al pueblo y sobre todo al proletariado. Con esta cuestión se pone al
descubierto todo el destino de la revolución rusa.
4. Revolución y proletariado
La revolución es una prueba de fuerza abierta entre las
fuerzas sociales en lucha por el poder.
El Estado no tiene fin en sí mismo. Es simplemente un
instrumento de trabajo en las manos de la fuerza social dominante. Como
cualquier instrumento, tiene sus mecanismos motrices, de transmisión y de
ejecución. La fuerza motriz es el interés de clase, cuyo mecanismo consiste en
la agitación, la prensa, la propaganda de iglesia, de escuela, de partido; la
manifestación callejera, la petición y la sublevación. El mecanismo de
transmisión es la organización legislativa de los intereses de casta, dinastía,
capa o clase, bajo el signo de la voluntad divina (absolutismo) o nacional
(parlamentarismo). El mecanismo ejecutor finalmente es la Administración, con
la policía, los tribunales, las cárceles y el ejército.
El Estado no tiene fin en sí mismo sino que es el más
perfecto medio de organización, desorganización y reorganización de las
relaciones sociales. Según en qué manos se encuentre, puede ser la palanca para
una revolución profunda o el instrumento de una paralización organizada.
Cualquier partido político que merezca ese nombre trabaja
para conquistar el poder gubernamental, a fin de poner el Estado al servicio de
la clase cuyos intereses representa. La socialdemocracia, como partido del
proletariado, aspira naturalmente a la dominación política de la clase obrera.
El proletariado crece y se fortalece con el crecimiento del
capitalismo. En este sentido, el desarrollo del capitalismo es equivalente al
desarrollo del proletariado hacia la dictadura. Pero el día y la hora en que el
poder ha de pasar a manos de la clase obrera no dependen directamente de la
situación de las fuerzas productivas sino de las condiciones de la lucha de
clases, de la situación internacional y, finalmente, de una serie de elementos
subjetivos: tradición, iniciativa, disposición para el combate...
Es posible que el proletariado de un país económicamente
atrasado llegue antes al poder que en un país capitalista evolucionado. En
1871, se hizo cargo conscientemente de la dirección de los asuntos públicos en
el París pequeñoburgués, aunque sólo por un período de dos meses; pero ni por
una sola hora tomó el poder en los grandes centros capitalistas de Inglaterra o
de los Estados Unidos. La idea que la dictadura proletaria depende en algún
modo automáticamente de las fuerzas y medios técnicos de un país, es un
prejuicio de un materialismo "económico" simplificado hasta el extremo.
Tal concepto no tiene nada en común con el marxismo. En nuestra opinión la
revolución rusa creará las condiciones bajo las cuales el poder puede pasar a
manos del proletariado (y, en el caso de una victoria de la revolución, así
tiene que ser) antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan la
oportunidad de hacer un despliegue completo de su genio político.
En el periódico americano The Tribune escribió Marx[16],
resumiendo los resultados de la revolución y de la contrarrevolución de
1848-1849: "La clase obrera alemana está, en comparación con la inglesa o
la francesa, igual de atrasada en su evolución sociopolítica que la burguesía
alemana en comparación con la burguesía de esos otros países. De tal amo, tal
siervo. El desarrollo de las condiciones necesarias para la existencia de un
proletariado numeroso, fuerte, concentrado e inteligente va mano a mano con el
desarrollo de las condiciones necesarias a la existencia de una burguesía
numerosa, acomodada, concentrada y poderosa. El movimiento obrero mismo nunca
es independiente, nunca comprende exclusivamente un carácter político hasta que
todas las diferentes partes de la burguesía, sobre todo su parte más
progresista, los grandes propietarios de fábricas, no han conquistado el poder
político transformando el Estado según sus necesidades. Entonces ha llegado el
momento en que el conflicto inevitable entre los señores de las fábricas y los
obreros asalariados se aproxima amenazante y ya no puede ser aplazado por más
tiempo"[17].
El lector conoce probablemente esta cita ya que, en los últimos tiempos, los
marxistas librescos han abusado de ella frecuentemente. La han puesto de
relieve como argumento irrefutable contra la idea del gobierno obrero en Rusia.
"De tal amo, tal siervo." Si la burguesía rusa no es lo suficientemente
fuerte como para encargarse de la autoridad pública, entonces menos aún se
puede hablar de una democracia obrera, es decir, del dominio político del
proletariado.
El marxismo es sobre todo un método de análisis, no del
análisis de textos sino del de las relaciones sociales. ¿Es justo, en Rusia,
que la debilidad del liberalismo capitalista signifique a todo trance la
debilidad del movimiento obrero? ¿Es justo, en Rusia, que un movimiento
proletario independiente no sea posible antes de que la burguesía haya
conquistado la autoridad pública? Basta con plantear estas preguntas para
reconocer el desesperado formalismo de pensamiento contenido en el intento de
convertir un comentario histórico relativo de Marx en un teorema secular.
El desarrollo de la industria fabril en Rusia tuvo, en los
períodos de prosperidad industrial, un carácter “americano”; pero las
dimensiones efectivas de nuestra industria capitalista parecen enanas en
comparación con la industria de los Estados americanos. Cinco millones de
personas -el 16,6 % de la población trabajadora- están ocupadas en la industria
transformadora de Rusia; el número correspondiente en los Estados Unidos es de
seis millones -el 22,2 %-. Estas cifras expresan todavía poco comparativamente;
sin embargo, dan una idea clara si tenemos presente que la población rusa es
casi el doble de la americana. Pero a fin de poder figurarse las auténticas
dimensiones de la industria en estos dos países, hay que señalar que, en
América en el año 1900, los talleres, fábricas y grandes empresas artesanas
vendían mercancías por un valor de 25.000 millones de rublos, mientras que
Rusia, en la misma época, producía en sus fábricas y empresas mercancías por un
valor de menos de 2.500 millones de rublos[18].
El número de proletarios industriales, su grado de
concentración, su nivel cultural y su importancia política dependen, sin duda,
del grado de desarrollo de la industria capitalista. Pero esta dependencia no
es directa; entre las fuerzas productivas de un país y las fuerzas políticas de
sus clases se interponen, en cada momento, diferentes factores sociales y
políticos de carácter nacional e internacional, que pueden llevar la
configuración política correspondiente a unas condiciones económicas en una
dirección inesperada, e incluso cambiarla por completo. Aunque las fuerzas
productivas de la industria en los Estados Unidos son diez veces más grandes
que las nuestras, el papel político del proletariado ruso, su influencia en la
política internacional, en la política de nuestro país, y la posibilidad de
tener influencia en la política internacional en un futuro próximo es
incomparablemente mayor que el papel y la importancia del proletariado
americano.
Kautsky, en su trabajo sobre el proletariado americano,
recientemente editado, señala que no hay ninguna analogía directa e inmediata
entre las fuerzas políticas del proletariado y la burguesía, por un lado, y el
grado de desarrollo capitalista, por el otro. "Son sobre todo dos Estados
-dice- que se contraponen como dos extremos, y de los cuales cada uno contempla
el efecto desproporcionadamente fuerte (es decir mayor de lo que corresponde al
nivel de su desarrollo) que produce cada uno de estos dos elementos del modo de
producción capitalista: América la clase de los capitalistas, Rusia la de los
proletarios. En América, más que en ningún otro lugar, se puede hablar de la
dictadura del capital. El proletariado en lucha, en cambio no ha obtenido, por
ningún concepto, la importancia que en Rusia; y esta importancia tendrá que
aumentar, y lo hará, ya que este país tan sólo acaba de comenzar a contemplar
luchas de clase y de concederles, en cierto modo, un cierto margen de libertad
para su libre desenvolvimiento." Después de la mención de que Alemania
puede estudiar, en cierta medida, su futuro en Rusia, Kautsky continúa:
"La verdad es que constituye un fenómeno peculiar el que sea precisamente
el proletariado ruso quien deba indicarnos nuestro futuro, no en lo que toca a
la organización del capital sino en lo que toca a la rebelión de la clase
obrera; pues Rusia es el Estado más atrasado entre los grandes Estados del
mundo capitalista. Eso parece estar en contradicción con la concepción
materialista de la historia, según la cual el desarrollo económico forma la
base del político. Sin embargo está solamente en contradicción con aquella
clase de concepción materialista de la historia que presentan nuestros
adversarios y críticos que entienden por ello un patrón hecho y no un método de
investigación"[19].
Estas líneas hay que recomendarlas especialmente a la atención de aquellos
marxistas nacionales que sustituyen el análisis independiente de las relaciones
sociales por la interpretación de textos preseleccionados por ellos y
aplicables a todos los casos de la vida. ¡Nadie compromete el marxismo tanto
como estos marxistas nominales!
Por tanto, siguiendo a Kautsky, Rusia está caracterizada en
el terreno económico por un nivel relativamente bajo del desarrollo
capitalista, y en la esfera política por la falta de importancia de la
burguesía capitalista y por el poder del proletariado revolucionario. Esto
conduce a que la “lucha por los intereses de toda Rusia corresponda a la única
clase fuerte actualmente existente, al proletariado industrial”.
"Como consecuencia de esto al proletariado industrial
le corresponde una gran importancia política; por lo tanto, la lucha en Rusia
por la liberación del pulpo asfixiante del absolutismo ha llegado a ser un
duelo entre éste y la clase de obreros industriales, un duelo en el cual el
campesinado otorga un apoyo importante pero sin que pueda desempeñar un papel
dirigente”[20].
Todo esto, ¿no nos da derecho a concluir que el
"siervo" ruso puede llegar al poder antes que su "amo"?
Hay dos clases de optimismo político. Uno puede sobrestimar
sus fuerzas y las ventajas de una situación revolucionaria y proponerse tareas
cuya realización no está permitida por las correlaciones de fuerzas dadas. Pero
a la inversa, también uno puede reducir, de una manera optimista, sus objetivos
revolucionarios señalándose un límite que inevitablemente sobrepasaremos en
virtud de la lógica de la situación.
Se puede restringir el marco de todas las cuestiones
relativas a la revolución afirmando que nuestra revolución es, en su finalidad
objetiva y, por tanto en sus resultados inevitables, una revolución burguesa; y
se pueden cerrar los ojos ante el hecho de que la figura principal de esta
revolución burguesa es el proletariado que, en el transcurso de la revolución,
es llevado al poder.
Alguien puede consolarse pensando que, dentro del marco de
una revolución burguesa, la dominación política del proletariado será sólo un
episodio pasajero; y se puede también echar en olvido el hecho de que el
proletariado, una vez en posesión del poder, no lo cederá de nuevo sin una
resistencia desesperada, no lo soltará hasta que le sea arrebatado por las
armas.
Hay quien puede consolarse con el hecho de que las
condiciones sociales de Rusia todavía no están maduras para un orden económico
socialista, sin considerar que el proletariado en el poder es empujado
inevitablemente, por toda la lógica de su situación, a dirigir estatalmente la
economía.
La definición sociológica general de lo que es una
revolución burguesa no determina en absoluto las tareas político-tácticas, las
contradicciones y los problemas que se presentan en el caso de una revolución
burguesa concreta.
En el marco de la revolución burguesa de finales del siglo
XVIII, cuya tarea objetiva era conseguir el dominio del capital, la dictadura
de los sans-culottes resultaba posible. Esta dictadura no era un episodio
meramente pasajero sino que configuraba todo el siglo siguiente; y ello pese al
hecho de haber fracasado rápidamente a causa del reducido marco de la sociedad
burguesa.
En la revolución de comienzos del siglo XX, pese a ser
igualmente burguesa en virtud de sus tareas objetivas inmediatas, se bosquejó
como perspectiva próxima la inevitabilidad o, por lo menos, la probabilidad del
dominio político del proletariado. El propio proletariado se ocupará, con toda
seguridad, de que este dominio no llegue a ser un "episodio"
meramente pasajero tal como lo pretenden algunos filisteos realistas. Pero
ahora podemos ya formular la pregunta: ¿Tiene que fracasar forzosamente la
dictadura del proletariado entre los límites que determina la revolución
burguesa o puede percibir, en las condiciones dadas de la historia universal,
la perspectiva de una victoria después de haber reventado este marco limitado?
Aquí nos urgen algunas cuestiones tácticas: ¿Debemos dirigir la acción
conscientemente hacia un gobierno obrero, en la medida en que el desarrollo
revolucionario nos acerque a esta etapa, o bien tenemos que considerar, en
dicho momento, el poder político como una desgracia que la revolución quiere
cargar sobre los obreros, siendo preferible evitarla?
¿No tenemos que darnos por aludidos por las palabras del
político "realista" Vollmar[21]
sobre los comunalistas de 1871 de que, en lugar de tomar el poder les hubiese
sido mejor echarse a dormir?
5. El proletariado en el poder y el campesinado
En el caso de una victoria decisiva de la revolución, el
poder es traspasado a manos de la clase que ha desempeñado el papel dirigente
en la lucha, en otras palabras: a las del proletariado en nuestro caso. Desde
luego esto no excluye en lo más mínimo -y lo decimos ya aquí- que
representantes revolucionarios de grupos sociales no proletarios entren en el
gobierno. Ellos pueden y deben hacerlo; una política sana inducirá al
proletariado a permitir que participen en el poder los líderes influyentes de
la pequeña burguesía, de la intelligentzia o del campesinado. Toda la cuestión
radica en esto: ¿Quién da a la política gubernamental su contenido y quién
constituye en el poder una mayoría homogénea? Es muy diferente que
representantes de capas democráticas del pueblo participen en un gobierno de
mayoría obrera, a que los representantes del proletariado colaboren, más a
menos como rehenes honoríficos, con un gobierno evidentemente democrático
burgués.
La política de la burguesía liberal capitalista es, a pesar
de todas sus vacilaciones y repliegues, a pesar de toda su traición, bastante
definida. La política del proletariado es definida y perfilada aún con mayor
exactitud. Pero la política de la intelligentzia, a causa de su posición social
intermedia y de su inconsistencia, la política del campesinado por su
heterogeneidad social, por su posición intermedia y por su primitivismo, la
política de la pequeña burguesía, a su vez, como consecuencia de su falta de
carácter, de su posición igualmente intermedia y de su carencia completa de
tradiciones políticas, la política de estos tres grupos sociales es totalmente
indefinida, informe, llena de variadas alternativas y, por tanto, llena de
sorpresas.
Basta imaginarse un gobierno demócrata revolucionario sin
representantes del proletariado para advertir de inmediato el absurdo que
supone. La renuncia por parte de la socialdemocracia a participar en un
gobierno revolucionario haría imposible que un tal gobierno fuese efectivamente
revolucionario y sería, por tanto, una traición a la causa de la revolución.
Pero la participación del proletariado en un gobierno sólo puede resultar
objetivamente probable y permisible de principio cuando se trate de una
participación dirigente y dominante. Naturalmente, puede llamarse a un tal
gobierno dictadura del proletariado y del campesinado, dictadura del
proletariado, del campesinado y de la intelligentzia o, finalmente, gobierno de
coalición entre la clase obrera y la pequeña burguesía. Pero la pregunta sigue
planteada: ¿Quién predomina en el gobierno y, por tanto, sobre la nación
entera? Y si nos referimos a un gobierno propiamente obrero entonces la
respuesta es: la hegemonía la tendrá la clase obrera.
La Convención como órgano de la dictadura jacobina no se
compuso sólo de jacobinos; es más, los jacobinos se encontraron incluso en
minoría. Pero la influencia de los sans-culottes fuera de la Convención y la
necesidad de una política decidida para salvar al país pusieron el poder en las
manos de los jacobinos. Y así, la Convención fue formalmente una representación
nacional compuesta por jacobinos, girondinos y luego, al margen de ellos, un
inmenso pantano; pero de hecho una dictadura de los jacobinos.
Cuando hablamos de un gobierno obrero nos fijamos sobre todo
en la posición dominante y dirigente de los representantes obreros.
El proletariado no puede consolidar su poder sin ampliar la
base de la revolución.
Muchas capas de las masas trabajadoras, sobre todo en el
campo, serán incluidas por vez primera en la revolución, y, sólo entonces,
conocerán una organización política, cuando la vanguardia de la revolución, el
proletariado urbano, haya subido al poder estatal. Entonces se efectuarán las
tareas de agitación revolucionaria y de organización con ayuda de los medios
estatales. El poder legislativo mismo se convierte finalmente en un instrumento
poderoso de la toma de conciencia revolucionaria de las masas populares.
Con esto, el carácter de nuestras condiciones
socio-históricas que carga todo el peso de la revolución burguesa sobre los
hombros del proletariado, causará al gobierno obrero dificultades enormes;
pero, simultáneamente, también le proporcionará, por lo menos en los primeros
tiempos de su existencia, inestimables ventajas. Esto tendrá su efecto en las
relaciones entre el proletariado y el campesinado.
En las revoluciones de 1789-1793 y de 1848, el poder pasó,
en un principio, del absolutismo a los elementos moderados de la burguesía;
estos liberaron a los campesinos (el cómo es otra cuestión) antes de que la
democracia revolucionaria subiese al poder o se dispusiera a hacerlo. El
campesinado liberado perdió todo interés en los actos de fuerza políticos de
los “ciudadanos”, es decir, en la continuación posterior de la revolución, y se
convirtió, como un pilar rígido, en el fundamento del "orden"
entregando la revolución a la reacción cesarista o archiabsolutista.
Ahora, y por mucho tiempo ya, a la revolución rusa se le ha
cerrado el camino de la edificación de cualquier orden burgués constitucional
que pudiera solucionar aunque sólo fuesen las tareas más simples de una
democracia. En lo que se refiere a los burócratas reformistas del estilo Witte
y Stolipin, todos sus a esfuerzos "ilustrados" se vienen abajo, lo
que se comprueba con el simple hecho de que ellos mismos se ven obligados a
luchar por su propia existencia. El destino de los intereses revolucionarios
más elementales del campesinado -incluso de la clase entera campesina- está,
por consiguiente, entrelazado con el destino de toda la revolución, es decir
con el destino del proletariado.
El proletariado, hallándose en el poder, se mostrará ante el
campesinado como la clase liberadora.
La dominación del proletariado traerá consigo no sólo las
igualdades democráticas y la libre autogobernación, ni significará tan sólo el
traspaso de la carga impositiva sobre las clases poseedoras, la transformación
del ejército permanente en milicias populares y la anulación de los tributos
obligatorios de las iglesias, sino que significará también la legitimación de
todos los cambios revolucionarios en las condiciones de propiedad del suelo
(expropiación) realizados por los campesinos. El proletariado hará de estos
cambios el punto de partida para otras medidas estatales en el dominio de la
agricultura. En estas condiciones, en el primero y más difícil período de la
revolución, el campesinado ruso no estará, en todo caso, menos interesado en la
protección del régimen proletario (la "democracia obrera") de lo que
lo estuvo el campesinado francés en mantener el régimen militar de Napoleón
Bonaparte que garantizaba con sus bayonetas a los nuevos propietarios de tierra
la invulnerabilidad de su propiedad. Y esto significa que el congreso de
diputados convocado bajo la dirección del proletariado, el cual se ha asegurado
el apoyo del campesinado, no será otra cosa que un perfeccionamiento
democrático de la dominación del proletariado.
¿Pero sería posible que el campesinado mismo apartase al
proletariado y ocupase su sitio? No; eso es imposible. Toda la experiencia
histórica se rebela contra esta suposición. La experiencia demuestra que el
campesinado es completamente incapaz de desempeñar un papel político
independiente[22].
La historia del capitalismo es la historia de la subyugación
del campo a la ciudad. El desarrollo industrial de las ciudades europeas hizo
imposible, en su tiempo, la perduración de las condiciones feudales en el
dominio de la producción agraria. Pero el campo no produjo él mismo ninguna
clase que hubiese podido llevar a cabo la tarea revolucionaria de la abolición
del feudalismo. La misma ciudad, que había subyugado la agricultura al capital,
produjo al mismo tiempo fuerzas revolucionarias que tomaron cuerpo político con
influencia sobre toda la nación y que propagaron al campo el proceso de
revolución de las condiciones estatales y de propiedad. En el transcurso de la
evolución progresiva, el campo cayó definitivamente bajo la subyugación
económica del capital, y el campesinado bajo la subyugación política de los
partidos capitalistas. Estos hacen resurgir de nuevo el feudalismo en la
política parlamentaria, convirtiendo al campesinado en dominio político suyo,
en una reserva para la obtención de votos. El moderno Estado burgués, con ayuda
del fisco y del militarismo, precipita al campesinado en las fauces del capital
usurero y lo convierte, con la ayuda de los popes a sueldo del Estado, de las
escuelas estatales y de la degeneración de la vida cuartelera, en la víctima de
su política usuraria.
La burguesía rusa cede todas las posiciones revolucionarias
al proletariado. Tendrá que ceder también la hegemonía revolucionaria sobre el
campesinado. En esta situación en la que el poder pasa al proletariado, al
campesinado no le quedará otra solución que adherirse al régimen de democracia
obrera, aunque en este caso, no manifieste mayor firmeza moral que la que
manifestó anteriormente al adherirse al régimen de la burguesía. Pero mientras que
cualquier partido burgués, una vez conquistados los votos del campesinado, se
aprovecha rápidamente de su poder para esquilmar al campesinado y defraudarle
en todas sus esperanzas y promesas, abriendo el paso, cuando más, a otro
partido capitalista, el proletariado, que se apoya en el campesinado, hará
cuanto esté en su poder para elevar el nivel cultural en el campo y desarrollar
la conciencia política del campesinado. De todo lo dicho resulta claramente
cómo vemos nosotros la idea de la "dictadura del proletariado y del
campesinado".
Lo decisivo no es si nosotros consideramos lícita en
principio, si nosotros "queremos" o "no queremos" tal forma
de cooperación política. Lo cierto es que, en todo caso, no la consideramos
realizable, por lo menos en un sentido directo e inmediato.
En efecto, una coalición de este tipo supone o bien que uno
de los partidos burgueses existentes conquiste el campesinado, o bien que éste
cree un partido poderoso independiente. Pero nos hemos esforzado en demostrar
que ni uno ni lo otro es posible.
6. El régimen proletario
El proletariado únicamente puede subir al poder si se apoya
en una sublevación nacional o en el entusiasmo general de la población. El
proletariado entrará en el gobierno como el representante revolucionario de la
nación, como jefe reconocido de la lucha contra el absolutismo y la barbarie de
la servidumbre. Pero, ya en el poder, el proletariado iniciará una nueva época
-una época de legislación revolucionaria, de política decidida- y, en relación
con esto, no puede estar seguro en modo alguno de seguir siendo reconocido como
representante de la voluntad de la nación. Las primeras medidas del
proletariado -la limpieza de los establos de Augias del antiguo régimen y la
expulsión de sus moradores- encontrarán el apoyo activo de la nación entera,
pese a lo que digan los eunucos liberales sobre el enraizamiento de ciertos
prejuicios en las masas populares.
La limpia política será completada por una reorganización
democrática de todas las condiciones que configuran la sociedad y el Estado. El
gobierno obrero tendrá que intervenir decididamente, bajo la influencia de la
presión directa y de las reivindicaciones inmediatas, en todas las relaciones y
fenómenos sociales...
Su primera operación tendrá que consistir en expulsar del
ejército y de la administración a todos aquellos que se han manchado con la
sangre del pueblo y liquidar o disolver aquellas instituciones que más se hayan
caracterizado en la criminal represión contra el pueblo; este trabajo tendrá
que ser realizado ya en los primeros días de la revolución, es decir, aun mucho
antes de que sea posible introducir el nuevo sistema de funcionarios elegidos y
responsables y proceder a la organización de una milicia popular. Pero esto
sólo no es suficiente. La democracia obrera se verá confrontada en seguida con
la cuestión de la duración de la jornada de trabajo, con la cuestión agraria y
con el problema del paro forzoso...
Un punto está claro: cada nuevo día se hará más profunda la
política del proletariado en el poder y se hará cada vez más claro su carácter
de clase. Pero al mismo tiempo también se verá cortado el vínculo
revolucionario entre el proletariado y la nación, y la separación clasista del
campesinado revestirá caracteres políticos; el antagonismo entre sus partes
integrantes crecerá en la medida en que la política del gobierno obrero sea
consciente de su propio destino y se convierta, de una política democrática
general, en una política de clase.
Si bien, por un lado, la falta de tradiciones burguesas
individualistas y de prejuicios antiproletarios en el campesinado y la
intelligentzia ayudará al proletariado a mantenerse en el poder, no hay que
olvidar, por otra parte, que esta ausencia de prejuicios no se deriva de una
conciencia política sino de una barbarie política, de la desestructuración
social, del primitivismo y del amorfismo. Todos estos elementos y
características no pueden proporcionar una base segura para una política
consecuente y activa del proletariado.
La abolición del sistema de servidumbre feudal encontrará el
apoyo del campesinado entero, la clase más afectada por la servidumbre. Un
impuesto progresivo sobre la renta tendrá el apoyo de la gran mayoría del
campesinado; pero las medidas legislativas de protección del proletariado del
campo no sólo no serán recibidas con el beneplácito activo de la mayoría, sino
que tropezarán con una resistencia activa de parte de una minoría.
El proletariado se verá obligado a llevar al campo la lucha
de clases y a destruir de esta manera la comunidad de intereses que le une con
el campesinado entero, comunidad indudablemente existente aunque dentro de
límites relativamente estrechos. Desde el primer momento de su dominación, el
proletariado tendrá que buscar su apoyo en la confrontación de las capas pobres
y ricas del campesinado, del proletariado del campo con la burguesía agrícola.
Pero si, por un lado, la heterogeneidad del campesinado constituye una
dificultad y limita la base de una política proletaria, por otro, lado su
insuficiente diferenciación de clase hará también más difícil llevar al
campesinado a una lucha de clases desarrollada en la cual pudiese apoyarse el
proletariado urbano. El primitivismo del campesinado mostrará al proletariado
su lado más hostil.
El enfriamiento del campesinado, su pasividad política y
especialmente la resistencia activa de sus capas superiores, no podrá menos de
tener influencia sobre una parte de la intelligentzia y sobre la pequeña
burguesía urbana.
Por tanto, cuanto más decidida y definida sea la política
del proletariado en el poder, tanto más estrecha se hará su base, tanto más se
moverá el suelo bajo sus pies. Todo esto es sumamente probable e incluso
inevitable... Dos rasgos esenciales de la política proletaria tropezarán con la
resistencia de sus aliados: el colectivismo y el internacionalismo.
El carácter pequeñoburgués y el primitivismo del
campesinado, la estrechez aldeana de su horizonte, su aislamiento de las
cuestiones políticas internacionales y de sus interdependencias, serán un
obstáculo serio para la estabilización de la política revolucionaria del proletariado
que se encuentra en el poder.
Imaginarse que la socialdemocracia puede entrar en un
gobierno provisional, dirigirlo durante un período de reformas democrático
revolucionarias que también incluya sus reivindicaciones más radicales
-apoyándose en el proletariado organizado- y que luego, después de haber
cumplido con su programa democrático, se mude del edificio que ella ha
construido, dejando libre el camino a los partidos burgueses, entrando en la
oposición e iniciando una época de política parlamentaria; imaginarse esto
significaría comprometer la idea de un gobierno obrero. No porque fuera
inadmisible "por principio" -tal actitud carece de sentido- sino
porque sería completamente irreal, porque sería un utopismo de la peor especie,
una clase de utopismo filisteo revolucionario, y lo sería por la razón
siguiente.
La subdivisión de nuestro programa en uno mínimo y otro
máximo es de una principal importancia con la condición de que el poder se
encuentre en manos de la burguesía. Precisamente este hecho de que la burguesía
esté en el poder, excluye de nuestro programa mínimo todas las reivindicaciones
que sean incompatibles con la propiedad privada de los medios de producción.
Precisamente estas reivindicaciones son las que dan el contenido a la revolución
socialista y su condición previa es la dictadura del proletariado.
Pero una vez que el poder se encuentre en manos del gobierno
revolucionario con una mayoría socialista, la diferencia entre el programa
mínimo y el máximo pierde prácticamente toda importancia, tanto "de
principio" como en la práctica. Un gobierno proletario no puede, de ningún
modo, actuar dentro de un marco tan limitado. Tomemos la reivindicación de la
jornada laboral de ocho horas. Como es sabido, no se contradice en lo más
mínimo con las condiciones capitalistas de producción y entra, por tanto, en el
programa mínimo de la socialdemocracia. Pero imaginémonos el cuadro de su
realización real durante un período revolucionario en el que todas las pasiones
sociales están en tensión. La nueva ley chocaría, sin duda, con la resistencia
organizada y obstinada de los capitalistas, por ejemplo en forma de lockout y
cierre de fábricas y empresas. Centenares de miles de obreros serían puestos en
la calle. ¿Qué tendría que hacer el gobierno? Un gobierno burgués, por muy
radical que fuese, no permitiría que se llegase a este punto ya que se vería
impotente con las fábricas y empresas cerradas. Tendría que hacer concesiones,
la jornada de ocho horas no sería introducida, la indignación del proletariado
sería reprimida...
Bajo la dominación política del proletariado, la
introducción del día laborable de ocho horas tendría que conducir a
consecuencias muy distintas. El cierre de fábricas y empresas por los
capitalistas naturalmente no puede ser motivo para prolongar la jornada laboral
por parte de un gobierno que se quiere apoyar en el proletariado y no en el
capital -como el liberalismo- y que no quiere desempeñar el papel de
intermediario "imparcial" de la democracia burguesa. Para un gobierno
obrero sólo hay una salida: la expropiación de las fábricas y empresas cerradas
y la organización de su producción sobre la base de la gestión colectiva.
Naturalmente, puede argumentarse de la manera siguiente.
Supongamos que el gobierno obrero decreta, fiel a su programa, la jornada
laboral de ocho horas; si el capital practica una resistencia que no puede ser
superada con los medios de un programa demócrata -puesto que supone la
protección de la propiedad privada- entonces dimite la socialdemocracia y apela
al proletariado. Esta solución sería tal desde el punto de vista del grupo de
personas que componen el gobierno, pero no lo sería desde el punto de vista del
proletariado o desde el punto de vista del desarrollo de la revolución, ya que
la situación después de retirarse la socialdemocracia sería la misma que
anteriormente cuando se vio obligada a cargar con el poder. A la vista de la
resistencia organizada del capital, la huida es una traición aún mayor a la
revolución que la renuncia a tomar el poder, puesto que verdaderamente es mejor
no entrar en el gobierno que hacerlo con el único objeto de dar pruebas de
debilidad y retirarse después.
Otro ejemplo. El proletariado en el poder no puede menos de
tomar las medidas más enérgicas para resolver el problema del paro forzoso,
pues va de suyo que los representantes obreros que entran en el gobierno no
pueden responder a las peticiones de los parados aludiendo simplemente al
carácter burgués de la revolución.
Pero si el Estado se encarga aunque sólo sea de asegurar la subsistencia
de los parados (aquí no es importante saber en qué forma lo hace), esto
significa un inmenso cambio inmediato en cuanto a la potencia económica del
proletariado. Los capitalistas cuya presión sobre el proletariado se ha basado
siempre en el hecho de la existencia de un ejército de reserva, se sienten
impotentes económicamente, mientras que, al mismo tiempo, el gobierno
revolucionario les condena a la impotencia política. Si el Estado se encarga de
apoyar a los parados, al mismo tiempo se encarga, con ello, de asegurar la
subsistencia de los huelguistas. Si no hace esto, socava inmediata e
irrevocablemente su propia base de existencia.
A los fabricantes no les queda otro remedio que llegar al
lock-out, es decir al cierre de las fábricas. Está claro que los fabricantes
pueden resistir durante mucho más tiempo al cese de la producción que los
obreros y que, por lo tanto, para el gobierno obrero sólo hay una respuesta a
un lock-out en masa: la expropiación de las fábricas y -por lo menos en el caso
de las más grandes- la organización de la producción sobre una base estatal o
comunal.
En el terreno de la agricultura surgen problemas análogos,
simplemente a causa del hecho de la expropiación del suelo. No se puede
suponer, en modo alguno, que un gobierno proletario divida las explotaciones de
producción en gran escala después de su expropiación en parcelas individuales y
las venda para su explotación a los pequeños productores; aquí el único camino
posible es el de organizar la producción cooperativa bajo un control comunal o
directamente bajo una gestión estatal; y ésta es la vía hacia el socialismo.
Todo esto demuestra claramente que la socialdemocracia no
puede entrar en un gobierno revolucionario habiendo prometido al proletariado
no bajar del programa mínimo, y habiendo prometido, al mismo tiempo, a la
burguesía no salirse del programa mínimo. Tal compromiso simultáneo sería
irrealizable. Si los representantes del proletariado entran en el gobierno, no
como rehenes sin poder sino como fuerza dirigente, entonces liquidarán el
límite entre el programa mínimo y el máximo, es decir, incluirán el
colectivismo en el orden del día. El punto en el que el proletariado, lanzado
en esta dirección, será frenado dependerá de la correlación de fuerzas y, en
mucha menor medida, de las intenciones originarias del partido del
proletariado.
Por eso no puede hablarse de alguna forma especial de
dictadura proletaria en el marco de la revolución burguesa, y menos de una
dictadura democrática del proletariado (o del proletariado y del campesinado).
La clase obrera no puede garantizar el carácter democrático de su dictadura si
al mismo tiempo se compromete a no pasarse de los límites de un estrecho
programa democrático. Ilusiones cualesquiera sobre este punto serían funestas y
comprometerían a la socialdemocracia desde el principio.
Cuando el partido del proletariado tome el poder, luchará
por él hasta el final. Si un medio de esta lucha por el mantenimiento y la
estabilización del poder será la agitación y organización, especialmente en el
campo, otro medio lo será la política colectivista. El colectivismo no sólo se
hará necesario en virtud de la postura política del partido en el poder, sino
que al mismo tiempo será también un medio para mantener esta postura con el
apoyo del proletariado.
Cuando se formuló en la prensa socialista la idea de la
revolución ininterrumpida, que entrelazaba la liquidación del absolutismo y del
sistema de servidumbre civil con la revolución socialista mediante una serie de
conflictos sociales en agudización paulatina, mediante el surgimiento de nuevas
capas sociales de entre las masas y mediante los continuos ataques del
proletariado a los privilegios económicos y políticos de las clases dominantes,
entonces, nuestra prensa "progresista" levantó unánimemente aullidos
de indignación. ¡Oh, ella había aguantado mucho pero en cambio esto no lo podía
aceptar! La revolución -gritó- no es un acontecer que pueda "decretarse
legalmente". La aplicación de medidas extraordinarias sólo sería admisible
en circunstancias extraordinarias. Y el objeto del movimiento liberador no
sería el de eternizar la revolución sino el de dirigirla lo más rápidamente
posible hacia las vías legales, etc.
Los representantes más radicales de esa misma especie de democracia no se atreven a manifestarse en contra de la revolución a partir del punto de vista de los "progresos" constitucionales ya asegurados: tampoco para ellos representa este cretinismo parlamentario, antecedente del ascenso al parlamentarismo, ningún arma eficaz en la lucha contra la revolución proletaria. Ellos eligen otro camino: no se colocan sobre la base del derecho sino sobre la de hechos aparentes, sobre la base de las "posibilidades" históricas, sobre la del "realismo" político y finalmente... finalmente incluso sobre la base del "marxismo". ¿Por qué no? Ya Antonio, el devoto ciudadano de Venecia, decía muy acertadamente:
No olvides que el
diablo, para sus fines,
puede citar las
Sagradas Escrituras.[23]
Ellos consideran no sólo fantástica la idea de un gobierno
obrero en Rusia, sino que incluso desechan la posibilidad de una revolución
socialista en Europa en la próxima época histórica. Las "condiciones
previas" necesarias todavía no existen. ¿Es cierto esto? Naturalmente no
se trata de fijar la fecha de la revolución socialista sino de apreciar bien
sus perspectivas históricas reales.
7. Las condiciones previas del socialismo
El marxismo ha hecho del socialismo una ciencia. Esto no
impide a ciertos "marxistas" hacer del marxismo una utopía.
Rozkov[24]
explica, en su argumentación contra el programa de socialización y
cooperativismo, las "condiciones previas necesarias del futuro sistema
social que han sido fijadas imperecederamente por Marx" como sigue :
"¿Se da ya acaso -dice Rozkov- su condición previa material, objetiva?
Esta condición previa supone un nivel de desarrollo técnico que reduzca a un
mínimo el motivo del beneficio personal, la existencia [?] de iniciativa
personal, de espíritu emprendedor y de riesgo de forma que coloque en el primer
plano la producción colectiva. Tal nivel de la técnica está entrelazado
íntimamente con el predominio casi ilimitado (!) de la gran industria en todos
(!) los ramos económicos, pero ¿acaso se ha conseguido ya tal resultado? Falta
también la condición previa subjetiva, psicológica, el crecimiento de la
conciencia de clase del proletariado que, al fin y al cabo, trae consigo la
unión espiritual de la mayoría aplastante de las masas populares."
"Conocemos -sigue Rozkov- ya ahora ejemplos de asociaciones de producción,
como las conocidas fábricas de vidrios francesas en Albi y otras asociaciones
de producción agrícola en Francia... Las experiencias francesas mencionadas
demuestran más claramente que cualquier otro ejemplo que, incluso en un país
tan avanzado como Francia, las condiciones económicas no están suficientemente
desarrolladas como para posibilitar un predominio de la cooperación: estas
empresas son de un tamaño mediano su nivel técnico no es más alto que el de las
empresas capitalistas corrientes; no marchan a la vanguardia del desarrollo
industrial, no lo dirigen sino que alcanzan sólo un mediano nivel modesto. Sólo
cuando las experiencias de algunas asociaciones de producción muestren su papel
dirigente en la vida económica, sólo entonces, estaremos cerca de un nuevo
sistema social, sólo entonces podremos estar seguros de que existen las
condiciones previas necesarias para su realización."[25]
Aún respetando las buenas intenciones de Rozkov tenemos que
confesar con tristeza que incluso en la literatura burguesa rara vez hemos
encontrado una mayor confusión sobre las así llamadas condiciones previas del
socialismo. Vale la pena intervenir en esta confusión, no por Rozkov sino por
el problema en sí.
Rozkov explica que todavía no existe "el nivel de
desarrollo técnico que reduzca a un mínimo el motivo del beneficio personal, la
existencia [?] de iniciativa personal, de espíritu emprendedor y de riesgo que
coloque en primer plano la producción colectiva". Es bastante difícil
comprender el sentido de este párrafo. Por lo visto quiere decir Rozkov que,
primero, la técnica moderna todavía no ha desplazado, en una medida suficiente,
al trabajo humano vivo en la industria; que, segundo, el desplazamiento supone
el predominio "casi" ilimitado de grandes empresas en todas las ramas
de la economía y, con ello, la proletarización "casi" ilimitada de la
población entera de un país.
Estas son las dos condiciones previas que se supone han sido
"fijadas imperecederamente por Marx".
Intentemos imaginarnos el cuadro de las condiciones
capitalistas que encontrará el socialismo según el método de Rozkov: "El
predominio casi ilimitado de la gran industria en todos los ramos de la
economía" significa en las condiciones del capitalismo, como hemos dicho,
la proletarización de todos los productores pequeños y medianos en la
agricultura y en la industria, es decir la transformación en proletariado de la
población total. Pero el predominio ilimitado de la técnica mecánica en estas
grandes empresas reduce a un mínimo la necesidad de trabajo vivo y convierte
así a la mayoría preponderante de la población del país -ha de pensarse en el
90 %- en un ejército de reserva que vive, a costa del Estado, alojado en un
lugar a propósito. Suponemos el 90 %; pero nada nos impide ser lógicos e
imaginarnos una situación en la que toda la producción consiste en un único
autómata perteneciendo a un único sindicato y necesitando como fuerza de
trabajo viva sólo un único orangután amaestrado. Ya se sabe que ésa es la
brillante y consecuente teoría de Tugan-Baranovski[26].
En estas condiciones, la "producción colectiva" no sólo se colocará
"en el primer plano" sino que dominará todo el campo; aún más, al
mismo tiempo naturalmente también se organizará el consumo colectivo, pues es
obvio que toda la nación, con excepción del restante 10 %, vivirá a expensas
públicas. Así vemos aparecer por detrás de Rozkov la cara sonriente y conocida
del señor Tugan-Baranovski. Después empieza el socialismo: la población emerge
de sus viviendas públicas y expropia al grupo de los expropiadores.
Naturalmente, no son necesarias ni la revolución ni la dictadura del
proletariado.
La segunda característica económica de la madurez de un país
para el socialismo es, según Rozkov, la posibilidad del predominio de la
producción cooperativa. Ni siquiera en Francia las fábricas de vidrio
cooperativas de Albi rinden más que otras empresas capitalistas. Una producción
socialista sólo es posible si las cooperativas están como empresas dirigentes,
a la cabeza del desarrollo industrial.
Todas estas consideraciones son retorcidas desde el
principio hasta el fin. Las cooperativas no pueden llegar a la cabeza del
desarrollo industrial, no porque el desarrollo económico todavía no haya
progresado suficientemente, sino porque lo ha hecho demasiado. El desarrollo
económico prepara, indudablemente, el terreno para la producción cooperativa,
pero ¿para cuál?: para la cooperación capitalista sobre la base del trabajo
asalariado; cualquier fábrica nos puede servir como muestra de tal cooperación
capitalista. Con el desarrollo técnico aumenta también la importancia de esta
cooperación. Pero, ¿cómo podría permitir la evolución del capitalismo que las
empresas cooperativas lleguen "a la cabeza de la industria"? ¿En qué
basa Rozkov sus esperanzas de que las cooperativas desplacen a los cárteles y a
los trusts y se coloquen a la cabeza del desarrollo industrial? Está claro que,
en este caso, las cooperativas tendrían que expropiar automáticamente a todas
las empresas capitalistas, después de lo cual sólo quedaría reducir la jornada
laboral hasta el punto en que todos los ciudadanos tuviesen trabajo, regulando
el volumen de producción de las diferentes ramas para evitar las crisis. De
esta forma estaría construido, en sus rasgos fundamentales, el socialismo. De
nuevo aparece claro que no hay ninguna necesidad de la revolución o de la
dictadura del proletariado.
La tercera condición previa es psicológica: haría falta
"un crecimiento de la conciencia de clase del proletariado que, al fin y
al cabo, trae consigo la unión espiritual de la mayoría aplastante de las masas
populares". Por lo visto, ha de entenderse, en este caso, por unión
espiritual la consciente solidaridad socialista y esto quiere decir que el
general Rozkov considera la unión de la “mayoría aplastante de las masas
populares" en las filas de la socialdemocracia como la condición previa
psicológica del socialismo. Rozkov cree, por lo visto, que el capitalismo
-empujando a los pequeños productores hacia las filas del proletariado y a la
masa proletaria hacia las filas del ejército de reserva industrial- dará a la
socialdemocracia la oportunidad de unir espiritualmente la mayoría aplastante
(¿90 %?) de las masas populares e ilustrarlas.
Realizar esto es igual de imposible, en el mundo de la
barbarie capitalista, que el dominio de las cooperativas en el imperio de la
competencia capitalista. Claro está que si fuera posible, la "mayoría
aplastante de la nación unida en la conciencia y el espíritu, destituiría, de
un manera natural y sin complicaciones a los pocos magnates capitalistas y
organizaría un orden económico socialista sin revolución ni dictadura".
Aquí surge, sin embargo, involuntariamente la siguiente
pregunta: Rozkov se considera un discípulo de Marx. Pero Marx, explicando las
"condiciones previas imperecederas del socialismo" en su Manifiesto
Comunista, consideraba la revolución de 1848 como la antesala inmediata de la
revolución socialista. Después de 60 años, naturalmente, no hace falta ser muy
sagaz para reconocer que Marx se ha equivocado, puesto que, como sabemos, el
mundo capitalista existe todavía ¿Pero cómo podía equivocarse tanto? ¿No había
visto Marx que las grandes empresas todavía no dominaban en todos los ramos
industriales? ¿Que las cooperativas de producción aún no estaban en la cabeza
de las grandes empresas? ¿Que la mayoría aplastante del pueblo todavía no
estaba unida sobre la base de las ideas del Manifiesto Comunista? Si nosotros
vemos que todo eso no existe ni siquiera hoy, ¿como podía no darse cuenta Marx
que en el año 1848 no había nada semejante? ¡Realmente, el Marx de 1848 era, en
punto a utopía, un niño de pecho en comparación con muchos actuales autómatas
infalibles del marxismo!
Vemos por tanto que Rozkov, aún sin ser uno de los críticos
de Marx, suprime totalmente, sin embargo, la revolución proletaria como
condición previa necesaria del socialismo. Puesto que Rozkov ha expresado
demasiado consecuentemente las opiniones que son compartidas por un número
considerable de marxistas de las dos corrientes de nuestro partido, es menester
ocuparse de las principales bases metodológicas de sus equívocos.
De paso hay que mencionar que las divagaciones de Rozkov
sobre el destino de las cooperativas son de su cosecha personal. Nosotros
mismos nunca hemos encontrado un socialista que creyera en un irresistible
progreso tan simple de la concentración de la producción y de la
proletarización de las masas populares, creyendo, al mismo tiempo, en el papel
dirigente de las cooperativas de producción antes de la revolución proletaria.
Unir estas dos condiciones es mucho más difícil en el ámbito del desarrollo
económico que meramente en la cabeza de uno mismo, aunque incluso esto último
nos pareció siempre casi imposible.
Pero tratemos otras dos "condiciones previas" que
son prejuicios más difundidos.
El desarrollo técnico, la concentración de la producción y
la elevación de la conciencia de las masas, son indudablemente condiciones
previas del socialismo. Pero todos estos procesos tienen lugar simultáneamente;
no sólo se empujan e impulsan mutuamente sino que también se demoran y limitan
recíprocamente. Cada uno de estos procesos, que se realiza en un nivel
superior, requiere un desarrollo determinado de otro proceso en un nivel más
bajo. Pero el desarrollo completo de cada uno de ellos es imposible una vez que
los otros se han desarrollado, a su vez separadamente, por completo.
El desarrollo técnico encuentra indudablemente su valor
límite en un único mecanismo robot que extrajese materias primas del seno de la
naturaleza y depositase los bienes de consumo terminados ante los pies de los
hombres. Si la existencia del capitalismo no estuviese limitada por las
relaciones de clase y la lucha revolucionaria resultante de ellas, entonces
tendríamos que suponer que la técnica -cuando se hubiese acercado al ideal de
un único mecanismo robot, en el marco del sistema capitalista- suprimiría
también automáticamente el capitalismo.
La concentración de la producción, resultante de las leyes
de la competencia, supone la tendencia interna a proletarizar a la población
entera. Si aisláramos esta tendencia, tendríamos quizá un motivo para suponer
que el capitalismo llevaría a cabo su obra; pero ello siempre que el proceso de
proletarización no se viese interrumpido por un cambio revolucionario, el cual
es inevitable -dada la correlación determinada de las fuerzas de clase- mucho
antes de que el capitalismo haya convertido a la mayoría de la población en un
ejército de reserva recluido en viviendas similares a cárceles.
Prosigamos. La elevación del nivel de conciencia tiene
lugar, sin duda, continuamente gracias a la experiencia de la lucha diaria y a
los esfuerzos conscientes de los partidos socialistas. Si analizamos este
proceso por separado, podemos seguirlo hasta el punto en que la mayoría
aplastante del pueblo esté comprendida en organizaciones sindicales y políticas
y unida por sentimientos de solidaridad y por la unidad de objetivos. Si este
proceso pudiese realmente progresar cuantitativamente sin cambiar
cualitativamente, el socialismo podría ser realizado pacíficamente mediante un
consciente acto unánime de los ciudadanos del siglo XXI o XXII.
Pero es consustancial a estos procesos, que representan las
condiciones previas históricas para el socialismo, que no se lleven a cabo
separados unos de otros sino que se obstaculicen mutuamente y que, cuando hayan
alcanzado un punto determinado, definido por numerosas circunstancias pero
lejos, en todo caso, de su valor límite matemático, se vean afectados por un
cambio cualitativo y conduzcan, en su compleja combinación, a lo que nosotros
entendemos por revolución socialista.
Quisiéramos empezar con el proceso mencionado en último
lugar, el crecimiento del nivel de conciencia. Esto, como sabemos, no acontece
en academias donde pudiera concentrarse artificialmente al proletariado durante
50, 100 ó 500 años, sino en plena vida de la sociedad capitalista sobre la base
de una lucha de clases incesante. La conciencia creciente del proletariado da
una nueva forma a esta lucha de clases, le otorga un carácter más profundo y
provoca una reacción correspondiente de la clase dominante. La lucha del
proletariado contra la burguesía tiene su propia lógica, que se agudiza más y
más y que desembocará en una solución del asunto mucho antes de que las grandes
empresas dominen en todas las ramas económicas.
Va de suyo que un crecimiento de la conciencia política se
apoya en el incremento numérico del proletariado, de donde la dictadura
proletaria supone que la fuerza numérica del proletariado es suficientemente
grande como para romper la resistencia de la contrarrevolución burguesa. Pero
eso no significa en absoluto que la "mayoría aplastante" de la
población tenga que componerse de proletarios y la "mayoría
aplastante" del proletariado de socialistas conscientes. En todo caso,
está claro que el ejército revolucionario consciente del proletariado tiene que
ser más fuerte que el ejército contrarrevolucionario del capital; aquí, las
capas intermedias inseguras e indiferentes de la población tienen que estar en
una situación tal que permita que el régimen de la dictadura proletaria las
arrastre al lado de la revolución y no hacia las filas de sus enemigos. La
política del proletariado, naturalmente, tiene que contar conscientemente con
esto. Pero todo eso supone, por su parte, una hegemonía de la industria sobre
la agricultura y una preponderancia de la ciudad sobre el campo.
Intentemos estudiar las condiciones previas del socialismo,
empezando con las más generales para llegar después a las más complejas:
1. El socialismo no es sólo una cuestión de repartición
proporcionada sino también una cuestión de producción planificada. Una
producción socialista, es decir producción cooperativa en gran escala, sólo es
posible cuando el desarrollo de las fuerzas productivas hayan alcanzado un
nivel en el que las grandes empresas trabajen más productivamente que las
pequeñas. Cuanto más grande sea la preponderancia de la gran empresa sobre la
pequeña, es decir cuanto más desarrollada esté la técnica, tanto mayores tienen
que ser las ventajas económicas de la socialización de la producción, tanto más
alto debe ser, por consecuencia, el nivel cultural de la población entera al
realizarse la distribución proporcionada que se basa en una producción
planificada.
La primera condición previa objetiva del socialismo está
dada desde hace mucho. Desde que la división del trabajo social condujo a la
división del trabajo en la manufactura y, especialmente, desde que ésta ha sido
reemplazada por la producción mecánica de las fábricas, la gran empresa ha
llegado a ser cada vez más lucrativa y esto quiere decir que también una
socialización de la gran empresa hará cada vez más rica a la sociedad. Está
claro que la transformación de las empresas artesanales en propiedad común de
todos los artesanos no hubiese hecho más ricos a éstos, mientras que al
transformar las manufacturas en propiedad común de los obreros ocupados en
ellas o al traspasar las fábricas a manos de los obreros asalariados, o mejor
aún el traspaso de todos los medios de producción de la gran producción fabril
a las manos de la población total, se elevaría indudablemente el nivel material
de dicha población; y cuanto más alto sea el estado alcanzado por la gran
producción, tanto más alto será también este nivel material.
En la literatura socialista se cita con frecuencia la
petición de Bellers, miembro de la cámara baja inglesa[27],
quien presentó en el parlamento cien años antes de la conspiración de Babeuf,
exactamente en 1696, un proyecto de organización de sociedades cooperativas que
pretendían satisfacer, autónomamente, todas sus necesidades. Según los cálculos
del inglés, un colectivo de producción debía constar de 200 a 300 personas. No
podemos ocuparnos aquí del examen de sus conclusiones finales, y tampoco tienen
importancia para nosotros; importante es solamente el hecho de que una tal
economía colectivista, incluso aunque emplease sólo 100, 200, 300 o 500
personas, ofrecía ya ventajas de producción a finales del siglo XVII.
A comienzos del siglo XIX trazó Fourier[28]
su plan de asociaciones de producción y consumo, los falansterios, que debían
constar de 2.000 a 3.000 personas cada uno. Los cálculos de Fourier no se
distinguían precisamente por su exactitud; pero, en todo caso, el desarrollo
del sistema manufacturero en aquella época hacía que le pareciesen más
apropiados, en una medida incomparablemente mayor, los colectivos económicos
que en el caso del ejemplo arriba mencionado. Pero ahora está claro que tanto
las asociaciones de John Bellers como los falansterios de Fourier están mucho
más cerca de las libres comunas económicas con que sueñan los anarquistas, y
cuyo utopismo no consiste generalmente en que sean "imposibles" o
"contra la naturaleza" (las comunidades comunistas en América han
demostrado que sí son posibles) sino en que cojean de 100 o 200 años de retraso
respecto al progreso en el desarrollo económico.
La evolución de la división del trabajo social, por un lado,
y de la producción mecánica, por el otro, han conducido a que el Estado sea,
hoy en día, la única cooperativa que puede aprovechar en gran escala las
ventajas de un modo de economía colectivista. Aún más: dentro de las estrechas
fronteras de algunos Estados particulares, no encajaría ya la producción
socialista.
Atlanticus[29], un
socialista alemán que no era de la misma opinión que Marx, calculó a finales
del siglo pasado las ventajas económicas de una economía socialista en el marco
de Alemania. Atlanticus no se distingue en modo alguno por el vuelo de su
imaginación, su razonamiento se mueve completamente dentro del marco de la
rutina económica del capitalismo. Se apoya en competentes escritores de la
agronomía y de la técnica actuales -y en eso radica no tanto su debilidad como
su lado fuerte, puesto que le protege de un optimismo exagerado-. En fin,
Atlanticus llega a la conclusión de que en el caso de una organización metódica
de la economía socialista, aprovechando todos los medios técnicos disponibles a
mediados de los años noventa del siglo XIX, se podrían duplicar o triplicar los
ingresos de los obreros y reducir el horario de trabajo a la mitad del actual.
No debe suponerse, desde luego, que Atlanticus fue el
primero en demostrar las ventajas económicas del socialismo: la productividad
de trabajo infinitamente más alta en las grandes empresas, por un lado, y la
necesidad de una planificación de producción, demostrada por las crisis
económicas, por el otro, hablan mucho más elocuentemente en favor de las
ventajas económicas del socialismo que la contabilidad socialista de
Atlanticus. Su mérito consiste únicamente en haber expresado esta ventaja en
valores aproximados.
Lo dicho anteriormente justifica la conclusión final de que
-si resultase cierto que el crecimiento continuo del poder técnico de los
hombres hace el socialismo cada vez más ventajoso- están dadas, ya desde hace
100 o 200 años, las suficientes condiciones previas técnicas para la producción
colectivista en tal o cual dimensión, y de que el socialismo es técnicamente
ventajoso actualmente, no sólo en un Estado individual sino, en una medida
extraordinariamente grande, también a escala internacional.
Pero las ventajas técnicas del socialismo, por sí solas, no
son suficientes para realizarlo. Durante los siglos XVIII y XIX, las ventajas
de la gran producción no se presentaron bajo una forma socialista sino bajo la
capitalista. No se realizaron los proyectos de Bellers ni de Fourier ¿Por qué
no? Porque en aquella época no había ninguna fuerza social dispuesta ni capaz
de realizar ninguno de los dos.
2. Ahora pasamos, de la condición previa técnica de
producción, a la socioeconómica, que es menos general pero más compleja. Si se
tratase no de una sociedad de clases antagonistas sino de una comunidad
homogénea que elige conscientemente su sistema económico, ya bastarían
ampliamente los cálculos de Atlanticus para empezar la construcción socialista.
Atlanticus, socialista de una especie muy vulgar, opina justamente eso en su
trabajo.
Tal teoría podría aplicarse actualmente, sin embargo, sólo
dentro de los límites de la economía privada de una persona o de una sociedad
anónima. Siempre se puede partir del principio de que un proyecto de reforma
económica (introducción de nuevas máquinas, de nuevas materias primas, de
nuevos reglamentos de trabajo y sistema de remuneración) es aceptado únicamente
cuando este proyecto de reforma trae consigo ventajas comerciales indudables.
Pero eso por sí solo no es suficiente, ya que aquí se trata de la economía de
la sociedad entera. Aquí luchan intereses antagónicos; lo que para unos es
ventajoso perjudica a otros. Y el egoísmo de una clase no sólo actúa contra el
egoísmo de otra sino también en contra de los intereses de la totalidad. Para
la realización del socialismo es necesario, por consiguiente, que, entre las
clases antagónicas de la sociedad capitalista, haya una fuerza social
suficientemente interesada en razón de su situación objetiva en la realización
del socialismo, y suficientemente poderosa para llevarla a cabo después de
superar los intereses hostiles y la resistencia.
Uno de los méritos fundamentales del socialismo científico
consiste en haber descubierto teóricamente tal fuerza social en el
proletariado, y en haber mostrado que esta clase, creciendo forzosamente con el
capitalismo, puede encontrar su salvación sólo en el socialismo; que la situación
total la empuja hacia el socialismo y que, finalmente, la doctrina del
socialismo tendrá que hacerse necesaria para la ideología del proletariado en
la sociedad capitalista.
Así puede fácilmente verse el gran paso atrás que significa
Atlanticus en comparación con el marxismo cuando afirma que -desde el momento
en que se pueda demostrar que "por el traspaso de los medios de producción
a manos del Estado no sólo se consigue una prosperidad general sino que,
además, podrá ser reducida la jornada de trabajo- resultará completamente
accesorio el que se confirme o no se confirme la teoría de la concentración del
capital o la de la desaparición de clases sociales intermedias”...
Una vez que sean demostradas las ventajas del socialismo
-opina Atlanticus es "inútil poner todas las esperanzas en el fetiche del
desarrollo económico; en cambio, deberían emprenderse investigaciones extensas
y llegar a una amplia y escrupulosa preparación del paso de la producción
privada a la estatal o ‘colectiva’" (!)[30].
Cuando Atlanticus se vuelve contra las tácticas puramente
oposicionistas de la socialdemocracia y recomienda "proceder” enseguida a
los preparativos para la transformación socialista, olvida que la
socialdemocracia carece todavía del poder necesario para ello y que Guillermo
II, Bülow[31]
y la mayoría del Reichstag, a pesar de tener el poder en sus manos, no tienen
ni la menor intención de introducir el socialismo. El proyecto socialista de
Atlanticus convence a los Hohenzollern[32] tan
poco como los planes de Fourier convencieron a los Borbones de la Restauración;
la única diferencia es que este último basaba su utopismo político en una
fantasía apasionada en el terreno de las creaciones económicas mientras que
Atlanticus se apoyaba, en su utopismo político no menos grande, en una
contabilidad convincente y filisteo-sensata.
¿Cómo tiene que ser el nivel de diferenciación social para
que esté dada la segunda condición previa? En otras palabras: ¿Hasta dónde
necesita llegar la fuerza numérica absoluta y relativa del proletariado?
¿Debemos contar con la mitad, con los dos tercios o con los nueve décimos de la
población?
Intentar determinar el marco puramente aritmético de esta
segunda condición previa del socialismo sería una empresa desesperante.
Aceptando no obstante este esquematismo, surgiría antes que nada la pregunta de
a quién ha de contarse entre el proletariado: ¿Debemos incluir en el cálculo a
las amplias capas de semiproletarios y semicampesinos? ¿Debemos contabilizar el
ejército de reserva de los proletarios urbanos quienes, por un lado, amalgaman
con el proletariado parásito de mendigos y ladrones y, por el otro, pueblan las
calles de las ciudades en calidad de comerciantes al por menor, desempeñando
pues un papel parásito respecto a la economía total? Esta cuestión no es nada
simple.
La importancia del proletariado se deriva principalmente de
su papel en la gran producción. La burguesía se apoya, en su lucha por el
dominio político, sobre su poder económico. Antes de conseguir hacerse con la
autoridad pública, concentra en sus manos los medios de producción del país;
esto determina también su específico peso social. El proletariado, en cambio, a
pesar de todas las fantasmagorías cooperativas, estará apartado, hasta el
momento de la revolución socialista, de los medios de producción. Su poder
social resulta del hecho de que los medios de producción, encontrándose en
manos de la burguesía, sólo pueden ser puestos en movimiento por él, por el
proletariado. Desde el punto de vista burgués, el proletariado es pues también uno
de los medios de producción que, junto con los otros, forma un todo, un
mecanismo unitario; pero el proletariado es la única parte no automática de
este mecanismo y, pese a todos esfuerzos, no puede ser reducido a estado de
automatismo. Esta posición le da al proletariado la posibilidad de impedir,
según su voluntad parcial o totalmente (huelga general o parcial), el
funcionamiento de la economía social.
De ello resulta que la importancia del proletariado -en igualdad de circunstancias en cuanto a fuerza numérica- es tanto más grande cuanto mayor es la masa de fuerzas productivas que pone en movimiento: el proletario de una gran fábrica -en igualdad de circunstancias- tiene una importancia social mayor que un artesano, y un proletario urbano la tiene mayor que un proletario del campo. En otras palabras: el papel político del proletariado es tanto más importante cuanto más domina la gran producción sobre la pequeña, la industria sobre la agricultura y la ciudad sobre el campo.
Si analizamos la historia de Alemania o de Inglaterra en el
período en el que el proletariado de estos países formaba una parte de la
población igual de grande que el proletariado de la Rusia actual, podemos
observar que aquél no desempeñaba el papel que corresponde actualmente a la clase
obrera rusa, ni podía tampoco hacerlo, dada su significación objetiva.
Lo mismo vale, como hemos visto, para las ciudades. Cuando
la población urbana en Alemania era sólo de un 15 % -como ahora en Rusia- las
ciudades alemanas no desempeñaban un papel político y económico en la vida del
país equivalente al de las ciudades rusas de hoy en día. La concentración en
las ciudades de grandes establecimientos industriales y comerciales, y la
estrecha vinculación con las provincias mediante los ferrocarriles, confiere a
nuestras ciudades una importancia mucho más grande de lo que les correspondería
por su cifra de población; el crecimiento de su importancia supera con mucho su
incremento de población, al tiempo que el crecimiento de población en las
ciudades, por otra parte, es más grande que el aumento natural de la población
total... En 1848, en Italia el número de artesanos -no sólo de proletarios sino
también de maestros- era aproximadamente un 15 % de la población, es decir, no
menos que la proporción de artesanos y proletarios en la Rusia actual. Pero el
papel que desempeñaron fue incomparablemente inferior al del proletariado
industrial de Rusia en la actualidad.
Todo esto demuestra claramente que el intento de
predeterminar la proporción de la población total, que debe formar parte del
proletariado en el momento de la conquista del poder político, es un trabajo
infructuoso. En lugar de ello citaremos algunos datos aproximados para mostrar
qué parte de la población forma actualmente el proletariado en los países
avanzados.
En el año 1895 en Alemania correspondían, de la cifra total
de población activa de 20,5 millones (no comprendidos el ejército, los
funcionarios estatales y personas de ocupación indeterminada), 12,5 millones al
proletariado (obreros asalariados en la agricultura, la industria y el comercio
y domésticos); la auténtica cifra de obreros agrícolas e industriales era de
10,75 millones. En lo que se refiere a los restantes 8 millones, muchos son
también, en principio, proletarios (obreros de la industria doméstica, miembros
de la familia que trabajan, etc.). En la agricultura, sólo el número de obreros
asalariados era de 5,75 millones. La población total agrícola era
aproximadamente el 36 % de la población total. Repetimos que estos números
valen para el año 1895. En los últimos once años han ocurrido indudablemente
unos cambios inmensos, yendo generalmente en una dirección: ha aumentado la
cifra de población urbana en relación con la agrícola (en 1882, la población
agrícola era el 42 %), la cifra del proletariado total en relación con la
población total y la cifra del proletariado industrial en relación con el
proletariado del campo; finalmente, corresponde hoy a cada obrero industrial
más capital productivo que en 1895. Pero incluso las cifras mencionadas para
1895 muestran cómo el proletariado alemán representa ya desde hace mucho la
fuerza dominante en la producción del país.
Bélgica, con su población de 7 millones, es un país
industrial puro. De 100 personas que tienen alguna ocupación, 41 trabajan en la
industria (en sentido estricto), y sólo 21 trabajan en la agricultura. De más
de 3 millones de asalariados, aproximadamente 1,8 millón -lo que hace
aproximadamente el 60 %- corresponden al proletariado. Estas cifras serían
mucho más explicativas si añadiésemos al proletariado estrictamente
diferenciado los elementos sociales que le son semejantes, a saber, los
productores sólo formalmente " independientes", que en realidad están
esclavizados por el capital, los pequeños funcionarios, los soldados, etc.
Pero es Inglaterra quien ocupa el primer plano desde el
punto de vista de la industrialización de la economía y de la proletarización
de la población. En el año 1901, la cifra de los ocupados en la agricultura, la
pesca y la silvicultura era de 2,3 millones, mientras que en la industria, en
el comercio y el transporte estaban ocupadas 12,5 millones de personas.
De lo que resulta que en los países europeos más importantes
la población urbana supera numéricamente a la del campo. Pero el predominio de
la población urbana no se debe sólo a la cantidad de potencia productiva que
representa sino, en una medida más elevada, a su composición cualitativa
personal. La ciudad atrae a los elementos más enérgicos, a los más capaces e
inteligentes de la población rural. Es difícil demostrarlo estadísticamente, si
bien una comparación de grupos de edades entre la población urbana y la del
campo puede valer como prueba indirecta; este hecho tiene su propia
significación. Así en el año 1896 se contaban en Alemania 8 millones de
ocupados en la agricultura y 8 millones de ocupados en la industria. Pero si se
divide la población en grupos de edades, entonces resulta que la agricultura
tenía un millón de personas entre 14 y 40 años -los que están en plena posesión
de sus energías físicas- menos que la industria. Eso muestra que son
principalmente "los viejos y los niños” los que se quedan en el campo.
De todo ello podemos sacar la conclusión de que la evolución
económica -el crecimiento de la industria, el crecimiento de las grandes
empresas, el crecimiento de las ciudades, el crecimiento del proletariado en
general y del proletariado industrial en particular- ha preparado ya la escena
no sólo para la lucha del proletariado por el poder político sino también para
su conquista.
3. Ahora trataremos de la tercera condición previa del
socialismo, la dictadura del proletariado.
La política es el terreno donde las condiciones objetivas
previas se entremezclan con las subjetivas y donde ambas se interinfluencian.
En condiciones técnicas y socioeconómicas determinadas, una clase se fija
conscientemente el objetivo determinado de conquistar el poder, concentra sus
fuerzas, calcula la fuerza de su adversario y decide en consecuencia.
Pero tampoco en este terreno el proletariado es absolutamente
independiente; junto a elementos subjetivos -conciencia, disposición e
iniciativa- cuya evolución tiene también su propia lógica, el proletariado en
su política se enfrenta con una serie de elementos objetivos: la política de
las clases dominantes, las instituciones estatales existentes (el ejército, la
enseñanza clasista, la Iglesia estatal), las relaciones internacionales, etc.
Primero trataremos el elemento subjetivo: la disposición del
proletariado respecto a la transformación socialista.
Indudablemente, no es suficiente que el nivel técnico haya
hecho ventajosa una economía socialista desde el punto de vista de la
productividad del trabajo colectivo; ni tampoco basta con que la diferenciación
social, sobre la base de esta técnica, haya creado un proletariado que
represente, por su significado numérico y económico, la clase más importante e
interesada por razones objetivas en el socialismo. Por encima de todo esto, es
necesario que esta clase sea consciente de su interés objetivo. Es menester que
comprenda que para ella no hay otra salida que el socialismo; es necesario que
se una en un ejército suficientemente fuerte como para conquistar en lucha
abierta el poder político.
En las condiciones que se dan hoy en día sería absurdo negar
esta afirmación. Sólo los viejos blanquistas podían poner sus esperanzas en la
iniciativa salvadora de las organizaciones conspiradoras que se habían formado
sin contacto con las masas; o bien los anarquistas -sus antípodas-, que confían
en un impulso espontáneo de las masas sin saber dónde conducirá; la
socialdemocracia entiende por conquista del poder una acción consciente de la
clase revolucionaria.
Ahora bien, muchos ideólogos socialistas (ideólogos en el
sentido negativo, o sea, los que lo revuelven todo) hablan de la preparación
del proletariado para el socialismo en el sentido de su transformación moral.
El proletariado y "la humanidad" en general necesitarían ante todo
perder su vieja naturaleza egoísta; en la vida social deberían predominar los impulsos
del altruismo, etc. ... Como estamos muy lejos de semejante estado y como la
"naturaleza humana" sólo ha de cambiar lentísimamente, el
advenimiento del socialismo se ha alejado por algunos siglos. Tal concepto
parece muy realista y evolucionista, etc. ... Pero en realidad se basa en
consideraciones moralistas triviales.
Es de suponer que la psicología socialista tiene que existir
antes del socialismo; en otras palabras, que es posible inculcar a las masas
una psicología socialista sobre la base de las condiciones capitalistas. Aquí
no se debe confundir el aspirar conscientemente al socialismo con la psicología
socialista. Esta última supone la ausencia de motivos egoístas en la esfera de
la vida económica, mientras que la aspiración y la lucha por el socialismo
nacen de la psicología de clase del proletariado. Por muchos puntos de contacto
que haya entre la psicología de clase del proletariado y la psicología
socialista de una sociedad sin clases, un abismo profundo las separa.
La lucha común contra la explotación hace brotar en el alma
obrera indicios preciosos de idealismo, de camaradería solidaria y de espíritu
de sacrificio desinteresado pero, al mismo tiempo, la lucha por la existencia
individual, el espectro de la miseria, la diferenciación dentro del mismo
estamento obrero, la presión de las masas ignorantes desde abajo y la actividad
corrompida de los partidos burgueses, impiden el despliegue completo de estos
indicios preciosos.
Sin embargo, lo esencial del asunto es que el obrero medio
-aun cuando pueda seguir siendo egoísta y pequeño burgués, sin sobrepasar en su
calidad "humana" a los representantes medios de las clases burguesas-
se convence por la experiencia de la vida de que sus deseos más simples y sus
necesidades más naturales sólo pueden satisfacerse sobre las ruinas del sistema
capitalista.
Los idealistas se imaginan a la futura generación que será
digna del socialismo de la misma manera que los cristianos se imaginan a los
miembros de las primeras comunidades cristianas.
Como quiera que haya sido la psicología de los primeros
prosélitos del cristianismo -sabemos por la historia de los apóstoles que se
daban casos de ocultación de propiedades privadas ante la comunidad- en todo
caso, al extenderse, el cristianismo fracasó no ya respecto a la transformación
del modo de pensar del pueblo sino que, incluso, degenerando él mismo,
haciéndose mercantilista burócrata, evolucionó de la mutua enseñanza fraternal
al papismo y de la orden mendicante al parasitismo monástico; en una palabra:
no logró someter a las condiciones sociales del medio dentro del cual se
desarrollaba, sino que fue sometido por aquél. Y esto no ocurrió como
consecuencia de la torpeza o del egoísmo de los padres y maestros del
cristianismo sino como consecuencia de las leyes irrefutables de la dependencia
de la psicología humana respecto de las condiciones del trabajo social y de la
vida social. Y esta dependencia la mostraban incluso los propios padres y
maestros del cristianismo en sus mismas personas.
Si el socialismo tan sólo se hubiese propuesto crear una
nueva naturaleza humana dentro del marco de la vieja sociedad, no sería más que
una nueva edición de las utopías moralistas. El socialismo no se propone la
tarea de desarrollar una psicología socialista como condición previa del socialismo,
sino la de crear condiciones de vida socialistas como condición previa de una
psicología socialista.
8. El gobierno obrero en Rusia y el socialismo
Hemos demostrado anteriormente que las condiciones objetivas
previas de una revolución socialista han sido ya creadas por el desarrollo
económico de los países capitalistas avanzados. ¿Pero qué podemos decir a este
respecto sobre Rusia? ¿Podemos esperar que el paso del poder a manos del
proletariado ruso sea el comienzo de una adaptación de nuestra economía
nacional a los principios socialistas?
Hace un año respondíamos a esta pregunta en un artículo que
se vio sometido a un violento fuego cruzado procedente de las dos fracciones de
nuestro partido:
"Los obreros parisienses -dice Marx[33]-
no esperaban que su comuna obrase milagros. Tampoco hoy debemos esperar
milagros políticos de la dictadura del proletariado. El poder político no es
todopoderoso. Sería absurdo suponer que el proletariado, una vez llegado al
poder, podrá, con ayuda de algunos decretos, reemplazar al capitalismo por el
socialismo. Un sistema económico no es el producto de la actividad del Estado.
El proletariado únicamente puede utilizar el poder político con toda su energía
con el fin de facilitar y abreviar el camino de la evolución económica hacia el
colectivismo.
"El proletariado comenzará con las reformas que figuran
en el llamado programa mínimo y, partiendo de ahí, la lógica de su situación le
obligará a pasar a la práctica colectivista.
"Será relativamente fácil la introducción de la jornada
laboral de ocho horas y del impuesto progresivo sobre la renta, aunque tampoco
en este caso el centro de gravedad radica en la promulgación de un ‘acta’ sino
en la organización de su realización práctica. La dificultad principal, sin
embargo, será -¡he aquí el paso al colectivismo!- la organización de la
producción a base de una gestión colectiva de las fábricas y las empresas que
sean cerradas por sus propietarios como protesta contra este decreto.
"También será una tarea relativamente fácil la de
promulgar una ley sobre la abolición de los derechos sucesorios y la de
realizar esta ley en la práctica; herencias en forma de dinero no perjudicarán
grandemente al proletariado ni obstaculizarán su orden económico. Pero, en
cambio, la apropiación de las herencias de tierras e industrias significará
para el Estado obrero la organización de la economía sobre la base de la
gestión colectiva.
"Lo mismo vale, en una medida aún mayor, para la
expropiación, poco importa que se efectúe con indemnización o sin ella. La
expropiación con indemnización ofrece ventajas políticas pero entraña
dificultades financieras, mientras que una expropiación sin indemnización
implica ventajas financieras pero también inconvenientes políticos. Pero más
grandes que éstas o aquéllas dificultades serán las que planteen los problemas
económicos y de organización.
"Repetimos: el gobierno del proletariado no es un
gobierno que pueda hacer milagros.
"La socialización de la producción comienza con las
industrias que presentan menos dificultades. La producción socializada, en su
primera fase, aparecerá bajo la forma de unos pocos oasis entrelazados con las
empresas privadas dentro del marco de las leyes de la circulación de
mercancías. Cuanto más amplio sea el campo comprendido, por la economía
socializada, tanto más obvias serán sus ventajas, tanto más seguro se sentirá
el nuevo régimen político y tanto más audaces serán las siguientes medidas
económicas del proletariado. Al tomar estas medidas, no solamente se apoyará en
las fuerzas productivas nacionales sino también en la técnica internacional, lo
mismo que en su política revolucionaria no se apoya exclusivamente en las
experiencias de las condiciones de clase nacionales sino también en toda la
experiencia histórica del proletariado internacional."
La dominación política del proletariado es incompatible con
su esclavización económica. Poco importa la bandera política bajo la cual el
proletariado haya llegado al poder: estará obligado a proseguir una política
socialista. Hay que considerar como la mayor utopía la idea de que el
proletariado -después de haberse elevado, mediante la mecánica interna de la
revolución burguesa, a las alturas de la dominación estatal- puede, ni siquiera
aunque así lo desease, limitar su misión a la creación de condiciones
republicano-democráticas para el dominio social de la burguesía. Incluso una
pasajera dominación política del proletariado debilitará la resistencia del
capital, el cual necesita siempre del apoyo del poder político, y otorgará unas
dimensiones grandiosas a la lucha económica del proletariado. Los obreros no
pueden por menos que pedir del poder revolucionario el apoyo para los
huelguistas; y el gobierno, apoyándose en los obreros, no puede negar esta
ayuda. Pero esto significa ya paralizar la influencia del ejército de reserva
del trabajo y es equivalente al dominio de los obreros, no sólo en el terreno
político sino también en el económico, y convierte la propiedad privada de los
medios de producción en una ficción. Estas inevitables consecuencias
socioeconómicas de la dictadura del proletariado surgirán muy pronto, mucho
antes de que la democratización del orden político esté terminada. La barrera
entre el programa "mínimo" y el "máximo" desaparece en
cuanto el proletariado obtiene el poder.
El régimen proletario tiene que acometer ya desde el
principio la solución de la cuestión agraria, con la cual está conectado el
destino de grandes masas de la población rusa. El proletariado, al resolver
este problema -como también todos los demás- se guiará por el anhelo más
importante de su política económica, a saber, posesionarse de un ámbito lo más
grande posible para la organización de la economía socialista. En la cuestión
agraria, las formas y la marcha de esta política tienen que ser determinadas, de
un lado, por los recursos materiales que estén a disposición del proletariado
y, del otro lado, por la necesidad de tomar sus medidas de tal manera que los
aliados potenciales no se sientan empujados hacia las filas de los
contrarrevolucionarios.
La cuestión agraria, es decir la cuestión del destino de la
agricultura y sus relaciones sociales, no se agota naturalmente con la cuestión
de la tierra, es decir, la cuestión de las formas de propiedad de la tierra. La
respuesta que se dé al problema agrario predeterminará, quizá no la marcha del
desarrollo de la agricultura, pero sí al menos la política agraria del
proletariado; en otras palabras: el destino que el régimen proletario adjudique
a la tierra estará estrechamente vinculado a la relación general del régimen
proletario con el transcurso y las exigencias del desarrollo agrícola. Por este
motivo la cuestión de la tierra ocupa el primer lugar.
Una de las soluciones a la cuestión de la tierra, que los
social-revolucionarios han popularizado tan laudatoriamente, es la
socialización del país entero; ésta es una noción que, liberada de su
maquillaje europeo, no significa otra cosa que “la igualación del uso de la
tierra” o Reparto Negro[34]. El
programa de la repartición igualitaria supone, pues, la expropiación de todas
las tierras, no sólo de las tierras privadas en general, no sólo de las tierras
privadas de campesinos sino incluso de las tierras comunales. Si consideramos
esta expropiación como uno de los primeros pasos del nuevo régimen, todavía
bajo la dominación absoluta de las condiciones del capitalismo mercantil,
entonces vemos que las primeras "víctimas" de esta expropiación
serían los campesinos o, por lo menos, ellos se sentirían como tales. Si
tenemos en cuenta que el campesino pagó, durante décadas, las sumas de
redención que debían convertirle en propietario de su tierra[35],
si tomamos en consideración que algunos campesinos acomodados han adquirido un
inmenso terreno como propiedad privada indudablemente con grandes sacrificios,
incluso en la generación actual, entonces podemos fácilmente imaginarnos cuán
grande sería la resistencia contra el intento de declarar propiedad del Estado
las tierras comunales y las pequeñas parcelas privadas. Si el nuevo régimen
actuase de este modo, empezaría a enfrentarse contra enormes masas campesinas.
¿Para qué deberían pasar a ser propiedad del Estado las
tierras comunales y las pequeñas propiedades privadas de tierra? Para ponerlas
a disposición, de una u otra manera, de la explotación económica
"igualitaria" por todos los campesinos, incluidas las capas
actualmente carentes de tierras y los obreros agrícolas. El nuevo régimen, por
lo tanto, económicamente no ganaría nada con la expropiación de las pequeñas
propiedades y de las tierras comunales, puesto que, después de la nueva
repartición las tierras estatales o públicas pasarían al cultivo económico
privado. Y políticamente cometería el nuevo régimen un grave error ya que
pondría a las masas campesinas en oposición con el proletariado urbano como
líder de la política revolucionaria.
La partición igualitaria supone además que estará prohibida
por parte del legislador la ocupación de trabajo asalariado. La abolición del
trabajo asalariado puede y tiene que ser una consecuencia de las reformas
económicas, pero no puede ser llevada a cabo previamente mediante prohibiciones
jurídicas. No basta con prohibir al agricultor capitalista que ocupe obreros
asalariados; hay que buscar antes la posibilidad de asegurar la subsistencia al
campesino carente de tierras y hay que hacerle posible una existencia racional
desde el punto de vista de la economía total. Por lo demás, el programa de la
explotación igualitaria del suelo que prohibe el trabajo asalariado significa,
por un lado, que se obliga a los que no tienen tierras a establecerse en
minúsculas parcelas y, por el otro lado, se obliga al Estado a equiparles con
el utillaje necesario para su producción, socialmente irracional.
Se sobrentiende que la intervención del proletariado en la
organización de la agricultura no puede comenzar por atar a algunos obreros
dispersos a pedacitos dispersos de tierra, sino por explotar grandes terrenos
sobre la base de una gestión estatal o comunal.
Sólo cuando la producción socializada esté ya en pie, podrá
impulsarse el proceso de socialización mediante la prohibición del trabajo
asalariado. Esto hará imposible la existencia de la pequeña agricultura
capitalista dejando, sin embargo, espacio suficiente a las empresas agrícolas
que se autoabastecen parcial o enteramente; la expropiación de éstas no encaja
de ningún modo dentro de los planes del proletariado socialista.
El proletariado no puede, en ningún caso, elegir como pauta
un programa de "repartición igualitaria" que, por una parte, suponga
una expropiación sin finalidad, puramente formal, de los pequeños propietarios
y, por otra parte, exija la completa atomización de las grandes fincas rurales
en pequeños trozos. Esta política, desde el punto de vista económico claramente
derrochadora, solamente podría partir de una reticencia utópico reaccionaria y
más que otra cosa debilitaría políticamente al partido revolucionario.
¿Pero hasta dónde puede llegar la política socialista de la
clase obrera en las condiciones económicas de Rusia? Una cosa podemos decir con
toda seguridad: que tropezará mucho antes con obstáculos políticos que con el
atraso técnico del país. La clase obrera rusa no podría mantenerse en el poder
ni convertir su dominio temporal en una dictadura socialista permanente sin el
apoyo estatal directo que le prestase el proletario europeo. De esto no puede
dudarse ni por un momento. Y por otro lado, tampoco puede dudarse de que una
revolución socialista en occidente nos permitiría convertir directamente el
dominio temporal de la clase obrera en una dictadura socialista.
Kautsky escribió en el año 1904, cuando trataba sobre las
perspectivas del desarrollo social y cuando analizaba la posibilidad de una
revolución cercana en Rusia: "En Rusia, la revolución no podría conducir
inmediatamente a un régimen socialista; para ello, las condiciones económicas
del país no están, ni mucho menos, suficientemente maduras." Pero la
revolución rusa tiene que dar un fuerte empujón al movimiento proletario en el
resto de Europa y, como consecuencia de la lucha renaciente, el proletariado
podría obtener una posición dominante en Alemania. "Tal acontecer
-continúa Kautsky- tiene que tener influencia en toda Europa, pues debe
conducir a la dominación política del proletariado en Europa occidental y dar
al proletariado de Europa oriental la posibilidad de abreviar las etapas de su
desarrollo e, imitando el ejemplo alemán, construir artificialmente
instituciones socialistas. La sociedad como totalidad no puede saltar
artificialmente ningún estadio de su desarrollo; en cambio, a algunas de sus
partes constitutivas les es posible acelerar su atrasado desarrollo, siguiendo
el ejemplo de países más avanzados, y colocarse, gracias a ello, en un estadio
más alto, ya que no están cargadas con un lastre de tradiciones como las que
pesan sobre los viejos países...
"Esto puede ocurrir -sigue Kautsky-, pero con ello nos
salimos, como ya hemos mencionado, del terreno de la necesidad y entramos en el
de la posibilidad, por lo cual las cosas pueden desarrollarse de una manera
completamente distinta”.[36]
El teórico de la socialdemocracia alemana escribió estas
líneas en una época en la cual era para él todavía incierto si la revolución
habría de estallar primeramente en Rusia o en occidente.
Más tarde, el proletariado ruso mostró una fuerza que tampoco los socialdemócratas rusos, ni siquiera en su tendencia más optimista, se habían esperado en una medida tan extraordinaria. El transcurso de la revolución rusa estaba decidido en sus rasgos esenciales. Lo que fue o pareció hace dos o tres años una posibilidad ha llegado a ser probabilidad y todo denota que esta probabilidad está dispuesta a convertirse en necesidad.
9. Europa y la revolución
En junio de 1905 escribíamos: "Desde el año 1848 ha
pasado más de medio siglo. Medio siglo de continuas conquistas del capitalismo
en todo el mundo. Medio siglo de mutua adaptación ‘orgánica’ de las fuerzas de
la reacción burguesa y la feudal. ¡Medio siglo, en cuyo transcurso la burguesía
ha mostrado su demencial dominación y su disposición a luchar ciegamente para
conservarla! Al igual que un mecánico a la búsqueda del perpetuum mobile
obsesionado por su fantasía, tropieza cada vez con nuevos obstáculos y
superpone un mecanismo tras otro con el fin de superarlos, de la misma manera
la burguesía ha cambiado y modificado su aparato de dominación, evitando el
conflicto ‘ilegal’ con las fuerzas que le son hostiles. Pero al igual que
nuestro mecánico tropieza finalmente con un último obstáculo insuperable, la
ley de conservación de energía, también la burguesía tiene que tropezar con una
última barrera inexorable: el antagonismo de clases que se descarga
inevitablemente en el conflicto.
"El capitalismo, al imponer a todos los países su modo
de economía y de comercio, ha convertido al mundo entero en un único organismo
económico y político. Así como el crédito moderno ha conectado a miles de
empresarios a través de un lazo invisible, y permite al capital una movilidad
sorprendente evitando muchas pequeñas bancarrotas privadas, pero acrecentando
con ello, al mismo tiempo, las crisis económicas generales en unas dimensiones
inauditas, así también todo el trabajo económico y político del capitalismo, su
comercio internacional, su sistema de monstruosas deudas públicas y las
agrupaciones políticas de naciones que incluyen a todas las fuerzas de la
reacción en una especie de sociedad anónima internacional, no sólo ha
contrarrestado por un lado todas las crisis políticas individuales sino que
también, por otro lado, ha preparado el terreno para una crisis social de
dimensiones fabulosas. La burguesía, al haber camuflado todos los síntomas de
la enfermedad, al eludir todas las dificultades, al poner a un lado todas las
cuestiones fundamentales de la política interior y exterior, ha aplazado su
solución preparando con ello, al mismo tiempo, el camino para una liquidación
radical de su dominio en una escala internacional. La burguesía se ha aferrado
ávidamente a cualquier poder reaccionario sin preguntarse por su procedencia.
El Papa y el sultán no fueron los últimos de entre sus amigos. El no haber
sellado lazos "amistosos" con el emperador de China tiene su razón de
ser en el hecho de que éste no representaba ninguna fuerza: para la burguesía
era mucho más ventajoso saquear sus propiedades que tenerle a su servicio como
inspector máximo y pagarle de su propio bolsillo. Por tanto, la burguesía
internacional ha puesto la estabilidad inherente a su sistema estatal en una
posición de dependencia profunda respecto a la inestabilidad que es inherente a
los baluartes de la reacción preburguesa.
"Ello da, desde el principio, a los acontecimientos en
curso de desarrollo, un carácter internacional y abre una gran perspectiva: la
tarea de emancipación política que dirige la clase obrera rusa la eleva a ella
misma a una altura hasta hoy desconocida en la historia, coloca en sus manos
fuerzas y medios colosales y le posibilita por primera vez para comenzar con la
destrucción a escala internacional del capitalismo, para lo cual la historia ha
creado todas las condiciones objetivas previas."[37]
Si el proletariado ruso, habiendo conseguido temporalmente
el poder, no traslada por propia iniciativa la revolución a Europa, entonces la
reacción feudal burguesa europea le obligará a hacerlo.
Naturalmente, sería absurdo determinar ahora de antemano los
caminos por los cuales la revolución rusa se extenderá sobre la vieja Europa
capitalista: estos caminos podrían aparecer más tarde completamente inviables.
Traemos aquí, más para ilustrar la idea que en el sentido de una profecía, a
Polonia como vínculo entre el oriente revolucionario y el occidente
revolucionario. El triunfo de la revolución en Rusia significa forzosamente también
la victoria de la revolución en Polonia. Es fácil imaginarse que un régimen
revolucionario sobre los diez gobiernos polacos anexionados por Rusia tenga que
desembocar en una sublevación de Galitzia y de Posen. A esto los gobiernos de
los Hohenzollern y de los Habsburgo responderían con una concentración de
fuerzas militares en la frontera polaca para luego cruzarla y destrozar al
enemigo en su centro, en Varsovia. Está completamente claro que la revolución
rusa no puede abandonar su vanguardia occidental en manos de los mercenarios
austríaco-prusianos. La guerra contra los gobiernos de Guillermo II y de
Francisco José representa, en estas condiciones, para el gobierno
revolucionario de Rusia una necesidad. ¿Qué posiciones adoptarían el
proletariado alemán y el austríaco? Es obvio que no pueden mirar
indiferentemente cómo llevan a cabo sus ejércitos nacionales una cruzada
contrarrevolucionaria. La guerra de una Alemania feudal burguesa contra una
Rusia revolucionaria significa absolutamente la revolución proletaria en
Alemania. A quién esta afirmación le parezca demasiado categórica le
recomendamos que se imagine otro acontecimiento histórico en cuyo caso la
probabilidad de una prueba de fuerzas abierta entre los obreros y los
reaccionarios alemanes sería más grande.
Cuando nuestro ministerio de octubre[38]
proclamó inesperadamente la ley marcial en Polonia, se extendió el rumor muy
plausible de que esto había ocurrido bajo la instigación de Berlín. En la
víspera de la disolución de la Duma[39], el
periódico gubernamental informaba, en forma de amenaza, sobre negociaciones que
habían tenido lugar entre los gobiernos de Berlín y de Viena con vistas a una
intervención armada en los asuntos interiores de Rusia para acabar con la
agitación. Ningún mentís ministerial pudo disipar el efecto turbador de esta
noticia. Estaba claro que se preparaba, en las cortes de los tres Estados
vecinos un sangriento tribunal contrarrevolucionario para castigar con mano de
hierro. ¡Cómo si hubiese podido pasar de otra forma! ¿Podían observar
pasivamente las monarquías semifeudales vecinas cómo las llamas de la
revolución alumbraban en las fronteras de sus propiedades?
Aunque la revolución rusa estaba aún lejos de su victoria,
ya había tenido efecto, vía Polonia, sobre Galitzia. "¿Quién hubiera
previsto hace un año", exclamó Daszinski[40], en
mayo de este año, en la conferencia de la socialdemocracia polaca en Lemberg,
lo que ocurre ahora en Galizia? Henos aquí con un gran movimiento campesino que
ha motivado asombro en toda Austria. Zbaraz elige a un socialdemócrata como
vicemariscal del Consejo regional. Los campesinos editan un periódico
socialista revolucionario y lo llaman Bandera Roja; grandes manifestaciones de
masas en las cuales participan 30.000 campesinos; desfiles con banderas rojas y
canciones revolucionarias, en los pueblos de Galitzia, anteriormente tan
tranquilos y apáticos... ¿Qué pasará cuando el clamor de la nacionalización del
suelo les llegue desde Rusia a estos campesinos depauperados?"
Kautsky señaló, en sus discusiones con el socialista polaco
Lusnia hace más de dos años, que Rusia no debería ser considerada por más
tiempo como un tronco colocado sobre las piernas de Polonia ni que Polonia era
la cabeza de la vanguardia oriental de la Europa revolucionaria que hubiese invadido
las estepas de la barbarie moscovita. En el caso de la continuación y de la
victoria de la revolución rusa -según lo dicho por Kautsky- "la cuestión
polaca se hará de nuevo crítica pero no en el sentido de Lusnia; Polonia
enseñará los dientes, no contra Rusia sino contra Austria y Alemania; y, si es
que llega a servir a la causa de la revolución, su tarea no será la de defender
la revolución contra Rusia sino la de traerla desde Rusia a Austria y
Alemania". Ahora esta predicción está mucho más cerca de la realidad de lo
que pudiera pensar el propio Kautsky.
Pero una Polonia revolucionaria no es, de ningún modo, el
único punto de salida posible para la revolución europea. Hemos señalado más
arriba que, ya desde hace décadas, la burguesía ha eludido sistemáticamente la
solución de muchos problemas complejos y urgentes, no sólo en política interior
sino también en la exterior. Aunque los gobiernos burgueses han puesto sobre
las armas enormes cantidades de hombres, les falta la fuerza para determinarse a
solucionar con la espada las complicadas cuestiones de la política
internacional. Sólo un gobierno apoyado por una nación cuyos intereses vitales
están amenazados, o bien un gobierno que ha perdido el suelo bajo sus pies y
que se siente impulsado por el valor de la desesperación, puede mandar a morir
a centenares de miles de hombres. En las actuales condiciones del desarrollo
político y de la técnica militar, del sufragio universal y del servicio militar
obligatorio, sólo una confianza profunda por parte de la nación o un loco
arrebato de cólera puede hacer que dos naciones entren en conflicto. En la
guerra franco-prusiana de 1870 vemos, por un lado, a Bismarck, luchando por la
prusianización, es decir, por la unificación de Alemania -una necesidad elemental
que sentía todo alemán- y, por otro lado, al gobierno de Napoleón III,
insolente, impotente, despreciado por el pueblo, dispuesto a cualquier aventura
que le proporcionase un plazo de otros doce meses de vida. En la guerra
ruso-japonesa, los papeles estaban distribuidos de manera similar: por un lado
el gobierno del mikado luchando por el dominio del capital japonés sobre Asia
oriental sin que pudiese oponérsele ningún proletariado revolucionario fuerte;
por otro lado, un gobierno autocrático y caduco que se esforzaba en compensar
sus derrotas en el interior con victorias en el extranjero.
En los viejos países capitalistas no hay necesidades
"nacionales", es decir necesidades de la sociedad burguesa entera, de
las cuales la burguesía pudiese sentirse defensora. Los gobiernos de
Inglaterra, Francia, Alemania o Austria ya no son capaces de conducir guerras
nacionales. Los intereses vitales de las masas populares, los intereses de las
nacionalidades oprimidas o la bárbara política interior de un país vecino no inducen
a ningún gobierno burgués a entrar en una guerra que pudiese tener un carácter
liberador y por tanto nacional. Por otro lado, los intereses de la codicia
capitalista, que con tanta frecuencia impulsan, ora a este gobierno, ora a
aquél, a tintinear las espuelas y hacer ruido con los sables ante los ojos de
todo el mundo, no pueden provocar el más mínimo eco en las masas populares. Por
este motivo, la burguesía no puede o no quiere provocar o realizar guerras
nacionales. Las últimas experiencias en el sur de Africa y luego en el este de
Asia demostraron a dónde conducen, en las condiciones actuales, las guerras
antinacionales. La grave derrota del conservadurismo imperialista en Inglaterra
tiene como causa, y no la menos importante, la lección de la guerra de los
boers; la otra consecuencia, mucho más importante y más peligrosa para la
burguesía inglesa, de la política imperialista, es la autonomía política del
proletariado inglés que, una vez iniciada, avanzará con botas de siete leguas.
Y no hace falta recordar las consecuencias de la guerra ruso-japonesa para el
gobierno de Petersburgo. Pero incluso prescindiendo de estas dos experiencias,
los gobiernos europeos tienen cada vez más miedo de colocar al proletariado,
desde que ha comenzado a ser independiente, ante el dilema: guerra o
revolución. Precisamente este miedo a la sublevación proletaria incita a los
partidos burgueses a acordar inmensas sumas para gastos militares y a declarar,
al mismo tiempo, solemnes manifiestos de paz; les incita a soñar con tribunales
internacionales de arbitraje e incluso con la organización de los Estados
Unidos de Europa. Es una declamación ridícula que no puede eliminar
naturalmente ni el antagonismo entre los Estados ni los conflictos armados.
La paz armada que se produjo en Europa después de la guerra
franco-prusiana se basaba en un sistema de equilibrio europeo, el cual no sólo
suponía la invulnerabilidad de Turquía, la división de Polonia, la conservación
de Austria -este traje de Arlequín etnográfico- sino también la existencia del
despotismo ruso en el papel de gendarme, armado hasta los dientes, de la
reacción europea. La guerra ruso-japonesa asestó un duro golpe a este sistema,
mantenido en pie artificialmente, en el que la autocracia tenía una posición de
primer rango. Rusia salió, por una cierta época, del así llamado concierto de
potencias. El equilibrio estaba destruido. Los éxitos japoneses inflamaron, por
otra parte, los instintos conquistadores de la burguesía capitalista, y
especialmente de la bolsa, de una gran importancia dentro de la política
actual. La posibilidad de una guerra en suelo europeo ha crecido
considerablemente. Por todas partes maduran conflictos y aunque hasta ahora
hayan sido resueltos por medio de la diplomacia, ello no es ninguna garantía
para el día de mañana. Mas una guerra europea significa inevitablemente la
revolución europea.[41]
Ya durante la guerra ruso-japonesa, el partido socialista de
Francia declaró que, en caso de una intervención del gobierno francés en favor
de la autocracia, llamaría al proletariado a tomar las medidas más decididas,
incluso hasta llegar a la sublevación. En marzo de 1906, cuando se agudiza el
conflicto francoalemán a causa de Marruecos, el buró de la Internacional
Socialista decidió, en el caso de un peligro bélico, "concretar las
medidas de acción más apropiadas para todos los partidos socialistas
internacionales y toda la clase obrera organizada a fin de evitar y detener la
guerra". Cierto, aquello no pasó de ser una resolución y para comprobar su
significación real sería necesaria una guerra. La burguesía tiene todas las
razones para querer evitar tal experimento. Pero para desgracia suya, la lógica
de las relaciones internacionales es más fuerte que la lógica de los
diplomáticos.
La bancarrota del Estado ruso -sea provocada por el
despilfarro de la burocracia o sea proclamada por un gobierno revolucionario
que no quiere responsabilizarse de los pecados del viejo régimen-, la
bancarrota del Estado ruso, suscitará una tremenda conmoción en Francia. Los
radicales, que actualmente tienen en sus manos el destino de Francia, han
asumido, junto con el poder, todas las funciones protectoras, y entre ellas
también el cuidado de los intereses del capital. Por esto hay serios motivos
para suponer que la catástrofe financiera (consecuencia de la bancarrota del
Estado ruso) se convierta directamente en una crisis política en Francia, que
sólo podría terminar con el traspaso del poder a manos del proletariado. De una
u otra manera -bien a causa de una revolución en Polonia como consecuencia de
una guerra europea, bien como resultado de la bancarrota del Estado ruso-
trascenderá la revolución a los territorios de la vieja Europa capitalista.
Pero también sin la presión exterior de acontecimientos
tales como la guerra o la bancarrota puede surgir, en un futuro próximo, la
revolución en uno de los países europeos como consecuencia de la extrema
agudización de la lucha de clases. No queremos hacer aquí ninguna suposición
sobre cuál de los países europeos será el primero que marchará por el camino de
la revolución; pero es indudable que los antagonismos de clase han alcanzado,
en los últimos años un alto grado de tensión en todos los países europeos.
El crecimiento colosal de la socialdemocracia alemana en el
marco de una constitución semiabsolutista llevará al proletariado por necesidad
imperiosa a un choque abierto contra la monarquía feudal burguesa. La cuestión
de la resistencia mediante la huelga general contra un golpe de Estado ha
llegado a ser desde el año pasado una de las cuestiones centrales en la vida
política del proletariado alemán. En Francia, el paso del poder a los radicales
libera decididamente las manos del proletariado, que, en relación con el
internacionalismo, estuvieron atadas durante mucho tiempo por la colaboración
con los partidos burgueses; el proletariado socialista, que ha recibido las
tradiciones inmortales de cuatro revoluciones, y la burguesía conservadora, que
se esconde detrás de la máscara de un partido radical, están puestos cara a
cara. En Inglaterra, donde durante un siglo entero, dos partidos burgueses se
sentaban por turno en el columpio del parlamentarismo, empezó hace poco tiempo,
por toda una serie de motivos, el proceso de separación política del
proletariado. Mientras que en Alemania este proceso duraba cuatro décadas, la
clase obrera británica, disponiendo de fuertes sindicatos y de gran experiencia
en la lucha económica, puede alcanzar, en pocos saltos, al ejército del
socialismo continental.
La influencia de la revolución rusa sobre el proletariado
europeo es extraordinariamente grande. No sólo destrozará al absolutismo de
Petersburgo, la fuerza principal de la reacción europea, sino que creará
también las condiciones previas, necesarias para la revolución, en la
conciencia y en el ánimo del proletariado europeo.
La tarea del partido socialista era y es la de revolucionar
la conciencia de la clase obrera en la misma medida en que el desarrollo del
capitalismo ha revolucionado las condiciones sociales. Sin embargo, el trabajo
de agitación y organización en las filas del proletariado está marcado por una
inmovibilidad interna. Los partidos socialistas europeos, especialmente el más
grande entre ellos, el alemán han desarrollado un conservadurismo propio, que
es tanto más grande cuanto mayores son las masas abarcadas por el socialismo y
cuanto más alto es el grado de organización y la disciplina de estas masas.
Consecuentemente, la socialdemocracia, como organización, personificando la
experiencia política del proletariado, puede llegar a ser, en un momento
determinado, un obstáculo directo en el camino de la disputa abierta entre los
obreros y la reacción burguesa[42]. En
otras palabras: el conservadurismo propagandístico socialista de un partido
proletario puede, en un momento dado, obstaculizar la lucha directa del
proletariado por el poder. El peso inmenso de la revolución se manifiesta en el
hecho de aniquilar la rutina de partido, destruir el conservadurismo y poner en
el orden del día la cuestión de la prueba abierta de fuerzas entre el proletariado
y la reacción capitalista. La lucha por el sufragio universal en Austria,
Sajonia y Prusia se ha agudizado bajo la influencia directa de la huelga de
octubre en Rusia. La revolución en el este contagiará al proletariado del oeste
con un idealismo revolucionario, despertando en él el deseo de hablar en
"ruso" con sus enemigos.
Si el proletariado ruso se encuentra en el poder, aunque no
sea más que como consecuencia del éxito temporal de nuestra revolución
burguesa, entonces contará frente a sí con la hostilidad organizada de la
reacción internacional y con la disposición al apoyo organizado del
proletariado internacional. Abandonada a sus propias fuerzas, la clase obrera
rusa sería destrozada inevitablemente por la contrarrevolución en el momento en
que el campesinado se apartase de ella. No le quedará otra alternativa que entrelazar
el destino de su dominación política, y por tanto el destino de toda la
revolución rusa, con el destino de la revolución socialista en Europa.
Echará en la balanza de la lucha de clases del mundo
capitalista entero el inmenso poder estatal político que le da la prosperidad
temporal de la revolución burguesa rusa. Con el poder estatal en las manos, con
la contrarrevolución a su espalda y la reacción europea ante si, gritará a sus
compañeros de todo el mundo la consigna de lucha -y esta vez al último combate-:
¡Proletarios de todos los países, uníos!
[2] P. Miliukov: Esbozos para la historia de la civilización rusa, San Petersburgo, 1896. (L.T.)
[3] Basta con tener presente los rasgos característicos de la relación originaria entre Estado y escuela para hacer constar que la escuela ha sido un producto por lo menos igual de "artificial" que la fábrica. Los esfuerzos estatales para la instrucción ilustran esta "artificialidad". A los alumnos que no gustaban de frecuentar la escuela se les ataba con cadenas; toda la escuela estaba atada con cadenas. El estudio era una forma de servicio. Los alumnos recibían sueldos, etc. (L.T.)
[4] Mendeleev: Para la comprensión de Rusia, San Petersburgo, 1906, pag. 84. (L.T.)
[5] Inclusive un burócrata tan reaccionario como el Profesor Mendeleev no puede menos de reconocerlo. En su descripción del desarrollo industrial dice: "Aquí los socialistas reconocían algo e incluso, en parte, lo comprendían pero, siguiendo a su latinismo (!), se extraviaron al aconsejar el empleo de la violencia, al dejar manifestarse libremente los instintos animales del populacho y al aspirar a la subversión y al poder." (D. Mendeleev: Para la comprensión de Rusia, p. 120.) (L.T.)
[6] Hemos tomado estas cifras de Esbozos... de Miliukov. La población urbana de Rusia entera, incluyendo Siberia y Finlandia, se calculó en 17.122.000 o sea 13.25 % según el censo de 1897. (D. Mendeleev: Para la comprensión de Rusia, 1906, 2º edición, p. 90.) (L.T.)
[7] Pequeña industria campesina que tuvo gran importancia económica, inclusive después de la Revolución de Octubre, especialmente en los gobiernos nórdicos poblados de bosques.
[8] En un tiempo en que la equiparación indiscriminada entre la revolución rusa y la revolución francesa de 1789 había llegado a ser un lugar común, el general Parvus vislumbró con toda sagacidad que precisamente esta circunstancia constituía la causa del carácter específico de la revolución. (L.T.)
[9] Clemenceau, Georges (1841-1929): ocupó varios puestos en el gobierno francés, incluyendo el de Ministro de Asuntos Internos (marzo-octubre de 1926), Presidente del Consejo de Ministros (octubre de 1906-julio de 1909) y Primer Ministro (noviembre de 1917). Dejó la política luego de ser derrotado en las elecciones presidenciales de 1920. Millerand, Alexandre (1859-1943): fue excluido del Partido Socialista Francés en 1904 luego de formar un grupo de Socialistas Independientes. Fue elegido presidente de Francia el 24 de septiembre de 1920, puesto que mantuvo hasta que los partidos reformistas de izquierda llegaron al poder en 1924. Briand, Aristide (1862-1932): fue excluido del Partido Socialista Francés en 1906 por unirse al entonces gobierno “burgués”. Fue Primer Ministro francés en muchas ocasiones entre 1909 y 1929, y Viceprimer Ministro durante 1914-15. Fue 17 veces ministro de Relaciones Exteriores de Francia, las más notables durante 1915-17, 1921-24 y 1925-31. Premio Nobel de la Paz en 1926. Bourgeois, León (1851-1925): Ministro francés en varias ocasiones, presidente de la Cámara de diputados y Jefe de Gobierno en 1895. Fue uno de los redactores del pacto de la Sociedad de las Naciones y miembro de la misma. Premio Nobel de la paz en 1920.
[10] Guillermo II (1859-1941): emperador de Alemania desde 1888. Abdicó al producirse la revolución alemana de 1918.
[11] Lutetia, carta del 30 de abril de 1840, en H. Heine: Obras y correspondencia, Berlín, 1962, tomo 6, p. 268.
[12] Ferdinand Lassalle: Cartas y escritos póstumos, tomo 3, G. Mayer, Stuttgart-Berlín, 1922, p. 14. (L.T.)
[13]
Bolon King: Istorija ob-edinenija Italii [Historia de la unidad italiana]. Moscú, tomo 1, p. 220.
[14] Thiers, Adolph (1797-1877): Historiador y estadista burgués francés, orleanista; jefe del poder ejecutivo (presidente del Consejo de Ministros) en 1871; presidente de la república de 1871 a 1873; fue el gran verdugo de la Comuna de París. Bismarck, Otto von Schönhausen, príncipe (1815-1898): Estadista y diplomático de Prusia y Alemania, representante de los junkers prusianos; primer ministro de Prusia de 1862 a 1871 y canciller del Imperio alemán de 1871 a 1890.
[15] El Estado constitucional, 1ª edición, p. 49. (L.T.)
[16] Después de la publicación, en 1913, de la correspondencia Marx-Engels, se sabe que estos artículos fueron escritos por F. Engels.
[17] Karl Marx: Germanija v 1848-50, traducción rusa, Alexeieva, 1905, p. 8 y 9; [Revolution und Konterrevolution in DeutschIand, Marx-Engels-Werke, Berlín, 1960, tomo 8, p. 10.] (L.T.)
[18] D. Mendeleev: Para la comprensión de Rusia, 1906 (L.T.)
[19] K. Kautsky: El obrero americano y el ruso, San Petersburgo, 1906. (L.T.)
[20] D. Mendeleev: Para la comprensión de Rusia, 1906 (L.T.)
[21] Geor von Vollmar (1850-1922): socialdemócrata bávaro y diputado por Munich al Reichstag. En 1879 publicó un artículo titulado El estado socialista aislado, en el que presentó y defendió la concepción del “socialismo en un solo país”. Fue un pionero del reformismo y antecesor de Eduard Bernstein.
[22]
¿Podría refutar ésta y las siguientes reflexiones el hecho del nacimiento y
evolución -primero- de la "Liga Campesina" y -luego- del grupo de los
trudoviki en la Duma? En absoluto. ¿Qué es la "Liga Campesina"? Es la
unión de unos pocos elementos radical-demócratas -a la búsqueda de las masas-
con los elementos más conscientes del campesinado, pero no con sus capas más
bajas, en aras de una transformación democrática y de una reforma agraria.
En cuanto al programa agrario de la "Liga
Campesina" ("iguales derechos a la explotación de la tierra"),
que es lo que da sentido a su existencia, hay que decir lo siguiente: cuanto
más amplio y profundo sea el desarrollo del movimiento agrario, cuanto más
pronto llegue a la confiscación y al reparto de tierras, tanto más rápidamente
se desmoronará a consecuencia de las innumerables contradicciones entre las
diferentes clases, regiones, costumbres de vida y diferentes niveles técnicos.
Sus miembros ejercerán influencia en los comités campesinos, los órganos
locales de la revolución agraria, pero éstos, como instituciones
económico-administrativas, evidentemente no podrán eliminar la dependencia
política de la aldea respecto de la ciudad, por ser ésta precisamente una de
las características principales de la sociedad moderna.
El grupo de los trudoviki expresó, dada su ideología radical y su amorfismo, el carácter contradictorio de las aspiraciones revolucionarias del campesinado. En la época de las ilusiones constitucionales seguía desamparadamente a los kadetes, mientras que en el momento de la disolución de la Duma, se había sometido, naturalmente, a la dirección de la fracción socialdemócrata. La falta de iniciativa de la representación campesina aparecerá especialmente cuando haga falta la iniciativa más decidida: en los días del traspaso del poder a manos de la revolución. (L.T.)
[23] Shakespeare: El Mercader de Venecia, Primer acto, escena tercera.
[24] Rozkov, Nicolai (1868-1927): Historiador, bolchevique en 1905; detenido y deportado en 1908; puesto en libertad en 1917, se une entonces a los internacionalistas unificados militando con Martov y Gorki; posteriormente se une a los bolcheviques.
[25] N. Rozkov: Kagrarnormu voprosu (Sobre la cuestión agraria), San Petersburgo, 1904, p. 21 y 22. (L.T.)
[26] Estudios para la teoría y la historia de las crisis comerciales en Inglaterra, Jena, 1901. (1ra. edición rusa, San Petersburgo, 1864); Bases teóricas del marxismo, Leipzig, 1905. (L.T.) Tugan-Baranovski era representante del "marxismo legal" que ejerció su mayor influencia en Rusia durante el período de 1894 a 1901. Sus principales preocupaciones eran los méritos (y deficiencias) del marxismo como instrumento heurístico, y consagraba poca atención al marxismo como ideología movilizadora de la clase obrera, y generalmente se mantuvo al margen de las organizaciones de la socialdemocracia rusa.
[27] Bellers no era diputado. Era un terrateniente cuáquero, que presentó su proyecto en forma de mensaje al parlamento.
[28] Fourier, Francois-Charles (1772-1837): teórico del socialismo utópico y crítico del capitalismo francés.
[29] Seudónimo de Karl Ballod. Según la versión inglesa publicada en The permanent revolution-Results and Prospects, New Park Publications, Londres, 1962, el seudónimo corresponde a G. Jaeckh.
[30] Atlanticus: Gosudarstvo buduscago (El Estado futuro), San Petersburgo, 1906, p.22 y 23. (L.T.)
[31] Bülow, príncipe de Bülow (Bernhard): Político alemán. Canciller del Imperio (1900-1909)
[32] Los Hohenzollern gobernaron Alemania desde 1871 hasta la Revolución de Noviembre de 1918, cuando abdicó el káiser Guillermo II.
[33] Karl Marx: La Guerra Civil en Francia.
[34] Chornyi Peredel o Reparto Negro, grupo integrado por Plejanov que planteaba la repartición espontánea de las tierras de propietarios rurales por los campesinos.
[35] Después de la liberación en 1861, los campesinos tenían que pagar grandes redenciones por las tierras que recibían.
[36] K. Kautsky: Revoliucionniya perspektivi (Perspectivas revolucionarias), Kiev, 1906. (L.T.)
[37] Veáse mi prefacio a la obra de F. Lassalle: Discurso ante el tribunal. (L.T.) (Se trata de un proceso contra Lassalle y Weyer por incitación a armarse contra la autoridad real, celebrado en Colonia el 3 de mayo de 1849.)
[38] Se refiere al Ministerio del conde Witte.
[39] La primera Duma fue disuelta el 21 de julio de 1906, con el comienzo de la dictadura de Stolipin.
[40] Daszinski, Ignacy (1866-1936): dirigente del Partido Socialista Polaco.
[41] En la edición de 1919, esta frase está subrayada.
[42] En la edición de 1919, esta frase está subrayada.