La revolución permanente1
Prólogo
Hoy, cuando me dispongo
a entregar este libro a la imprenta en varias versiones extranjeras, todo
el sector consciente de la clase obrera internacional, y en cierto sentido
toda la humanidad "civilizada", presta una especial atención,
aguzando el oído, al eco de esa gran transformación económica
que se está operando en la mayor parte del territorio de lo que fue
imperio de los zares. Y lo que suscita mayor interés es el problema
de la colectivización del campo.
No tiene nada de extraño; es aquí precisamente donde la ruptura
con el pasado presenta un carácter más elocuente. Ahora bien;
no es posible juzgar acertadamente la obra de la colectivización sin
arrancar de una concepción de la revolución socialista en general.
De aquí deduciremos nuevas y más elevadas pruebas de que en
el campo teórico del marxismo no hay nada indiferente para la acción.
Las divergencias más lejanas y, al parecer, "abstractas",
si se reflexiona a fondo sobre ellas, tarde o temprano se manifiestan siempre
en la práctica, y ésta no perdona el menor error teórico.
La colectivización de las haciendas campesinas es, evidentemente, una
parte necesaria y primordial de la transformación socialista de la
sociedad. Sin embargo, las proporciones y el empuje de la colectivización
no sólo se hallan determinados por la voluntad de un gobierno, sino
que dependen en última instancia de los factores económicos:
de la altura a que se halle el nivel económico del país, de
las relaciones entre la industria y la agricultura, y, por consiguiente, de
los recursos técnicos de esta última.
La industrialización es el resorte propulsor de toda la cultura moderna,
y, por ello, la única base concebible del socialismo. En las condiciones
de la Unión Soviética, la industrialización implica,
ante todo, el reforzamiento de la base del proletariado como clase gobernante.
Al mismo tiempo, crea las premisas materiales y técnicas para la colectivización
de la agricultura. El ritmo de estos dos procesos guarda una relación
íntima de interdependencia. El proletariado está interesado
en que ambos procesos adquieran el impulso máximo, pues es ésta
la mejor defensa que la nueva sociedad que se está edificando puede
encontrar contra el peligro exterior, al propio tiempo que echa los cimientos
para la elevación sistemática del nivel material de vida de
las clases trabajadoras.
No obstante, el desarrollo asequible se ve limitado por el nivel material
y cultural del país, por las relaciones recíprocas entre la
ciudad y el campo y por las necesidades inaplazables de las masas, las cuales
sólo hasta un cierto límite, pueden sacrificar su día
de hoy en aras del de mañana. El ritmo máximo, es decir, el
mejor, el más ventajoso, es no sólo el que imprime un rápido
desarrollo a la industria y a la colectivización en un momento dado,
sino el que garantiza asimismo la consistencia necesaria del régimen
social de la dictadura proletaria, lo cual quiere decir, ante todo, el robustecimiento
de la alianza de los obreros y campesinos, preparando de este modo la posibilidad
de triunfos ulteriores.
Desde este punto de vista, tiene una importancia decisiva el criterio histórico
general que adopte la dirección del partido y del Estado para orientar
sistemáticamente el desarrollo económico. Caben en esto dos
variantes fundamentales. Una es ir -con el rumbo que dejamos caracterizado-
hacia la consolidación económica de la dictadura del proletariado
en un solo país hasta que la revolución proletaria internacional
consiga nuevos triunfos: es el punto de vista de la oposición de izquierda.
Otra es encerrarse en la edificación de una sociedad socialista nacional
aislada "dentro de un plazo histórico rapidísimo":
es la posición oficial de los dirigentes de hoy.
Son dos concepciones completamente distintas, y en fin de cuentas contradictorias,
del socialismo. De ellas se desprenden dos estrategias y dos tácticas
radicalmente diversas.
No podemos detenernos nuevamente a examinar dentro de los estrechos límites
de este prefacio, el problema de la edificación del socialismo en un
solo país. A este tema hemos consagrado ya varios trabajos, entre los
cuales se destaca la Crítica al Programa de la Internacional Comunista2.
Nos limitaremos a tocar aquí los elementos más esenciales de
la cuestión.
Recordemos, ante todo, que Stalin formuló por vez primera la teoría
del socialismo en un solo país en el otoño de 1924, en abierta
contradicción, no sólo con todas las tradiciones del marxismo
y de la escuela de Lenin, sino también con los criterios sostenidos
por el propio Stalin en la primavera del mismo año.
Este viraje de espaldas al marxismo de la "escuela" de Stalin ante
los problemas de la edificación socialista no es menos completo y radical
en el terreno de los principios de lo que fue, por ejemplo, la ruptura de
la socialdemocracia alemana con el marxismo ante las cuestiones de la guerra
y del patriotismo en el otoño de 1914; es decir, diez años justos
antes del cambio de frente operado por Stalin. Y la comparación no
es casual, ni mucho menos. El "error" de Stalin tiene exactamente
el mismo nombre que el de la socialdemocracia alemana: se llama socialismo
nacionalista.
El marxismo parte del concepto de la economía mundial, no como una
amalgama de partículas nacionales, sino como una potente realidad con
vida propia, creada por la división internacional del trabajo y el
mercado mundial, que impera en los tiempos que corremos sobre los mercados
nacionales.
Las fuerzas productivas de la sociedad capitalista rebasan desde hace mucho
tiempo las fronteras nacionales. La guerra imperialista fue una de las manifestaciones
de este hecho. La sociedad socialista ha de representar ya de por sí,
desde el punto de vista de la técnica de la producción, una
etapa de progreso respecto al capitalismo. Proponerse por fin la edificación
de una sociedad socialista nacional y cerrada, equivaldría, a pesar
de todos los éxitos temporales, a retrotraer las fuerzas productivas
deteniendo incluso la marcha del capitalismo. Intentar, a despecho de las
condiciones geográficas, culturales e históricas del desarrollo
del país, que forma parte de la colectividad mundial, realizar la proporcionalidad
intrínseca de todas las ramas de la economía en los mercados
nacionales, equivaldría a perseguir una utopía reaccionaria.
Si los profetas y secuaces de esta teoría participan, sin embargo,
de la lucha revolucionaria internacional -no queremos prejuzgar con qué
éxito-, es porque, dejándose llevar de su inveterado eclecticismo,
combinan mecánicamente el internacionalismo abstracto con el nacionalsocialismo
reaccionario y utópico. El programa de la Internacional Comunista,
aprobado en el VI Congreso, es la expresión más acabada de este
eclecticismo.
Para demostrar en toda su evidencia uno de los errores teóricos más
importantes en que se basa la concepción nacionalsocialista, nada mejor
que citar el discurso de Stalin -recientemente publicado- sobre los problemas
internos del comunismo norteamericano. "Sería erróneo -dice
Stalin replicando a una de las fracciones comunistas- no tener en cuenta las
peculiaridades específicas del capitalismo norteamericano. El partido
comunista no debe perderlas de vista en su actuación. Pero sería
aún más equivocado basar la actuación del partido comunista
en estos rasgos específicos, pues la base para la actuación
de todo partido, incluyendo al norteamericano, está en los rasgos generales
del capitalismo, iguales en su esencia en todos los países, y no en
la fisonomía especial que presente en cada país. En esto se
basa precisamente el internacionalismo de los partidos comunistas. Los rasgos
específicos no son más que un complemento de los rasgos generales.
(Bolshevik3, nº 1 de 1930, página 8. El destacado es mío
[L.T.]).
Desde el punto de vista de la claridad, estas líneas no dejan nada
que desear. Stalin, bajo una apariencia de fundamentación económica
del internacionalismo, nos da en realidad la fundamentación del socialismo
nacionalista. No es cierto que la economía mundial represente en sí
una simple suma de factores nacionales de tipo idéntico. No es cierto
que los rasgos específicos no sean "más que un complemento
de los rasgos generales", algo así como las verrugas en el rostro.
En realidad las particularidades nacionales representan en sí una combinación
de los rasgos fundamentales de la economía mundial. Esta peculiaridad
puede tener una importancia decisiva para la estrategia revolucionaria durante
un largo período. Baste recordar el hecho de que el proletariado de
un país atrasado haya llegado al poder muchos años antes que
el de los países más avanzados. Esta sola lección histórica
basta para demostrar que, a pesar de la afirmación de Stalin, es absolutamente
erróneo orientar la actuación de los partidos comunistas sobre
unos cuantos "rasgos generales"; esto es, sobre el tipo abstracto
del capitalismo nacional. Es radicalmente falso que estribe en esto el internacionalismo
de los partidos comunistas. En lo que en realidad se basa es en la inconsistencia
de los Estados nacionales, que hace mucho tiempo que han caducado, para convertirse
en un freno puesto al desarrollo de las fuerzas productivas. El capitalismo
nacional no puede, no ya transformarse, sino ni siquiera concebirse más
que como parte integrante de la economía mundial.
Las peculiaridades económicas de los diversos países no tienen
un carácter secundario, ni mucho menos: bastará comparar a Inglaterra
y la India, a los Estados Unidos y el Brasil. Pero los rasgos específicos
de la economía nacional, por grandes que sean, forman parte integrante,
y en proporción cada día mayor, de una realidad superior que
se llama economía mundial, en la cual tiene su fundamento, en última
instancia, el internacionalismo de los partidos comunistas.
La idea de las peculiaridades nacionales como simple "complemento"
del tipo general, formulada por Stalin, se halla en flagrante y lógica
contradicción con la concepción -mejor dicho, con la incomprensión-
stalinista de la ley del desarrollo desigual del capitalismo. Es, como se
sabe, una ley que el propio Stalin proclamó fundamental, primordial
y universal. Guiado por esa ley, que él convierte en una abstracción,
intenta descubrir todos los enigmas de la existencia. Y, cosa curiosa, no
se da cuenta de que aquellas peculiaridades nacionales son precisamente el
producto más general, y aquel en que, por decirlo así, se resume
todo, del desarrollo histórico desigual. Bastaba con comprender acertadamente
esta desigualdad, tomarla en toda su magnitud, haciéndola extensiva
asimismo al pasado precapitalista. El desarrollo más rápido
o más lento de las fuerzas productivas; el carácter más
o menos amplio o reducido de épocas históricas enteras, por
ejemplo, de la Edad Media, el régimen gremial, el despotismo ilustrado,
el parlamentarismo; la desigualdad de desarrollo de las distintas ramas de
la economía, de las distintas clases, de las distintas instituciones
sociales, de los distintos aspectos de la cultura, todo esto forma la base
de las "peculiaridades" nacionales. La peculiaridad de un tipo social
nacional es la cristalización de la desigualdad de su formación.
La Revolución de Octubre es la manifestación más grandiosa
de esta falta de uniformidad del proceso histórico. La teoría
de la revolución permanente al pronosticar la Revolución de
Octubre, se apoyaba precisamente en esa ley de la falta de ritmo uniforme
del desarrollo histórico; pero no concebida en su forma abstracta,
sino en su encarnación material, proyectada sobre las peculiaridades
sociales y políticas de Rusia.
Stalin se valió de esta ley, no para predecir oportunamente la conquista
del poder por el proletariado en un país atrasado, sino para luego,
a posteriori, en 1924, imponer al proletariado ya triunfante la misión
de levantar una sociedad socialista nacional. Pero la ley a que aludimos era
la menos indicada para esto, pues lejos de sustituir o anular las leyes de
la economía mundial, está supeditada a ellas.
A la par que rinde un culto fetichista a la ley del desarrollo desigual, Stalin
la declara base suficiente para fundamentar el socialismo nacionalista, pero
no como un producto típico, es decir, común a todos los países,
sino como algo exclusivo, mesiánico, puramente ruso. Según él,
sólo en Rusia se puede levantar una sociedad socialista autónoma.
Con ello, exalta las peculiaridades nacionales de Rusia no sólo por
encima de los "rasgos generales" de toda nación capitalista,
sino por encima de la propia economía mundial considerada en su conjunto.
Aquí es donde se nos revela la falsedad de toda la concepción
stalinista. Las características peculiares de la URSS son tan poderosas,
que permiten edificar el país socialista de fronteras adentro, independientemente
de lo que pueda suceder en el resto de la humanidad. Las peculiaridades de
los demás países, los que no están marcados con el sello
del mesianismo, no son, en cambio, más que un simple "complemento"
de los rasgos generales, una especie de verruga en la fisonomía de
la cara. Sería erróneo -nos enseña Stalin- "fundar
la actuación de los partidos comunistas en estos rasgos específicos".
Y esta máxima que se aplica al partido norteamericano, al británico,
al sudafricano y al serbio, no es aplicable, por lo visto, al ruso, cuya actuación
se basa, no en los "rasgos generales", sino precisamente en las
"peculiaridades" propias del país. Queda así explicada
la estrategia doble de la Internacional Comunista: mientras que en la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas el proletariado se consagra
a "liquidar las clases" y a edificar el socialismo, al proletariado
de todos los demás países, volviéndose de espaldas a
las condiciones nacionales, se le obliga a emprender acciones simultáneas
a fecha fija -1º de agosto, 6 de marzo, etc.-. Y así, el nacionalismo
mesiánico viene a complementarse con un internacionalismo burocrático-abstracto.
Este dualismo informa todo el programa de la Internacional Comunista, privándolo
en absoluto de valor principista.
Si tomamos a Inglaterra y a la India como los dos polos opuestos o los dos
tipos extremos del capitalismo, no tendremos más remedio que reconocer
que el internacionalismo del proletariado británico e indio no se basa,
ni mucho menos, en una analogía de condiciones, objetivos y métodos,
sino en vínculos inquebrantables de recíproca interdependencia.
Para que el movimiento de emancipación de la India pueda triunfar,
es menester que estalle un movimiento revolucionario en Inglaterra, y viceversa.
Ni en la India ni en Inglaterra es posible levantar una sociedad socialista
cerrada. Ambas tienen que articularse como partes de un todo superior a ellas.
En esto y sólo en esto reside el fundamento inconmovible del internacionalismo
marxista.
No hace mucho, el 8 de marzo de 1930, la Pravda tornaba a exponer la desdichada
teoría de Stalin para deducir "que el socialismo, como formación
económica social", es decir, como un determinado régimen
de relaciones de producción se podía realizar plenamente adaptado
"a las proporciones nacionales de la URSS". Otra cosa sería
el "triunfo definitivo del socialismo entendido a modo de garantía
contra la intervención capitalista", pues esto "exige efectivamente
el triunfo de la revolución proletaria en algunos países avanzados".
¡Qué bajo ha tenido que caer la mentalidad teórica del
partido leninista para que, desde las columnas de su órgano central
en la prensa, se pueda exponer esta lamentable glosa escolástica con
aires de adoctrinamiento! Si admitimos por un momento la posibilidad de llegar
a realizar el socialismo, como sistema social acabado, dentro de las fronteras
nacionales de la URSS, estaríamos ante el triunfo definitivo, pues
¿qué intervención cabría después de esto?
El régimen socialista presupone un alto nivel de la técnica
y la cultura y una gran solidaridad por parte de la población. Como
hay que suponer que en la URSS, en el momento en que esté acabada la
edificación socialista, habrá por lo menos doscientos, y seguramente
hasta doscientos cincuenta millones de habitantes, nos preguntamos: ¿De
quién puede temerse, en esas condiciones, una intervención?
¿Qué país capitalista o qué coalición de
países se atrevería a pensar en una intervención en condiciones
semejantes? Única-mente la URSS podría pensar en intervenir.
Pero no es probable que se le plantease la necesidad de hacerlo. El ejemplo
de un país atrasado que, entregado a sus solas fuerzas, se bastó
para edificar en unos cuantos "planes quinquenales" una potente
sociedad socialista, sería un golpe mortal asestado al capitalismo
mundial y reduciría al mínimo, por no decir a cero, los costos
de la revolución proletaria internacional. He aquí por qué
la concepción de Stalin conduce, en sustancia, a la liquidación
de la Internacional Comunista. En efecto, ¿qué significación
histórica puede tener este organismo, si el porvenir del socialismo
mundial depende en última instancia... del plan económico de
la URSS? Siendo así, la Internacional Comunista, y con ella la célebre
"Sociedad de Amigos de Rusia", no tiene más misión
que salvaguardar la edificación del socialismo contra la intervención,
es decir, que su papel se reduce, en escencia, a montar la guardia en las
fronteras.
El artículo a que aludimos refuerza la clara visión de las ideas
stalinistas con argumentos económicos novísimos: "[...]
Precisamente ahora -dice la Pravda-, que las relaciones de producción
basadas en el socialismo penetran cada vez con más fuerza, no sólo
en la industria, sino en la agricultura, por medio del incremento que van
tomando los sovjoses4 por el pujante movimiento de los koljoses5, cuantitativa
y cualitativamente arrollador, y por la liquidación de los kulaks6
como clase, gracias a la colectivización llevada a fondo, se evidencia
de un modo irrefutable la lamentable bancarrota del derrotismo trotskista-zinovievista,
que, en el fondo, no significa otra cosa -como ha dicho Stalin- que la "negación
menchevique de la legitimidad de la Revolución de Octubre". (Pravda,
8 de marzo de 1930).
Estas líneas son verdaderamente notables, y no sólo por lo desenvuelto
del tono, bajo el que se disimula una completa desorientación mental.
El autor, del brazo de Stalin, acusa al llamado "trotskismo" de
negar "la legitimidad de la Revolución de Octubre". Pero
es el caso que el que esto escribe, guiándose precisamente por su concepción,
es decir, por la teoría de la revolución permanente, predijo
la inevitabilidad de la Revolución de Octubre trece años antes
de que se realizara. ¿Y Stalin? Ya había estallado la Revolución
de Febrero, faltaban siete u ocho meses para la de Octubre, y todavía
se comportaba como un vulgar demócrata. Fue necesario que llegase Lenin
a Petrogrado -3 de abril de 1917- y abriese el fuego implacablemente contra
los "viejos bolcheviques" infatuados, que tanto fustigó y
ridiculizó, para que Stalin, cautelosa y calladamente, se deslizase
de la postura democrática a la socialista. En todo caso, esta "conversión"
interior de Stalin, que, por lo demás, no fue nunca completa, no ocurrió
hasta pasados doce años del día en que se demostrara la "legitimidad"
de la conquista del poder por el proletariado ruso antes de que estallara
en el Occidente la revolución proletaria.
Pero al pronosticar teóricamente la Revolución de Octubre, nadie
pensaba, ni remotamente, que, por el hecho de apoderarse del Estado, el proletariado
ruso fuese a arrancar al ex imperio de los zares del concierto de la economía
mundial. Nosotros, los marxistas, sabemos bien lo que es y significa el Estado.
No es precisamente una imagen pasiva de los procesos económicos, como
se lo representan de un modo fatalista los cómplices socialdemócratas
del Estado burgués. El poder público puede desempeñar
un papel gigantesco, sea reaccionario o progresivo, según la clase
en cuyas manos caiga. Pero, a pesar de todo, el Estado será siempre
un arma de orden superestructural. El traspaso del poder de manos del zarismo
y de la burguesía a manos del proletariado, no cancela los procesos
ni deroga las leyes de la economía mundial. Es cierto que durante una
temporada, después de la Revolución de Octubre, las relaciones
económicas entre la Unión Soviética y el mercado mundial
se debilitaron bastante. Pero sería un error monstruoso generalizar
un fenómeno que no representaba de suyo más que una breve etapa
en un proceso dialéctico. La división mundial del trabajo y
el carácter supranacional de las fuerzas productivas contemporáneas,
lejos de perder importancia, la conservarán y aun la doblarán
y decuplicarán para la Unión Soviética, a medida que
ésta vaya progresando económicamente.
Todo país atrasado ha pasado, al incorporarse al capitalismo, por distintas
etapas, a lo largo de las cuales ha visto aumentar o disminuir la relación
de interdependencia con los demás países capitalistas; pero,
en general, la tendencia del desarrollo capitalista se caracteriza por un
incremento colosal de las relaciones internacionales, lo cual halla su expresión
en el volumen creciente del comercio exterior, incluyendo en él, naturalmente,
la exportación de capitales. Desde un punto de vista cualitativo, la
relación de dependencia de la India con respecto a Inglaterra tiene,
evidentemente, distinto carácter que la de Inglaterra con respecto
a la India. Sin embargo, esta diferencia está determinada, en el fondo,
por la diferencia existente en el nivel del desarrollo de las respectivas
fuerzas productivas y no por el grado en que económicamente se basten
a si mismas. La India es una colonia, Inglaterra una metrópoli. Pero
si hoy Inglaterra se viera sujeta a un bloqueo, perecería antes que
la India. He aquí -digámoslo de paso- otra prueba harto convincente
de la realidad que tiene la economía mundial.
El desarrollo del capitalismo -no en las fórmulas abstractas del segundo
tomo del Capital, que conservan toda su significación como etapa del
análisis, sino en la realidad histórica- se ha efectuado, y
no podía dejar de efectuarse, por medio de una expansión sistemática
de su base. En el proceso de su desarrollo y, por lo tanto, en lucha contra
sus contradicciones internas, cada capitalismo nacional recurre en un grado
cada vez más considerable a las reservas del "mercado exterior",
esto es, de la economía mundial. La expansión incontrolable,
que surge como consecuencia de las crisis internas permanentes del capitalismo,
constituye una fuerza progresiva hasta el momento en que se torna una fuerza
mortal para este último.
La Revolución de Octubre heredó de la vieja Rusia, además
de las contradicciones internas del capitalismo, otras no menos profundas
entre el capitalismo en su conjunto y las formas precapitalistas de la producción.
Estas contradicciones han tenido, y tienen todavía hoy, un carácter
material, es decir, radican en la correlación entre la ciudad y el
campo, en determinadas proporciones o desproporciones entre las distintas
ramas de la industria y la economía nacional en su conjunto, etcétera.
Algunas de estas contradicciones tienen directamente sus raíces en
las condiciones geográficas y demográficas del país,
esto es, en el exceso o insuficiencia de tales o cuales la distribución
moldeada por la masa de la población, etc.
La fuerza de la economía soviética reside en la nacionalización
de los medios de producción y en el gobierno centralizado y sistemático
de los mismos. La debilidad de la economía soviética, además
del atraso que heredó del pasado, reside en su aislamiento actual,
esto es, en la imposibilidad en que se halla de utilizar los recursos de la
economía mundial no ya sobre las bases socialistas, sino por medios
capitalistas, en forma del crédito internacional bajo las condiciones
normales y de la "ayuda financiera" en general, que desempeña
un papel decisivo con respecto a los países atrasados. Con todo esto,
las contradicciones del pasado capitalista y precapitalista de la Unión
Soviética, no sólo no desaparecen por sí mismas, sino
que, al contrario, surgen de los años de declinamiento y destrucción,
se refuerzan y agudizan junto con los progresos de la economía soviética
y exigen a cada paso, para su eliminación o, al menos, su atenuación,
que se pongan en movimiento los recursos del mercado mundial.
Para comprender lo que en la actualidad está aconteciendo en los gigantescos
territorios a que la Revolución de Octubre infundió nueva vida,
es necesario comprender claramente que a las antiguas contradicciones, actualmente
resucitadas por los éxitos económicos, ha venido a añadirse
otra nueva, la más potente, a saber: la que existe entre el carácter
de concentración de la industria soviética, que abre los cauces
a un ritmo de desarrollo jamás conocido, y el aislamiento de esa economía,
que excluye la posibilidad de volver a aprovecharse como en condiciones normales
de las reservas de la economía mundial. La nueva contradicción,
unida a las antiguas, hace que, a la par con los avances excepcionales, surjan
dificultades dolorosas. Estas hallan su expresión más directa
y más grave, sentida palpablemente todos los días por cada obrero
y campesino, en el hecho de que la situación de las clases trabajadoras
no mejorará, ni mucho menos, a tono con el progreso general de la economía,
y en la actualidad, lejos de mejorar, empeora a consecuencia de las nuevas
dificultades que surgen en el problema de la subsistencia. Las agudas crisis
de la economía soviética vienen a recordarnos que las fuerzas
productivas creadas por el capitalismo, no se adaptan al mercado nacional,
y que sólo pueden armonizarse y coordinarse desde un punto de vista
socialista en el terreno internacional. Para decirlo en otros términos,
esas crisis no son sólo dolencias propias del proceso de crecimiento,
algo así como las enfermedades infantiles, sino que tienen un carácter
incomparablemente más importante, pues son otros tantos tirones vigorosos
del mercado mundial, al cual -empleando las palabras pronunciadas por Lenin
ante el XI Congreso del partido, el 27 de marzo de 1922- "estamos subordinados,
con el cual estamos unidos, y del cual no podemos separarnos".
Sin embargo, de esto no se deduce, ni mucho menos, la conclusión de
que la Revolución de Octubre haya sido históricamente "ilegítima",
conclusión que huele a un filisteísmo vergonzoso. La conquista
del poder por el proletariado internacional no podía ni puede ser un
acto simultáneo en todos los países. La superestructura -y la
revolución entra en la categoría de las "superestructuras"-
tiene su dialéctica propia, la cual penetra autoritariamente en el
proceso económico mundial, pero no suprime, ni mucho menos, sus leyes
más profundas. La Revolución de Octubre ha sido "legitima",
considerada como primera etapa de la revolución mundial, que necesariamente
tiene que ser obra de varias décadas. El intervalo entre la primera
y la segunda etapa ha resultado más largo de lo que esperábamos.
Pero no por eso deja de ser un intervalo, ni puede convertirse en época
de edificación de una sociedad socialista nacional.
De las dos concepciones de la revolución han surgido dos líneas
directivas ante las cuestiones económicas soviéticas. Los primeros
progresos económicos rápidos, completamente inesperados por
él, inspiraron a Stalin, en el otoño de 1924, la teoría
del socialismo en un solo país como coronamiento de la perspectiva
práctica de la economía nacional aislada. Fue precisamente en
este período cuando Bujarin brindó su famosa fórmula,
según la cual, preservándonos de la economía mundial
por medio del monopolio del comercio exterior, podíamos edificar el
socialismo, "aunque fuera a paso de tortuga". Sobre esta consigna
se selló el bloque del centro (Stalin) y la derecha (Bujarin). Stalin
no se cansaba de afirmar, por esta misma época, que el ritmo que diéramos
a la industrialización era "asunto del régimen interior",
que sólo a nosotros atañía, y que no tenía nada
que ver con la economía mundial. Esa jactancia nacionalista no podía
sin embargo, prosperar, pues reflejaba tan sólo la primera etapa, muy
breve, de recuperación económica, la cual venía a restablecer,
a su vez, por la fuerza de la necesidad, nuestra dependencia del mercado mundial.
Los primeros empujones de la economía internacional, inesperados para
los nacionalsocialistas, engendraron una alarma que en seguida se convirtió
en pánico. ¡Conquistar con la mayor rapidez posible la "independencia"
económica con ayuda de un ritmo lo más rápido posible
de industrialización y colectivización! A esto vino a reducirse
la política económica del nacional-socialismo en el transcurso
de los dos últimos años. El "paso de tortuga" fue
desplazado en toda la línea por el aventurerismo. Pero la base teórica
de ambas posiciones era la misma: la concepción nacionalsocialista.
Las dificultades principales, como hemos demostrado más arriba, se
desprenden de la situación objetiva, ante todo del aislamiento de la
Unión Soviética. No nos detendremos aquí en el problema
de saber en qué medida esta situación objetiva sea el resultado
de los errores subjetivos de dirección (la falsa política seguida
en Alemania en 1923; en Bulgaria y Estonia en 1924; en Inglaterra y Polonia
en 1926; en China en 1925-27, la equivocada política practicada actualmente
durante el "tercer período", etc.). Las convulsiones económicas
más agudas en la URSS están originadas por el hecho de que la
dirección actual intenta elevar la necesidad a la categoría
de virtud y deducir del aislamiento político del Estado obrero un programa
de sociedad socialista económicamente aislada. De aquí ha surgido
la tentativa de colectivización socialista integral de las explotaciones
campesinas sobre una base técnica precapitalista -aventura peligrosísima
que amenaza con minar los cimientos de la posibilidad misma de la alianza
del proletariado y los campesinos.
Y, cosa notable: precisamente en el momento en que este peligro empezaba a
manifestarse con toda su gravedad, Bujarin, el ex teórico del "paso
de tortuga", entonaba un himno patético al "furioso galope"
actual de la industrialización y la colectivización. Mucho nos
tememos que este himno se vea pronto anatematizado como la mayor de las herejías,
pues ya empiezan a sonar otros cantares. Obligado por la resistencia de la
realidad económica, Stalin no ha tenido más remedio que batirse
en retirada. El peligro consiste ahora en que las ofensivas aventureras dictadas
ayer por el terror se conviertan en una retirada pánica. Esta sucesión
de etapas es una consecuencia inexorable de la idea nacionalsocialista.
El programa efectivo de un Estado obrero aislado no se puede proponer por
fin "independizarse" de la economía mundial, ni mucho menos
edificar "en brevísimo plazo" una sociedad socialista nacional.
Su objetivo no puede consistir en obtener el ritmo abstractamente máximo,
sino el ritmo óptimo, es decir, el mejor, aquel que se desprenda de
las condiciones económicas internas e internacionales, ritmo que consolidará
la posición del proletariado, preparará los elementos nacionales
para la sociedad socialista internacional del mañana, a la par y sobre
todo, elevará sistemáticamente el nivel de vida de la clase
obrera, robusteciendo su alianza con las masas no explotadoras del campo.
Y esta perspectiva debe regir íntegra durante toda la etapa preparatoria,
esto es, hasta que la revolución triunfe en los países más
avanzados y venga a sacar a la Unión Soviética del aislamiento
en que hoy se halla.
Algunas de las ideas aquí expuestas han sido desarrolladas más
ampliamente en otros trabajos del autor, y de un modo muy especial, en su
Crítica del Programa de la Internacional Comunista. En breve confiamos
en poder publicar un folleto consagrado especialmente al estudio de la etapa
en que se encuentra el proceso económico de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas. No tenemos más remedio que remitir a
ese trabajo al lector que desee conocer más de cerca el modo como se
plantea en la actualidad el problema de la revolución permanente. Confiamos,
sin embargo, en que las consideraciones que dejamos expuestas bastarán
para poner de manifiesto toda la importancia de la lucha de principio que
ha venido librándose todos estos años, y aún sigue en
pie, en torno a las dos teorías: la del socialismo en un solo país
y la de la revolución permanente.
Esta importancia y esta actualidad del tema justifican por sí solas
el que ofrezcamos al lector extranjero un libro dedicado en gran parte a reconstruir,
en un terreno crítico, las previsiones y las polémicas teóricas
mantenidas entre los marxistas rusos antes de la revolución.
Hubiéramos podido, naturalmente, buscar otra forma para exponer los
problemas que aquí se debaten. Pero el autor no ha inventado o elegido
ésta voluntariamente, sino que le ha sido impuesta, en parte, por la
voluntad del adversario, y en parte por el curso mismo del proceso político.
Hasta las verdades matemáticas, con ser ésta la más abstracta
de las ciencias, se representan mejor y más plásticamente exponiéndolas
en relación con la historia de sus descubrimientos; pues eso mismo
acontece, y con mayor razón, con las verdades más concretas,
es decir, históricamente condicionadas, de la política marxista.
Creemos que la historia de los orígenes y del desarrollo de los pronósticos
de la revolución bajo las condiciones de la Rusia prerrevolucionaria,
acercará al lector más y de un modo más concreto a la
esencia de los objetivos revolucionarios del proletariado mundial, que una
exposición escolástica y pedantesca de esas mismas ideas políticas,
abstraídas del terreno de lucha en que brotaron.
L. Trotsky
Marzo de 1930
Introducción
El presente libro está
consagrado a un problema estrechamente relacionado con la historia de las
tres revoluciones rusas, pero no atañe exclusivamente a ellas. Es un
problema que durante estos últimos años ha desempeñado
un papel inmenso en la lucha interna del Partido Comunista de la Unión
Soviética, que ha sido luego trasplantado a la Internacional Comunista,
que ha tenido decisiva importancia en el desarrollo de la revolución
china y que ha provocado una serie de resoluciones de importancia primordial
respecto a los problemas relacionados con la lucha revolucionaria en los países
de Oriente. Me refiero a la teoría que se ha llamado de la "revolución
permanente", y que según la doctrina de los epígonos del
leninismo (Stalin, Zinoviev, Bujarin y otros), constituye el pecado original
del "trotskismo".
Después de una gran pausa, y de un modo a primera vista completamente
inesperado, la custión de la revolución permanente fue planteada
en 1924. No había motivos políticos para ello: se trataba de
divergencias que se referían a un pasado ya lejano. Pero los motivos
de orden psicológico eran considerables.
El grupo de los llamados "viejos bolcheviques", que abrió
el fuego contra mí, se atrincheraba principalmente en ese título.
Pero el año 1917 constituyó un gran obstáculo en su camino.
Por importante que fuera, la historia precedente de lucha ideológica
y de preparación vióse sometida a una prueba suprema e inapelable
en la Revolución de Octubre, no sólo por lo que se refiere al
partido en su conjunto, sino también a las personalidades aisladas.
Y ninguno de los epígonos la resistió. Todos ellos, sin excepción,
adoptaron, al estallar la Revolución de Febrero de 1917, una posición
de izquierda democrática. Ninguno defendió la consigna de la
lucha del proletariado por el poder. Todos ellos consideraban el hecho de
poner proa hacia la revolución socialista como un absurdo, o peor aún,
como un pecado "trotskista". En este espíritu se inspiraron
los dirigentes del partido antes de que llegase Lenin del extranjero y saliesen
a luz sus famosas tesis del 4 de abril. Después de esto, Kamenev, ya
en lucha franca con Lenin, intenta formar abiertamente un ala democrática
dentro del partido. Más tarde, se une a él Zinoviev, que había
llegado con Lenin de la emigración. Stalin, gravemente comprometido
por su posición socialpatriótica, se pone al margen, a fin de
que el partido olvide sus deplorables discursos y sus artículos lamentables
durante las semanas decisivas de marzo, y, poco a poco, va colocándose
en el punto de vista de Lenin. Esto nos sugiere una pregunta: ¿Qué
habían aprendido del leninismo esos dirigentes, esos "viejos bolcheviques",
si ni uno solo demostraba capacidad para aplicar por su cuenta la experiencia
teórica y práctica del partido, en el momento histórico
más importante y de mayor responsabilidad? Era preciso esquivar a toda
costa esta cuestión, sustituyéndola por otra. Con este fin decidióse
abrir el fuego contra la teoría de la revolución permanente.
Mis adversarios no previeron -cosa muy natural- que, al crear un eje artificial
de la lucha, se moverían alrededor del mismo, sin darse cuenta de ello,
creando para sí, por el método inverso, una nueva concepción.
En sus rasgos fundamentales, la teoría de la revolución permanente
fue formulada por mí antes ya de los acontecimientos decisivos de 1905.
Rusia avanzaba hacia la revolución burguesa. En las filas de la socialdemocracia
rusa -entonces todos nos llamábamos socialdemócratas-nadie dudaba
de que la revolución que se acercaba era precisamente burguesa; es
decir, una revolución engendrada por la contradicción entre
el desarrollo adquirido por las fuerzas productivas de la sociedad capitalista
y las condiciones políticas y de casta semifeudales y medievales ya
caducas. En la lucha sostenida por aquel entonces contra los populistas y
los anarquistas, tuve ocasión de explicar, en no pocos discursos y
artículos, de acuerdo con el marxismo, el carácter burgués
de la revolución que se avecinaba.
Pero el carácter burgués de la revolución no prejuzgaba
qué clases habrían de realizar los fines de la revolución
democrática y qué relación guardarían entre sí.
En este punto era precisamente donde empezaban los problemas estratégicos
fundamentales.
Plejanov, Axelrod, la Zasulich, Martov*, y con ellos, todos los mencheviques
rusos, partían del punto de vista de que, en la revolución burguesa
inminente, el papel directivo sólo podía pertenecer a la burguesía
liberal, en su condición de pretendiente natural al poder. Según
este esquema, al proletariado no le correspondía más papel que
el de ala izquierda del frente democrático: la socialdemocracia debería
apoyar a la burguesía liberal contra la reacción, y, al mismo
tiempo, defender los intereses del proletariado contra la propia burguesía.
En otros términos, los mencheviques concebían la revolución
burguesa principalmente como una reforma de tipo liberal-constitucional.
Lenin planteaba la cuestión en términos completamente distintos.
Para él, la emancipación de las fuerzas productivas de la sociedad
burguesa de los cepos en que las tenía aprisionadas el régimen
servil, significaba ante todo la solución del problema agrario, con
la liquidación completa de la clase de los grandes hacendados y la
transformación revolucionaria de la propiedad de la tierra. Con esto,
estaba íntimamente ligada la destrucción de la monarquía.
Lenin planteó con una audacia verdaderamente revolucionaria el problema
agrario, que tocaba a los intereses vitales de la inmensa mayoría de
la población, y condicionaba al mismo tiempo el problema del mercado
capitalista. Como la burguesía liberal, hostil a los obreros, está
unida por numerosos lazos a la gran propiedad agraria, la verdadera emancipación
democrática de los campesinos sólo podía realizarse,
lógicamente, por medio de la unión revolucionaria de los campesinos
y los obreros, y, según Lenin, el alzamiento conjunto de ambos contra
la vieja sociedad conduciría, caso de triunfar, a la instauración
de la "dictadura democrática de los obreros y campesinos".
En la Internacional Comunista se repite actualmente esta fórmula como
una especie de dogma suprahistórico, sin intentar siquiera analizar
la experiencia histórica viva del último cuarto de siglo, como
si todos nosotros no hubiéramos sido testigos y actores de la Revolución
de 1905, de la de Febrero de 1917 y, finalmente, de la de Octubre. Y este
análisis histórico es tanto más necesario cuanto que
la historia no nos ofrece ejemplos de un régimen semejante de "dictadura
democrática de los obreros y campesinos".
En 1905, la tesis de Lenin tenía el carácter de una hipótesis
estratégica, que necesitaba ser contrastada por la marcha y los derroteros
de la lucha de clases en la realidad.
La fórmula de la "dictadura democrática de los obreros
y campesinos" tenía deliberadamente, en gran parte, carácter
algebraico.
Lenin no prejuzgaba la cuestión de cuáles serían las
relaciones políticas que hubieran de establecerse entre los partícipes
de la supuesta dictadura democrática, esto es, el proletariado y los
campesinos. No excluía la posibilidad de que éstos estuvieran
representados en la revolución por un partido que fuera independiente
en dos respectos, a saber: frente a la burguesía y frente al propio
proletariado, y que fuese, al mismo tiempo, capaz de llevar adelante la revolución
democrática en contra de la burguesía liberal y aliado al partido
del proletariado. Más aún: Lenin admitía, como veremos
más adelante, la posibilidad de que el partido de los campesinos revolucionarios
obtuviera la mayoría en un gobierno de dictadura democrática.
En cuanto al problema de la importancia decisiva que había de tener
la revolución agraria en los destinos de la revolución burguesa,
yo profesé siempre, al menos desde octubre de 1902, esto es, desde
mi primer viaje al extranjero, la doctrina de Lenin.
Para mí no era discutible -digan lo que quieran los que durante estos
últimos años han difundido versiones absurdas sobre este particular-
que la revolución agraria, y, por consiguiente, la democrática
en general, sólo podía realizarse contra la burguesía
liberal por las fuerzas mancomunadas de los obreros y los campesinos. Pero
me pronunciaba contra la fórmula "dictadura democrática
del proletariado y de los campesinos", por entender que tenía
un defecto, y era dejar abierta la cuestión de saber a qué clase
correspondería, en la práctica, la dictadura. Intenté
demostrar que los campesinos, a pesar del inmenso peso social y revolucionario
de esta clase, no eran capaces ni de crear un partido verdaderamente revolucionario
ni, con mayor motivo, de concentrar el poder revolucionario en manos de ese
partido. Del mismo modo que en las antiguas revoluciones, empezando por el
movimiento alemán de la Reforma (en el siglo XVI), y aún antes,
los campesinos, en sus levantamientos, apoyaban a una de las fracciones de
la burguesía urbana, decidiendo muchas veces la victoria, en nuestra
revolución burguesa retrasada podrían prestar un sostén
análogo al proletariado y ayudarle a llegar al poder, dando el empuje
máximo a su lucha. Nuestra revolución burguesa -decía
yo como conclusión- sólo puede cumplir radicalmente su misión
siempre y cuando el proletariado, respaldado por el apoyo de los millones
de campesinos, consiga concentrar en sus manos la dictadura revolucionaria.
¿Cuál había de ser el contenido social de dicha dictadura?
En primer lugar, implantaría en términos radicales la revolución
agraria y la transformación democrática del Estado. En otras
palabras, la dictadura del proletariado se convertiría en el instrumento
para la realización de las tareas de una revolución burguesa
históricamente retrasada. Pero las cosas no podían quedar aquí.
Al llegar al poder, el proletariado veríase obligado a hacer cortes
cada vez más profundos en el derecho de propiedad privada, abrazando
con ello las reivindicaciones de carácter socialista.
-Pero, ¿es que considera usted que Rusia está bastante madura
para una revolución socialista? -me objetaron docenas de veces Stalin,
Rikov y todos los Molotovs* por el estilo, allá por los años
1905 a 1917.
Y yo les contestaba invariablemente:
-No, pero sí lo está, y bien en sazón, la economía
mundial en su conjunto y, sobre todo, la europea. El que la dictadura del
proletariado implantada en Rusia lleve o no al socialismo -¿con qué
ritmo y a través de qué etapas?-, depende de la marcha ulterior
del capitalismo en Europa y en el mundo.
He ahí los rasgos fundamentales de la teoría de la revolución
permanente, tal y como surgió en los primeros meses del año
1905.
De entonces acá, se han sucedido tres revoluciones. El proletariado
ruso subió al poder empujado por la potente oleada del levantamiento
campesino. Y la dictadura del proletariado fue un hecho en Rusia antes que
en ningún otro de los países incomparablemente más desarrollados.
En 1924, esto es, siete años después de que la predicción
histórica de la teoría de la revolución permanente se
viese confirmada con una fuerza verdaderamente excepcional, los epígonos
emprendían una furiosa campaña contra esa teoría, sacando
a relucir artificiosamente frases sueltas y réplicas polémicas
de mis viejos trabajos, de los que yo casi ni me acordaba.
No será inoportuno recordar aquí que la primera revolución
rusa estalló más de medio siglo después de la racha de
revoluciones burguesas que sacudieron a Europa, y treinta y cinco años
después del episódico alzamiento de la Commune de París.
Europa había perdido ya la costumbre de las revoluciones. Rusia no
la había conocido. Planteábansele con carácter de novedad
todos los problemas de la revolución.
No será difícil comprender toda la serie de factores incógnitos
e hipotéticos que en aquel entonces encerraba para nosotros la revolución
futura. Las fórmulas elaboradas por los grupos eran, a su manera, hipótesis
de trabajo. Hace falta tener una absoluta incapacidad para la predicción
histórica y una incomprensión completa de sus métodos,
para pararse a examinar ahora análisis y apreciaciones de 1905, como
si hubieran sido escritos ayer. Estoy harto de decirlo a mis amigos: no me
cabe la menor duda de que en mis predicciones de 1905 había grandes
lagunas, que ahora no es difícil llenar. ¿Pero es que mis críticos
veían entonces mejor o más allá?
Como no había releído hacía mucho tiempo mis viejos trabajos,
estaba de antemano dispuesto a conceder a las lagunas de los mismos más
importancia de la que en realidad tenían. Me convencí de ello
en 1928, durante mi destierro en Alma Ata, cuando el ocio político
forzado me dio la posibilidad de releer, lápiz en mano, mis antiguos
trabajos sobre la revolución permanente. Confío en que el lector
adquirirá asimismo la convicción absoluta de ello en las páginas
siguientes.
Pero antes es necesario que demos en esta introducción una caracterización,
lo más precisa que nos sea posible, de los elementos que integran la
teoría de la revolución permanente y de las principales objeciones
suscitadas contra la misma. El debate ha adquirido una extensión y
una profundidad tales, que abarca, en síntesis, los problemas más
importantes del movimiento revolucionario internacional.
La revolución permanente, en el sentido que Marx daba a esta idea,
quiere decir una revolución que no se aviene a ninguna de las formas
de predominio de clase, que no se detiene en la etapa democrática y
pasa a las reivindicaciones de carácter socialista, abriendo la guerra
franca contra la reacción, una revolución en la que cada etapa
se basa en la anterior y que no puede terminar más que con la liquidación
completa de la sociedad de clases.
Con el fin de disipar el caos que cerca la teoría de la revolución
permanente, es necesario que separemos las tres series de ideas aglutinadas
en dicha teoría.
En primer lugar, ésta encierra el problema del tránsito de la
revolución democrática a la socialista. No es otro, en el fondo,
el origen histórico de la teoría.
La idea de la revolución permanente fue formulada por los grandes comunistas
de mediados del siglo XIX, por Marx y sus adeptos, por oposición a
la ideología democrática, la cual, como es sabido, pretende
que con la instauración de un Estado "racional" o democrático,
no hay ningún problema que no pueda ser resuelto por la vía
pacífica, reformista o evolutiva. Marx consideraba la revolución
burguesa de 1848 únicamente como un preludio de la revolución
proletaria. Y, aunque "se equivocó", su error fue un simple
error de aplicación, no metodológico. La revolución de
1848 no se trocó en socialista. Pero precisamente por ello no condujo
a la democracia. En cuanto a la revolución alemana de 1918, es evidente
que no fue el coronamiento democrático de la revolución burguesa,
sino la revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia, o,
por decirlo con más precisión: una contrarrevolución
burguesa obligada por las circunstancias a revestir, después de la
victoria obtenida sobre el proletariado, formas pseudodemocráticas.
El "marxismo" vulgar se creó un esquema de la evolución
histórica según el cual toda sociedad burguesa conquista tarde
o temprano un régimen democrático, a la sombra del cual el proletariado,
aprovechándose de las condiciones creadas por la democracia, se organiza
y educa poco a poco para el socialismo. Sin embargo, el tránsito al
socialismo no era concebido por todos de un modo idéntico: los reformistas
declarados (tipo Jaurès) se lo representaban como una especie de fundación
reformista de la democracia con simientes socialistas. Los revolucionarios
formales (Guesde7) reconocían que en el tránsito al socialismo
sería inevitable aplicar la violencia revolucionaria. Pero tanto unos
como otros consideraban a la democracia y al socialismo, para todos los pueblos
y países, como dos etapas de la evolución de la sociedad no
sólo independientes, sino lejanas una de otra.
Era la misma idea dominante entre los marxistas rusos, que hacia 1905 formaban
casi todos en el ala izquierda de la Segunda Internacional. Plejanov, el brillante
fundador del marxismo ruso, tenía por un delirio la idea de implantar
en Rusia la dictadura del proletariado. En el mismo punto de vista se colocaban
no sólo los mencheviques, sino también la inmensa mayoría
de los dirigentes bolcheviques, y muy especialmente todos los que hoy se hallan
a la cabeza del partido, sin excepción; todos ellos eran, por entonces,
revolucionarios demócratas decididos para quienes los problemas de
la revolución socialista, y no sólo en 1905, sino en vísperas
de 1917, sonaban como la música vaga de un porvenir muy remoto.
La teoría de la revolución permanente, originada en 1905, declaró
la guerra a estas ideas, demostrando que los objetivos democráticos
de las naciones burguesas atrasadas, conducían directamente, en nuestra
época, a la dictadura del proletariado, y que ésta ponía
a la orden del día las tareas socialistas. En esto consistía
la idea central de la teoría. Si la opinión tradicional sostenía
que el camino de la dictadura del proletariado pasaba por un prolongado período
de democracia, la teoría de la revolución permanente venía
a proclamar que, en los países atrasados, el camino de la democracia
pasaba por la dictadura del proletariado. Con ello, la democracia dejaba de
ser un régimen de valor intrínseco para varias décadas
y se convertía en el preludio inmediato de la revolución socialista,
unidas ambas por un nexo continuo. Entre la revolución democrática
y la transformación socialista de la sociedad se establecía,
por lo tanto, un ritmo revolucionario permanente.
El segundo aspecto de la teoría caracteriza ya a la revolución
socialista como tal. A lo largo de un período de duración indefinida
y de una lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones
sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en este proceso
de transformación cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior.
Este proceso conserva forzosamente un carácter político, o lo
que es lo mismo, se desenvuelve a través del choque de los distintos
grupos de la sociedad en transformación. A las explosiones de la guerra
civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas
"pacíficas". Las revoluciones de la economía, de la
técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven
en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad
alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de
la revolución socialista como tal.
El carácter internacional de la revolución socialista, que constituye
el tercer aspecto de la teoría de la revolución permanente,
es consecuencia inevitable del estado actual de la economía y de la
estructura social de la humanidad. El internacionalismo no es un principio
abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político
del carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial
de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de clases. La
revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero
no puede contenerse en ellas. La contención de la revolución
proletaria dentro de un territorio nacional no puede ser más que un
régimen transitorio, aunque sea prolongado, como lo demuestra la experiencia
de la Unión Soviética. Sin embargo, con la existencia de una
dictadura proletaria aislada, las contradicciones interiores y exteriores
crecen paralelamente a los éxitos. De continuar aislado, el Estado
proletario caería, más tarde o más temprano, víctima
de dichas contradicciones. Su salvación está únicamente
en hacer que triunfe el proletariado en los países más avanzados.
Considerada desde este punto de vista, la revolución socialista implantada
en un país no es un fin en sí, sino únicamente un eslabón
de la cadena internacional. La revolución internacional representa
de suyo, pese a todos los reflujos temporales, un proceso permanente.
Los ataques de los epígonos van dirigidos, aunque no con igual claridad,
contra los tres aspectos de la teoría de la revolución permanente.
Y no podía ser de otro modo, puesto que se trata de partes inseparables
de un todo. Los epígonos separan mecánicamente la dictadura
democrática de la socialista, la revolución socialista nacional
de la internacional. La conquista del poder dentro de las fronteras nacionales
es para ellos, en el fondo, no el acto inicial, sino la etapa final de la
revolución: después, se abre un período de reformas que
conducen a la sociedad socialista nacional.
En 1905 no admitían ni la idea de que fuese posible que el proletariado
conquistase el poder en Rusia antes que en la Europa occidental. En 1917 predicaban
una revolución de contenido democrático y rechazaban la dictadura
del proletariado. En los años de 1925 a 1927 adoptan ante la revolución
nacional china la orientación de un movimiento dirigido por la burguesía
del país. Luego, propugnan para dicho país la consigna de la
dictadura democrática de los obreros y campesinos, oponiéndola
a la dictadura del proletariado, y proclaman la posibilidad de proceder a
edificar una sociedad socialista completa y aislada en la Unión Soviética.
Para ellos, la revolución mundial, condición necesaria de la
victoria, no es más que una circunstancia favorable. Los epígonos
han llegado a esta ruptura radical con el marxismo al cabo de una lucha permanente
contra la teoría de la revolución permanente.
La lucha iniciada haciendo revivir artificialmente recuerdos históricos
y falsificando el pasado lejano ha conducido a la transformación completa
de las concepciones del sector dirigente de la revolución. Hemos explicado
ya más de una vez que esta revisión de valores se ha efectuado
bajo la influencia de las necesidades sociales de la burocracia soviética,
la cual se ha ido volviendo cada vez más conservadora, cada vez más
preocupada de mantener el orden nacional y propensa a exigir que la revolución
ya realizada y que le asegura a ella una situación privilegiada sea
considerada suficiente para proceder a la edificación pacifica del
socialismo. No hemos de insistir aquí sobre este tema. Señalemos
únicamente que la burocracia tiene una profunda conciencia de la relación
que guardan sus posiciones materiales e ideológicas con la teoría
del socialismo nacional. Esto se manifiesta con un relieve especial, ahora
precisamente, cuando el aparato stalinista, aguijoneado por las contradicciones
que no previó, se orienta con todas sus fuerzas hacia la izquierda,
asestando duros golpes a sus inspiradores derechistas de ayer. La hostilidad
de los burócratas contra la oposición marxista, de la que tuvo
que tomar prestadas precipitadamente sus consignas y argumentaciones, no ha
cedido en lo más mínimo, como se sabe. De aquellos miembros
de la oposición que plantean la cuestión de su reingreso en
el partido con el fin de apoyar la política de industrialización,
etc., lo primero que exigen es que abjuren de la teoría de la revolución
permanente y que reconozcan, aunque sólo sea por modo indirecto, la
teoría del socialismo en un solo país. Con esto, la burocracia
stalinista pone de manifiesto el carácter puramente táctico
de su viraje hacia la izquierda, y cómo ello no significa una renuncia
a los fundamentos estratégicos nacional-reformistas. No hay para qué
pararse a explicar la trascendencia de esto: es sabido que en la política,
como en la guerra, la táctica se halla siempre subordinada en última
instancia a la estrategia.
El problema ha roto ya, desde hace tiempo, los moldes de la campaña
contra el "trotskismo". Tomando paulatinamente una mayor envergadura,
ha acabado por englobar literalmente todos los problemas de la perspectiva
revolucionaria mundial. Revolución permanente o socialismo nacional:
este dilema se plantea no sólo ante los problemas de régimen
interior de la Unión Soviética, sino ante las perspectivas de
la revolución en Oriente y ante los destinos de la Internacional Comunista
en el mundo entero.
El presente libro no se propone examinar el problema en todos sus aspectos:
no hay por qué repetir lo que ya tenemos dicho en otros trabajos. En
la Crítica del Programa de la Internacional Comunista he intentado
poner de manifiesto teóricamente la inconsistencia económica
y política del nacionalsocialismo. Los teóricos de la Internacional
Comunista no se han dignado hacer el menor caso de mi crítica. Al fin
y al cabo, lo mejor que podían hacer era eso, callar.
Aquí me propongo, ante todo, reconstituir la teoría de la revolución
permanente tal como fue formulada en 1905, con referencia a los problemas
internos de la Revolución rusa; señalo en qué se diferenciaba
realmente mi posición de la de Lenin y cómo y por qué
en todas las situaciones decisivas mi punto de vista coincidió siempre
con el de éste. Finalmente, intento poner de relieve la importancia
decisiva del problema que nos interesa para el proletariado de los países
atrasados y, por tanto, para la Internacional Comunista del mundo entero.
Veamos las acusaciones que han lanzado los epígonos contra la teoría
de la revolución permanente. Si dejamos de lado las infinitas contradicciones
de mis críticos, podemos reducir a las siguientes tesis toda la masa
verdaderamente imponderable de lo que llevan escrito sobre este tema:
1º) Trotsky ignoraba la diferencia existente entre la revolución
burguesa y la socialista; en 1905 entendía que el proletariado de Rusia
tenía directamente ante sí las tareas de la revolución
socialista.
2º) Trotsky no ha prestado la menor atención al problema agrario.
Para él no existía la clase campesina. Se imaginaba la revolución
como una lucha sostenida exclusivamente por el proletariado contra el zarismo.
3º) Trotsky no creía que la burguesía internacional se
resignara a consentir por mucho tiempo la existencia en Rusia de la dictadura
del proletariado, y consideraba inevitable su caída, si el proletariado
europeo no se adueñaba del poder en un plazo breve acudiendo en nuestro
auxilio. Con ello, Trotsky subestimaba la presión del proletariado
de Europa sobre su propia burguesía.
4º) Trotsky no cree, en general, en la fuerza del proletariado ruso,
en su capacidad para edificar autónomamente el socialismo, y por esto
cifraba y cifra todas sus esperanzas en la revolución mundial.
Estos motivos no sólo campean en los infinitos escritos y discursos
de Zinoviev, Stalin, Bujarin y otros, sino que aparecen expresados en numerosas
resoluciones oficiales del Partido Comunista de la URSS y de la Internacional
Comunista. Y, sin embargo, no tenemos más remedio que decir que se
basan en una mezcla crasa de ignorancia y de absoluta falta de escrúpulos.
Las dos primeras afirmaciones son, como se demostrará más adelante,
fundamentalmente falsas. Yo partía precisamente del carácter
democrático burgués de la revolución, para llegar a la
conclusión de que la profundidad de la crisis agraria podía
llevar al poder al proletariado en la atrasada Rusia. No fue otra la idea
que sostuve en vísperas de la Revolución de 1905, ni la que
expresaba al dar a la revolución el calificativo de "permanente",
esto es, de tránsito revolucionario directo de la etapa burguesa a
la socialista. Expresando esta misma idea, Lenin había de hablar más
tarde de conversión de la revolución burguesa en socialista.
En 1924, Stalin oponía esta idea de conversión a la de revolución
permanente, que consideraba como el salto del reinado de la autocracia al
reinado del socialismo. El desventurado "teórico" no se tomó
el trabajo de reflexionar qué significa, en este caso, el carácter
permanente de la revolución, o lo que es lo mismo, el ritmo ininterrumpido
de su desarrollo, si es que no se trata, como él lo entiende, más
que de un simple salto.
Por lo que se refiere a la tercera acusación, está dictada por
la confianza efímera de los epígonos en la posibilidad de neutralizar
a la burguesía imperialista por un plazo indefinido mediante la presión
"razonablemente" organizada del proletariado. Fue la idea central
de Stalin, durante los años 1924 a 1927. Y esta idea dio por fruto
el Comité anglo-ruso. El desengaño sufrido por los que creían
en la posibilidad de atar de pies y manos a la burguesía internacional
con la ayuda de los Purcell, los Radich*, los Lafollette y los Chiang Kai-shek,
desencadenó un paroxismo de pánico ante el peligro inminente
de una guerra. La Internacional Comunista no ha logrado salir todavía
de este pánico.
La cuarta acusación enderezada contra la teoría de la revolución
permanente, se reduce simplemente a afirmar que en 1905 yo no sostenía
el punto de vista de la teoría del socialismo en un solo país,
que Stalin había de acuñar en 1924 para la burocracia soviética.
Esta acusación es una pura extravagancia histórica. En efecto,
habría lugar a suponer que mis adversarios, si es que en 1905 tenían
una opinión política, consideraban a Rusia preparada para la
revolución socialista aislada. La verdad es que durante los años
de 1905 a 1917 me acusaron incansablemente de utopista por el simple hecho
de admitir la posibilidad de que el proletariado de Rusia adviniera al poder
antes que el de la Europa occidental. Kamenev y Rikov acusaban de utopista
a Lenin en abril de 1917 y se esforzaban en hacer comprender a éste
que la revolución socialista tenía que llevarse a cabo primeramente
en Inglaterra y otros países avanzados, y que sólo después
de esto podía llegarle el turno a Rusia. Stalin sostuvo este mismo
punto de vista hasta el 4 de abril de 1917 y sólo con gran trabajo
y poco a poco se asimiló la fórmula leninista de la dictadura
del proletariado en oposición a la democrática. En la primavera
de 1924, Stalin seguía repitiendo, como tantos otros, que Rusia, como
nación aislada, no estaba todavía bastante madura para la edificación
socialista. En el otoño del mismo año, combatiendo contra la
teoría de la revolución permanente, Stalin hizo por primera
vez el descubrimiento de la posibilidad de proceder a la edificación
de un socialismo aislado en Rusia. Después de esto, los profesores
rojos se echaron a buscar afanosamente citas para que Stalin pudiera demostrar,
en 1905, que Trotsky -¡horror!- entendía que Rusia sólo
podía llegar al socialismo con la ayuda del proletariado de occidente.
Si se tomara la historia de la lucha ideológica de este último
cuarto de siglo, se la cortase en pedacitos, luego se mezclasen y se diesen
a un ciego para que los pegase, es dudoso que el galimatías teórico
e histórico resultante de todo esto fuese más monstruoso que
el que los epígonos están sirviendo a sus lectores y oyentes.
Para que el nexo que une los problemas de ayer con los hoy cobre todavía
mayor relieve es necesario recordar aquí, aunque sea en una forma esquemática,
lo que hicieron en China los caudillos de la Internacional Comunista; esto
es, Stalin y Bujarin.
So pretexto de que China se hallaba abocada a un movimiento revolucionario
de emancipación nacional, hubo de reconocerse, a partir del año
1924, el papel directivo que en este movimiento correspondía a la burguesía
del país. Fue reconocido oficialmente como partido dirigente el partido
de la burguesía nacional, el Kuomintang. En 1905, los mencheviques
no llegaron tan lejos en sus concesiones a los "kadetes" (partido
de la burguesía liberal).
Pero la dirección de la Internacional Comunista no se detuvo aquí,
sino que obligó al Partido Comunista chino a ingresar en el Kuomintang
y someterse a su disciplina; Stalin dirigió telegramas a los comunistas
chinos recomendándoles que contuvieran el movimiento agrario; a los
obreros y campesinos sublevados se les prohibió que fundaran sus soviets,
con el fin de no disgustar a Chiang Kai-shek, defendido por Stalin contra
la oposición como "aliado seguro" a principios de abril de
1927, esto es, unos días antes del golpe de Estado contrarrevolucionario
de Shanghai, en una asamblea del Partido celebrada en Moscú.
La subordinación oficial del Partido Comunista a la dirección
burguesa, y la prohibición oficial de formar soviets (Stalin y Bujarin
sostenían la tesis de que el Kuomintang "reemplazaba" a los
soviets) implican una traición mucho más honda y escandalosa
contra el marxismo que toda la actuación de los mencheviques en los
años de 1905 a 1917.
Después del golpe de Estado de Chiang Kai-shek -abril de 1927- se separó
temporalmente del Kuomintang el ala izquierda, dirigida por Wan Tin-wei. Este
último fue inmediatamente declarado por la Pravda "aliado seguro".
En el fondo, la actitud de Wan Tin-wei con respecto a Chiang Kai-shek era
la misma que la de Kerensky con respecto a Miliukov, con la diferencia de
que en China los Miliukov y Kornilov estaban representados en la persona de
Chiang Kai-shek.
A partir del mes de abril de 1927, se ordena al Partido Comunista chino que
ingrese en el Kuomintang de"izquierda" y se subordine a la disciplina
del Kerensky chino, en vez de preparar la guerra abierta contra el mismo.
El "fiel" Wan Tin-wei descargó contra el Partido Comunista
y el movimiento obrero y campesino en general una represión no menos
criminal que la de Chiang kai-shek, al cual Stalin había proclamado
como su seguro aliado.
En 1905 y posteriormente los mencheviques apoyaban a Miliukov, pero se abstuvieron
de ingresar en el partido liberal. Los mencheviques, aunque en 1917 actuaron
en estrecho contacto con Kerensky, conservaron, sin embargo, su organización
propia. La política de Stalin y Bujarin en China quedó incluso
por debajo del menchevismo. Tal fue la primera y principal etapa de su actuación.
Después no hicieron más que recogerse los frutos inevitables:
completa depresión del movimiento obrero y campesino, desmoralización
y disgregación del Partido Comunista; la dirección de la Internacional
dio la orden de "virar en redondo" hacia la izquierda y exigió
que se pasase in continenti al levantamiento armado de los obreros y campesinos.
De la noche a la mañana, el Partido Comunista chino, un partido nuevo,
oprimido y mutilado, que todavía la víspera no era más
que una quinta rueda del carro de Chiang Kai-shek y Wan Tin-wei y que carecía,
por lo tanto, de una experiencia política propia, veíase colocado
ante el trance de lanzar a los mismos obreros y campesinos que la Internacional
Comunista había mantenido hasta hacía veinticuatro horas bajo
las banderas del Kuomintang, una insurrección armada contra ese mismo
Kuomintang, que había conseguido concentrar en sus manos todos los
resortes del poder y del ejército. En Cantón hubo que improvisar
en un día un soviet ficticio. La insurrección armada, que se
hizo coincidir con la apertura del XV Congreso del Partido Comunista de la
Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas8, revelaba
a un tiempo el heroísmo de la vanguardia obrera china y la ligereza
criminal con que obran los caudillos de la Internacional Comunista. El alzamiento
de Cantón fue precedido y seguido de otras aventuras menos importantes.
Esa fue la segunda etapa de la estrategia de la Internacional Comunista en
China, que bien podemos calificar de grosera caricatura del bolchevismo.
Ambas etapas, la liberal-oportunista y la aventurera, han asestado al Partido
Comunista chino un golpe del cual sólo podrá rehacerse con una
política acertada en el transcurso de muchos años.
El VI Congreso de la Internacional Comunista levantó el balance de
la actuación en China y la aprobó sin reservas. ¿Y cómo
no, si el Congreso no se había convocado con otro objeto? Para el porvenir
lanzó la consigna de "dictadura democrática de los obreros
y campesinos". A los comunistas chinos no se les explicó en qué
se diferenciaba esta dictadura de la del Kuomintang de derecha o de izquierda,
por una parte, y de la dictadura del proletariado, por otra. Y es que era
difícil explicárselo.
Al mismo tiempo que proclamaba la consigna de la dictadura democrática,
el VI Congreso declaraba inadmisibles las consignas de la democracia (Cortes
constituyentes, sufragio universal, libertad de palabra y de prensa, etc),
y con ello desarmaba completamente al Partido Comunista chino frente a la
dictadura de la oligarquía militar. Los bolcheviques rusos se pasaron
años y años movilizando a los obreros y campesinos en torno
a las consignas democráticas. Durante el año de 1917, estas
consignas desempeñaron un inmenso papel. Únicamente cuando a
los ojos de todo el pueblo se produjo el choque político irreconciliable
entre el poder soviético, que tenía ya una existencia real,
y la Asamblea constituyente, nuestro partido creyó llegado el momento
de liquidar las instituciones y consignas de la democracia formal, esto es,
burguesa, para sustituirlas por la democracia real, soviética, o sea,
proletaria.
El VI Congreso de la Internacional Comunista, celebrado bajo los auspicios
de Stalin-Bujarin, echó a rodar todo esto. Al mismo tiempo que imponía
al partido la consigna de la dictadura "democrática", no
"proletaria", le prohibía servirse de consignas democráticas
para la preparación de la misma. El Partido Comunista no sólo
quedó desarmado, sino completamente desnudo. Como consuelo, se le autorizó
para emplear en el período de dominio completo de la contrarrevolución
la consigna de los soviets, prohibida en el período en que la Revolución
se hallaba en su apogeo. Un héroe muy popular de la leyenda rusa entona
canciones nupciales en los entierros y cantos fúnebres en las bodas,
y recibe pescozones tanto en aquéllos como en éstas. Si en la
política actual de la Internacional Comunista sólo se tratara
de unos cuantos pescozones, podría uno resignarse con ello. Pero la
cosa es harto más importante: se trata nada menos que del porvenir
del proletariado.
La táctica de la Internacional Comunista ha sido un sabotaje inconsciente,
pero no por inconsciente menos seguro y bien organizado, de la Revolución
china. Este sabotaje era de efecto infalible, pues la Internacional Comunista
cubría su política derechista menchevique de 1924-1927 con todo
el prestigio del bolchevismo, y recurría a la potente máquina
de las represiones para sofocar la crítica de la Oposición de
Izquierda.
El resultado de todo esto ha sido un experimento definitivo de estrategia
stalinista, que desde el principio hasta el fin se ha desarrollado bajo el
signo de la lucha contra la revolución permanente.
Nada más lógico, pues, que el principal teórico stalinista,
sostenedor de la subordinación del Partido Comunista chino al partido
nacionalburgués del Kuomintang, haya sido Martinov, que fue también
el principal crítico menchevique de la teoría de la revolución
permanente desde 1905 hasta 1923, cuando empezó a despuntar su misión
histórica en las filas del bolchevismo.
En el primer capítulo he explicado cómo surgió este trabajo.
En Alma-Ata preparaba sin apresurarme un libro de teoría y de polémica
contra los epígonos, en el cual había de ocupar preeminente
lugar la teoría de la revolución permanente. Mientras estaba
trabajando en él, recibí un manuscrito de Radek consagrado a
contraponer la revolución permanente con la línea estratégica
de Lenin. Radek no tuvo más remedio que lanzar este ataque, aparentemente
inesperado, contra mí, por la sencilla razón de que él
mismo se había entregado de lleno a la política china de Stalin,
que a la par con Zinoviev había defendido la subordinación del
Partido Comunista al Kuomintang, no sólo antes, sino aún después
del golpe de Estado de Chiang Kai-shek. Para justificar la sumisión
del proletariado a la burguesía, Radek argüía, ni que decir
tiene, sobre la necesidad de una alianza del proletariado con los campesinos
y la acusación de que yo "subestimaba" la trascendencia de
esa unión. Como Stalin, defendía una política menchevista
valiéndose de una fraseología bolchevique, y con la fórmula
de la dictadura democrática de los obreros y campesinos, cubría
el hecho de que se apartara al proletariado de la lucha independiente por
el poder al frente de las masas campesinas. Cuando les arranqué esta
máscara ideológica, Radek sintió la necesidad aguda de
demostrar, disfrazándose con citas de Lenin, que mi lucha contra el
oportunismo se desprendía, en realidad, de la contradicción
entre la teoría de la revolución permanente y el leninismo.
Radek convertía la defensa de leguleyo de los propios pecados en acusación
fiscal contra la revolución permanente. Para él, esto no era
más que un puente tendido hacia la capitulación. Yo tenía
todas las razones para sospechar esto, ya que Radek, años antes, había
planeado escribir un folleto en defensa de la revolución permanente.
Sin embargo, a pesar de esto, no me apresuré a considerar a Radek como
definitivamente perdido. Intenté contestar a su artículo de
un modo franco y categórico, pero sin cortarle la retirada. Reproduzco
mi contestación tal como fue escrita, limitándome a unas pocas
explicaciones complementarias y a algunas correcciones de estilo.
El artículo de Radek no apareció en la prensa, y creo que no
aparecerá, pues, en la forma en que fue escrito en 1928, no podría
pasar por las estrechas mallas de la censura stalinista. Por lo demás,
ese artículo, en caso de publicarse, no haría tampoco mucho
favor al que lo escribió, pues pone bien al desnudo la evolución
espiritual de su autor; una "evolución" muy parecida a la
del que cae a la calle desde un sexto piso.
El origen de este libro explica suficientemente por qué Radek ocupa
en él un lugar más considerable de aquel a que sería
acaso acreedor. Radek no ha inventado ni un solo argumento contra la teoría
de la revolución permanente. Se ha manifestado como un epígono
de los epígonos. Por esto recomiendo al lector que vea en Radek no
al mismo Radek, sino al representante de una empresa colectiva en la cual
ha conseguido ingresar con plenitud de derechos, aunque haya sido a costa
de renunciar al marxismo. Si Radek encuentra que le ha correspondido una porción
de puntapiés excesiva para sus culpas personales, puede, si le parece,
transmitírselos a sus destinatarios más responsables. Es una
cuestión de régimen interno de la empresa en que yo no tengo
por qué meterme.
Distintos grupos del Partido Comunista alemán han llegado al poder
o han luchado por él, demostrando su aptitud para la dirección
mediante ejercicios críticos contra la revolución permanente.
Pero toda esta literatura -que tiene por autores a Maslow, a Thalheimer9 y
a otros- se ha mantenido en un nivel tan lamentable, que no da ni tan siquiera
pie para la réplica crítica. Los Thaelmann, los Remmele y demás
caudillos actuales por nombramiento han descendido aún más.
Lo único que esos críticos han podido demostrar es que no han
pasado del umbral del problema. Por eso les dejo... en el umbral. El que sea
capaz de interesarse por la crítica teórica de Maslow, de Thalheimer
y demás, puede, después de leer este libro, acudir a los escritos
de los autores mencionados, a fin de persuadirse de su ignorancia y falta
de escrúpulos.
Este resultado será, por decirlo así, un subproducto del trabajo
que ofrecemos al lector.
L. Trotsky
Prinkipo, 30 de noviembre de 1929.
1. Carácter obligado de este trabajo y su propósito
La demanda teórica
del partido, dirigido por el bloque de la derecha y el centro, ha sido cubierta
durante seis años consecutivos con el antitrotskismo, único
producto de que se dispone en cantidad ilimitada y se reparte gratuitamente.
Stalin hizo sus primeras armas en el campo teórico en 1924 con su inmortal
artículo contra la revolución permanente. El propio Molotov
recibió el bautismo de "jefe" en esa pila. La falsificación
está a la orden del día. Hace pocos días, vi por casualidad
un anuncio de la publicación en alemán de los trabajos de Lenin
de 1917. Será éste un inapreciable presente a los obreros avanzados
alemanes. Pero ya de antemano se puede uno formar idea de las falsificaciones
que contendrá, sobre todo en las notas. Baste con decir que en el sumario
aparecen en primer lugar las cartas de Lenin a la Kolontay, que se hallaba
a la sazón en Nueva York. ¿Por qué? Unicamente porque
en dichas cartas figuran algunas observaciones duras con respecto a mí,
basadas en una información completamente falsa por parte de la Kollontay*,
la cual había inoculado, en aquel período, un extremismo izquierdista
histérico a su menchevismo orgánico. En la edición rusa,
los epígonos se vieron obligados a hacer notar, aunque de un modo equívoco,
que Lenin había sido mal informado. Podemos, sin embargo, tener la
certeza de que en la edición alemana no figurará ni tan siquiera
esta reserva. Hay que añadir, además, que en esas mismas cartas
había furiosos ataques contra Bujarin, con el cual se solidarizaba
entonces la Kollontay. Pero esta parte de las cartas, por ahora, no ha sido
publicada; lo será cuando se inicie la campaña contra Bujarin"10.
Por otra parte, una serie de documentos, artículos y discursos de Lenin
de gran valor, de actas, cartas, etc., siguen sin publicar únicamente
porque dejan mal parados a Stalin y compañía o destruyen la
leyenda del trotskismo. No ha quedado literalmente nada incólume de
la historia de las tres revoluciones rusas, lo mismo que de la del partido:
las teorías, los hechos, las tradiciones, la herencia de Lenin han
sido sacrificados en aras de la lucha contra el "trotskismo", la
cual, desde que Lenin cayó enfermo, fue concebida y organizada como
una lucha personal contra Trotsky y se ha desarrollado, de hecho, como una
lucha contra el marxismo.
Se ha confirmado nuevamente que lo que aparentemente consiste en remover antiguas
discusiones habitualmente viene a satisfacer una necesidad social presente,
de la cual no se tiene conciencia y que en sí, no tiene nada que ver
con los debates pasados. La campaña contra el "viejo trotskismo"
no ha sido, en realidad, más que una campaña contra las tradiciones
de Octubre, las cuales han ido haciéndose cada día más
insoportables y oprimentes para la nueva burocracia. Se ha aplicado el calificativo
de "trotskismo" a todo aquello que pesaba y cohibía. De este
modo, la lucha contra el trotskismo ha venido a convertirse, poco a poco,
en la expresión de una reacción teórica y política
en los medios no proletarios, y en parte en los proletarios, y en el reflejo
de dicha reacción en el partido. En particular, la contraposición
caricaturesca, históricamente deformada, de la revolución permanente
a la "alianza con el campesino" preconizada por Lenin, brotó
íntegra en 1923, conjuntamente con el período de reacción
social y política y en el partido, como una de sus manifestaciones
más relevantes, como el antagonismo orgánico del burócrata
y de los propietarios hacia la revolución mundial, con sus conmociones
"permanentes" como signo de la propensión propia del pequeño
burgués y del funcionario al orden y a la tranquilidad. La campaña
rencorosa contra la revolución permanente no sirvió a su vez
más que para desbrozar el camino a la teoría del socialismo
en un solo país, esto es, al nacionalismo de nuevo cuño. Naturalmente,
estas nuevas raíces sociales de la lucha contra el "trotskismo"
no demuestran nada por sí mismas en favor o en contra de la teoría
de la revolución permanente. Pero, sin la comprensión de estas
raíces ocultas, el debate tomaría inevitablemente un carácter
académico y estéril.
Durante estos años no podía imponerme el abandono de los nuevos
problemas y volver a las viejas discusiones relacionadas con el período
de la Revolución de 1905, por cuanto se referían principalmente
a mi pasado y estaban artificialmente dirigidas contra el mismo.
Para dilucidar las viejas divergencias y, particularmente, mis antiguos errores
en relación con las condiciones que los engendraron y dilucidarlos
de un modo tan completo que resulten comprensibles a la nueva generación,
sin hablar ya de los viejos que han caído en la infancia política,
se necesita todo un libro. Parecía absurdo emplear el tiempo propio
y el ajeno en esto, cuando figuraban constantemente a la orden del día
nuevos problemas de inmensa importancia: la Revolución alemana, la
marcha de Inglaterra, las relaciones entre los Estados Unidos y Europa, los
problemas planteados por las huelgas del proletariado británico, los
fines de la Revolución china y finalmente, y en primer lugar, nuestras
contradicciones económicas y político-sociales internas y nuestra
misión. Todo esto era, a mi juicio, suficiente para justificar el que
dejara constantemente de lado mi trabajo histórico-polémico
sobre la revolución permanente. Pero la conciencia social no soporta
el vacío. Durante estos últimos años el vacío
teórico ha sido llenado, como ya he dicho, con la basura del antitrotskismo.
Los epígonos, los filósofos y peones de la reacción en
el partido se deslizaron hacia abajo, fueron a aprender a la escuela del obtuso
menchevique Martinov, pisotearon las doctrinas de Lenin, se debatían
en un cenagal, y a todo esto lo llamaban lucha contra el trotskismo. Durante
estos años no han producido ningún trabajo más o menos
serio o importante que se pueda citar en voz alta sin sonrojarse, ningún
juicio político que haya perdurado, ninguna previsión que se
haya visto confirmada, ni una sola consigna independiente que nos haya hecho
avanzar ideológicamente. Insignificancia y vulgaridad por doquier.
Las Cuestiones del leninismo, de Stalin, representan en sí una codificación
de esta escoria ideológica, un manual oficial de la indigencia mental
de esa gente, una colección de vulgaridades numeradas (y conste que
me esfuerzo en dar las definiciones mas moderadas posibles).
El Leninismo, de Zinoviev, es... eso, un leninismo a lo Zinoviev, ni más
ni menos. Su principio es casi el mismo que el de Lutero: peromientras que
Lutero decía ["sostengo esto y no puedo sostener otra cosa",
Zinoviev dice: "Sostengo esto, pero... podría también sostener
otra cosa." La asimilación de estos frutos teóricos de
los epígonos es igualmente insoportable, con la diferencia de que la
lectura del Leninismo, de Zinoviev, causa la sensación de que se atraganta
uno con algodón en rama, mientras que las Cuestiones de Stalin, producen
la sensación física de cerdas cortadas en pequeños trozos.
Estos dos libros reflejan y coronan, cada cual a su modo, la época
de la reacción ideológica.
Al adaptar y subordinar todas las cuestiones al "trotskismo" -desde
la derecha, desde la izquierda, desde arriba, desde abajo, desde delante y
desde atrás-, los epígonos han cometido la proeza de colocar
todos los acontecimientos internacionales en dependencia directa o indirecta
con relación al aspecto que tomaba la teoría de la revolución
permanente de Trotsky en 1905. La leyenda del "trotskismo", repleta
de falsificaciones, se ha convertido en una especie de factor de la historia
presente. Y si bien durante estos últimos años la orientación
del bloque derechista-centrista se ha visto comprometida en todos los ámbitos
del planeta por una serie de bancarrotas de importancia histórica,
la lucha contra la ideología centrista de la Internacional Comunista
sería ya actualmente inconcebible o, por lo menos, extremadamente difícil
sin la valoración de las discusiones y los pronósticos que tienen
su origen en los comienzos de 1905.
La resurrección del pensamiento marxista, y por consiguiente leninista,
en el partido, es inconcebible sin un auto de fe de todo el desecho de los
epígonos, sin la ejecución teórica implacable de los
ejecutores del aparato burocrático. Escribir un libro así no
tiene, en rigor, nada de difícil. Existen todos los elementos. Y sin
embargo, tropieza uno con dificultades porque, para emplear las palabras del
gran satírico Saltikov, se ve uno forzado a descender a la región
de los "efluvios primarios" y permanecer largo tiempo en esa atmósfera
poco agradable. Sin embargo, este deber se ha convertido en absolutamente
inaplazable, pues la lucha contra la revolución permanente sirve directamente
de base a la defensa de la línea oportunista en los problemas de Oriente,
esto es, de más de la mitad de la Humanidad.
Había emprendido ya este trabajo tan poco atractivo -la polémica
teórica con Zinoviev y Stalin, dejando los libros de nuestros clásicos
para las horas de descanso (también los buzos se ven obligados a subir
de vez en cuando a la superficie para respirar aire fresco)- cuando, inesperadamente
para mí apareció un artículo de Radek consagrado a oponer,
de un modo más "profundo", a la teoría de la revolución
permanente las ideas de Lenin sobre esta misma cuestión. En un principio
me proponía dejar a un lado el trabajo de Radek, a fin de no distraerme
de la mezcla de algodón en rama y de cerda desmenuzada que me había
deparado el destino. Pero una serie de cartas amistosas me indujeron a leer
atentamente ese trabajo y llegué a la siguiente conclusión:
para el limitado círculo de personas que piensan por cuenta propia
y no por orden y que estudian concienzudamente el marxismo, el trabajo de
Radek es más pernicioso que la literatura oficial, así como
el oportunismo en política es tanto más peligroso cuanto más
disfrazado aparece y cuanto mayor es la reputación personal que lo
cubre. Radek es uno de mis amigos políticos más afines, como
lo han demostrado suficientemente los acontecimientos de estos últimos
tiempos. Pero durante los últimos meses una serie de camaradas seguían
inquietos la evolución de este hombre y le veían pasar de la
extrema izquierda de la oposición a su ala derecha. Todos los amigos
de Radek sabemos que sus brillantes dotes políticas y literarias coinciden
con una impulsividad y una impresionabilidad excepcionales, cualidades que
en el trabajo colectivo son una fuente valiosa de iniciativa y de crítica,
pero que en las condiciones creadas por la dispersión pueden dar frutos
completamente distintos. El último trabajo de Radek -junto con una
serie de manifestaciones precedentes- obliga a reconocer que ha perdido la
brújula o que ésta se halla bajo la influencia de una anomalía
magnética prolongada. El trabajo de Radek a que nos referimos no es,
ni mucho menos, una excursión histórica por el pasado; no, es
un apoyo, no del todo consciente y no por ello menos nocivo, que presta al
rumbo oficial con toda su mitología teórica.
La función política de la lucha actual contra el "trotskismo",
caracterizada más arriba, no significa, ni que decir tiene, que en
el interior de la oposición misma, que se formó como reducto
marxista contra la reacción politico-ideológica, sea inadmisible
la crítica, en particular, la de mis antiguas divergencias con Lenin.
Al revés, una labor así, de autoclarificación encaminada
a hacer una limpia en las propias filas, sólo puede ser fructífera.
Pero, en este caso, era preciso observar profundamente las perspectivas históricas,
trabajar seriamente en el estudio de las fuentes de origen y dilucidar las
antiguas diferencias a la luz de la lucha actual. Nada de esto hay en el trabajo
de Radek. Como no dándose cuenta de ello, se incorpora simplemente
al frente de lucha contra el "trotskismo", valiéndose no
sólo de extractos seleccionados de un modo unilateral, sino de la interpretación
oficial, profundamente falsa, de los mismos. Allí donde al parecer
se separa de la campaña oficial, lo hace de un modo tan equívoco,
que presta a la misma el doble apoyo de testigo "imparcial". Como
sucede siempre con los resbalones ideológicos, en el último
trabajo de Radek no hay ni la sombra de su penetración política
y de su maestría literaria. Es un trabajo sin perspectivas, sin las
tres dimensiones, compuesto únicamente a base de extractos, y, por
esto, un trabajo a ras de tierra.
¿A qué necesidad política debe su origen? A las divergencias
surgidas entre Radek y la mayoría aplastante de la oposición
con respecto a los problemas de la Revolución china. Se emiten, es
verdad, opiniones aisladas en el sentido de que los problemas chinos "no
son actuales" (Preobrazhensky); pero a estas opiniones no se puede ni
tan siquiera contestar seriamente. El bolchevismo creció y se formó
definitivamente sobre la crítica y el estudio de la experiencia de
1905, cuando ésta acababa de ser vivida directamente por la primera
generación de bolcheviques. ¿Cómo puede ser de otro modo,
en qué otro acontecimiento pueden aprender actualmente las nuevas generaciones
de revolucionarios proletarios si no es en la experiencia fresca, caliente
todavía de sangre, de la Revolución china? Sólo los pedantes
insulsos pueden hablarnos de "aplazar" estos problemas, con el fin
de estudiarlos después, en las horas de asueto, en una atmósfera
de tranquilidad. Los bolcheviques-leninistas no pueden hacer esto; tanto menos
cuanto que las revoluciones orientales están aún sobre el tapete
y nadie puede decirnos cuándo acabarán.
Radek, que ocupa una posición falsa en las cuestiones de la Revolución
china, intenta fundamentar retrospectivamente esta posición exponiendo
de un modo unilateral y deformado mis antiguas divergencias con Lenin. Y al
llegar aquí se ve obligado a utilizar armas del arsenal ajeno y navegar
sin rumbo por aguas extrañas.
Radek es amigo mío, pero me es mucho más amiga y más
cara la verdad. Nuevamente me veo obligado, para contradecirle, a aplazar
un trabajo más amplio sobre los problemas de la revolución.
Los problemas planteados en él son demasiado importantes para desdeñarlos.
Tropiezo, al acometerlos, con tres dificultades: la abundancia y variedad
de los errores en el trabajo de Radek; la profusión de hechos históricos
y documentales que lo refutan en el transcurso de veintitrés años
(1905-1928); el poco tiempo que puedo dedicar a este trabajo, pues en la actualidad
ocupan lugar primordial los problemas económicos de la URSS.
Todas estas circunstancias determinan el carácter del presente trabajo,
el cual no agota la cuestión. Mucho queda en él por decir, en
parte porque lo hemos dicho ya en otros trabajos anteriores, sobre todo en
la Critica del Programa de la Internacional Comunista. Hay una gran cantidad
de materiales sobre esta cuestión recogidos por mí que no han
sido utilizados, en espera del libro que me propongo escribir contra los epígonos,
esto es, contra la ideología oficial del período de reacción.
El trabajo de Radek sobre
la revolución permanente se apoya en la siguiente conclusión:
La nueva fracción del partido (oposición) se ve amenazada por
el peligro de la aparición de tendencias que divorcian a la revolución
proletaria, en su desarrollo, de su aliado fundamental: los campesinos.
Suscita inmediatamente asombro el hecho de que esta conclusión con
respecto a la "nueva" fracción del partido sea formulada
en la segunda mitad del año 1928 como algo nuevo, cuando la venimos
oyendo sin interrupción desde el otoño de 1923. ¿Cómo
fundamenta Radek su inclinación hacia la tesis oficial preponderante?
Tampoco en este caso sigue nuevos caminos; no hace más que volver a
la teoría de la revolución permanente. En 1924-1925 Radek se
dispuso en varias ocasiones a escribir un folleto destinado a demostrar que
la teoría de la revolución permanente y la consigna de la dictadura
democrática del proletariado y de los campesinos, formulada por Lenin,
tomadas en su alcance histórico, esto es, a la luz de las tres revoluciones
vividas por nosotros, no se contraponían entre sí, sino que,
a la inversa, coincidían fundamentalmente. Ahora, al estudiar "nuevamente"
dicho problema -como escribe a uno de sus amigos-, ha llegado a la conclusión
de que la antigua teoría de la revolución permanente amenaza
a la "nueva" fracción del partido nada menos que con el peligro
del divorcio con los campesinos.
¿Cómo ha "estudiado" la cuestión Radek? El
mismo se encarga de comunicarnos algunos datos a este respecto:
"No tenemos a mano las formulaciones resentadas en 1905 por Trotsky en
su introducción a La guerra civil en Francia, de Marx, y en el mismo
año en Nuestra Revolución".
Las fechas que da Radek no son totalmente exactas; pero no vale la pena detenerse
en ello. El único trabajo en que expuse, en una forma más o
menos sistemática, mis ideas acerca del desarrollo de la revolución
es el extenso artículo Resultados y perspectivas11 (p. 224-286 del
libro Nuestra Revolución, Petersburgo, 1906). Mi artículo publicado
en el órgano polaco de Rosa Luxemburgo y Tischko12 (1909) -al cual
Radek alude, resumiéndolo, ¡ay!, según una referencia
de Kamenev- no pretendía, ni mucho menos, exponer mis puntos de vista
de un modo definitivo y completo. Teóricamente se apoyaba en mi libro
Nuestra Revolución, citado más arriba. Nadie está obligado
actualmente a leer dicho libro. Desde entonces han tenido lugar acontecimientos
tales y hemos aprendido tanto de ellos, que tengo que reconocer que me repugna
la manera actual de los epígonos de examinar los nuevos problemas históricos,
no a la luz de la experiencia viva de las revoluciones realizadas por nosotros,
sino a la luz principalmente de citas que se refieren únicamente a
la previsión hecha por nosotros de las revoluciones futuras. Con ello
no quiero, naturalmente, negarle a Radek el derecho de enfocar la cuestión
asimismo desde el punto de vista histórico-literario. Pero, si se hace,
hay que hacerlo como es debido. Radek intenta dilucidar la suerte que le haya
cabido a la teoría de la revolución permanente en el transcurso
de casi un cuarto de siglo, y, al hacerlo, observa de paso que "no tiene
a mano" precisamente los trabajos en que esta teoría mía
está expuesta.
Dejaré fijado aquí que Lenin, como he visto confirmado con particular
evidencia ahora al leer sus viejos artículos, no llegó nunca
a conocer el trabajo fundamental a que he aludido más arriba. Esto
se explica, por lo visto, no sólo por la circunstancia de que la tirada
del libro Nuestra Revolución, publicado en 1906, fuera confiscada casi
inmediatamente cuando ya todos nosotros nos hallábamos en la emigración,
sino acaso también por el hecho de que los dos tercios del citado libro
estaban formados por antiguos artículos y de que muchos camaradas -como
pude comprobar después- no lo leyeron por considerarlo una compilación
de trabajos ya publicados. En todo caso, las observaciones polémicas
dispersas, muy poco numerosas, de Lenin contra la revolución permanente
se basan casi exclusivamente en el prefacio de Parvus a mi folleto Antes del
9 de enero13, en su proclama, que yo entonces desconocía, Sin zar,
y en los debates internos de Lenin con Bujarin y otros. Nunca ni en parte
alguna analiza ni cita Lenin, ni de paso, mis Resultados y perspectivas, y
algunas de las objeciones de Lenin contra la revolución permanente,
que evidentemente no pueden referirse a mí, atestiguan directamente
que no leyó dicho trabajo14.
Sería absurdo, no obstante, pensar que el "leninismo" de
Lenin consiste precisamente en esto. Y, sin embargo, tal es, por lo visto,
la opinión de Radek. En todo caso, el artículo que analizo atestigua
no sólo que aquél "no tiene a mano" mis trabajos fundamentales,
sino que, al parecer, no los ha leído nunca, y que si los ha leído
ha sido hace mucho tiempo, antes de la Revolución de Octubre, y que,
sea de esto lo que quiera, ha conservado muy poco en la memoria de dicha lectura.
Pero no es esto todo. Si en 1905 o en 1909 era admisible y aún inevitable,
sobre todo en las condiciones creadas por la escisión, que polemizáramos
los unos con los otros sobre artículos de interés candente en
aquel entonces y aún sobre determinadas frases de ciertos artículos,
ahora, al hacer un examen retrospectivo de un gigantesco período histórico,
el revolucionario marxista no puede dejar de formularse la siguiente interrogación:
¿Cómo fueron aplicadas en la práctica las fórmulas
debatidas, cómo fueron interpretadas y encarnadas en la acción?
¿Cuál fue la táctica?
Si Radek se hubiera tomado la molestia de hojear, aunque no fuera más
que las dos primeras partes de Nuestra primera Revolución (1905), no
se habría arriesgado a escribir su trabajo actual, o, en todo caso,
habría suprimido del mismo muchas de sus atrevidas afirmaciones. Al
menos, quiero esperarlo así.
Estos dos libros le habrían demostrado ante todo a Radek que la revolución
permanente no significaba, ni mucho menos, para mí, en la actuación
política, la aspiración de saltar la etapa revolucionaria democrática
y otras fases más secundarias, se habría persuadido de que,
a pesar de que durante todo el año 1905 residí clandestinamente
en Rusia, sin contacto con la emigración, formulé las etapas
de la revolución absolutamente igual que Lenin; habría sabido
que las proclamas principales dirigidas a los campesinos y publicadas por
la imprenta bolchevique central en 1905, fueron escritas por mí; que
el Nóvaya Jizn (La Nueva Vida), dirigido por Lenin, defendió
decididamente en una nota de redacción mi artículo sobre la
revolución permanente publicado en el Nachalo (El Principio); que el
Nóvaya Jizn, de Lenin, y a veces éste personalmente, sostuvieron
y defendieron invariablemente las resoluciones políticas del Soviet
de diputados, de las cuales era yo autor y fui ponente en nueve casos de cada
diez; que después del desastre de diciembre escribí desde la
cárcel un folleto en el cual consideraba problema estratégico
central la combinación de la ofensiva proletaria con la revolución
agraria de los campesinos; que Lenin imprimió este folleto en la editorial
bolchevique Nóvaya Volna (La Nueva Ola), comunicándome por medio
de Kunniank su decidida conformidad; que en el Congreso celebrado en Londres
en 1907 Lenin habló de mi "solidaridad" con el bolchevismo
en lo que respectaba a la actitud ante los campesinos y la burguesía
liberal. Todo esto, para Radek, no existe: tampoco lo tenía a mano,
por lo visto.
¿Pero cómo está de informado Radeken lo que se refiere
a los trabajos de Lenin? Poco más o menos lo mismo. Se limita únicamente
a citar los textos en que Lenin me atacaba a mí. Pero queriendo referirse
muchas veces no a mí, sino a otros (por ejemplo, a Bujarin y al propio
Radek: este mismo hace una franca indicación sobre el particular).
Radek no ha conseguido reproducir ni una sola cita nueva contra mí:
se ha limitado a utilizar los extractos ya preparados y dispuestos y que,
en la actualidad, casi cada ciudadano de la URSS "tiene a mano",
añadiendo únicamente unas cuantas citas en las que Lenin explica
a los anarquistas y social revolucionarios algunas verdades elementales sobre
la diferencia entre república burguesa y socialismo, con la particularidad
de que, según él, estas citas están asimismo dirigidas
contra mí. ¡Parece inverosímil, y sin embargo es verdad!
Radek prescinde en absoluto de las antiguas declaraciones de Lenin en que
éste, de un modo muy discreto, muy sobrio, pero, y por esto mismo,
con tanto mayor peso, comprueba mi solidaridad con el bolchevismo en las cuestiones
revolucionarias fundamentales. No hay que olvidar ni un instante que estas
declaraciones fueron formuladas cuando yo no pertenecía a la fracción
bolchevique y Lenin me atacaba implacablemente (y con toda razón),
no a causa de la revolución permanente, sobre la cual se limitaba a
hacer algunas objeciones episódicas, sino de mi tendencia a la conciliación
con los mencheviques, en cuya evolución a izquierda yo confiaba. A
Lenin le preocupaba más la lucha contra la tendencia conciliadora que
la "justicia" de tales o cuales ataques polémicos contra
el "conciliador" Trotsky.
En 1924, Stalin, defendiendo contra mis ataques la conducta de Zinoviev en
Octubre, escribía:
"El camarada Trotsky no ha comprendido las cartas de Lenin (sobre Zinoviev.
L. T)., su significación, el fin que se proponían. Lenin en
sus cartas, se adelanta, a veces, deliberadamente, colocando en primer término
los errores que pueden ser cometidos, criticándolos de antemano con
el fin de poner en guardia al partido y preservarle de los mismos, o bien,
a veces, con el mismo fin pedagógico, exagera una "pequeñez"
y "hace de una mosca un elefante"... Pero deducir de cartas análogas
(y Lenin escribió no pocas de éstas) la existencia de divergencias
trágicas y hablar de ello a voz en cuello, significa no comprender
las cartas de Lenin, no conocer a éste". (I. Stalin, ¿Trotskysmo
o leninismo?, 1924).
La idea está formulada aquí de un modo un poco grosero "el
estilo es el hombre", pero en sustancia es justa, aunque pueda aplicarse
menos que a nada a las divergencias de Octubre, que no tienen nada de "moscas".
Pero si Lenin recurría a las exageraciones "pedagógicas"
y a la polémica preventiva con respecto a sus compañeros de
fracción, con tanto mayor motivo lo hacía con respecto a un
hombre que se hallaba en aquel entonces fuera de la fracción bolchevique
y que predicaba la conciliación. A Radek ni tan siquiera se le ha ocurrido
aplicar a los viejos textos que cita este indispensable coeficiente de enmienda.
En el Prefacio de 1922 a mi libro 190515, decía yo que la previsión
de la posibilidad y probabilidad de la dictadura del proletariado en Rusia
antes que en los países avanzados se vio confirmada en la práctica
doce años después. Radek, siguiendo otros ejemplos poco decorosos,
presenta las cosas tal como si yo opusiera esta previsión a la línea
estratégica de Lenin. Sin embargo, de mi prefacio se deduce con toda
claridad que tomo la previsión de la revolución permanente en
los rasgos fundamentales en que coincide con la línea estratégica
del bolchevismo. Si en una de las notas hablo del "rearme" del partido
a principios de 1917, no lo hago en el sentido de que Lenin hubiera reconocido
como "erróneo" el camino seguido precedentemente por el partido
sino en el de que, felizmente para la revolución, llegó a Rusia
con retraso, pero, así y todo, con la oportunidad suficiente para enseñar
al partido a renunciar a la consigna de la "dictadura democrática",
que había dado ya todo lo que podía dar de sí, y a la
cual seguían aferrados los Stalin, los Kamenev, los Rikov, los Molotov,
etc. Se comprende que la alusión al "rearme" provocara la
indignación de los Kamenev, pues contra ellos iba. Pero ¿por
qué la de Radek? Este no empezó a indignarse hasta 1928, esto
es, después que él mismo se opuso al necesario "rearme"
del Partido Comunista chino.
Recordaré a Radek que, en vida de Lenin, mis libros 1905 (junto con
el incriminado prefacio) y La Revolución de Octubre, desempeñaron
el papel de manuales históricos fundamentales con respecto a ambas
revoluciones, y fueron editados y reeditados gran número de veces en
ruso y en idiomas extranjeros. Nunca me había dicho nadie que en mis
libros hubiera la contraposición de dos líneas, pues entonces,
cuando los epígonos no habían iniciado aún la revisión,
todo miembro del partido con sentido común no subordinaba la experiencia
de Octubre a los viejos textos, sino que examinaba estos últimos a
la luz de la Revolución de Octubre.
Con esto se halla relacionada una circunstancia de que Radek abusa de un modo
completamente imperdonable: es un hecho -repite- que Trotsky ha reconocido
que Lenin tenía razón contra él. Naturalmente que lo
he reconocido, y en este reconocimiento no hay ni un ápice de diplomacia.
Me refería a todo el camino histórico de Lenin, a toda su posición
táctica, a su estrategia, a su organización del partido. Pero
este reconocimiento, naturalmente, no afecta a cada cita polémica por
separado, interpretada hoy, por añadidura, con fines adversos al leninismo.
Radek me había advertido ya en 1926, en el período del bloque
con Zinoviev, que mi declaración sobre la razón de Lenin le
era necesaria a aquél para cubrir, aunque no fuera más que un
poco, su falta de razón contra mí. Ni qué decir tiene
que esto lo comprendía yo perfectamente. He aquí por qué
dije en la séptima reunión plenaria del Comité ejecutivo
de la Internacional Comunista16 que me refería a la corrección
histórica de Lenin y de su partido, y no, en general, a la de mis críticos
actuales, los cuales intentan cubrirse con citas de Lenin deformadas. Hoy,
sintiéndolo mucho, tengo que hacer extensivas estas palabras a Radek.
Con respecto a la revolución permanente, hablaba únicamente
de las "lagunas" de la teoría, con tanto mayor motivo inevitables
cuanto que se trataba de una medición. Bujarin, en esta misma reunión
plenaria, subrayó, con razón, que Trotsky no renunciaba en conjunto
a su concepción. Hablaré de las "lagunas" en otro
trabajo, mas vasto, en el cual intento presentar de un modo coherente la experiencia
de tres revoluciones, aplicándola a la senda que debiera seguir la
Internacional Comunista, sobre todo en Oriente. Aquí, para no dar lugar
a ningún equívoco, diré brevemente: a pesar de todas
sus lagunas, la teoría de la revolución permanente, tal como
está expuesta incluso en mis primeros trabajos, ante todo en Resultados
y perspectivas (1906), se halla inconmensurablemente más impregnada
de espíritu marxista, y por consiguiente, inconmensurablemente más
cerca de la línea histórica de Lenin y del partido bolchevique,
no sólo que las divagaciones actuales de Stalin y Bujarin, sino también
que el último trabajo de Radek.
Con esto, no quiero decir, ni mucho menos, que la idea de la revolución
presente en todos mis escritos una línea siempre idéntica e
inquebrantable. Me he dedicado no a coleccionar una serie de antiguas citas
-a esto obliga en la actualidad únicamente el período de reacción
en el partido y de hegemonía de los epígonos-, sino a apreciar,
acertada o desacertadamente, los procesos reales de la vida. En el transcurso
de doce años (1905-1917) de actividad de publicista revolucionario,
hay artículos en los cuales las circunstancias e incluso las exageraciones
polémicas dictadas por ellas cobran demasiado relieve, quebrantando
incluso la línea estratégica. Se pueden encontrar, por ejemplo,
artículos en los cuales expresaba mis dudas con respecto al futuro
papel revolucionario de todos los campesinos como clase, y, en relación
con ello, me negaba, sobre todo durante la guerra imperialista, a aplicar
a la futura Revolución rusa el calificativo de "nacional",
por considerarlo equívoco. Pero es preciso no olvidar que los procesos
históricos que nos interesan, y entre ellos los efectuados en el campo,
son infinitamente mas claros ahora, cuando hace ya tiempo que se han realizado,
que en aquella época durante la cual no hacían más que
desenvolverse. Observaré además que Lenin, que no perdía
nunca de vista el problema campesino en todo su gigantesco alcance histórico,
y de quien aprendimos todo esto, ya después de la Revolución
de Febrero no veía aún con claridad si conseguiríamos
arrancar los campesinos a la burguesía y arrastrarlos detrás
del proletariado. En general, diré a mis rigurosos críticos
que les es mucho más fácil encontrar en el transcurso de una
hora contradicciones formales en los artículos periodísticos
ajenos publicados en el transcurso de un cuarto de siglo, que mantener la
unidad de la línea fundamental, aunque no sea más que en el
transcurso de un año.
Queda todavía por señalar en estas líneas de introducción
una consideración de orden completamente ritual: si la teoría
de la revolución permanente hubiera sido acertada -dice Radek-, Trotsky
habría conseguido reunir sobre esa base una gran fracción. Como
esto no sucedió, significa... que la teoría era errónea.
El argumento de Radek, tomado en su aspecto general, no tiene ni por asomo
nada de común con la dialéctica. De dicho argumento se puede
sacar la conclusión de que el punto de vista de la oposición
con respecto a la Revolución china o la posición de Marx con
referencia a los asuntos británicos, eran erróneos; que lo es
asimismo la posición de la Internacional Comunista con respecto a los
reformistas en Estados Unidos, en Austria, y, si se quiere, en todos los demás
países.
Si se toma el argumento no en su aspecto "histórico-filosófico"
general, sino aplicándolo únicamente a la cuestión que
nos interesa, se vuelve contra el propio Radek. El argumento podría
tener una sombra de sentido si yo considerara o, lo que es más importante,
si los acontecimientos hubieran demostrado que la línea de la revolución
permanente se halla en contradicción con la línea estratégica
del bolchevismo, es opuesta a la misma y difiere cada vez más de ella;
sólo entonces habría una base para dos fracciones. Esto es precisamente
lo que quiere demostrar Radek. Yo demuestro, por el contrario, que, a pesar
de todas las exageraciones engendradas por las polémicas intestinas,
a pesar del carácter agudo que pudiera tomar la cuestión en
determinadas circunstancias, la línea estratégica fundamental
era la misma. ¿Dónde podía tomar su origen una segunda
fracción? En realidad, lo que sucedió fue que durante la primera
revolución actué en estrecho contacto con los bolcheviques y
luego defendí esta labor común en la prensa internacional contra
la crítica, propia de renegados, del menchevismo. En la Revolución
de 1917 luché, junto con Lenin, contra el oportunismo democrático
de esos mismos "viejos bolcheviques" que actualmente ha sacado a
flote el período de reacción sin más arma que la persecución
desatada contra la revolución permanente.
Finalmente, no intenté jamás fundar un grupo sobre la base de
la idea de la revolución permanente. Mi posición en el interior
del partido era conciliadora, y si, en momentos determinados, aspiré
a crear un grupo, fue precisamente sobre esta base. Mi tendencia conciliadora
se desprendía de una especie de fatalismo socialrevolucionario. Consideraba
que la lógica de la lucha de clases obligaría a ambas fracciones
a actuar de acuerdo y con el mismo rumbo ante la revolución,. En aquel
entonces, yo no veía claro todavía el gran sentido histórico
de la política, sostenida por Lenin, de delimitación ideológica
y de escisión, allí donde fuera necesaria, a fin de forjar y
templar un verdadero partido revolucionario. En 1911 Lenin escribía,
a este propósito:
"La tendencia conciliadora es la suma de aspiraciones, de estados de
espíritu, de opiniones indisolublemente ligados con la esencia misma
de la misión histórica planteada al Partido socialdemócrata
obrero ruso en la época de contrarrevolución de 1908-1911. Por
esto, en el período mencionado, una serie de socialdemócratas
se inclina hacia la tendencia conciliadora, partiendo de las premisas más
diversas. El que de un modo más consecuente expresó la tendencia
conciliadora fue Trotsky, que fue también casi el único que
intentó basar dicha tendencia en un fundamento teórico."
(Obras, XI, parte II, pág. 371).
Al aspirar a la unidad a toda costa, involuntaria e inevitablemente, yo idealizaba
las tendencias centristas del menchevismo. A pesar de las tentativas episódicas
que realicé en tres ocasiones, no llegué, ni podía llegar,
a una actuación común con los mencheviques. Al mismo tiempo,
la línea conciliadora me oponía de un modo tanto más
acentuado al bolchevismo cuanto que Lenin combatía implacablemente,
y no podía dejar de combatir, dicha línea. Y sobre la plataforma
conciliadora, naturalmente, no se podía crear ninguna fracción.
De aquí se desprende una lección, a saber: que es inadmisible
y funesto quebrantar o atenuar la línea política con el fin
de obtener una conciliación vulgar; que es inadmisible pintar con bellos
colores el centrismo cuando éste zigzaguea hacia la izquierda; que
es inadmisible exagerar e hinchar las divergencias con los verdaderos correligionarios
revolucionarios, con el fin de alcanzar los fuegos fatuos del centrismo. He
aquí cuáles son las verdaderas lecciones de los verdaderos errores
de Trotsky. Estas lecciones son muy importantes, y siguen conservando en la
actualidad todo su vigor. Y Radek haría bien en meditar sobre ellas.
***
Stalin, con ese cinismo
ideológico que le es habitual, dijo en cierta ocasión:
"Trotsky no puede ignorar que Lenin luchó contra la teoría
de la revolución permanente hasta el fin de sus días. Pero esto,
a Trotsky no le inmuta." (Pravda, Nº 262, 12-11-26).
Es ésta una caricatura grosera y desleal, tanto vale decir netamente
stalinista, de la realidad. En uno de sus mensajes a los comunistas extranjeros,
Lenin decía que las divergencias entre comunistas no tenían
nada de común con las divergencias existentes en el seno de la socialdemocracia.
El bolchevismo -decía- había pasado ya por divergencias semejantes
en el pasado. Pero "en el momento de la conquista del poder y de la creación
de la República soviética, el bolchevismo apareció unido,
se atrajo a lo mejor de las tendencias del pensamiento socialista que le eran
afines". (Obras, XVI, p. 333).
¿A qué tendencias socialistas afines se refería Lenin
al escribir esto? ¿A Martinov17 y a Kuusinen18? ¿A Cachin19
y Thaelmann20 y Smeraf21? ¿Eran ellos los que parecían a Lenin
"lo mejor de las tendencias afines"? ¿Qué tendencia
había más afín al bolchevismo que la que yo representaba
en todas las cuestiones fundamentales, la de los campesinos inclusive? La
misma Rosa Luxemburgo se apartó en los primeros momentos de la política
agraria del Gobierno bolchevista. Para mí, no había dudas. Yo
era el único que estaba sentado a la misma mesa con Lenin cuando éste
escribió con lápiz su proyecto de decreto agrario. Y el cambio
de impresiones se redujo a lo sumo a una docena de breves réplicas,
cuyo sentido era el siguiente: el paso dado es contradictorio, pero de una
necesidad histórica absoluta; con la existencia de la dictadura del
proletariado, en el terreno de la revolución mundial, las contradicciones
desaparecerán; es todo cuestión de tiempo.
Si entre la teoría de la revolución permanente y la dialéctica
leninista ante el problema campesino había una contradicción
capital, ¿cómo puede Radek explicar el hecho de que yo, sin
renunciar a mis ideas fundamentales sobre la marcha de la revolución
no vacilase en 1917 con respecto a la cuestión campesina, contrariamente
a lo que les ocurrió a la mayoría de los dirigentes bolcheviques
de aquel entonces? ¿Cómo explica Radek el hecho de que los actuales
teóricos y políticos del antitrotskismo -Zinoviev, Kamenev,
Stalin, Rikov, Molotov, etc.-, adoptaran todos, sin excepción, después
de la Revolución de Febrero, una posición democrática
vulgar y no proletaria? Lo repito: ¿a quién podía referirse
Lenin al hablar de la fusión con el bolchevismo de los mejores elementos
de las tendencias que le eran más afines? ¿Y no demuestra acaso
ese balance final que hace Lenin de las pasadas divergencias que, en todo
caso, no veía dos líneas estratégicas irreconciliables?
Más notable aún, en este sentido, es el discurso de Lenin en
la sesión del Soviet de Petrogrado del 1 (14 ) de noviembre de 191722.
En dicha reunión se examinaba la cuestión del acuerdo con los
mencheviques y socialistas revolucionarios. Los partidarios de la coalición
intentaron también, a decir verdad, muy tímidamente, hacer una
alusión al "trotskismo". ¿Qué contestó
Lenin?
"... ¿El acuerdo? Ni tan siquiera puedo hablar de esto seriamente.
Trotsky dijo hace tiempo que la unificación era imposible. Trotsky
comprendió esto, y desde entonces no ha habido mejor bolchevique que
él".
No la revolución permanente, sino la tendencia conciliadora; he aquí
lo que, a juicio de Lenin, me separaba del bolchevismo. Para que pudiera convertirme
en el mejor de los bolcheviques sólo me era necesario comprender, como
hemos oído, la imposibilidad del acuerdo con el menchevismo.
Sea como sea, ¿cómo explicar el viraje en redondo dado por Radek
precisamente en la cuestión de la revolución permanente? Parece
existir uno de los elementos de explicación. Como vemos por su artículo,
Radek era en 1916 solidario de la "revolución permanente"
en la interpretación de Bujarin, el cual consideraba que la revolución
burguesa en Rusia estaba terminada -no sólo el papel histórico
de la burguesía ni el papel histórico de la consigna de la dictadura
democrática, sino la revolución burguesa como tal- y que el
proletariado debía lanzarse a la conquista del poder bajo una bandera
puramente socialista. Evidentemente, Radek interpretaba bujarinistamente mi
posición de entonces: de no ser así, no hubiera podido solidarizarse
al mismo tiempo conmigo y con Bujarin. Esto explica por qué Lenin polemizaba
con Bujarin y Radek, con los cuales actuaba conjuntamente, aplicándoles
el seudónimo de Trotsky (Radek reconoce esto en su artículo).
Recuerdo que en las conversaciones sostenidas en aquel entonces en París,
me asustaba con su "solidaridad" problemática en esta cuestión
M. N. Pokrovski23, copartícipe de las ideas de Bujarin y constructor
inagotable de esquemas históricos, barnizados muy hábilmente
de marxismo. En política, Pokrovsky era y sigue siendo un "antikadete"
(anti-K.D.)24, tomando esto sinceramente por bolchevismo.
En 1924-1925 vivía todavía Radek en el recuerdo ideológico
de la posición de Bujarin en 1916, la cual seguía identificando
con la mía. Desengañado legítimamente de esta desventurada
posición, Radek, como sucede a menudo en tales casos, después
de un estudio superficial de Lenin, describe sobre mi cabeza un círculo
de 180º. Es muy probable, pues es típico. Del mismo modo Bujarin,
que en 1923-1925 viró en redondo, convirtiéndose de extremista
de izquierda en oportunista, me atribuye constantemente su propio pasado ideológico
presentándolo como "trotskismo". En el primer período
de la campaña contra mí, cuando me imponía a veces la
lectura de los artículos de Bujarin, me preguntaba con frecuencia:
¿De dónde ha sacado esto? Pero después lo adiviné:
consultaba su dietario de ayer. He aquí por qué me pregunto
si en la conversión contrapostólica del Pablo de la revolución
permanente que Radek era ayer, en el Saulo de esta última no hay la
misma base psicológica. No me atrevo a insistir en esta hipótesis.
Pero no he podido hallar otra explicación.
***
Sea como sea, según la expresión francesa, la botella ha sido
descorchada y hay que apurarla hasta el fondo. Tendremos que efectuar una
larga excursión por la región de los viejos textos. He reducido
las citas todo cuanto me ha sido posible. Pero, así y todo, son numerosas.
Sírvame de justificación el esfuerzo constante que efectúo
para tender un hilo entre este manoseo de viejas citas que me ha sido impuesto
y los problemas candentes de nuestros días.
2. La revolución
permanente no es el "salto" del proletariado, sino la transformación
del país bajo su dirección
Radek dice:
"El rasgo fundamental
que distingue de la teoría leninista al conjunto de ideas que llevan
el nombre de teoría y táctica (fijaos en ello: ¡y táctica!
L.T.) de la 'revolución permanente' es la confusión de la etapa
de la revolución burguesa con la etapa de la revolución socialista."
Con esta acusación fundamental están relacionadas, o se desprenden
de ella, otras no menos graves: Trotsky no comprendía que "en
las condiciones de Rusia era imposible una revolución socialista que
no surgiera sobre la base de la democrática", de donde se deducía
"el salto por encima de la etapa de la dictadura democrática".
Trotsky "negaba" el papel de los campesinos, lo cual "identificaba
sus ideas con las de los mencheviques". Todo esto, como ya se ha recordado,
tiende a demostrar, con ayuda del sistema de indicios indirectos, lo erróneo
de mi posición en lo que atañe a los problemas fundamentales
de la Revolución china.
Naturalmente, desde el punto de vista formal, Radek puede apelar de vez en
cuando a Lenin. Y es lo que hace: esta parte de los textos, todo el mundo
la "tiene a mano". Pero, como demostraré más adelante,
las afirmaciones de este género hechas por Lenin respecto a mí
tenían un carácter puramente episódico y eran erróneas,
esto es, no caracterizaban en modo alguno mi verdadera posición, ni
aún la de 1905. El mismo Lenin sostiene opiniones completamente diferentes,
directamente opuestas y mucho más fundamentales sobre mi verdadera
actitud ante las cuestiones fundamentales de la revolución. Radek ni
tan siquiera intenta reducir a un todo armónico las opiniones diversas
y aún contradictorias de Lenin, y explicar estas contradicciones polémicas
comparándolas con mis ideas reales25.
En 1906, Lenin dio a conocer el artículo de Kautsky sobre las fuerzas
motrices de la Revolución rusa, acompañándolo de un prefacio
suyo. Yo, sin tener noticias de esto, recluido en la cárcel, traduje
también dicho artículo y lo incluí, acompañándolo
también de un prefacio, en mi libro En defensa del partido. Tanto Lenin
como yo expresamos una solidaridad completa con el análisis de Kautsky.
A la pregunta de Plejanov de si nuestra revolución era burguesa o socialista,
Kautsky contestaba en el sentido de que no era ya burguesa ni era aún
socialista, esto es, que representaba una forma transitoria de la una a la
otra. Lenin escribía a este propósito en su prefacio: "Por
su carácter, nuestra revolución ¿es burguesa o socialista?
Es ésta una forma rutinaria de plantear la cuestión, responde
Kautsky.
"No se puede plantear así, no es ésta la manera marxista
de plantearla. La revolución en Rusia no es burguesa, pues la burguesía
no se cuenta entre las fuerzas motoras del actual movimiento revolucionario
ruso. Y la Revolución rusa no es tampoco socialista", (T. VIII,
p. 82).
Antes y después de este prefacio, se pueden encontrar no pocos pasajes
de Lenin en los que califica categóricamente la Revolución rusa
de burguesa ¿Hay en ello contradicción? Si se examina la producción
de Lenin valiéndose de los procedimientos de los críticos actuales
del "trotskysmo", se pueden encontrar, sin trabajo, docenas y centenares
de contradicciones de ese género, que para un lector serio y concienzudo
se explican por la manera distinta de enfocar la cuestión en los distintos
momentos, sin que esto quebrante en lo más mínimo la unidad
fundamental de las ideas leninistas.
Por otra parte, no se ha negado nunca el carácter burgués de
la revolución en el sentido de sus fines históricos y de momento,
sino únicamente en el de sus fuerzas motrices y de sus perspectivas.
He aquí cómo empieza mi trabajo fundamental de aquel entonces
(1905-1906) sobre la revolución permanente:
"La Revolución rusa ha sido algo inesperado para todos, con excepción
de la socialdemocracia. El marxismo tenía predicho desde hacía
mucho tiempo la inevitabilidad de la Revolución rusa, la cual debía
desencadenarse como consecuencia del choque de las fuerzas del desarrollo
capitalista con las del absolutismo inerte. Al calificarla de burguesa, indicaba
que los fines objetivos inmediatos de la revolución consisten en la
creación de condiciones 'normales' para el desarrollo de la sociedad
burguesa en su conjunto. Se ha visto que el marxismo tenía razón,
y esto no es necesario ya negarlo ni demostrarlo. Ante los marxistas se plantea
una misión de otro género: poner al descubierto las 'posibilidades'
de la revolución que se está desarrollando mediante el análisis
de su mecánica interna. La Revolución rusa tiene un carácter
completamente peculiar, que es el resultado de las peculiaridades de todo
nuestro desarrollo histórico-social y que, a su vez, abre perspectivas
históricas completamente nuevas." (Nuestra revolución,
1906, art. Resultados y perspectivas, p. 224).
"La definición sociológica general -revolución burguesa-
no resuelve los objetivos político-tácticos, las contradicciones
y dificultades que plantea toda revolución burguesa." (Op. cit.,
p.269).
Por lo tanto, yo no negaba el carácter burgués de la revolución
que se estaba discutiendo ni confundía la democracia con el socialismo.
Pero demostraba que la dialéctica de clase de la revolución
burguesa en nuestro país llevaría el poder al proletariado,
y que sin la dictadura de este último no podrían tener realización
los objetivos democráticos.
En este mismo artículo (1905-1906), se dice:
"El proletariado crece y se robustece a la par que progresa el capitalismo.
En este sentido, el desarrollo del capitalismo es el del proletariado hacia
la dictadura. Pero, el día y la hora en que el poder pase a las manos
de la clase obrera, depende directamente no del nivel de las fuerzas productivas,
sino de los factores de la lucha de clases, de la situación internacional
y, finalmente, de una serie de circunstancias objetivas : tradiciones, iniciativas,
espíritu combativo...
"En un país económicamente atrasado, el proletariado puede
llegar al poder antes que en un país capitalista avanzado. La idea
de que existe una cierta dependencia automática entre la dictadura
proletaria y las fuerzas técnicas y los recursos del país, representa
en sí un prejuicio propio de un materialismo económico simplista
hasta el extremo. El marxismo no tiene nada de común con esta idea.
"A nuestro juicio, la Revolución rusa es susceptible de crear
condiciones tales, que el poder puede -y en caso de victoria de la revolución
debe- pasar a manos del proletariado antes de que los políticos del
liberalismo burgués tengan la posibilidad de desarrollar su genio de
gobernantes en toda su amplitud." (Op. cit., p. 245).
Estas líneas encierran ya una crítica contra el marxismo "vulgar"
dominante en 1905-1906, el mismo que había de dar el tono a la asamblea
de los bolcheviques en mayo de 1917, antes de la llegada de Lenin, y que,
en la conferencia de abril del mismo año, halló su expresión
más destacada en Rikov. En el VI Congreso de la Internacional Comunista,
ese seudomarxismo, esto es, el sentido común del filisteo adulterado
por la escolástica, constituyó la base "científica"
de los discursos de Kuusinen y de muchos otros. ¡Y esto, diez años
después de la Revolución de Octubre! En la imposibilidad de
exponer aquí en toda su extensión las ideas desarrolladas en
mis Resultados y perspectivas, reproduciré un pasaje de un artículo
mío publicado en el periódico Nachalo (1905), en que dichas
ideas aparecen resumidas.
"Nuestra burguesía liberal obra contrarrevolucionariamente ya
antes de que culmine la revolución. Nuestra democracia intelectual,
en los momentos críticos, no hace más que demostrar su impotencia.
Los campesinos constituyen en sí, en su conjunto, un factor espontáneo
de revuelta que puede ser puesto al servicio de la revolución únicamente
por la fuerza que tome en sus manos el poder del Estado. La posición
de vanguardia que ocupa la clase obrera en la lucha revolucionaria; el contacto
directo que se establece entre ella y el campo revolucionario; el atractivo
que ejerce sobre el ejército, ganándoselo, todo la empuja inevitablemente
hacia el poder. La victoria completa de la revolución implica la victoria
del proletariado. Esta última implica, a su vez, el carácter
ininterrumpido de la revolución." (Nuestra Revolución,
p. 172).
Por lo tanto, la perspectiva de la dictadura del proletariado surge aquí
precisamente de la revolución democrático-burguesa, contrariamente
a todo lo que dice Radek. Por eso esta revolución se llama permanente
(ininterrumpida). Pero la dictadura del proletariado aparece no después
de la realización de la revolución democrática -como
resulta de la tesis de Radek-; en este caso, en Rusia hubiera sido sencillamente
imposible, pues, en un país atrasado, un proletariado poco numeroso
no hubiera podido llegar al poder si los objetivos de los campesinos hubieran
sido resueltos en la etapa precedente. No; la dictadura del proletariado aparecía
como probable y aún inevitable sobre la base de la revolución
burguesa, precisamente porque no había otra fuerza ni otras sendas
para la realización de los objetivos de la revolución agraria.
Pero, con ello mismo, se abrían las perspectivas para la transformación
de la revolución democrática en socialista.
"Al entrar en el gobierno, no como rehenes impotentes, sino como fuerza
directora, los representantes del proletariado destruyen, ya por este solo
hecho, la frontera entre el programa mínimo y el programa máximo,
poniendo el colectivismo a la orden del día. El punto en que el proletariado
se detenga ante este problema, dependerá de la correlación de
fuerzas, pero en modo alguno de los propósitos primitivos del partido
proletario.
"He aquí por qué no se puede ni siquiera hablar de una
forma peculiar de dictadura proletaria en el transcurso de' lo revolución
burguesa; es decir, de la dictadura democrática del proletariado (o
del proletariado y los campesinos). La clase obrera no puede asegurar el carácter
democrático de la dictadura que encarne sin rebasar las fronteras de
su programa democrático.
"Tan pronto como el proletariado haya tomado el poder luchará
por él hasta las últimas consecuencias. Y si es cierto que uno
de los medios de esta lucha por la conservación y la consolidación
del poder será la agitación y la organización sobre todo
en el campo, no lo es menos que otro será el programa colectivista.
El colectivismo se convertirá, no sólo en una consecuencia inevitable
del hecho de la permanencia del partido en el poder, sino en el medio de asegurar
esta permanencia apoyándose en el proletariado." (Resultados y
perspectivas, p. 258).
Prosigamos:
"Conocemos un ejemplo clásico dé revolución -escribía
yo en 1908, contra el menchevique Cherevanin- en el cual las condiciones del
dominio de la burguesía capitalista fueron preparadas por la dictadura
terrorista de los sans-culottes victoriosos. Pero esto era en una época
en que la masa principal de la población urbana estaba formada por
la pequeña burguesía artesana y comercial. Los jacobinos arrastraron
a esa masa. La masa de la población de las ciudades de Rusia está
formada, hoy, por el proletariado industrial. Esta sola diferencia basta para
sugerir la idea de la posibilidad de una situación histórica
en que la victoria de la revolución 'burguesa' sólo sea posible
mediante la conquista del poder revolucionario por el proletariado. ¿Dejará
por ello esta revolución de ser burguesa? Sí y no. Dependerá,
no de la definición formal, sino de la marcha ulterior de los acontecimientos.
Si el proletariado es derrocado por la coalición de las clases burguesas,
incluidos los campesinos emancipados por él, la revolución conservará
su carácter burgués, limitado. En cambio, si consigue poner
en movimiento todos los recursos de su hegemonía política para
romper el marco nacional de la revolución, ésta se puede convertir
en el prólogo de la transformación socialista mundial. La cuestión
de saber en qué etapa se detendrá la Revolución rusa,
sólo permite, naturalmente, una solución condicional. Pero lo
indudable e indiscutible es que la simple definición de la Revolución
rusa como burguesa no dice absolutamente nada acerca de las características
de su desarrollo interno, ni siquiera, en todo caso, que el proletariado deba
adaptar su táctica a la conducta de la democracia burguesa como único
pretendiente legítimo del Poder." (L. Trotsky, 1905).
He aquí otro fragmento del mismo artículo:
"Nuestra revolución, burguesa por los fines que la engendran,
no conoce, a consecuencia de la diferenciación extrema de clases de
la población industrial, una clase burguesa que pueda ponerse al frente
de las masas populares uniendo su peso social y su experiencia política
a la energía revolucionaria de estas últimas. Las masas obreras
y campesinas, entregadas a sí mismas, deberán ir sentando, en
la severa escuela de contiendas implacables y duras derrotas, las premisas
políticas y de organización necesarias para triunfar. No tienen
otro camino." (L. Trotsky, 1905, p. 267-268).
Y todavía tenemos que reproducir otro pasaje, sacado de Resultados
y perspectivas y referente al punto más discutido: el que se refiere
a la clase campesina. He aquí lo que yo escribía, en un capítulo
dedicado especialmente a El proletariado en el poder, y los campesinos: "El
proletariado no puede consolidar su poder sin ensanchar la base de la revolución.
"Muchos sectores de las masas que trabajan, sobre todo en el campo, se
verán arrastrados por vez primera a la revolución, y solos,
adquirirán una organización política después que
la vanguardia de la revolución, el proletariado urbano, empuñe
el timón del Estado. La agitación y la organización revolucionarias
se efectuarán con la ayuda de los recursos del Estado. Finalmente,
el propio poder legislativo se convertirá en un instrumento poderoso
para revolucionar a las masas populares...
"El destino de los intereses revolucionarios más elementales de
los campesinos -incluso de todos los campesinos como clase- se halla ligado
con el de toda la revolución, esto es, con el destino del proletariado.
El proletariado en el poder será, respecto a los campesinos, la clase
emancipadora.
"La dominación del proletariado señalará no sólo
la igualdad democrática, la administración autónoma libre,
una política fiscal que hará recaer todo el peso de los impuestos
sobre las clases poseedoras, la conversión del Ejército permanente
en el pueblo armado, la supresión de los tributos obligatorios a la
Iglesia, sino también el reconocimiento de todas las transformaciones
revolucionarias -confiscaciones-, llevadas a cabo por los campesinos en el
régimen agrario. El proletariado convertirá estas transformaciones
en el punto de partida de medidas gubernamentales ulteriores en la esfera
de la agricultura. En estas condiciones, en el transcurso del primer período,
el más difícil, los campesinos rusos estarán en todo
caso no menos interesados en sostener el régimen proletario ("la
democracia obrera") que los campesinos franceses lo estaban en sostener
el régimen militar de Napoleón Bonaparte, que garantizaba con
la fuerza de las bayonetas a los nuevos propietarios la inviolabilidad de
sus parcelas de tierra...
¿Pero pueden los campesinos eliminar al proletariado y ocupar su sitio?
Es imposible. Contra esta suposición protesta toda la experiencia histórica,
la cual demuestra que los campesinos son completamente incapaces de desempeñar
un papel político independiente." (Op. cit., p. 251).
Todo esto fue escrito no en 1929, ni en 1924, sino en 1905. Quisiera saber
si es esto lo que llaman "ignorar" a los campesinos, "saltarse
por alto" la cuestión agraria. ¿No es hora ya, amigos,
de proceder honradamente?
Fijaos, por lo que a "honradez" se refiere, en lo que dice Stalin.
Hablando de los artículos sobre la Revolución de Febrero de
1917, escritos por mí desde Nueva York y que coincidían en lo
esencial con los enviados desde Ginebra por Lenin, Stalin escribe:
"Las cartas del camarada
Trotsky 'no se parecen en nada' a las de Lenin, ni por su espíritu.
ni por sus consecuencias, pues reflejan enteramente la consigna antibolchevique
del autor: '¡Abajo el zar, y viva el gobierno obrero!', consigna que
implica la revolución sin los campesinos". (Discurso pronunciado
en la fracción del Consejo Central de los Sindicatos de la URSS, 19
noviembre de 1924).
Son realmente notables estas palabras acerca de la consigna "antibolchevique"
atribuida a Trotsky: "¡Abajo el zar y viva el gobierno obrero!"
Por lo visto, según Stalin, la consigna bolchevique debía estar
concebida así: "¡Abajo el gobierno obrero y viva el zar!"
Pero ya hablaremos más adelante de la pretendida "consigna"
de Trotsky. Ahora, oigamos a otra mentalidad contemporánea, acaso menos
inculta, pero ya definitivamente divorciada de la conciencia teórica
del partido; me refiero a Lunacharsky*:
"En 1905, Leo Davidovich Trotsky se inclinaba a la idea de que el proletariado
debía actuar aislado sin apoyar a la burguesía, pues otra cosa
sería oportunismo; pero era muy difícil que el proletariado
pudiera hacer por sí solo la revolución, pues en aquel entonces
no representaba más que el 7 o el 8 % de la población, y con
cuadros tan reducidos no se podía combatir. En vista de esto, Leo Davidovich
resolvió que el proletariado debía mantener en Rusia la revolución
permanente, esto es, luchar por los mayores resultados posibles hasta que
los tizones de ese incendio hicieran saltar todo el polvorín mundial."
(A. Lunacharsky, Sobre las características de la Revolución
de Octubre, en la revista El poder de los Soviets, nº 7, 1927, p. 10).
El proletariado "debe actuar aislado", hasta que los tizones hagan
saltar el polvorín... No escriben mal algunos comisarios del pueblo,
que, por el momento, no actúan aún "aislados", a pesar
del estado amenazador de sus propios "tizones"26.
Pero no nos mostremos severos con Lunacharsky; cada cual hace lo que puede.
Al fin y al cabo, sus absurdas chapucerías no lo son más que
muchas otras.
Pero, veamos: ¿es cierto que, según Trotsky, el proletariado
debiera "actuar aislado"? Reproduzcamos un pasaje sobre el particular,
sacado de mi folleto sobre Struve27, 1906. Digamos entre paréntesis
que cuando apareció dicho folleto, Lunacharsky le tributó elogios
inmoderados. Mientras que los partidos de la burguesía -se dice en
el capítulo sobre el Soviet de Diputados obreros- "permanecían
completamente al margen" de las masas en pleno auge, "la vida política
se concentraba alrededor del Soviet obrero. La actitud de la masa neutra con
respecto al Soviet era de evidente simpatía, aunque poco consciente.
Todos los oprimidos y humillados buscaban defensa en él. La popularidad
del Soviet se extendió mucho más allá de las fronteras
de la ciudad. Recibía súplicas de los campesinos esquilmados,
adoptaba resoluciones campesinas, y ante él se presentaban delegaciones
de las comunidades aldeanas. En él, precisamente en él, se concentraba
la atención y la simpatía de la nación, de la auténtica,
de la no falsificada nación democrática". (Nuestra revolución,
p. 199).
Como se ve, en todos estos extractos -cuyo numero se podría doblar,
triplicar, decuplicar-, la revolución permanente aparece expuesta como
una revolución que fusiona al proletariado organizado en Soviet con
las masas oprimidas de la ciudad y del campo, como una revolución nacional
que lleva al proletariado al poder, y abre con ello la posibilidad de la transformación
de la revolución democrática en socialista. La revolución
permanente no es un salto dado aisladamente por el proletariado, sino la transformación
de toda la nación acaudillada por el proletariado. Así concebía
y así interpretaba yo, a partir de 1905, las perspectivas de la revolución
permanente.
***
Por lo que se refiere a Parvus28, con cuyas opiniones tenía muchos
puntos de contacto mi concepción de la Revolución rusa de 1905,
sin coincidir, sin embargo, enteramente con ellas, tampoco tiene razón
Radek cuando repite la consabida frase de Parvus relativa al "salto"
desde el gobierno zarista al socialdemócrata. En rigor, Radek se refuta
a sí mismo cuando en otro pasaje del artículo indica, de pasada,
pero acertadamente, en qué se distinguían propiamente mis concepciones
sobre la revolución de las de Parvus. Éste no entendía
que el gobierno obrero, en Rusia, pudiera avanzar hacia la revolución
socialista, esto es, que pudiera transformarse en dictadura socialista en
el transcurso de la realización por él mismo de los objetivos
de la democracia. Como lo demuestra el extracto de 1905, reproducido por el
propio Radek, Parvus limitaba los objetivos del gobierno obrero a los de la
democracia. ¿Dónde, en este caso, está el salto hacia
el socialismo? Parvus, ya en aquel entonces, preveía la instauración,
como resultado de la revolución, de un régimen obrero de tipo
"australiano". Después de la Revolución de Octubre
-cuando se hallaba, desde hacía mucho tiempo, en la extrema derecha
del socialreformismo-, Parvus seguía estableciendo el parangón
entre Rusia y Australia. Bujarin afirmaba con este motivo que Parvus había
"inventado" Australia retroactivamente, a fin de lavar sus viejas
culpas por lo que se refería a la revolución permanente. Pero
no es verdad. En 1905, Parvus veía ya en la conquista del poder por
el proletariado la senda hacia la democracia y no hacia el socialismo; esto
es, reservaba al proletariado exclusivamente el papel que en efecto desempeñó
en nuestro país durante los primeros ocho o diez meses de la Revolución
de Octubre. Parvus apuntaba ya por entonces hacia la democracia australiana
de aquellos tiempos, es decir, hacia un régimen en que el partido obrero
gobernaba, pero no dominaba, realizando sus reivindicaciones reformistas únicamente
como complemento al programa de la burguesía. Ironía del destino:
la tendencia fundamental del bloque de la derecha y del centro de 1923-1928
había de consistir precisamente en acercar la dictadura del proletariado
a una democracia obrera de tipo australiano, es decir, al pronóstico
de Parvus. Esto aparecerá con especial evidencia si se recuerda que
los "socialistas" pequeño burgueses rusos de veinte o treinta
años atrás pintaban a Australia, en la prensa rusa, como un
país obrero-campesino, preservado del mundo exterior por tarifas arancelarias
elevadas, que desarrollaba una legislación "socialista",
y por este medio edificaba el socialismo en un solo país.
Radek hubiera obrado acertadamente si hubiera puesto de relieve este aspecto
de la cuestión en vez de repetir las patrañas relativas a mi
fantástico salto por encima de la democracia.
3. Los tres elementos de la "dictadura democrática": las clases, los objetivos y la mecánica política
La diferencia entre el
punto de vista "permanente" y el de Lenin hallaba su expresión
en la contraposición entre la consigna de la dictadura del proletariado,
apoyada en los campesinos, y la de la dictadura democrática del proletariado
y los campesinos. El problema debatido referíase no a la posibilidad
de saltar por alto la etapa democrático burguesa, ni a la necesidad
de una alianza entre obreros y campesinos, sino a la mecánica política
de la colaboración del proletariado y de los campesinos en la revolución
democrática.
Radek, con una excesiva intrepidez, por no decir ligereza, dice que sólo
aquellos que no habían reflexionado sobre la complejidad de los métodos
del marxismo y del leninismo podían plantear la cuestión de
la expresión política y de partido de la dictadura democrática,
puesto que, según él, Lenin reducía toda la cuestión
a la colaboración de dos clases en aras de fines históricos
objetivos. No; no es así.
Si prescindimos completamente, ante el problema discutido, del factor subjetivo
de la revolución -de los partidos y sus programas-, de la forma política
y de organización de la colaboración del proletariado y de los
campesinos, desaparecerán todas las divergencias, no sólo entre
Lenin y yo -divergencias que reflejaban tan sólo dos matices dentro
del ala revolucionaria-, sino, lo que es mucho peor, las existentes entre
el bolchevismo y el menchevismo, y desaparecerá asimismo la diferencia
que separa la Revolución rusa de 1905 y las revoluciones de 1848, y
aún la de 1789, en la medida en que con respecto a esta última
cabe hablar de un proletariado. Todas las revoluciones burguesas se han fundado
en la colaboración de las masas oprimidas de la ciudad y del campo.
Esto era lo que daba a aquéllas, en mayor o menor grado, un carácter
nacional, o sea, de participación de todo el pueblo.
Tanto teórica como políticamente, el debate versaba, no sobre
la colaboración de los obreros y campesinos, en su condición
de tales, sino del programa de dicha colaboración, de sus formas de
partido y de sus métodos políticos. En las antiguas revoluciones,
los obreros y campesinos "colaboraban" bajo la dirección
de la burguesía liberal o de su ala democrática pequeño
burguesa. La Internacional Comunista ha repetido la experiencia de las antiguas
revoluciones en circunstancias históricas nuevas, haciendo cuanto estaba
de su mano para someter a los obreros y campesinos chinos a la dirección
del nacional-liberal Chiang Kai-shek*, y luego al nacionaldemócrata
Wan Tin-wei. Lenin planteaba la cuestión de una alianza de obreros
y campesinos, irreconciliablemente opuesta a la burguesía liberal.
La historia no había presenciado nunca semejante alianza. Se trataba
de una experiencia, nueva por sus métodos, de colaboración de
las clases oprimidas de la ciudad y de campo. Por esta misma razón,
planteábase también como novedad el problema de las formas políticas
de colaboración. Radek no se ha dado sencillamente cuenta de esto.
Por eso nos hace volver atrás, hacia la abstracción histórica
vacía, no sólo desde la fórmula de la revolución
permanente, sino también de la "dictadura democrática"
de Lenin.
Sí; Lenin en el transcurso de una serie de años, se negó
a prejuzgar cuál sería la organización política
de partido y de Estado de la dictadura democrática del proletariado
y de los campesinos, colocando en primer término la colaboración
de estas dos clases en oposición a la burguesía liberal. De
toda la situación objetiva -decía- se desprende inevitablemente,
en una etapa histórica determinada, la alianza revolucionaria de la
clase obrera y de los campesinos para la resolución de los objetivos
de la transformación democrática. ¿Podrán o no,
sabrán o no, los campesinos crear un partido independiente? ¿Estará
en mayoría o en minoría dicho partido, dentro del gobierno revolucionario?
¿Cuál será el peso específico de los representantes
del proletariado en dicho gobierno? Todas éstas son preguntas que no
admiten una respuesta a priori. "¡La experiencia lo dirá!"
Por el hecho de dejar entreabierto el problema de la mecánica política
de la alianza de los obreros y campesinos, la fórmula de la dictadura
democrática, sin convertirse, ni mucho menos, en la abstracción
pura de Radek, seguía siendo durante un cierto tiempo una fórmula
algebraica que admitía, en el futuro, interpretaciones políticas
muy diversas.
El propio Lenin, además, no consideraba que, en general, la cuestión
quedara agotada con la base de clase de la dictadura y sus fines históricos
objetivos. Lenin comprendía muy bien -y nos enseñó a
todos nosotros en este sentido- la importancia del factor subjetivo: los fines,
el método consciente, el partido. He aquí por qué en
los comentarios a su consigna no renunciaba, ni mucho menos, a la resolución
hipotética de la cuestión de las formas políticas que
podía asumir la primera alianza independiente de los obreros y campesinos
que registraría la historia. Sin embargo, Lenin estaba lejos de enfocar
la cuestión de un modo idéntico en todos los instantes. Hay
que tomar el pensamiento leninista, no dogmática, sino históricamente.
Lenin no traía unas tablas de la ley de lo alto del Sinaí, sino
que forjaba las ideas y las consignas en la forja de la lucha de clases. Estas
consignas las ajustaba a la realidad, las concretaba, las precisaba, y según
los períodos, les infundía uno y otro contenido. Sin embargo,
Radek no ha estudiado en lo más mínimo este aspecto de la cuestión,
que ulteriormente tomó un carácter decisivo, poniendo al partido
bolchevique, a principios de 1917, al borde de la escisión; prescinde
en absoluto de él. Ahora bien, es un hecho que en los distintos momentos
Lenin no caracterizaba de un modo idéntico la expresión política
y de partido y la forma gubernamental de la alianza de las dos clases, absteniéndose,
sin embargo, de atar al partido con esas interpretaciones hipotéticas.
¿Cuáles son las causas de esta prudencia? Las causas residen
en el hecho de que en la fórmula algebraica entraba un factor de importancia
gigantesca, pero extremadamente indefinida desde el punto de vista político:
los campesinos.
Citaré sólo algunos ejemplos de interpretación leninista
de la dictadura democrática, haciendo notar, al mismo tiempo, que el
caracterizar de un modo articulado la evolución del pensamiento de
Lenin en esta cuestión exigiría un trabajo especial.
En marzo de 1905, desarrollando la idea de que la base de la dictadura serían
el proletariado y los campesinos, Lenin decía:
"Esta composición social de la posible y deseable dictadura revolucionaria
democrática, se reflejará, naturalmente, en la composición
del Gobierno revolucionario, hará inevitable la participación
y aún el predominio en el mismo de los representantes más diversos
de la democracia revolucionaria". (Obras, VI, p. 132. El destacado es
mío. L. T).
En estas palabras, Lenin indica no sólo la base de clase, sino asimismo
una forma gubernamental determinada de dictadura, con el posible predominio
en la misma de los representantes de la democracia pequeño burguesa.
En 1907 escribía Lenin:
"La ´revolución agraria' de que habláis, señores,
para triunfar, debe convertirse en el poder central como tal, como revolución
campesina, en todo el Estado." (T. IX, p. 539).
Esta fórmula va aún más allá. Se la puede interpretar
en el sentido de que el poder revolucionario ha de concentrarse directamente
en las manos de los campesinos. Pero esta fórmula, mediante una interpretación
más vasta, introducida por el desarrollo mismo de los acontecimientos,
comprende asimismo la Revolución de Octubre, la cual llevó al
proletariado al poder como "agente" de la revolución campesina.
Tal es la amplitud de las posibles interpretaciones de la fórmula de
la dictadura democrática de los obreros y campesinos. Se puede admitir
que su lado fuerte -hasta un momento determinado- se hallaba en éste
su carácter algebraico; pero esto constituye asimismo su carácter
peligroso, como habría de ponerse de manifiesto en nuestro país
con toda evidencia después de Febrero, y en China, donde este peligro
condujo a la catástrofe.
En julio de 1905, Lenin escribe:
"Nadie habla de la toma del poder por el partido; se habla únicamente
de su participación, directiva en lo posible, en la revolución".
(Obras, VI, p. 278).
En diciembre de 1906, Lenin considera posible solidarizarse con Kautsky, en
lo que se refiere a la cuestión de la conquista del poder por el partido:
"Kautsky no sólo considera como 'muy posible' que 'en la marcha
de la revolución, el partido socialista obtenga la victoria, sino que
declara que 'constituye un deber de los socialdemócratas' inspirar
a sus adeptos la confianza en el triunfo, pues no es posible luchar si de
antemano se renuncia a él". (Obras, VII, p. 58).
Como volveremos a ver más adelante, entre estas dos interpretaciones
del propio Lenin la distancia no es menor, ni mucho menos, que entre sus formulaciones
y las mías.
¿Qué significan estas contradicciones? Estas contradicciones
no hacen más que reflejar esa "gran incógnita" de
la fórmula política de la Revolución: los campesinos.
No en vano en otros tiempos el pensamiento radical llamaba al mujik la esfinge
de la historia rusa. La cuestión del carácter de la dictadura
revolucionaria -quiéralo o no Radek- está indisolublemente ligada
a la cuestión de la posibilidad de un partido campesino revolucionario
hostil a la burguesía liberal e independiente con respecto al proletariado.
No es difícil comprender la importancia decisiva de esta cuestión.
Si en la época de la revolución democrática, los campesinos
son capaces de crear su partido propio, independiente, la dictadura democrática
es realizable en el sentido verdadero y directo de esta palabra, y la cuestión
de la participación de la minoría proletaria en el Gobierno
revolucionario adquiere una significación, si bien importante, secundaria
ya.
Las cosas adquieren un sentido muy diferente si se parte del hecho de que
los campesinos, a consecuencia de su situación intermedia y de la heterogeneidad
de su composición social, no pueden tener ni una política ni
un partido independientes y en la época revolucionaria se ven obligados
a elegir entre la política de la burguesía y la del proletariado.
Esta valoración del carácter político de los campesinos
es la única que abre las perspectivas de la dictadura del proletariado
surgiendo directamente de la revolución democrática. En esto,
naturalmente, no hay "ignorancia", ni "negación",
ni "subestimación" de la importancia revolucionaria de los
campesinos. Sin la importancia decisiva de la cuestión agraria para
la vida de toda la sociedad, sin la gran profundidad y las proporciones gigantescas
de la revolución campesina, ni tan siquiera se habría podido
hablar en Rusia de dictadura del proletariado. Pero el hecho de que la revolución
agraria creara las condiciones para la dictadura del proletariado fue una
consecuencia de la incapacidad de los campesinos para resolver su propio problema
histórico con sus propias fuerzas y bajo su propia dirección.
En las condiciones de los países burgueses de nuestros días,
que, aunque atrasados, hayan entrado ya en el período de la industria
capitalista y se hallen relacionados formando un todo por las vías
férreas y el telégrafo -y con esto nos referimos no sólo
a Rusia, sino también a China y a la India-, los campesinos son aún
menos capaces de desempeñar un papel directivo o tan sólo independiente
que en la época de las antiguas revoluciones burguesas. El hecho de
que haya subrayado en todas las ocasiones y de un modo insistente esta idea,
que constituye uno de los rasgos más importantes de la teoría
de la revolución permanente, ha servido de pretexto, completamente
insuficiente y sustancialmente infundado, para acusarme de no apreciar el
papel de los campesinos en su justo valor.
¿Cómo veía Lenin la cuestión del partido campesino?
A esta pregunta sería asimismo necesario contestar con una exposición
completa de la evolución de sus ideas sobre la Revolución rusa
en el período de 1905 a 1917. Nos limitaremos tan sólo a dos
citas. En 1907, Lenin dice:
"Es posible... que las dificultades objetivas de la unificación
política de la pequeña burguesía no permitan la formación
de un partido semejante y dejen por mucho tiempo a la democracia campesina
en su estado actual de masa incoherente, informe, difusa, que ha hallado su
expresión en los trudoviki29. (Obras, VII, p. 494).
En 1909, Lenin, hablando del mismo tema, se pronuncia ya en otro sentido:
"No ofrece la menor duda que la revolución, llevada... hasta un
grado tan elevado de desarrollo como la dictadura revolucionaria, creará
un partido campesino revolucionario más definido y más fuerte.
Razonar de otro modo significaría suponer que en el adulto ningún
órgano esencial pueda seguir siendo infantil por su magnitud, su forma
y su grado de desarrollo." (Obras, XI, parte I, p. 230).
¿Se ha confirmado esta suposición? No; no se ha confirmado.
Sin embargo, ella fue la que incitó precisamente a Lenin a dar, hasta
el momento de la comprobación histórica completa, una respuesta
algebraica a la cuestión del poder revolucionario. Naturalmente, Lenin
no colocó nunca su fórmula hipotética por encima de la
realidad. La lucha por la política independiente del partido proletario
constituyó la aspiración principal de su vida. Pero los lamentables
epígonos, en su afán de ir a la zaga del partido campesino,
llegaron a la subordinación de los obreros chinos al Kuomintang, a
la estrangulación del comunismo en la India en aras del "partido
obrero y campesino", a la peligrosa ficción de la Internacional
Campesina, a esa mascarada de la Liga Antimperialista, etc.
El pensamiento oficial actual no se toma en absoluto la molestia de detenerse
en las "contradicciones" de Lenin indicadas más arriba, en
parte externas y aparentes, en parte reales, pero impuestas invariablemente
por el problema mismo.
Desde que en nuestro país se cultivan una especie de profesores "rojos"
que a menudo no se distinguen de los viejos profesores reaccionarios por una
columna vertebral más sólida, sino únicamente por una
ignorancia más profunda, Lenin se ve aliñado "a lo profesor",
se le limpia de "contradicciones", esto es, de la dinámica
viva del pensamiento, enristrando en serie textos aislados y poniendo en circulación
una u otra "ristra" según lo exigen las necesidades del momento.
No hay que olvidar ni un instante que los problemas de la revolución
se plantearon en un país políticamente "virgen", después
de una gran pausa histórica, después de una prolongada época
de reacción en Europa y en todo el mundo, y que, aunque no fuera más
que por esa circunstancia, traían aparejado mucho de desconocido. En
la fórmula de la dictadura democrática de los obreros y los
campesinos, Lenin daba expresión a la peculiaridad de las condiciones
sociales de Rusia, interpretando dicha fórmula de distintas maneras,
pero sin renunciar a la misma antes de aquilatar hasta el fondo dicha peculiaridad
de la Revolución rusa.
¿En qué consistía esta peculiaridad?
El papel gigantesco del problema agrario y de la cuestión campesina
en general, como suelo o subsuelo de todos los demás problemas, y la
existencia de una numerosa intelectualidad campesina o campesinófila
con una ideología populista, con tradiciones "anticapitalistas"
y temple revolucionario, significaba que si había en algún sitio
la posibilidad de un partido campesino antiburgués y revolucionario,
era en Rusia.
Y, en efecto, en las tentativas de creación de un partido campesino
u obrero-campesino -distinto del liberal y del proletario- se ensayaron en
Rusia todas las variantes políticas posibles, clandestinas, parlamentarias
y combinadas: "Tierra y Libertad" (Zemlia y Volia), "La Libertad
del Pueblo" (Narodnaya Volia), "El reparto Negro" (Chornyi
Peredel), el populismo legal, los "socialrevolucionarios", los "socialistas
populares", los "trudoviki", los "socialrevolucionarios
de izquierda", etcétera. En el transcurso de medio siglo hemos
tenido en nuestro país una especie de laboratorio gigantesco para la
creación de un partido campesino "anticapitalista" con una
posición independiente respecto del partido del proletariado. La experiencia
de más amplias proporciones fue, como es sabido, la del partido socialrevolucionario,
que en 1917 llegó a ser, efectivamente, durante un cierto tiempo, el
partido de la mayoría aplastante de los campesinos. Pues bien: este
partido sólo utilizó su predominio para entregar a los campesinos
atados de pies y manos a la burguesía liberal. Los socialrevolucionarios
se coaligaron con los imperialistas de la "Entente" y junto con
ellos se alzaron en armas contra el proletariado ruso.
Esta experiencia, verdaderamente clásica, atestigua que los partidos
pequeño burgueses con una base campesina pueden acaso asumir una apariencia
de política independiente en los días pacíficos de la
historia, cuando se hallan planteados problemas secundarios; pero que, cuando
la crisis revolucionaria de la sociedad pone a la orden del día los
problemas fundamentales de la propiedad, el partido pequeño burgués
campesino se convierte en un instrumento de la burguesía contra el
proletariado.
Si se examinan mis antiguas divergencias con Lenin, no valiéndose de
citas tomadas al vuelo, de tal año, mes y día, sino en su perspectiva
histórica justa, se verá de un modo completamente claro que
el debate estaba entablado, al menos por lo que a mí se refiere, no
precisamente en torno a la cuestión de saber si para la realización
de los objetivos democráticos era necesaria la alianza del proletariado
con los campesinos, sino acerca de la forma de partido, política y
estatal, que podía asumir la cooperación del proletariado y
de los campesinos y qué consecuencias se desprendían de ello
para el desarrollo ulterior de la Revolución. Hablo, naturalmente,
de mi posición y no de la que sostenían en aquel entonces Bujarin
y Radek, sobre la cual pueden, si quieren, explicarse ellos particularmente.
La comparación siguiente demuestra cuán cerca se hallaba mi
fórmula de la "revolución permanente" de la de Lenin.
En el verano de 1905, y por lo tanto antes todavía de la huelga general
de octubre y de la insurrección de diciembre en Moscú, escribía
yo en el prefacio a los discursos de Lassalle:
"Ni qué decir tiene que el proletariado cumple su misión
apoyándose, como en otro tiempo la burguesía, en los campesinos
y en la pequeña burguesía. El proletariado dirige el campo,
lo incorpora al movimiento, le interesa en el éxito de sus planes.
Pero, inevitablemente, el caudillo sigue siendo él. No es la 'dictadura
del proletariado y de los campesinos', sino la dictadura del proletariado
apoyada en los campesinos"30 (L. Trotsky, 1905, p. 28 l).
Compárense ahora con estas palabras, escritas en 1905 y citadas por
mí en el artículo polaco de 1909, las siguientes de Lenin, escritas
en el mismo año 1909, inmediatamente después que la Conferencia
del partido, bajo la presión de Rosa Luxemburgo, adoptó, en
vez de la antigua fórmula bolchevique, la de "dictadura del proletariado
apoyada en los campesinos". Lenin, contestando a los mencheviques, que
hablan de su cambio radical de posición, dice:
"... La fórmula escogida por los bolcheviques dice así:
el proletariado conduciendo tras de sí a los campesinos..."31
¿Acaso no es evidente que el sentido de todas estas fórmulas
es idéntico; que expresa precisamente la dictadura del proletariado
y de los campesinos, que la 'fórmula' el proletariado apoyándose
en los campesinos permanece enteramente en los limites de esa misma dictadura
del proletariado y de los campesinos?" (Tomo XI, parte I, p. 219 y 224.
El destacado es mío, L. T).
Por lo tanto, Lenin da aquí una interpretación de la fórmula
"algebraica" que excluye la idea de un partido campesino independiente,
y con tanto mayor motivo su papel predominante en el gobierno revolucionario:
el proletariado conduce a los campesinos, se apoya en ellos; por consiguiente,
el poder revolucionario se concentra en las manos del partido del proletariado.
Y precisamente en esto consistía el punto central de la teoría
de la revolución permanente.
Lo más que se puede decir hoy, después de la comprobación
histórica, acerca de las antiguas divergencias en torno a la dictadura,
es esto: mientras que Lenin, partiendo invariablemente del papel directivo
del proletariado, subraya y desarrolla la necesidad de la colaboración
revolucionario-democrática de los obreros y campesinos, enseñándonos
a todos nosotros en este sentido, yo, partiendo invariablemente de esta colaboración,
subrayo constantemente la necesidad de la dirección proletaria no sólo
en el bloque, sino en el gobierno llamado a ponerse al frente de dicho bloque.
No se puede hallar otra diferencia.
***
Tomemos dos extractos
relacionados con lo dicho más arriba: uno, sacado de mis Resultados
y perspectivas, y del que se han servido Stalin y Zinoviev para demostrar
la oposición entre mis ideas y las de Lenin, y otro de un artículo
polémico de éste contra mí y utilizado por Radek con
el mismo fin.
He aquí el primer fragmento:
"La participación objetivamente más verosímil del
proletariado en el gobierno y la única admisible en el terreno de los
principios es la participación dominante y directiva. Cabe, naturalmente,
llamar a este gobierno dictadura del proletariado, de los campesinos y de
los intelectuales, o, finalmente, gobierno de coalición de la clase
obrera y de la pequeña burguesía. Pero sigue en pie la pregunta:
¿A quién pertenece la hegemonía en el gobierno y, a través
de él, en el país? Ya por el solo hecho de hablar de gobierno
obrero prejuzgamos que esa hegemonía debe pertenecer a la clase obrera."
(Nuestra revolución, 1906, p. 250).
Zinoviev armó un gran alboroto (¡en 1925!) porque yo (¡en
1905!) colocaba en un mismo plano a los campesinos y a los intelectuales.
Excepto esto, no hallo nada más en las líneas reproducidas.
La alusión a los intelectuales se hallaba provocada por las condiciones
de aquel período, caracterizadas por el hecho de que los intelectuales
desempeñaban políticamente un papel muy distinto del de ahora:
sus organizaciones hablaban constantemente en nombre de los campesinos; los
socialrevolucionarios basaban oficialmente su partido en el triángulo
proletariado, campesinos e intelectuales; los mencheviques, como escribía
yo en aquel entonces, cogían del brazo al primer intelectual radical
que se encontraban al paso, con el fin de demostrar el florecimiento de la
democracia burguesa. Ya en aquella época hablé centenares de
veces de la impotencia de los intelectuales como grupo social "independiente"
y de la importancia decisiva de los campesinos revolucionarios. Pero no se
trata aquí de una frase polémica aislada, que no me dispongo,
ni mucho menos, a defender. Lo esencial del fragmento reproducido consiste
en que en él acepto enteramente el contenido leninista de la dictadura
democrática y reclamo únicamente una definición más
precisa de su mecánica política, esto es, la exclusión
de una coalición en la cual el proletariado no es más que un
rehén de la mayoría pequeño burguesa.
Tomemos ahora el artículo de Lenin de 1916, que, como hace notar el
propio Radek, iba dirigido "formalmente contra Trotsky, pero realmente
contra Bujarin, Piatakov, el autor de estas líneas (esto es, Radek)
y otros cuantos, camaradas". Es ésta una declaración muy
valiosa, que confirma plenamente mi impresión de entonces de que la
polémica de Lenin iba dirigida a un falso destinatario, pues, como
demostraré, no me atañía en sustancia en lo más
mínimo. En dicho artículo hay precisamente esa misma acusación
contra mí, relativa a la "negación de los campesinos"
(en dos líneas), que constituyó posteriormente el principal
patrimonio de los epígonos y de sus secuaces. El "nudo" del
mencionado artículo -según la expresión de Radek- lo
constituye el pasaje siguiente:
"A Trotsky no se le ocurre pensar -dice Lenin citando mis propias palabras-
que si el proletariado arrastrase a las masas no proletarias del campo a la
confiscación de las tierras de los grandes propietarios, y derribase
la monarquía, esto seria el coronamiento de la 'revolución nacional
burguesa' en Rusia, es decir, la dictadura revolucionaria democrática
del proletariado y de los campesinos." (Lenin: Obras, t. XIII, p. 214).
Que en el mencionado artículo el reproche de Lenin iba dirigido a "otro
destinatario", refiriéndose realmente a Bujarin y Radek, que eran
efectivamente los que pretendían saltarse la etapa democrática
de la Revolución, lo prueba con claridad no sólo todo lo dicho
más arriba, sino también el extracto reproducido por Radek,
que él califica con justicia de "nudo" del artículo
de Lenin. En efecto, éste cita directamente las palabras de mi artículo
de que sólo una política independiente y audaz del proletariado
podía "arrastrar a las masas no proletarias del campo a la confiscación
de las tierras de los grandes propietarios, al derrumbamiento de la monarquía"
, etc. y añade: "A Trotsky no se le ocurre pensar que... esto
sería la dictadura revolucionaria democrática". Lenin aquí
reconoce y certifica, por decirlo así, que Trotsky acepta de un modo
efectivo todo el contenido real de la fórmula bolchevique (colaboración
de los obreros y campesinos y objetivos democráticos de esta colaboración),
pero no quiere reconocer que esto es precisamente la dictadura democrática,
el coronamiento de la revolución nacional. Por lo tanto, en este artículo
polémico, aparentemente el mas "severo" de todos, el debate
no gira en torno al programa de la etapa inmediatamente próxima de
la revolución y sus fuerzas motrices de clase, sino sobre la correlación
política de dichas fuerzas, sobre el carácter de la dictadura
desde el punto de vista político y de partido.
Si los equívocos eran comprensibles e inevitables en aquella época,
en parte a causa de que los procesos mismos no aparecían -aún-
con una claridad completa, y en parte debido a la exacerbación de las
luchas intestinas entre las fracciones, es absolutamente incomprensible cómo
Radek puede introducir, a unos cuantos años de distancia, una confusión
tal en la cuestión.
Mi polémica con Lenin giraba, en sustancia, alrededor de la posibilidad
de independencia o del grado de independencia de los campesinos en la revolución,
en particular de la posibilidad de un partido campesino independiente. En
dicha polémica yo acusaba a Lenin de exagerar el papel independiente
de los campesinos. Lenin me acusaba a mí de subestimar el papel revolucionario
de los mismos. Esto se desprendía de la lógica de la polémica
misma. Pero, ¿acaso no es digno de desprecio aquél que después
de veinte años se sirve de viejos textos, haciendo abstracción
del fundamento de las condiciones del partido de aquel entonces, y dando un
valor absoluto a toda exageración polémica o error episódico,
en vez de poner al descubierto, a la luz de la mayor de las experiencias históricas,
cuál era el eje real de las divergencias, y su amplitud no verbal,
sino efectiva?
Forzado a limitarme en la elección de extractos, aludiré aquí
únicamente a las tesis compendiadas de Lenin sobre las etapas de la
revolución, escritas por él a finales de 1905, pero publicadas
por primera vez en 1926, en el tomo V de la Antología leninista32,
página 451. Recordaré que la publicación de dichas tesis
fue considerada por todos los opositores, Radek inclusive, como el mejor regalo
que se podía hacer a la oposición, pues Lenin resultaba en ellas
reo de "trotskismo", según todos los artículos del
código stalinista. Las acusaciones más importantes de la resolución
del VII Pleno del Comité ejecutivo, de la Internacional Comunista,
condenando el trotskismo, diríase que están dirigidas consciente
y deliberadamente contra las tesis fundamentales de Lenin. Los stalinistas
rechinaron los dientes cuando éstas salieron a luz. Kamenev, editor
de la Antología, con la "llaneza", no muy púdica,
que le es propia, me dijo sin ambages que de no haber formado el bloque con
nosotros, no habría permitido de ninguna manera la publicación
de ese documento. Finalmente, en el artículo de la Kostrieva, publicado
en El Bolchevique, dichas tesis aparecieron malévolamente falseadas
a fin de no hacer incurrir a Lenin en el pecado de actitud "trotskista"
con respecto a los campesinos en general y a los campesinos medianamente acomodados
en particular.
Reproduciré asimismo el juicio que en 1909 merecían a Lenin
sus divergencias conmigo:
"El mismo camarada Trotsky, en este razonamiento, admite 'la participación
de los representantes de la población democrática' en el 'gobierno
obrero', esto es, admite un gobierno integrado por representantes del proletariado
y de los campesinos. Cuestión aparte es la de saber en qué condiciones
se puede admitir la participación del proletariado en el gobierno de
la Revolución, y es muy posible que por lo que se refiere a esta cuestión,
los bolcheviques no se pongan de acuerdo no sólo con Trotsky, sino
tampoco con los socialdemócratas polacos. Pero la cuestión de
la dictadura de las clases revolucionarias no se reduce de ninguna de manera
a la cuestión de la 'mayoría' en tal o cual gobierno revolucionario,
o a la de las condiciones de participación de los socialdemócratas,
en tal o cual gobierno revolucionario." (Obras, t. XI, parte 1, p. 229.
El destacado es mío).
En estas líneas, Lenin vuelve a certificar que Trotsky acepta el gobierno
de los representantes del proletariado y de los campesinos, y, por lo tanto,
no se "olvida" de los últimos. Subraya además que
la cuestión de la dictadura no se reduce a la de la mayoría
en el gobierno. Esto es absolutamente indiscutible: se trata, ante todo, de
la lucha mancomunada de los obreros y campesinos, y, por consiguiente, de
la lucha de la vanguardia proletaria por la influencia sobre los campesinos
contra la burguesía liberal o nacional. Pero si la cuestión
de la dictadura revolucionaria de los obreros y campesinos no se reduce a
la de tal o cual mayoría en el gobierno, en caso de triunfo de la revolución,
conduce precisamente a ella, dándole una importancia decisiva.
Como hemos visto, Lenin, prudentemente -por lo que pueda suceder, hace la
reserva de que si se trata del problema de la participación del partido
en el gobierno revolucionario, es posible que exista una divergencia entre
él y yo de una parte, y de otra, entre Trotsky y los compañeros
polacos acerca de las condiciones de dicha participación. Se trataba,
por lo tanto, de una divergencia posible, por cuanto Lenin admitía
teóricamente la participación de representantes del proletariado
en calidad de minoría en el gobierno democrático. Los acontecimientos
se encargaron de demostrar que no había tal divergencia. En noviembre
de 1917 estalló en las esferas dirigentes del partido una lucha furiosa
en torno a la cuestión del gobierno de coalición con los mencheviques
y los socialrevolucionarios. Lenin, sin hacer ninguna objeción de principio
a la coalición sobre la base soviética, exigió categóricamente
una mayoría bolchevique firmemente asegurada. Yo me puse decididamente
al lado de Lenin.
***
Ahora, veamos a lo que reduce propiamente Radek toda la cuestión de
la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos.
"¿En qué resultó justa en lo fundamental -pregunta-
la vieja teoría bolchevique de 1905? En que la acción mancomunada
de los obreros y campesinos de Petrogrado (soldados de la guarnición
de dicha ciudad) derrocó al zarismo [en 1917. L. T.]. Hay que tener
presente que, en lo fundamental, la fórmula de 1905 preveía
solamente la correlación de clases, y no una institución política
concreta."
¡No; esto no, perdón! Si califico de "algebraica" la
vieja fórmula de Lenin, no lo hago, ni mucho menos, en el sentido de
que sea permitido reducirla a una vaciedad, como Radek hace sin reflexionar.
"Lo fundamental se realizó: el proletariado y los campesinos conjuntamente
derrocaron el zarismo." Pero este hecho fundamental es el que se ha realizado
en todas las revoluciones triunfantes y semitriunfantes antes sin excepción.
Siempre y en todas partes, los reyes, los señores feudales, el clero,
viéronse atacados por los proletarios o los precursores de los proletarios,
los plebeyos y los campesinos. Así sucedió ya en el siglo XVI,
en Alemania, y aún antes. En China fueron estos mismos obreros y campesinos
los que atacaron a los "militaristas". ¿Qué tiene
que ver con esto la dictadura democrática? Semejante dictadura nunca
surgió en las viejas revoluciones, ni tampoco surgió en la revolución
china. ¿Por qué? Porque la burguesía cabalgaba sobre
la espalda de los obreros y campesinos que realizaban la labor ingrata de
la revolución. Radek se ha abstraído tan considerablemente de
las "instituciones políticas", que ha olvidado lo "fundamental"
de toda revolución: quién la dirige y quién toma el poder.
Olvida que la revolución no es otra cosa que la lucha por el poder;
una lucha política que las clases sostienen no con las manos vacías,
sino por medio de "instituciones políticas concretas" (partidos,
etc)..
"La gente que no habían pensado en la complejidad del método
marxista y leninista -dice Radek-, para aniquilarnos a nosotros, pecadores,
concebían la cosa así: todo debía terminar infaliblemente
con un gobierno común de obreros y campesinos, y aún había
algunos que pensaban que éste había de ser necesariamente un
gobierno de coalición de partidos, del obrero y del campesino."
¡Ya veis qué gente más simple!... Pero ¿qué
es lo que piensa el propio Radek? ¿Que la revolución victoriosa
no debe conducir a un nuevo gobierno o que éste no debe dar forma y
consolidar una correlación determinada de las clases revolucionarias?
Radek ha profundizado hasta tal punto el problema "sociológico",
que no ha quedado de él más que una cáscara verbal.
Las siguientes palabras, extraídas del informe del propio Radek en
la Academia Comunista -sesión de marzo de 1927-, demostrarán
mejor que nada cuán inadmisible es abstraerse de la cuestión
de las formas políticas de colaboración de los obreros y campesinos.
"El año pasado escribí un artículo para la Pravda
acerca de este gobierno [el de Cantón], calificándolo de campesino-obrero.
Pero un camarada de la redacción, creyendo que me había equivocado,
lo corrigió en esta forma: obrero-campesino. Yo no protesté
y lo dejé así: gobierno obrero-campesino."
Por lo tanto, Radek, en marzo de 1927 (¡no en 1905!) consideraba posible
la existencia de un gobierno campesino-obrero, distinto de un gobierno obrero-campesino.
El redactor de la Pravda no comprendió la diferencia. He de confesar
que yo tampoco la comprendo, aunque me maten. Sabemos muy bien lo que es un
gobierno obrero-campesino. Pero ¿qué es un gobierno campesino-obrero,
distinto de un gobierno obrero-campesino y opuesto al mismo? Esforzaos cuanto
queráis en aclarar esta enigmática transposición de adjetivos.
Es aquí donde llegamos a la médula de la cuestión. En
1926 Radek creía que el gobierno de Chiang Kai-shek en Cantón
era un gobierno campesino-obrero, y en 1927 lo repetía de un modo que
no dejaba lugar a dudas. En la práctica, resultó que era un
gobierno burgués que explotó la lucha revolucionaria de los
obreros y campesinos y después la ahogó en sangre. ¿Cómo
se explica este error? ¿Es que Radek, sencillamente, se engañó?
A distancia es posible engañarse. Entonces, que diga que no lo entendió,
que no se dio cuenta, que se equivocó. Pero no; lo que hay no es un
error de hecho, resultado de una información deficiente, sino, como
se ve claramente ahora, un profundo error de principio. El gobierno campesino-obrero,
por oposición al obrero-campesino, es precisamente el Kuomintang. No
puede significar otra cosa. Si los campesinos no siguen al proletariado, siguen
a la burguesía. Creo que en mi crítica de la idea fraccionista
de Stalin del "partido obrero y campesino" esta cuestión
ha quedado suficientemente dilucidada. (Véase la Crítica del
programa de la Internacional Comunista). El gobierno "campesino-obrero",
biclasista, de Cantón, diferente del obrero-campesino, es, en el lenguaje
de la política china actual, la única expresión concebible
de la "dictadura democrática" por oposición a la dictadura
proletaria; en otros términos, la encarnación de la política
"kuomintangista" de Stalin en oposición a la bolchevique,
calificada de "trotskismo" por la Internacional Comunista.
4. ¿Qué aspecto presenta en la práctica la Teoría de la Revolución Permanente?
Al criticar la teoría,
Radek añade a ésta, como hemos visto, la táctica que
se desprende de la misma. Es un suplemento muy importante. En esta cuestión,
la crítica oficial del "Trotskismo" se limitaba prudentemente
a la teoría... Pero a Radek no le basta esto. Radek combate una línea
táctica determinada (bolchevique) en China. Esta línea tiene
necesidad de comprometerla con la teoría de la revolución permanente,
y para ello le es preciso demostrar, o, al menos simularlo, que detrás
de esta teoría se escondía en el pasado una línea táctica
errónea. Radek, en este caso, induce directamente a error a los lectores.
Es posible que no conozca la historia de la revolución, en la cual
no tomó nunca una participación directa. Pero, por lo visto,
no se ha tomado tampoco la molestia de comprobar la cuestión con ayuda
de documentos. Sin embargo, los más importantes de ellos han sido reunidos
en el segundo tomo de mis Obras Escogidas: la comprobación es ahora
accesible a toda persona que sepa leer.
Que lo tenga presente, pues, Radek: casi en todas las etapas de la primera
revolución fui completamente solidario de Lenin en la apreciación
de las fuerzas de la revolución y de los objetivos de la misma, a pesar
de que todo el año 1905 residí clandestinamente en Rusia, y
el de 1906 lo pasé en la cárcel. Aquí me veo obligado
a limitarme a la cantidad mínima de pruebas y ejemplos.
En un artículo escrito en febrero de 1905 y publicado en marzo del
mismo año, esto es, dos o tres meses antes del primer Congreso bolchevique
(que ha pasado a la Historia como III Congreso del Partido33), decía:
"Las etapas de la revolución que objetivamente se dibujan, son:
lucha encarnizada entre el pueblo y el zar, que no puede abrigar otras ideas
que las de la victoria; alzamiento popular como momento culminante de dicha
lucha; Gobierno provisional como coronamiento revolucionario de la victoria
del pueblo sobre el enemigo secular; desarme de la reacción zarista
y armamento del pueblo por el gobierno provisional; convocatoria de la Asamblea
constituyente sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto."
(Tomo II, parte I, p. 232).
Bastará comparar estas palabras con las resoluciones del Congreso bolchevique,
reunido en mayo de 1905, para reconocer mi completa solidaridad con los bolcheviques,
en lo que se refiere al modo de plantear los problemas tácticos fundamentales.
Es más, en Petersburgo formulé unas tesis inspiradas en el espíritu
de este artículo, sobre el gobierno provisional, redactadas de acuerdo
con Krasin* y publicadas en aquel entonces clandestinamente. Krasin las defendió
en el Congreso bolchevique. He aquí cuán favorablemente hablaba
Lenin de dichas tesis:
"Comparto, en sus líneas generales, la opinión del compañero
Krasin. Es natural que, en mi calidad de escritor, haya fijado la atención
en la forma. La importancia de los objetivos de la lucha está indicada
con mucho acierto por el camarada Krasin, y me declaro enteramente conforme
con él. No es posible luchar si no se cuenta de antemano con ocupar
el puesto por el cual se lucha..." (Obras, tomo VI, p. 180).
Una gran parte de la extensa enmienda de Krasin, a la cual remito al lector,
se incorporó a la resolución dictada por el Congreso. Y una
nota de aquél, que tengo en mi poder, atestigua que la enmienda procedía
de mí. Kamenev y otros conocen bien este episodio de la historia del
partido.
La cuestión de los campesinos, de la incorporación de éstos
a los soviets obreros, del acuerdo con la Liga Campesina para la acción,
absorbía cada día más la atención del Soviet de
Petersburgo. Quiero esperar que Radek no ignora que la dirección del
Soviet la asumía yo. He aquí una de los centenares de fórmulas
dadas por mí respecto a los objetivos tácticos de la revolución:
"El proletariado crea soviets a nivel de las ciudades encargados de dirigir
las acciones de combate de las masas urbanas y pone a la orden del día
la unión combativa con el Ejército y los campesinos." (Nachalo,
Nº 4, 17-30 de noviembre de 1905).
Confieso que me resulta embarazoso reproducir textos demostrativos de que
en mis ideas no había nada que se pareciera al "salto" directo
de la autocracia al socialismo. He aquí, por ejemplo, lo que escribía
en febrero de 1906, a propósito de las tareas de la Asamblea constituyente,
sin oponer, ni mucho menos, a la misma, los soviets, como ahora Radek se apresura
a hacer, siguiendo a Stalin, con respecto a China, para barrer con la escoba
ultraizquierdista las huellas oportunistas de ayer.
"La Asamblea constituyente será convocada por las fuerzas del
pueblo mismo liberado. La labor que tendrá que realizar la Asamblea
constituyente será colosal. Esta deberá transformar el Estado
sobre los principios democráticos, es decir, del poder absoluto del
pueblo, deberá organizar una milicia popular, realizar una grandiosa
reforma agraria, instaurar la jornada de ocho horas y el impuesto progresivo
sobre la renta." (Obras, II, parte 1, p. 349).
He aquí algo relativo a la instauración "inmediata"
del socialismo, extraído de una hoja popular escrita por mí
en 1905:
"¿Es concebible que se pueda instaurar ahora el socialismo en
Rusia? No; nuestro campo es aún demasiado atrasado e inconsciente.
Hay aún muy pocos socialistas verdaderos entre los campesinos. Ante
todo, es necesario derrocar la autocracia, que mantiene al pueblo sumido en
las tinieblas. Hay que librar a los campesinos pobres de todos los tributos,
instaurar el impuesto progresivo sobre la renta, la instrucción general
obligatoria; es necesario, finalmente, unir al proletariado y semiproletariado
del campo con el proletariado urbano en un solo ejército democrático.
Sólo un ejército como éste es capaz de realizar la magna
transformación socialista." (Obras, II, parte 1, pág. 228).
Resulta, pues, que yo distinguía las etapas democrática y socialista
de la revolución mucho antes de que Radek, siguiendo a Stalin y Thaelmann,
se dedicara a enseñármelo.
Hace veintidós años, escribía:
"Cuando se formuló en la prensa socialista la idea de la revolución
permanente, que liga la liquidación del absolutismo y del feudalismo
con la revolución socialista mediante una serie de pugnas sociales
crecientes, el alzamiento de nuevos sectores de las masas, los ataques incesantes
del proletariado a los privilegios económicos y políticas de
las clases dominantes, nuestra prensa 'progresiva' lanzó un aullido
unánime de indignación." (Nuestra Revolución, 1906,
p. 258).
Llamo ante todo la atención sobre la definición que se da en
estas líneas de la revolución permanente: ésta liga la
liquidación de las supervivencias medievales con la revolución
socialista, mediante una serie de pugnas sociales crecientes. ¿Dónde
está el salto? ¿Dónde la ignorancia de la etapa democrática?
¿Acaso no fue precisamente así como sucedieron las cosas en
1917?
No puedo dejar de hacer notar de paso que los aullidos de la prensa "progresiva"
de 1905, con motivo de la revolución permanente, no se pueden comparar
ni de lejos con los aullidos nada progresivos de los actuales plumíferos,
que han intervenido en el debate con un pequeño retraso de un cuarto
de siglo.
¿Qué actitud adoptó con respecto a la cuestión
de la revolución permanente, planteada por mí en la prensa,
el que en aquel entonces era órgano de la fracción bolchevique,
el Nóvaya Jizn, que se publicaba bajo la vigilante dirección
de Lenin? Convendremos en que ésto no carece de interés. Al
artículo del periódico burgués "radical" Nacha
Jizn, que intentaba oponer a la "revolución permanente" de
Trotsky las concepciones más "razonables" de Lenin, la Nóvaya
Jizn bolchevique (27 de noviembre de 1905) contestó en los siguientes
términos:
"Esta descarada suposición, ni qué decir tiene que es absurda.
El camarada Trotsky decía que la revolución proletaria puede,
sin detenerse en la primera etapa, continuar su camino, desplazando a los
explotadores, y Lenin indicaba que la revolución política no
era más que el primer paso. El publicista del Nacha Jizn ha querido
ver en esto una contradicción... Todo el equívoco ha surgido,
primero, del espanto de Nacha Jizn ante el nombre mismo de la revolución
social; segundo, de su deseo de buscar una divergencia aguda cualquiera entre
los socialdemócratas, y, tercero, de la imagen empleada por el camarada
Trotsky: 'de un solo golpe'. En el número 10 de Nachalo, el camarada
Trotsky ha aclarado su pensamiento de un modo completamente inequívoco:
"La victoria completa de la revolución -escribe- implica el triunfo
del proletariado. Este último, a su vez, implica la ininterrupción
ulterior de la revolución. El proletariado realiza los objetivos fundamentales
de la democracia, y la lógica de su lucha directa por la consolidación
de su dominación política le plantea en un momento determinado
problemas puramente socialistas. Entre el programa mínimo y el programa
máximo se establece una continuidad revolucionaria. No se trata de
un solo 'golpe', ni de un día o de un mes, sino de toda una época
histórica. Sería absurdo calcular de antemano su duración."
En cierto sentido, este solo fragmento agota el tema del presente trabajo.
¿Acaso se podía refutar de antemano toda la crítica futura
de los epígonos de un modo más claro, preciso e indiscutible
que en este artículo mío, citado con manifiesta aprobación
por la Nóvaya Jizn de Lenin? Mi artículo explicaba que en el
proceso de realización de los objetivos democráticos, el proletariado
triunfante, por la lógica de la situación, vería planteados
inevitablemente, en una etapa determinada, problemas puramente socialistas.
En esto consiste precisamente la continuidad entre el programa mínimo
y el programa máximo, que surge inevitablemente de la dictadura del
proletariado. No es un solo golpe, no es un salto -explicaba yo a los críticos
del campo pequeño burgués de aquel entonces-, es toda una época
histórica. Y la Nóvaya Jizn de Lenin se asoció plenamente
a esta perspectiva. Pero entiendo que es aún más importante
el hecho de que el curso real de los acontecimientos la sometiera a una prueba
y la reconociera definitivamente como acertada en 1917.
Eran, sobre todo, los mencheviques, además de los demócratas
pequeño burgueses de Nacha Jizn, los que hablaban en 1905 -y particularmente
en 1906 después que la revolución fuera derrotada- del fantástico
"salto" hacia el socialismo por encima de la democracia. Entre los
mencheviques se distinguían particularmente en este aspecto Martinov
y el difunto Jordanski. Tanto el uno como el otro, digámoslo de paso,
habían de ser más tarde esforzados stalinistas.
En 1906, en un artículo especial que hoy podría reproducir casi
íntegro contra la crítica de los epígonos, hacía
ver a los escritores mencheviques que me atribuían el "salto hacia
el socialismo", no sólo lo erróneo, sino lo necio de sus
apreciaciones. Pero acaso bastará con decir que la conclusión
del artículo se resumía en las siguientes palabras:
"Comprendo perfectamente -me atrevo a asegurárselo a mi contendiente
Jordanski- que saltar como publicista por encima de un obstáculo político
no significa eliminarlo en la práctica." (Obras, tomo II, parte
1, p. 454).
¿Habrá bastante con esto? En caso negativo, puedo continuar;
así los críticos no podrán argüir, como hace Radek,
que no "tienen a mano" aquello sobre lo cual razonan con tanto desparpajo.
El folleto Nuestra táctica, escrito por mí en la cárcel
en 1906 y editado por Lenin, contiene la conclusión siguiente:
"El proletariado sabrá apoyarse en el levantamiento del campo,
y, en las ciudades, en esos centros de la vida política, sabrá
llevar a término la obra empezada. Al apoyarse en el movimiento espontáneo
de los campesinos y dirigirlo, el proletariado no sólo asestará
el último golpe victorioso a la reacción, sino que sabrá
consolidar el triunfo de la revolución. (Obras, tomo II, parte 1, p.
448).
¡Y aún hay quien diga que el autor de estas líneas "ignoraba"
a los campesinos! En este mismo folleto se desarrolla la idea siguiente:
"Nuestra táctica, basada en un desarrollo irresistible de la revolución,
no puede, naturalmente, ignorar las fases y etapas inevitables o posibles,
o aunque no sean más que probables, del movimiento revolucionario."
(tomo II, parte 1, p. 436).
¿Se parece esto en algo al fantástico "salto"?
En el artículo Las lecciones del primer Soviet (1906), trazo del modo
siguiente las perspectivas del desarrollo ulterior de la revolución,
o, como resultó en la realidad, de la nueva revolución:
"La historia no se repite, y el nuevo Soviet no tendrá que pasar
nuevamente por los acontecimientos de esos cincuenta días (octubre-diciembre
de 1905); pero, en cambio, de ese período puede sacar íntegramente
su programa de acción. Este programa es completamente claro. Cooperación
revolucionaria con el Ejército, con los campesinos y los elementos
plebeyos de la pequeña burguesía urbana. Abolición del
absolutismo. Destrucción de su organización material; en parte
mediante una reorganización parcial y en parte mediante la disolución
inmediata del ejército; destrucción del aparato burocrático
policíaco. Jornada de ocho horas. Armamento de la población
y, en primer lugar, del proletariado. Transformación de los soviets
en órganos de administración local revolucionaria. Creación
de soviets de diputados campesinos (Comités campesinos) como órganos
locales de la revolución agraria. Organización de las elecciones
a la Asamblea constituyente y campaña electoral a base de un programa
de acción definido de los representantes populares." (Obras, tomo
II, parte 2, p. 206).
¿Se parece esto en algo a saltar por encima de la revolución
agraria o, a subestimar la importancia del problema campesino en su conjunto?
¿Se puede decir que yo no viera los objetivos democráticos de
la revolución? No. ¿A qué se parece en este caso la pintura
política de Radek? A nada.
Radek separa misericordiosamente, pero de un modo muy equívoco, mi
posición de 1905, deformada por él, de la de los mencheviques,
sin darse cuenta de que, en sus tres cuartas partes, repite la crítica
menchevique: si bien el método de Trotsky era el mismo de los mencheviques
-dice jesuíticamente-, el fin era otro. Radek, con esta manera subjetiva
de plantear la cuestión, compromete definitivamente su propia manera
de enfocar el problema. Lasalle sabía ya que los objetivos dependían
de los métodos, y que, en fin de cuentas, se hallaban condicionados
por ellos. Incluso escribió un drama sobre este tema (Franz von Sikingen).
¿En qué consiste la identidad de mi método con el de
los mencheviques? En la posición adoptada con respecto a los campesinos.
Radek aduce como prueba tres líneas polémicas del artículo
de Lenin en 1916, ya citado por nosotros, reconociendo, de paso, que, al referirse
a Trotsky, Lenin polemizaba con Bujarin y con el propio Radek. Además
de esta cita de Lenin, que, como hemos visto, queda refutada por el contenido
de todo el artículo, Radek hace referencia al propio Trotsky. En el
artículo de 1916, después de poner al descubierto la vaciedad
de la concepción menchevique, preguntaba yo: ¿Si no dirige el
movimiento la burguesía liberal, quién lo dirigirá? Vosotros,
los mencheviques, en todo caso, no creéis en el papel político
independiente de los campesinos. Por consiguiente, dice Radek, Trotsky estaba
de "acuerdo" con los mencheviques con respecto al papel de los campesinos.
Los mencheviques consideraban que era inadmisible "repeler" a la
burguesía liberal en pos de una alianza dudosa e insegura con los campesinos.
En esto consistía su "método". El mío consistía
en conquistar la dirección de los campesinos revolucionarios arrojando
por la borda a la burguesía liberal. Con respecto a esta cuestión
fundamental, no me separaba ninguna divergencia de Lenin. Y cuando en la lucha
contra los mencheviques les decía: "en todo caso, no os inclináis
a otorgar a los campesinos un papel directivo", esto no significaba que
estuviera de acuerdo con el "método" de aquéllos,
como insinúa Radek, sino que era únicamente una manera clara
de plantear la alternativa: o la dictadura de la plutocracia liberal o la
del proletariado.
Este mismo argumento empleado en 1916 contra los mencheviques, completamente
exacto, que ahora Radek intenta emplear de una manera desleal contra mí,
lo utilicé nueve años antes, en el Congreso de Londres (1907)34,
al defender la tesis de los bolcheviques sobre la actitud frente a los partidos
no proletarios. Reproduzco la parte fundamental de mi discurso de Londres,
el cual, en los primeros años que siguieron a la Revolución
de Octubre, fue más de una vez reproducido en toda clase de recopilaciones
y antologías como expresión de la actitud bolchevique frente
a las clases y a los partidos en la revolución. He aquí lo que
decía en este discurso, que contiene una exposición compendiada
de la teoría de la revolución permanente:
"A los camaradas mencheviques se les antojan extraordinariamente complejas
sus propias ideas. Más de una vez les he oído acusar a los demás
de tener una idea demasiado simple de la marcha de la revolución rusa.
Y, sin embargo, a pesar de su carácter extremadamente indefinido, que
se presenta como complejo -y acaso gracias precisamente a esta circunstancia-,
las ideas de los mencheviques caben en un esquema completamente simple, accesible
incluso a la comprensión del señor Miliukov.
"En el epílogo al reciente folleto Cómo transcurrieron
las elecciones a la Segunda Duma de Estado, el jefe ideológico del
partido 'kadete' dice: "Por lo que se refiere a los grupos de izquierda
en el sentido estricto de la palabra, esto es, a los socialistas y revolucionarios,
será más difícil entenderse con ellos. Pero si para ello
no hay motivos positivos determinados, hay, en cambio, muchos negativos, que
nos ayudarán hasta cierto punto a acercarnos. Su objetivo consiste
en criticarnos y desacreditarnos; aunque no sea más que para esto,
es necesario que estemos presentes y obremos. Sabemos que para los socialistas,
no sólo rusos, sino de todo el mundo, la revolución que se está
efectuando es una revolución burguesa, y no socialista, que deberá
realizar la democracia burguesa. Además, los socialistas no se han
preparado para ocupar el lugar de esta democracia, y si el país los
ha mandado a la Duma en gran número no ha sido, naturalmente, para
realizar ahora el socialismo o para llevar a cabo con sus manos reformas burguesas
preparatorias... Por lo tanto, les será mucho más ventajoso
cedernos el papel de parlamentarios que comprometerse ellos mismos con este
papel.
"Miliukov, como veis, nos lleva sin subterfugios al nudo de la cuestión.
En el extracto reproducido hay todos los elementos fundamentales de la idea
menchevique de la revolución y de su actitud con respecto a la democracia
burguesa y a la socialista.
"'La revolución que se está efectuando es una revolución
burguesa, y no socialista'; esto en primer lugar. En segundo lugar, la revolución
burguesa 'debe realizarla la democracia burguesa'. En tercer lugar, la democracia
socialista no puede llevar a cabo con sus manos reformas burguesas; su papel
debe ser puramente de oposición. Finalmente, para que los socialistas
tengan la posibilidad de desempeñar el papel de oposición, 'es
necesario que nosotros (esto es, la democracia burguesa) estemos presentes
y obremos'. ¿Y si 'nosotros' no estamos? ¿Y si no hay una democracia
burguesa capaz de ponerse al frente de la revolución burguesa? Entonces,
hay que inventarla. Esta es la conclusión a que llega precisamente
el menchevismo, el cual edifica la democracia burguesa, sus cualidades y su
historia valiéndose de su propia imaginación.
"Nosotros, como materialistas, debemos plantearnos ante todo la cuestión
de las bases sociales de la democracia burguesa: ¿en que sectores o
clases puede apoyarse?
"No se puede hablar de la gran burguesía como de una fuerza revolucionaria:
en esto estamos todos de acuerdo. Los industriales de Lyon desempeñaron
un papel contrarrevolucionario incluso durante la gran Revolución francesa,
la cual era una revolución nacional en el sentido más amplio
de esta palabra. Se nos habla de la burguesía media y, principalmente,
de la pequeña burguesía como fuerza directiva de la revolución
burguesa. Pero ¿qué representa en sí esta pequeña
burguesía?
"Los jacobinos se apoyaban en la democracia urbana, que había
surgido de los gremios artesanos. Los pequeños artesanos y el pueblo
urbano íntimamente ligado con ellos constituían el ejército
de los sans-culottes revolucionarios, el punto de apoyo del partido dirigente
de los montagnards. Fue precisamente esta compacta masa de población
urbana, que había pasado por la prolongada escuela histórica
del gremio artesanal, la que soportó todo el peso de la transformación
revolucionaria. El resultado objetivo de la revolución fue la creación
de condiciones "normales" de explotación capitalista. Pero
la mecánica social del proceso histórico condujo a que las condiciones
de predominio de la burguesía fuesen creadas por el populacho, por
la democracia callejera, por los sans-culottes. Su dictadura terrorista limpió
a la sociedad burguesa de las viejas escorias, y después la burguesía
subió al poder, derribando la dictadura de la democracia pequeño
burguesa.
"¿Cuál es la clase social -pregunto yo, y no es la primera
vez- que en nuestro país puede levantar sobre sus espaldas a la democracia
revolucionaria burguesa, llevarla al poder y darle la posibilidad de realizar
una labor enorme teniendo al proletariado en la oposición? Es ésta
la cuestión central, que torno a plantear a los mencheviques.
"Tenemos en nuestro país, es verdad, a masas enormes de campesinos
revolucionarios. Pero, los camaradas de la minoría (mencheviques) saben
tan bien como yo que los campesinos, por revolucionarios que sean, son incapaces
de desempeñar un papel político independiente, y mucho menos
directivo. Es indiscutible que los campesinos pueden constituir una fuerza
enorme al servicio de la revolución; pero no sería digno de
un marxista creer que un partido campesino puede ponerse al frente de la revolución
burguesa y liberar por iniciativa propia las fuerzas productivas del país
de sus cadenas arcaicas. La ciudad ejerce la hegemonía en la sociedad
moderna y es por esto que ejerce la hegemonía en la revolución
burguesa35.
"¿Dónde está, en nuestro país, la democracia
urbana capaz de arrastrar tras de sí a la nación? El compañero
Martinov la ha buscado ya más de una vez armado de una lupa, y no ha
encontrado más que maestros de Zaratov, abogados petersburgueses y
funcionarios moscovitas de estadística. Martinov, lo mismo que todos
los que comparten su posición, se cuida mucho de no advertir que en
la revolución rusa el proletariado industrial ocupa el mismo puesto
que ocupaba a fines del siglo XVIII la democracia artesana semiproletaria
de los sans-culottes. Llamo vuestra atención, camaradas, hacia este
hecho, de fundamental importancia.
"Nuestra gran industria no ha surgido como un resultado de la evolución
natural del artesanado. La historia económica de nuestras ciudades
ignora por completo el período de los gremios. La industria capitalista
surge en nuestro país bajo la presión directa e inmediata del
capital europeo y se apodera de un terreno virgen, primitivo, sin chocar con
la resistencia de la cultura corporativa. El capital extranjero influye en
nuestro país por los canales de los empréstitos del Estado y
las venas de la iniciativa privada y reúne a su alrededor al ejército
del proletariado industrial, sin permitir que surja y se desarrolle el artesanado.
Como resultado de este proceso, en el momento de la revolución burguesa,
la fuerza principal de las ciudades resulta ser un proletariado de tipo social
muy elevado. Es un hecho que no se puede negar y sobre el cual tenemos que
basar nuestras conclusiones revolucionarias tácticas.
"Si los camaradas de la minoría (mencheviques) creen en el triunfo
de la revolución o aceptan, aunque no sea más que la posibilidad
de dicho triunfo, no pueden dejar de reconocer que, en nuestro país,
a excepción del proletariado, no hay ningún pretendiente histórico
al poder revolucionario. Del mismo modo que la democracia pequeño burguesa
urbana de la Gran Revolución francesa se puso al frente del movimiento
revolucionario nacional, el proletariado, la única democracia revolucionaria
de nuestras ciudades, debe hallar un punto de apoyo en las masas campesinas,
y subir al poder, si es que la revolución ha de triunfar.
"Un gobierno que se apoye directamente en el proletariado, y a través
de él en los campesinos revolucionarios, no significa aún la
dictadura socialista. No me referiré ahora a las perspectivas ulteriores
del gobierno proletario. Es posible que el destino del proletariado sea el
de caer, como cayó la democracia jacobina, para dejar el sitio libre
a la dominación de la burguesía. No quiero dejar sentado más
que lo siguiente: si, de acuerdo con la profecía de Plejanov, el movimiento
revolucionario triunfa en nuestro país como movimiento obrero, el triunfo
de la revolución en Rusia sólo se concibe como triunfo revolucionario
del proletariado; de otro modo, será imposible.
"Insisto en esto con toda firmeza. Si se reconoce que las contradicciones
sociales entre el proletariado y la masa campesina no permiten al primero
ponerse al frente de ésta; si el proletariado mismo no es lo bastante
fuerte para alcanzar la victoria, entonces no habrá más remedio
que llegar, en términos generales, a la conclusión de que nuestra
revolución no está llamada a triunfar. En estas condiciones,
el final natural de la revolución debe ser el acuerdo de la burguesía
liberal con el antiguo régimen. Es ésta una hipótesis
cuya posibilidad no puede descartarse. Pero es evidente que se halla en el
camino de la derrota de la revolución, condicionada por su debilidad
interna.
"En esencia, todo el análisis de los mencheviques -ante todo su
apreciación del proletariado y de sus posibles posiciones con respecto
a los campesinos- los conduce inexorablemente a la senda del pesimismo revolucionario.
"Pero se apartan tenazmente de esta senda y desenvuelven el optimismo
revolucionario a cuenta... de la democracia burguesa.
"De aquí se desprende su actitud frente a los 'kadetes'. Para
ellos, los 'kadetes' son el símbolo de la democracia burguesa, y la
democracia burguesa el único pretendiente del poder revolucionario...
"¿En qué fundáis vuestra confianza de que los 'kadetes'
puedan aún levantarse? ¿En las realidades del proceso político?
No; en vuestro esquema. Para 'llevar la revolución hasta el fin' tenéis
necesidad de la burguesía democrática urbana. La buscáis
ávidamente y no encontráis nada, excepto los 'kadetes'. Y a
cuenta de ellos, desarrolláis un optimismo sorprendente, les atribuís
cualidades que no tienen, queréis obligarles a desempeñar un
papel creador que no quieren ni pueden asumir y que no asumirán. A
mi pregunta fundamental -que he formulado muchas veces-, no se me ha dado
respuesta alguna. No tenéis previsión alguna ante la revolución.
Vuestra política carece de grandes perspectivas.
"Y como resultado de ello, vuestra posición con respecto a los
partidos burgueses se formula con palabras que el Congreso debe guardar en
su memoria: 'de vez en cuando, según los casos'. Así, pues,
el proletariado no sostiene una lucha sistemática por la influencia
sobre las masas populares, no controla sus pasos tácticos bajo el ángulo
de una idea directiva: agrupar a su alrededor a todos los que trabajen y sufran
y convertirse en su heraldo y su caudillo." (V Congreso del Partido.
Actas y resoluciones del Congreso, p. 180-185).
Este discurso, que resume en forma muy compendiada mis artículos, discursos
y actuación en el transcurso de 1905-1906, fue acogido con aprobación
completa por los bolcheviques, por no hablar ya de Rosa Luxemburgo y Tischko
(como consecuencia de este discurso, se estableció un contacto más
estrecho entre ellos y yo, que determinó mi colaboración en
su revista polaca). Lenin, que no perdonaba mi actitud conciliadora respecto
a los mencheviques -y tenía razón-, comentó mi discurso
en términos de una sobriedad deliberadamente subrayada. He aquí
lo que dijo:
"Sólo observaré que Trotsky, en su folleto En defensa del
partido, expresa su solidaridad con Kautsky, quien ha hablado de la comunidad
económica de los intereses del proletariado y de los campesinos en
la revolución actual. Trotsky acepta la posibilidad y la conveniencia
de un bloque de izquierda contra la burguesía liberal. Para mí,
son suficientes estos hechos para reconocer el acercamiento de Trotsky a nuestras
concepciones. Independientemente de la cuestión de la revolución
permanente, existe una solidaridad en los puntos fundamentales de la cuestión
sobre la actitud frente a los partidos burgueses." (Lenin, Obras, VIII,
p. 400).
Lenin no se detenía en su discurso a juzgar en términos generales
la teoría de la revolución permanente, con tanto mayor motivo
cuando que yo mismo, en mi discurso, no desarrollaba las perspectivas ulteriores
de la dictadura del proletariado. Es evidente que Lenin no había leído
mi trabajo fundamental sobre esta cuestión; de lo contrario, no hubiera
hablado como algo nuevo de mi "acercamiento" a las concepciones
de los bolcheviques, pues el discurso de Londres no fue más que una
exposición compendiada de mis escritos de 1905-1906. Lenin se expresaba
con una reserva extrema, pues yo me hallaba por entonces fuera de la fracción
bolchevique. Sin embargo, o mejor dicho, precisamente por esto, las palabras
de Lenin no se prestan a ninguna falsa interpretación. Lenin registra
la "solidaridad en los puntos fundamentales de la cuestión"
de la actitud con respecto a los campesinos y a la burguesía liberal.
Esta solidaridad se refiere, no a mis fines, como aparece de un modo incoherente
en Radek, sino precisamente al método. Por lo que toca a las perspectivas
de transformación de la revolución democrática en socialista,
Lenin hace previamente una reserva: "Independientemente de la cuestión
de la revolución permanente." ¿Qué significa esta
reserva?
No puede ser más clara: Lenin no identificaba, ni mucho menos, la revolución
permanente con el desconocimiento de los campesinos o el salto sobre la revolución
democrática, como quieren hacerlo creer los ignorantes y poco escrupulosos
epígonos. El pensamiento de Lenin es el siguiente: no quiero referirme
a la cuestión de hasta dónde llegará nuestra revolución
o de si el proletariado podrá subir al Poder antes en nuestro país
que en Europa, y de las perspectivas que esto abriría al socialismo;
pero en la cuestión fundamental de la actitud del proletariado frente
a los campesinos y a la burguesía liberal existe solidaridad entre
nosotros. Más arriba hemos visto en qué sentido la Nóvaya
Jizn bolchevique se refería a la teoría de la revolución
permanente casi al mismo tiempo en que ésta surgía a la vida,
esto es, en 1905. Recordemos, además, cómo se expresaban los
editores de las Obras Escogidas de Lenin con respecto a dicha teoría
después de 1917. En las notas al tomo XIV, IIª parte, p. 481,
se dice:
"Ya antes de la Revolución de 1905 preconizó [Trotsky]
una teoría especial y particularmente significativa ahora, la teoría
de la revolución permanente, en virtud de la cual afirmaba que la revolución
burguesa de 1905 se transformaría directamente en socialista, siendo
la primera de una serie de revoluciones nacionales."
Admito que en estas líneas no se reconozca en general que fuera acertado
todo lo escrito por mí sobre la revolución permanente. Pero,
en todo caso, se reconoce que no es lo dicho por Radek sobre la misma idea.
"La revolución burguesa se transformaría directamente en
socialista": ésta es la teoría de la transformación
y no del salto; de aquí se desprende una táctica realista y
no aventurera. Y ¿qué sentido tienen las palabras "la teoría
de la revolución permanente, particularmente significativa ahora"?
Pues que la Revolución de Octubre vino a iluminar con nueva luz los
aspectos de dicha teoría, que antes parecían a muchos oscuros
o sencillamente "improbables". La segunda parte del tomo XIV de
las Obras Escogidas de Lenin apareció en vida de su autor. Millares
de miembros del partido leyeron la nota mencionada. Nadie, hasta 1924 la declaró
falsa, y a Radek no se le ocurrió hacerlo hasta 1928.
Sin embargo, por cuanto Radek habla, no sólo de la teoría, sino
también de la táctica, el argumento más importante contra
él es el carácter de mi participación práctica
en las revoluciones de 1905 y 1917. Mi actuación en el Soviet petersburgués
de 1905 coincidió con la elaboración definitiva de mis concepciones
sobre el carácter de la revolución, contra las que los epígonos
abren un fuego constante. ¿Cómo se explica que esas concepciones
pretendidamente tan erróneas no se reflejaran en lo más mínimo
en mi actuación política, que se desarrollaba a los ojos de
todo el mundo y se registraba todos los días en la prensa? Si se admite
que una teoría tan errónea se reflejaba en mi política,
¿por qué callaban los cónsules actuales? Y lo que es
un poco más importante, ¿por qué Lenin defendió
con toda energía la línea del Soviet de Petersburgo, tanto en
el momento de apogeo de la revolución como después de su derrota?
Las mismas cuestiones, pero acaso en una forma aún mas acentuada, se
refieren a la Revolución de 1917. Desde Nueva York juzgué en
una serie de artículos la Revolución de Febrero con el punto
de vista de la teoría de la revolución permanente. Todos estos
artículos han sido reproducidos. Mis conclusiones tácticas coincidían
por completo con las que Lenin deducía simultáneamente desde
Ginebra, y, por lo tanto, se hallaban en la misma contradicción irreconciliable
con las conclusiones de Kamenev, Stalin y otros epígonos.
Cuando llegué a Petrogrado, nadie me preguntó si renunciaba
a los "errores" de la revolución permanente. Y no había
por qué. Stalin se escondía avergonzadamente por los rincones,
no deseando más que una cosa: que el partido olvidara lo más
pronto posible la política sostenida por él antes de la llegada
de Lenin. Yaroslavsky36 no era aún el inspirador de la Comisión
de control, sino que estaba publicando en Yakutsk, en unión de los
mencheviques, de Orjonikije37 y otros, un vulgarísimo periódico
semiliberal. Kamenev acusaba a Lenin de "trotskismo", y al encontrarse
conmigo, me dijo: "Ahora si que está usted de enhorabuena."
En vísperas de la Revolución de Octubre escribí sobre
la perspectiva de la revolución permanente en el órgano central
de los bolcheviques. A nadie se le ocurrió hacerme ninguna objeción.
Mi solidaridad con Lenin resultaba completa e incondicional. ¿Qué
quieren decir mis críticos, Radek entre ellos? ¿Que yo mismo
no comprendía en lo más mínimo la teoría que defendía,
y que en los períodos históricos más responsables obré
contra ella y con completo acierto? ¿No será más sencillo
suponer que mis críticos no han comprendido la teoría de la
revolución permanente, como muchas otras cosas? Pues si se admite que
estos críticos retrasados se orientan tan bien, no sólo por
lo que se refiere a sus ideas, sino también a las de otros, ¿cómo
se explica el hecho de que todos sin excepción ocuparan una posición
tan lamentable en 1917 y se cubrieran para siempre de oprobio en la revolución
china?
Pero ¿qué me dice usted -preguntará acaso algún
lector- de su consigna táctica principal: "Abajo el zar y viva
el gobierno obrero"? En ciertas esferas, este argumento es considerado
como decisivo. Alusiones a esta abominable "consigna" de Trotsky
las hallaréis en todos los escritos de los críticos de la revolución
permanente, en unos como último y decisivo argumento, en otros como
puerto de refugio para el pensamiento cansado.
La profundidad mayor de esta crítica la alcanza, naturalmente, el "maestro"
de la ignorancia y de la deslealtad, cuando en sus incomparables Cuestiones
del leninismo dice:
"No nos extenderemos (¡de eso es de lo que se trata! L.T.). en
la posición del camarada Trotsky en 1905, cuando se 'olvidó'
sencillamente de los campesinos como fuerza revolucionaria, preconizando la
consigna 'abajo el zar y viva el gobierno obrero', esto es, la consigna de
la revolución sin los campesinos." (I. Stalin: Las cuestiones
del leninismo, p. 174-175).
A pesar de mi situación casi desesperada ante esta crítica aplastante
en que no hay para qué "extenderse", intentaré indicar
algunas circunstancias atenuantes. Estas circunstancias existen. Solicito
un poco de atención.
Aún en el caso de que un artículo cualquiera de 1905 hubiera
formulado una consigna ambigua o desacertada, susceptible de dar motivo al
equívoco, ahora, después de veintitrés años, dicha
consigna debería ser tomada no de un modo aislado, sino en conexión
con otros trabajos míos sobre el mismo tema, y, sobre todo, con mi
participación activa en los acontecimientos. No es admisible que se
indique al lector el título escueto de una obra que no conoce (como
no la conocen los críticos), y después se introduzca en dicho
título un contenido que se halla en contradicción completa con
todo lo que yo he escrito y hecho.
Pero acaso no será superfluo añadir -¡oh, críticos!-
que nunca, ni en parte alguna balbuceé, pronuncié o propuse
tal consigna: "¡Abajo el zar y viva el gobierno obrero!" Este
argumento clave de mis jueces está basado, entre otras cosas, en un
grosero error de hecho. La proclama titulada "¡Abajo el zar y viva
el gobierno obrero!", la escribió y publicó Parvus en el
verano de 1905, en el extranjero. En aquel entonces hacía tiempo que
yo vivía clandestinamente en Petersburgo, y no tuve absolutamente nada
que ver, ni de hecho ni de intención, con dicha proclama. Me enteré
de ella mucho más tarde por los artículos polémicos.
Nunca tuve ocasión ni motivo para pronunciarme sobre el mencionado
documento. Nunca lo vi ni lo leí (como no lo vio ni lo leyó,
dicho sea de paso, ninguno de mis críticos).
Tales son los hechos, por lo que se refiere a esta notable cuestión.
Lamento mucho tener que privar a todos los Thaelmann y Sémard38 del
argumento más cómodo, portátil y convincente. Pero los
hechos son más fuertes que mis sentimientos humanitarios.
Es más. La casualidad se mostró tan previsora, que, al mismo
tiempo que Parvus publicaba en el extranjero aquella proclama titulada "¡Abajo
el zar y viva el gobierno obrero!", que yo desconocía en absoluto,
aparecía en Petersburgo una proclama ilegal, escrita por mí,
con el título "Ni el zar ni los elementos de los zemstvos, sino
el pueblo." Este título, repetido varias veces en el texto en
calidad de consigna destinada a agrupar a los obreros y campesinos, parece
concebida exprofeso para refutar en forma popular las afirmaciones ulteriores
relativas al salto por encima de la fase democrática de la revolución.
Este manifiesto está reproducido en mis Obras Escogidas (tomo II, parte
1, pág. 256). Están reproducidas asimismo en ellas las proclamas
del Comité central bolchevique, escritas por mí, dirigidas a
esos mismos campesinos que, según la genial expresión de Stalin,
"sencillamente olvidé".
Pero tampoco es eso todo. Recientemente, el famoso Rafes39, uno de los teóricos
y dirigentes de la Revolución china, en un artículo publicado
en el órgano teórico del Comité central del Partido Comunista40
de la Unión Soviética hablaba nuevamente de esa abominable consigna,
lanzada por Trotsky, en el año 1917. ¡No en 1905, sino en 1917!
Hay que decir, sin embargo, que el menchevique Rafes tiene una justificación:
hasta casi 1920 fue uno de los "ministros" de Petliura, y, agobiado
como estaba por las preocupaciones gubernamentales suscitadas por la lucha
constante contra los bolcheviques, ¿cómo podía enterarse
de lo que pasaba en el campo de la Revolución de Octubre? Pero ¿y
la redacción del órgano del Comité central? ¡Bah!
Un absurdo más o menos no tiene importancia...
Pero, ¡cómo! -volverá a exclamar algún lector de
buena fe, educado en la literatura de estos últimos años-. En
centenares o miles de artículos se nos ha enseñado que...
Sí, se os ha enseñado; pero no tendréis más remedio,
amigos míos, que rehacer vuestra educación. Son los reveses
del período reaccionario. Hay que resignarse. La historia no sigue
una línea recta. A veces se desliza por las tortuosas callejuelas stalinistas.
5. ¿ Se ha realizado en nuestro país la dictadura democrática? ¿Cuándo?
Apoyándose en Lenin,
Radek afirma que en nuestro país la dictadura democrática se
realizó en el período del doble poder41. Sí; convengo
en que Lenin, a veces, y en forma condicional, plantea la cuestión
así. ¿Cómo a veces?, dice Radek con indignación,
al mismo tiempo que me acusa de atentar contra las ideas fundamentales de
Lenin. Pero si se indigna es por el único motivo de que no tiene razón.
En Las lecciones de Octubre, que Radek somete asimismo a crítica con
un retraso de cuatro años, interpreté del siguiente modo las
palabras de Lenin sobre la "realización" de la dictadura
democrática:
"La coalición obrero-campesina democrática pudo dibujarse
únicamente como una forma no madura que no había llegado aún
al verdadero poder; como una tendencia, no como un hecho." (Obras, III,
parte I, p. 2l).
Radek escribe, refiriéndose a esto: "Esta interpretación
del contenido de uno de los capítulos teóricamente más
notables del trabajo de Lenin, no vale nada." Después de estas
palabras sigue una invocación patética a las tradiciones del
bolchevismo, y, como coronamiento, un acorde final: "Estas cuestiones
son excesivamente importantes para que se pueda contestar a las mismas refiriéndose
a lo que Lenin había dicho algunas veces."
Con todo esto, Radek quiere dar la impresión de que concedo poca importancia
a "una de las ideas más notables de Lenin". Pero Radek hace
un gasto inútil de indignación y de énfasis. Un poco
de buen sentido hubiera estado más en su lugar.
Mi exposición de Las lecciones de Octubre, aunque extremadamente compendiada,
se funda no en un ataque súbito con extractos de segunda mano, sino
en el estudio efectivo de Lenin, y expresa la esencia de su pensamiento ante
este problema, mientras que la verborrágica exposición de Radek,
a pesar de la abundancia de citas, no deja en pie absolutamente nada del pensamiento
leninista.
¿Por qué empleé el término limitativo "a
veces"? Porque así fue en realidad. La afirmación de que
la dictadura democrática "se realizó" en la fase del
doble poder ("en cierta forma y hasta cierto punto"), la hizo Lenin
únicamente en el período comprendido entre abril y octubre de
1917, esto es, antes de que se realizara verdaderamente la revolución
democrática. Radek no se ha dado cuenta de esto, no lo ha comprendido,
no lo ha apreciado.
En la lucha contra los actuales epígonos, Lenin hablaba de un modo
extremadamente condicional de "realizarse" la dictadura democrática,
no en calidad de característica histórica del período
del doble poder
-en este aspecto habría sido sencillamente un absurdo-, sino como argumento
contra los que esperaban una segunda edición, corregida y aumentada,
de la dictadura democrática independiente. Las palabras de Lenin tenían
el sentido de que no había habido, ni habría, fuera del mísero
aborto del doble poder, ninguna otra dictadura democrática, y que,
por ello, era necesario "rearmarse", esto es, cambiar la consigna.
Afirmar que la coalición de los socialrevolucionarios y de los mencheviques
con la burguesía, que se negaba a darle la tierra a los campesinos
y perseguía a los bolcheviques, era la "realización"
de la consigna bolchevique, significa que se nos quiere dar a sabiendas gato
por liebre o que el que lo hace ha perdido completamente la cabeza. Contra
los mencheviques se podía emplear un argumento hasta cierto punto análogo
al de Lenin contra Kamenev: ¿Esperáis un papel "progresivo"
de la burguesía en la revolución? Este papel se ha realizado
ya: el papel político de los Rodzianko*, los Guchkov y los Miliukov
es el máximo que podía dar de sí la burguesía
liberal, del mismo modo que el régimen de Kerensky es el máximo
de revolución democrática que podía realizarse en calidad
de etapa autónoma.
Hay indicios anatómicos indiscutibles -vestigios- que atestiguan que
nuestros antepasados tenían cola. Estos indicios son suficientes para
demostrar la unidad genética del mundo animal. Pero, hablando francamente,
hay que decir que, a pesar de todo, el hombre no tiene cola. Lenin señalaba
a Kamenev en el régimen de doble poder los vestigios de la dictadura
democrática, advirtiendo que de aquellos vestigios no se podía
esperar ningún órgano nuevo. Pero en nuestro país no
hubo una dictadura democrática independiente, si bien la revolución
democrática la realizamos de un modo más profundo, radical y
decidido que nunca ni en parte alguna.
Radek debería pensar que si la dictadura democrática se hubiera
realizado efectivamente en abril-octubre, acaso el mismo Molotov la habría
reconocido. El partido y la clase concebían la dictadura democrática
como un régimen que venía a destruir implacablemente al viejo
aparato estatal de la monarquía y a liquidar definitivamente la gran
propiedad agraria. Pero en el período de Kerensky no hubo nada de esto,
ni por asomo. Para los bolcheviques se trataba de la realización práctica
de los objetivos revolucionarios, y no del descubrimiento de "vestigios"
sociológicos e históricos determinados. Lenin fijó estos
indicios de un modo magnífico, para que sus contradictores vieran las
cosas teóricamente claras. Pero nada más que esto. Radek intenta
seriamente convencernos de que en el período del doble poder, esto
es, de sin poder, existía la "dictadura" y se realizó
la revolución democrática. Pero la verdad es que se trataba
de una "revolución democrática" tal, que hacía
falta todo el genio de Lenin para reconocerla. Esto significa precisamente
que no se realizó. Una verdadera revolución democrática
es algo que puede reconocer sin dificultad cualquier campesino analfabeto
de Rusia o de China. Pero, con los indicios morfológicos, resulta un
poco más difícil. A pesar de la lección rusa de Kamenev
no se puede en ningún momento conseguir que Radek se dé cuenta
al fin de que también en China la dictadura democrática se "realizó"
en el sentido leninista (a través del Kuomintang) con una forma más
completa, más acabada, que en nuestro país por medio del doble
poder, y que sólo los espíritus simples pueden esperar una segunda
edición, corregida y aumentada, de la "democracia" en China.
Si en nuestro país la dictadura democrática se hubiera realizado
únicamente bajo la forma del régimen de Kerensky, que no era
más que un perro faldero de Lloyd George* y Clemenceau, sería
preciso decir que la historia se había burlado cruelmente de la consigna
estratégica del bolchevismo. Por fortuna, no fue así. La consigna
bolchevique se realizó efectivamente, no en el sentido de indicación
morfológica, sino en el de una magna realidad histórica. Pero
se realizó no antes, sino después de Octubre. La guerra campesina,
según la expresión de Marx, sirvió de punto de apoyo
a la dictadura del proletariado. La colaboración de las dos clases
se efectuó en una escala gigantesca gracias a la Revolución
de Octubre. Entonces, el campesino más ignorante comprendió
y sintió, aun sin los comentarios de Lenin, que la consigna bolchevique
se había encarnado en la realidad. Y el propio Lenin juzgó la
Revolución de Octubre -su primera etapa- como la verdadera realización
de la revolución democrática, y, por lo mismo, como la encarnación,
aunque modificada, de la consigna estratégica del bolchevismo. Hay
que tomar a Lenin en su totalidad, y, ante todo, al Lenin de después
de Octubre, cuando examinaba y juzgaba los acontecimientos desde una cima
más elevada. Finalmente, hay que tomar a Lenin a lo Lenin, y no a la
manera de los epígonos.
Lenin examina (después de Octubre) en su libro contra Kautsky la cuestión
del carácter de clase de la revolución y de su "transformación".
He aquí uno de los pasajes que Radek debería meditar:
"Sí; nuestra Revolución [la de Octubre, L.T.] es burguesa
mientras marchamos juntos con los campesinos como un todo. Esto lo hemos visto
siempre con claridad, y de 1905 para acá hemos dicho centenares y miles
de veces que no podríamos saltar por alto este peldaño necesario
del proceso histórico, ni abolirlo con decretos."
Y más adelante:
"Las cosas han sucedido precisamente tal y como decíamos. La marcha
de la revolución ha demostrado que nuestro razonamiento era acertado.
En un principio, unidos con 'todos' los campesinos contra la monarquía,
contra los terratenientes, contra las reminiscencias medievales (y en esa
medida, la revolución sigue siendo burguesa, democrático-burguesa).
Después, unidos con los campesinos más pobres y los semiproletarios,
con todos los explotados, contra el capitalismo, incluso contra los elementos
ricos del campo, contra los especuladores (por cuanto la revolución
se convierte en socialista)." (Obras, XX, p. 508).
He aquí cómo hablaba Lenin, no "a veces", sino siempre,
mejor dicho, "para siempre", formulando un juicio definitivo, general
y completo de la marcha de la Revolución, la de Octubre inclusive.
"Las cosas han sucedido precisamente tal y como decíamos."
La revolución democrático-burguesa se realizó bajo la
forma de coalición de los obreros y campesinos. ¿Bajo el régimen
de Kerensky? No; en el primer período que siguió a Octubre.
¿Es cierto? Lo es. Pero se realizó, como ahora sabemos, no en
forma de dictadura democrática, sino de dictadura del proletariado.
Con ello mismo, desapareció definitivamente la necesidad de la vieja
fórmula algebraica.
Si se coloca de un modo acrítico el argumento condicional de Lenin
de 1917 contra Kamenev al lado de la caracterización definitiva de
la Revolución de Octubre dada por aquél en los años siguientes,
resulta que en nuestro país se "realizaron" dos revoluciones
democráticas. Esto es ya demasiado, tanto más cuanto que la
segunda está separada de la primera por el alzamiento armado de las
masas proletarias.
Comparad ahora el pasaje, que acabo de reproducir, del libro de Lenin El renegado
Kautsky, con el siguiente fragmento de mis Resultados y perspectivas, donde
en el capítulo sobre el régimen proletario se esboza la primera
etapa de la dictadura y las perspectivas de su transformación ulterior.
"La destrucción del régimen semifeudal de casta será
apoyado por todos los campesinos como clase. El impuesto progresivo sobre
la renta será apoyado por la mayoría de los campesinos. Pero
las medidas legislativas en defensa del proletariado agrícola no sólo
serán acogidas con el apoyo activo de la mayoría, sino que chocarán
con la resistencia activa de la minoría.
El proletariado se verá obligado a llevar la lucha de clases al campo
e destruir, de este modo, la comunidad de intereses que existe indudablemente
entre todos los campesinos, pero dentro de límites relativamente estrechos.
Ya en los primeros tiempos que seguirán a su régimen, el proletariado
se verá en la necesidad de buscar un punto de apoyo en la oposición
de los elementos pobres a los elementos ricos del campo, del proletariado
agrícola a la burguesía agraria." (Nuestra revolución,
1906, p. 225).
¿Se parece esto en algo a la "ignorancia" -que se me achaca-
de los campesinos y a la "oposición" completa de las dos
líneas, la leninista y la mía?
El extracto de Lenin que hemos citado más arriba no es el único.
Por el contrario, como sucedía siempre con él, la nueva fórmula,
que dilucida más profundamente los acontecimientos, se convierte en
el eje de sus discursos y artículos de todo un período. He aquí
lo que decía en marzo de 1919:
"En octubre de 1917 tomamos el poder con los campesinos como un todo.
Fue ésta una revolución burguesa, por cuanto la lucha de clases
en el campo no se desarrolló aún." (Obras, XVI, p. 143).
He aquí lo que decía Lenin en el Congreso del Partido en marzo
de 1919:
"En un país en que el proletariado tuvo que adueñarse del
poder con ayuda de los campesinos, donde le correspondió el papel de
agente de la revolución pequeño burguesa, nuestra revolución,
hasta la organización de los Comités de campesinos pobres, esto
es, hasta el verano y aun el otoño de 1918, fue en un grado considerable
una revolución burguesa." (Obras, XVI, p. 105).
Lenin repitió estas palabras con distintas variantes y muchas veces.
Sin embargo, Radek prescinde sencillamente de esta idea capital de Lenin,
que resuelve la cuestión debatida.
El proletariado tomó el poder en octubre, unido a todos los campesinos,
dice Lenin. Por ello mismo, la revolución fue burguesa. ¿Es
cierto esto? En un cierto sentido, si. Pero esto significa precisamente que
la verdadera dictadura democrática del proletariado y de los campesinos,
esto es, la que destruyó efectivamente el régimen autocrático-servil
y arrebató la tierra a los señores feudales, tuvo lugar no antes,
sino después de Octubre; tuvo lugar, para emplear las palabras de Marx,
en forma de dictadura del proletariado apoyada por la guerra campesina, y
ya unos meses después empezó a transformarse en dictadura socialista.
¿Es posible que esto no aparezca claro? ¿Acaso se puede discutir
todavía sobre este tema?
Según Radek, la teoría "permanente" es culpable de
confundir la etapa burguesa con la socialista. Pero en la práctica
la dinámica de clase "confundió", esto es, combinó,
de un modo tan profundo estas dos etapas, que nuestro infortunado metafísico
no puede, en modo alguno, atar los dos cabos.
Naturalmente, en Resultados y perspectivas se pueden encontrar ciertas lagunas
y afirmaciones erróneas. Pero no hay que olvidar que, en sus líneas
fundamentales, dicho trabajo fue escrito no en 1928, sino antes de Octubre...
de 1905. La crítica de Radek no se refiere para nada a la cuestión
de las lagunas en la teoría de la revolución permanente, o,
mejor dicho, a los motivos en que la fundaba en aquel entonces, pues siguiendo
el ejemplo de sus maestros-epígonos ataca no las lagunas, sino los
lados fuertes de la teoría, esto es, los que habían de coincidir
con la marcha del proceso histórico. Y los ataca mediante conclusiones
radicalmente falsas que saca de la posición de Lenin, no estudiada
ni meditada a fondo por él.
Los juegos de prestidigitación con las añejas citas se desarrollan,
en la escuela de los epígonos, en un plano peculiar que no se cruza
en parte alguna con el proceso histórico real. Cuando los adversarios
del "trotskismo" se ven obligados a dedicarse seria y concienzudamente
-lo cual no sucede nunca con algunos de ellos- al análisis del desarrollo
real de la Revolución de Octubre, llegan inevitablemente a conclusiones
informadas por el espíritu de la teoría que rechazan. La prueba
más elocuente de esto la tenemos en los trabajos de A. Yakovlev consagrados
a la historia de la Revolución de Octubre. He aquí cómo
formula las relaciones entre las clases de la vieja Rusia este autor que es
actualmente una de las columnas de la fracción dirigente42, indudablemente
más ilustrado que otros stalinistas, y, ante todo, que el propio Stalin:
"... Vemos una limitación doble de la insurrección campesina
(marzo-octubre de 1917). Al elevarse hasta la categoría de guerra campesina,
no superó su limitación ni se salió del marco del objetivo
inmediato de destruir al terrateniente vecino, no se convirtió en un
movimiento revolucionario organizado, no superó el carácter
de revuelta espontánea propia del movimiento campesino.
"La insurrección campesina, tomada en sí -insurrección
espontánea, limitada por el objetivo consistente en destruir al terrateniente
vecino-, no podía triunfar, no podía destruir el poder estatal,
adverso a los campesinos, que apoyaba al terrateniente. Por esto, el movimiento
agrario sólo podía ganar en el caso de que lo acaudillara la
clase correspondiente de la ciudad... He aquí por qué el destino
de la revolución agraria se resolvió, en fin de cuentas, no
en decenas de miles de aldeas, sino en unos centenares de ciudades. Sólo
la clase obrera, asestando un golpe decidido a la burguesía en los
centros del país, podía dar la victoria a la insurrección
campesina; sólo el triunfo de la clase obrera en la ciudad podía
hacer salir al movimiento campesino del marco de un combate espontáneo
de decenas de millones de campesinos contra decenas de miles de terratenientes;
sólo la victoria de la clase obrera, finalmente, podía echar
los cimientos para un nuevo tipo de organización campesina que uniera
a los campesinos pobres y medios, no con la burguesía, sino con la
clase obrera. El problema de la victoria de la insurrección campesina
era el problema de la victoria de la clase obrera en la ciudad.
"Cuando en Octubre los obreros asestaron un golpe decisivo al gobierno
de la burguesía, resolvieron también, al propio tiempo, el problema
de la victoria de la insurrección campesina."
Y más adelante:
"...La cuestión consiste en que, a consecuencia de las condiciones
históricas existentes, la Rusia burguesa de 1917 obró en alianza
con los terratenientes. Aun las fracciones más de izquierda de la burguesía,
tales como los mencheviques y los socialrevolucionarios, no fueron más
allá de la organización de un acuerdo ventajoso para los terratenientes.
En esto radica la diferencia más importante entre las condiciones de
la Revolución rusa y las de la Revolución francesa, que tuvo
lugar más de cien años antes... La revolución campesina
no podía triunfar en 1917 como revolución burguesa (¡exactamente!
L.T.). Tenía por delante dos caminos: ser derrotada bajo los golpes
de las fuerzas unidas de la burguesía y de los terratenientes, o triunfar
en calidad de movimiento que acompañara y auxiliara a la revolución
proletaria. La clase obrera de Rusia, al tomar sobre sí la misión
de la burguesía de la Gran Revolución francesa, al tomar sobre
sí la misión de acaudillar la revolución agraria democrática,
obtuvo la posibilidad de la revolución proletaria triunfante."
(El movimiento campesino en 1917, 1927, p. 10-11-12).
¿Cuáles son las ideas fundamentales en que se apoya el razonamiento
de Yakovlev? La incapacidad de los campesinos para desempeñar un papel
político independiente: la inevitabilidad, que se desprende de esto,
del papel directivo de la clase urbana; la inaccesibilidad para la burguesía
rusa de elevarse a desempeñar un rol dirigente en la revolución
agraria, que se desprende de esto, del papel directivo del proletariado; el
advenimiento de éste al poder en calidad de caudillo de la revolución
agraria; finalmente, la dictadura del proletariado, apoyándose en la
guerra campesina e iniciando la época de la revolución socialista.
Con esto se destruye radicalmente el planteamiento metafísico de la
cuestión del carácter "burgués" o "socialista"
de la revolución. La esencia de la cuestión consistía
en que el problema agrario, que constituía la base de la revolución
burguesa, no podía ser resuelto bajo el predominio de la burguesía.
La dictadura del proletariado entra en escena, no después de la realización
de la revolución agrario-democrática, sino como condición
previa necesaria para su realización. En una palabra, en este esquema
retrospectivo de Yakovlev se contienen todos los elementos fundamentales de
la teoría de la revolución permanente, tal y como fuera formulada
por mí en 1905. Yo hacía un pronóstico histórico,
Yakovlev, veintidós años después de la primera revolución
y diez después de la de Octubre, hace el resumen de los acontecimientos
de las tres revoluciones apoyándose en la labor de toda una pléyade
de jóvenes investigadores. ¿Y qué resulta? Pues que Yakovlev
repite casi textualmente las fórmulas empleadas por mí en 1905.
¿Cuál es, sin embargo, su actitud ante la teoría de la
revolución permanente? Sencillamente, la que viene obligado a mantener
todo funcionario stalinista que quiera conservar su puesto y ascender oportunamente
a otro mejor. Entonces, ¿cómo concilia Yakovlev su apreciación
de las fuerzas motrices de la Revolución de Octubre con la lucha contra
el "trotskismo"? Muy sencillo: no preocupándose de ello en
lo más mínimo. De la misma manera que en otros tiempos había
ciertos funcionarios zaristas-liberales que aceptaban la teoría de
Darwin sin dejar de acudir puntualmente a comulgar, los Yakovlev de hoy día
compran el derecho de emitir a veces ideas marxistas a costa de la participación
en la campaña ritual de ataques contra la revolución permanente.
Se podrían citar docenas de ejemplos de este género.
Hay que añadir que Yakovlev llevó a cabo el trabajo sobre la
historia de la Revolución de Octubre mencionado más arriba,
no por propia iniciativa, sino a consecuencia de una resolución del
Comité central, con la particularidad de que en dicha resolución
se me confiaba a mí la tarea de redactar el trabajo de Yakovlev43.
En aquel entonces se esperaba aún el restablecimiento de Lenin y no
se le ocurría a ninguno de los epígonos suscitar un debate absurdo
sobre la revolución permanente. En todo caso, en calidad de ex-redactor,
o mejor dicho, de proyectado redactor de la historia oficial de la Revolución
de Octubre, puedo comprobar con plena satisfacción que el autor de
la misma, consciente o inconscientemente, se sirve, por lo que respecta a
todas las cuestiones en litigio, de las formulaciones textuales de mi trabajo
más herético sobre la Revolución Permanente, Resultados
y perspectivas.
La apreciación definitiva del destino histórico de la consigna
bolchevique dada por el mismo Lenin atestigua de un modo indudable que la
diferencia existente entre las dos líneas tácticas, la "permanente"
y la leninista, tenía una significación secundaria y subordinada;
en lo fundamental, eran una y la misma. Y lo que había en ellas de
esencial, contrapone hoy de un modo irreconciliable a ambas líneas
tácticas definitivamente fundidas por la Revolución de Octubre,
no sólo a la línea de Stalin en febrero y marzo, a la de Kamenev,
Rikov, Zinoviev en abril-octubre, no sólo a toda la política
china de Stalin-Bujarin-Martinov, sino a la actual línea táctica
"china" sustentada por Radek.
Y si éste, que ha modificado de un modo tan radical sus apreciaciones
entre 1925 y la segunda mitad de 1928, me acusa de incomprensión de
la "complejidad del marxismo y del leninismo", contestaré:
Entiendo que las ideas fundamentales desarrolladas por mí veintitrés
años antes en Resultados y perspectivas se vieron completamente confirmadas
por el curso de los acontecimientos, y precisamente por esto coincidían
con la línea estratégica del bolchevismo. No creo, en particular,
que haya el menor motivo para renunciar a lo dicho en 1922, respecto a la
revolución permanente, en mi prefacio a la obra 1905, libro que todo
el partido, en vida de Lenin, leyó y estudió en ediciones y
reimpresiones innumerables y que no "llamó la atención"
de Kamenev hasta el otoño de 1924, ni la de Radek hasta el de 1928.
He aquí lo que decía en dicho prefacio:
"Fue precisamente en el intervalo comprendido entre el 9 de enero y la
huelga de octubre de 1905 cuando el autor formó sus concepciones sobre
el carácter del desarrollo revolucionario de Rusia, conocidas bajo
el nombre de teoría de la revolución permanente. Esta denominación,
un poco capciosa, expresaba la idea de que la revolución rusa, si bien
tenía planteados objetivos burgueses inmediatos, no podría detenerse
en los mismos. La revolución no podría cumplir sus objetivos
inmediatos burgueses más que llevando al proletariado al poder"...
"Aunque con un intervalo de doce años, esta apreciación
se ha visto plenamente confirmada. La revolución rusa no pudo realizarse
mediante un régimen democrático burgués, sino que tuvo
que dar el poder a la clase obrera. Si en 1905 ésta se mostró
demasiado débil para conquistarlo, pudo fortalecerse y madurar no en
la república democrático-burguesa, sino en la clandestinidad
del zarismo del 3 de junio"44. (L. Trotsky, 1905, Prefacio).
Citaré, finalmente, una de las apreciaciones polémicas más
duras que di de la consigna de la "dictadura democrática".
En 1909 escribía en el órgano polaco de Rosa Luxemburgo:
"Si los mencheviques, partiendo de la abstracción: "nuestra
revolución es burguesa", llegan a la idea de la adaptación
de toda la táctica del proletariado a la conducta de la burguesía
liberal hasta la conquista del poder por esta última, los bolcheviques,
partiendo de una abstracción no menos vacía: "dictadura
democrática no socialista", llegan a la idea de la autolimitación
burguesa democrática del proletariado, en cuyas manos se halla el poder.
Claro está que la diferencia que los separa ante este problema es muy
considerable: mientras que los aspectos antirrevolucionarios del menchevismo
se manifiestan ya con toda su fuerza en la actualidad, los rasgos antirrevolucionarios
del bolchevismo sólo significan un peligro inmenso en caso de triunfar
la revolución."
En enero de 1922, añadí la siguiente nota a este pasaje del
artículo, reproducido en la edición rusa de mi libro 1905:
"Esto, como es notorio, no sucedió, pues bajo la dirección
de Lenin el bolchevismo efectuó (no sin lucha interior) un rearme ideológico
respecto a esta importantísima cuestión en la primavera de 1917,
esto es, antes de la conquista del poder."
A partir de 1924, estos textos fueron objeto de una crítica furiosa.
Ahora, con un retraso de cuatro años, Radek viene a sumarse a esta
crítica. Sin embargo, el que reflexione honradamente sobre las líneas
tácticas citadas más arriba, no podrá dejar de reconocer
que contenían una importante previsión y una advertencia no
menos importante. Nadie podrá negar el hecho de que en el momento de
la Revolución de Febrero toda la llamada "vieja guardia"
de los bolcheviques estaba colocada en el terreno de la oposición rotunda
de la dictadura democrática a la dictadura socialista. Los discípulos
inmediatos de Lenin hacían de la fórmula "algebraica"
de éste una construcción metafísica pura y la dirigían
contra el desarrollo real de la revolución. En el momento histórico
más importante, los elementos bolcheviques dirigentes que se hallaban
en Rusia adoptaron una posición reaccionaria, y, de no haber llegado
a tiempo Lenin, hubieran estrangulado la Revolución de Octubre bajo
la bandera de la lucha contra el trotskismo, de la misma manera que más
tarde estrangularon la revolución china. Radek describe de un modo
piadoso la posición errónea de todo el sector dirigente del
partido, presentándolo como una especie de "casualidad".
Pero, es poco probable que esto pueda servir de explicación marxista
de la posición democrática vulgar de Kamenev, Zinoviev, Stalin,
Molotov, Rikov, Kalinin, Noguin, Miliutin, Krenstinsky45, Frunze, Yaroslavsky,
Ordjonikidje, Preobrazhensky, Smilga*, y muchísimos otros viejos bolcheviques.
¿No sería más justo reconocer que en el carácter
algebraico de la vieja fórmula bolchevique había sus peligros?
Como siempre, el desarrollo de los acontecimientos llenaba con un contenido
hostil a la revolución proletaria, lo que había de indefinido
en la fórmula revolucionaria. Ni que decir tiene que si Lenin hubiera
vivido en Rusia y observado el desarrollo del partido día por día,
sobre todo durante la guerra, habría hecho oportunamente las enmiendas
y aclaraciones necesarias. Afortunadamente para la revolución, llegó,
aunque con retraso, a tiempo todavía de efectuar el rearme ideológico
que se imponía. El instinto de clase del proletariado y la presión
revolucionaria de la base del partido, preparada por toda la labor anterior
del bolchevismo, permitieron a Lenin, en lucha contra los elementos dirigentes,
y a pesar de su resistencia, cambiar de rumbo la política del partido
en un plazo relativamente corto.
¿Deberá acaso deducirse de aquí que, ante China, la India
y otros países, debamos adoptar también hoy la fórmula
leninista de 1905 en todo su carácter algebraico; esto es, en todo
lo que tenía de indefinido, dejando que los Stalin y los Rikov chinos
e indios (Tan Pin-sian, Roy46 y otros) llenen la fórmula de un contenido
nacionaldemocrático pequeño burgués y esperar, después
la aparición oportuna de un Lenin para efectuar las enmiendas del 4
de abril? ¿Pero estamos seguros de una enmienda tal en China y la India?
¿No será mejor introducir de antemano en la fórmula la
corrección cuya necesidad ha sido demostrada por la experiencia histórica
tanto de Rusia como de China? ¿Ha de interpretarse lo que queda dicho
en el sentido de que la consigna de la dictadura democrática del proletariado
y de los campesinos era sencillamente un "error"? En el régimen
burocrático, como es sabido, todas las ideas y las acciones humanas
se dividen hoy en dos categorías: absolutamente justas, que son las
que forman parte de la llamada "línea general", y absolutamente
erróneas, las que se apartan de esta línea.
Esto no impide, naturalmente, que lo que hoy es absolutamente justo, sea mañana
declarado absolutamente erróneo. Pero el desarrollo real de las ideas,
antes de la aparición de la "línea general", conocía
asimismo el método de aproximaciones sucesivas a la verdad. Incluso
la simple división aritmética obliga a escoger las cifras por
adivinación, empezando por las grandes o por las pequeñas, a
fin de prescindir de ellas después a medida que la comprobación
se va efectuando. En el tiro de artillería el método de aproximaciones
se llama "tenedor". En política, el método de las
aproximaciones es asimismo inevitable. Toda la cuestión consiste únicamente
en comprender oportunamente que el no hacer blanco es no hacer blanco, y,
sin pérdida de tiempo, introducir la corrección necesaria.
La gran importancia histórica de la fórmula de Lenin consistía
en que llegaba, dentro de las condiciones de una nueva época histórica,
hasta el fondo de una de las cuestiones teóricas y políticas,
a saber: la cuestión del grado de independencia política alcanzado
por los distintos grupos de la pequeña burguesía, ante todo
el de los campesinos. Gracias a su plenitud, la experiencia bolchevique de
1905-1917 cerró herméticamente las puertas a la "dictadura
democrática". El propio Lenin puso un rótulo en la puerta:
"No hay entrada ni salida". Esto lo formulaba con las siguientes
palabras: el campesino sigue al burgués o al obrero. Los epígonos
ignoran completamente la consecuencia a que llevó la vieja fórmula
del bolchevismo y, haciendo caso omiso de esta consecuencia, canonizan una
hipótesis temporal, incluyéndola en el programa. En esto consiste,
en esencia, la posición de los epígonos.
6. Sobre el
salto de etapas históricas
Radek no se limita a repetir
simplemente algunos de los ejercicios críticos oficiales de estos últimos
años, sino que aún los simplifica, si cabe. De sus palabras
resulta que, tanto en 1905 como hoy, Trotsky no establece en términos
claros diferencia alguna entre la revolución burguesa y la socialista,
entre Oriente y Occidente. Siguiendo el ejemplo de Stalin, Radek me advierte
que es inadmisible saltarse una de las etapas históricas.
Ante todo, es cosa de preguntarse: si para mí, en 1905, se trataba
sencillamente de la "revolución socialista", ¿por
qué suponía que podía empezar antes en la atrasada Rusia
que en la avanzada Europa? ¿Por patriotismo, por orgullo nacional?
Sea de ello lo que quiera, lo cierto es que en la realidad las cosas han sucedido
así. ¿Se da cuenta Radek de que, si la revolución democrática
hubiera podido realizarse en nuestro país como etapa independiente,
no tendríamos actualmente la dictadura del proletariado? Si la conquistamos
antes que en Occidente, fue precisa y únicamente porque la historia
combinó orgánicamente -y por combinar no entiendo confundir-
el contenido sustancial de la revolución burguesa con la primera etapa
de la revolución proletaria.
Distinguir la revolución burguesa de la proletaria es el abecé.
Pero al abecé sigue el deletreo; esto es, la combinación de
las letras. La historia ha efectuado precisamente esta combinación
de las letras más importantes del alfabeto burgués con las primeras
letras del alfabeto socialista. Radek, de las palabras formadas ya en la práctica
nos arrastra hacia atrás, hacia el abecé. Es triste, pero es
así.
Es absurdo sostener que, en general, no se pueda saltar por alto una etapa.
A través de las "etapas" que se derivan de la división
teórica del proceso de desarrollo enfocado en su conjunto, esto es,
en su máxima plenitud, el proceso histórico vivo efectúa
siempre saltos, y exige lo mismo de la política revolucionaria en los
momentos críticos. Se puede decir que lo que mejor distingue al revolucionario
del evolucionista vulgar consiste precisamente en su talento para adivinar
estos momentos y utilizarlos.
La división marxista del desarrollo de la industria en artesanado,
manufactura y fábrica pertenece al abecé de la economía
política o, mejor dicho, de la historia de la economía. Pero
el caso es que en Rusia la fábrica apareció sin pasar por la
etapa de la manufactura y de los gremios urbanos. Un proceso análogo
se dio en nuestro país en las relaciones de clase y en la política.
Cierto es que no cabe comprender la nueva historia de Rusia si no se conoce
el esquema marxista de las tres etapas: artesanado, manufactura, fábrica.
Pero quien no sepa más que esto, no sabrá nada de nada. La historia
de Rusia, digámoslo sin ofender a Stalin, se ha saltado varias etapas.
La diferenciación teórica de dichas etapas, sin embargo, es
asimismo necesaria para Rusia, pues de otro modo no se puede comprender en
qué consistió el salto ni cuáles han sido sus consecuencias.
También cabe examinar la cuestión desde otro punto de vista
-como hizo a veces Lenin con el problema del doble poder- y decir que en Rusia
existieron estas tres etapas marxistas, aunque las dos primeras en un aspecto
compendiado en extremo, en embrión, y que estos "rudimentos"
son suficientes para confirmar la unidad genética del proceso económico.
Sin embargo, la reducción cuantitativa de estas dos etapas es tan grande,
que engendró una cualidad completamente nueva en toda la estructura
social de la nación. La expresión más elocuente de esta
nueva "cualidad" en política es la Revolución de Octubre.
Lo que más insoportable se hace en estas cuestiones es ver a Stalin
"teorizando" con dos bultos que constituyen su único bagaje
teórico: la "ley del desarrollo desigual" y el "no saltarse
por alto una etapa".
Stalin no ha llegado todavía a comprender que el desarrollo desigual
consiste precisamente en saltarse por alto ciertas etapas, (o permanecer un
tiempo excesivo en una de ellas). Stalin opone con una seriedad inimitable
a la teoría de la revolución permanente... la ley del desarrollo
desigual. Sin embargo, la previsión de que la Rusia históricamente
atrasada podía llegar a la revolución proletaria antes que la
Inglaterra avanzada, se hallaba enteramente basada en la ley del desarrollo
desigual. Lo que hay es que para una previsión de este género
era preciso comprender, la desigualdad del desarrollo histórico en
toda su concreción dinámica y no limitarse sencillamente a rumiar
los textos leninistas de 1915 comprendiéndolos al revés e interpretándolos
de un modo absurdo.
La dialéctica de las "etapas históricas" se percibe
de un modo relativamente fácil en los períodos de impulso revolucionario.
Los períodos reaccionarios, por el contrario, se convierten de un modo
lógico en tiempos de evolucionismo banal. El stalinismo, esa vulgaridad
ideológica concentrada, digna criatura de la reacción dentro
del partido, ha creado una especie de culto del movimiento por etapas como
envoltura del "seguidismo"47 y de la pusilanimidad. Esta ideología
reaccionaria se ha apoderado ahora también de Radek.
Tales o cuales etapas del proceso histórico pueden resultar inevitables
aunque teóricamente no lo sean. Y a la inversa: etapas teóricamente
"inevitables" pueden verse reducidas a cero por la dinámica
del desarrollo, sobre todo durante la revolución, pues no en vano se
ha dicho que las revoluciones son las locomotoras de la historia.
Así por ejemplo, en nuestro país el proletariado se "saltó"
por alto la fase del parlamentarismo democrático, concediendo a las
Cortes constituyentes unas horas de vida nada más, y para eso, en el
zaguán. En China no se puede saltar de ningún modo por alto
la fase contrarrevolucionaria, como fue imposible en nuestro país saltar
por alto el período de las cuatro Dumas. Sin embargo, la fase contrarrevolucionaria
actual, en China, no era históricamente "inevitable" ni mucho
menos, sino un resultado directo de la política funesta de Stalin-Bujarin,
que pasarán a la historia con el título de organizadores de
derrotas. Pero los frutos del oportunismo se han convertido en un factor objetivo
que puede bloquear por un largo período el proceso revolucionario.
Toda tentativa de saltar por alto las etapas reales, esto es, objetivamente
condicionadas en el desarrollo de las masas, significa aventurerismo político.
Mientras la masa obrera crea en su mayoría en los socialdemócratas
o, admitámoslo, en los elementos del Kuomintang o en los tradeunionistas,
no podremos plantear ante ella el derrocamiento inmediato del poder burgués;
para esto hay que prepararla. Esta preparación puede ser una "etapa
muy larga". Pero sólo un "seguidista" es capaz de suponer
que debemos permanecer "junto con las masas" en el Kuomintang, primeramente
en el de derecha y después en el de izquierda, o seguir aliados al
rompehuelgas Purcell "hasta que la masa se desengañe de los jefes",
a los cuales apoyaremos entretanto con nuestra colaboración.
Radek seguramente no habrá olvidado que algunos "dialécticos"
calificaban la demanda de salir del Kuomintang y de romper con el Comité
anglorruso de salto de etapas, y, además, de divorcio con los campesinos
(en China) y con las masas obreras (en Inglaterra). Radek debe acordarse de
esto con tanto mayor motivo cuanto que él mismo pertenecía a
la categoría de estos tristes "dialécticos". Ahora
no hace más que ahondar y generalizar sus errores oportunistas.
En abril de 1919, Lenin en su artículo programático sobre "La
Tercera Internacional y su puesto en la historia", decía: "No
creemos equivocarnos si decimos que precisamente... la contradicción
entre el atraso de Rusia y 'el salto' dado por la misma hacia la forma superior
de democracia, por encima de la democracia burguesa, a la forma soviética
o proletaria, precisamente esta contradicción ha sido una de las causas...
que ha dificultado particularmente la comprensión del papel de los
soviets en Occidente o que ha retrasado dicha comprensión." (Lenin,
Obras, XVI, p. 183).
Lenin dice aquí lisa y llanamente que Rusia "saltó"
por encima de la democracia burguesa. Naturalmente, Lenin introduce mentalmente
en esta afirmación todas las limitaciones necesarias: no hay que olvidar
que la dialéctica no consiste en enumerar cada vez de nuevo todas las
condiciones concretas; el escritor parte del principio de que el lector tiene
algo en la cabeza. Sin embargo, el salto por encima de la democracia burguesa
queda en pie, y según la acertada observación de Lenin, dificulta
mucho la comprensión del papel de los soviets por los dogmáticos
y esquemáticos, y, además, no sólo en "Occidente",
sino también en Oriente.
He aquí lo que se dice sobre el particular en ese mismo prefacio al
libro 1905 que ahora, inesperadamente, causa tal inquietud a Radek:
"Ya en 1905 los obreros petersburgueses daban a su soviet el nombre de
gobierno proletario. Esta denominación era corriente en aquel entonces
y entraba enteramente en el programa de lucha por la conquista del poder por
la clase obrera. En aquella época oponíamos al zarismo un amplio
programa de democracia política (sufragio universal, república,
milicia, etc.). No podíamos obrar de otro modo. La democracia política
es una etapa necesaria en el desarrollo de las masas obreras, con la reserva
esencial de que en unos casos éstas pasan por dicha etapa en el transcurso
de varias décadas, mientras que en otros, la situación revolucionaria
permite a las mismas emanciparse de los prejuicios de la democracia política
antes ya de que las instituciones de la misma sean llevadas a la práctica."
(L. Trotsky: 1905, Prefacio, p. 7).
A propósito, estas palabras, que coinciden completamente con el pensamiento
de Lenin, reproducido más arriba, explican suficientemente, a mi parecer,
la necesidad de oponer a la dictadura del Kuomintang un amplio programa de
democracia política. Pero precisamente en este punto, Radek se desvía
hacia la izquierda. En la época de impulso revolucionario se oponía
a la salida del Partido Comunista chino del Kuomintang. En la época
de dictadura contrarrevolucionaria, se opone a la movilización de los
obreros chinos bajo las consignas de la democracia. Es lo mismo que llevar
un abrigo de pieles en verano y pasearse desnudo en invierno.
7. ¿Qué
significa actualmente para el Oriente la consigna de la dictadura democrática?
Ya definitivamente perdido
en la comprensión stalinista de las "etapas" históricas
-concepción evolucionista y filistea y no revolucionaria-, el propio
Radek intenta ahora también canonizar la consigna de la dictadura democrática
del proletariado y de los campesinos para todo el Oriente. Radek hace un esquema
suprahistórico, de la hipótesis del bolchevismo que Lenin adaptó
al desarrollo de un país determinado, modificó, concretizó,
y en una etapa determinada, abandonó. He aquí lo que Radek repite
incansablemente a este propósito, en su artículo: "Esta
teoría y la táctica que se desprende de la misma son aplicables
a todos los países de desarrollo capitalista joven, en los cuales la
burguesía no haya liquidado las cuestiones que le han legado las formaciones
sociales y políticas anteriores."
Reflexionad sobre esta fórmula, y veréis que no es más
que una solemne justificación de la posición de Kamenev en 1917.
¿Acaso la burguesía rusa "liquidó" a través
de la Revolución de Febrero las cuestiones de la revolución
democrática? No; éstas se quedaron sin resolver, y, entre ellas,
la cuestión de las cuestiones: la cuestión agraria. ¿Cómo
Lenin no comprendió que la vieja fórmula era todavía
"aplicable"? ¿Por qué la abandonó?
Radek ha contestado antes a esto: sencillamente porque se había "realizado"
ya. Ya tuvimos ocasión de examinar esta contestación, completamente
inconsistente, aún en labios de Radek, el cual sostiene que la esencia
de la antigua consigna leninista no consiste, ni mucho menos, en las formas
de poder, sino en la liquidación real de las reminiscencias feudales
mediante la colaboración del proletariado con los campesinos. Pero
precisamente esto es lo que la etapa de Kerensky no dio. De aquí se
deduce que para la solución del problema actualmente más agudo,
el problema chino, la excursión de Radek por nuestro pasado no tiene
ningún sentido. Había que razonar, no acerca de lo que Trotsky
comprendía y no comprendía en 1905, sino acerca de lo que no
comprendían Stalin, Molotov y, sobre todo, Rikov y Kamenev en febrero
y marzo de 1917 (ignoro cuál fuese la posición del propio Radek,
en aquellos días).
Pues si se entiende que la dictadura democrática se "realizó"
en el doble poder hasta el punto de hacerse inaplazable la sustitución
de la vieja consigna, entonces será necesario reconocer que en China
la "dictadura democrática" se realizó de un modo más
concreto y definitivo en el régimen del Kuomintang, esto es, bajo el
mando de Chiang Kai-shek y Wan Tin-wei (jefe del Kuomintang de izquierda)
apoyados por Tan Pin-sian48 (ministro comunista que realizó la política
de Stalin-Bujarin). Por consiguiente, con tanto mayor motivo era obligatoria
la sustitución de la consigna en China.
¿Pero acaso la "herencia de las formaciones sociales y políticas
anteriores" ha sido liquidada en China? No; no lo ha sido. ¿Pero
es que lo había sido en nuestro país el 4 de abril de 1917,
cuando Lenin declaró la guerra a todos los elementos dirigentes de
la "vieja guardia bolchevique"? Radek se contradice sin remedio,
se confunde y va de una parte a otra. Observemos que no es en él accidental
el empleo de la compleja expresión relativa a la "herencia de
las formaciones" variándola en distintos pasajes y evitando evidentemente
una expresión más breve: las supervivencias del feudalismo o
del servilismo. ¿Por qué? Porque hace dos días negaba
simplemente estas supervivencias, privando con ello mismo de base a la dictadura
democrática. En su informe a la Academia Comunista, decía:
"Las fuentes de la Revolución china no son menos profundas que
las de nuestra Revolución de 1905. Se puede decir con firmeza que la
alianza de la clase obrera con los campesinos será allí más
fuerte de lo que lo fue en nuestro país en 1905, por la sencilla razón
de que en China atacarán no a dos clases, sino a una sola: a la burguesía."
Sí; "por esa sencilla razón". Pero si el proletariado
junto con los campesinos ataca a una sola clase, a la burguesía -no
a la supervivencia del feudalismo, sino a la burguesía-, entonces permita
que le pregunte a usted, ¿cómo se llama tal revolución?
¿Democrática? Observad que Radek decía esto no en 1905
ni en 1909, sino en marzo de 1927. ¿Cómo se pueden atar estos
cabos? Muy sencillamente. En marzo de 1927, Radek se desviaba también
del buen camino, pero hacia otro lado. En sus tesis sobre la cuestión
china, la oposición introdujo una enmienda radical en la actitud unilateral
sostenida en aquel entonces por Radek. Pero en las palabras de este último
que acabamos de reproducir había, sin embargo, una parte de verdad:
en China los terratenientes casi no existen como clase, los propietarios de
tierras están ligados con los capitalistas de un modo incomparablemente
más estrecho que en la Rusia zarista; por eso el peso específico
de la cuestión agraria en China es mucho menor que en la Rusia zarista;
en cambio, ocupa un lugar inmenso el objetivo de emancipación nacional.
De acuerdo con esto, la capacidad de los campesinos chinos en el sentido de
la lucha política revolucionaria independiente por la renovación
democrática del país no puede en ningún modo ser superior
a la de los campesinos rusos. Esto halló en parte su expresión
en el hecho de que ni antes de 1905, ni durante los tres años de revolución,
apareció en Rusia ningún partido populista que inscribiera la
revolución agraria en sus banderas. Todo esto en conjunto muestra que
para China, que ha dejado ya atrás la experiencia de 1925-1927, la
fórmula de la dictadura democrática representa en sí
una ratonera reaccionaria, todavía más peligrosa de lo que lo
fue en nuestro país después de la Revolución de Febrero.
Otra incursión en el pasado todavía más remoto, efectuada
por Radek, se vuelve también sin misericordia contra él. En
esta ocasión se trata de la consigna de la revolución permanente
lanzada por Marx en 1850.
"En Marx, -dice Radek- no había la consigna de la dictadura democrática,
pero en Lenin ésta se convirtió en un eje político desde
1905 hasta 1917 y entró como parte integrante en su idea de la revolución
en todos [?] los países de desarrollo capitalista incipiente [?]."
Apoyándose en algunas líneas de Lenin, Radek explica esta diferencia
de posición como sigue: el objetivo central de la Revolución
alemana era la unidad nacional; en nuestro país, la revolución
agraria. Si este contraste no es hecho en forma mecanicista, y se observan
las proporciones, hasta cierto punto es justo. Pero entonces, ¿qué
se puede decir de China?; el peso específico del problema nacional
en comparación con el agrario, en China, en su calidad de país
semicolonial, es incomparablemente mayor incluso que en la Alemania de 1848-1850,
pues en China se trata al mismo tiempo de unificación y de emancipación.
Marx formuló su perspectiva de revolución permanente cuando
en Alemania se alzaban aún todos los tronos, los junkers poseían
la tierra y a los elementos dirigentes de la burguesía se les permitía
que llegaran únicamente hasta la antesala del poder. En China la monarquía
no existe ya desde el año 1911, no hay una clase independiente de grandes
terratenientes, está en el poder el Kuomintang nacional-burgués,
y las relaciones feudales se han fundido químicamente, por decirlo
así, con la explotación burguesa. Por lo tanto, la comparación
establecida por Radek entre la posición de Marx y la de Lenin, se vuelve
enteramente contra la consigna de la dictadura democrática en China.
Además, Radek toma incluso la posición de Marx de un modo falto
de seriedad, casual, episódico, limitándose a la circular de
1850 en que Marx considera aún a los campesinos como a los aliados
naturales de la democracia pequeño burguesa urbana. En aquel entonces
Marx esperaba una etapa independiente de la revolución democrática
en Alemania, esto es, el advenimiento temporal al poder de los radicales pequeño
burgueses urbanos, apoyándose en los campesinos. He aquí el
nudo de la cuestión.
Pero esto fue precisamente lo que no sucedió. Y no casualmente. Ya
a mediados del siglo pasado, la democracia pequeño burguesa se mostró
impotente para realizar su revolución independiente. Y Marx tuvo en
cuenta esta lección. El 16 de agosto de 1856 -seis años después
de la circular mencionada- Marx escribía a Engels:
"En Alemania todo dependerá de la posibilidad de respaldar la
revolución proletaria sobre una especie de segunda edición de
la guerra campesina. Si se logra esto, las cosas marcharán de un modo
excelente."
Estas interesantísimas palabras, absolutamente olvidadas por Radek,
constituyen verdaderamente una preciosa clave para la Revolución de
Octubre, y el problema que nos está ocupando. ¿Es que Marx saltaba
por alto la revolución agraria? No, como hemos visto. ¿Consideraba
necesaria la colaboración del proletariado y de los campesinos en la
revolución próxima? Sí. ¿Admitía la posibilidad
del papel directivo o tan siquiera independiente de los campesinos en la revolución?
No; no lo admitía. Marx partía del punto de vista de que los
campesinos, que no consiguieron apoyar a la democracia burguesa en la revolución
democrática independiente (por culpa de la burguesía democrática
y no de los campesinos), podrían apoyar al proletariado en su revolución.
"Entonces las cosas marcharán de un modo excelente". Radek
parece no querer observar que esto fue precisamente lo que sucedió
en Octubre y no del todo mal, por cierto.
Las conclusiones aplicables a la China que se desprenden de aquí, son
absolutamente claras. Se trata, no del papel decisivo de los campesinos como
aliados ni de la inmensa importancia de la revolución agraria, sino
de saber si en China es posible una revolución agrario-democrática
independiente o si "una nueva edición de la guerra campesina"
apoyará a la dictadura proletaria. Sólo así está
planteada la cuestión. Quien la plantee de otro modo no ha aprendido
ni ha comprendido nada y no hace más que descarriar y confundir al
Partido comunista chino.
Para que los proletarios de los países de Oriente puedan abrirse el
camino que ha de conducirles a la victoria, es necesario ante todo arrojar
por la borda la teoría pedantesca y reaccionaria de las "etapas"
y de "las fases", inventada por Stalin-Martinov. El bolchevismo
ha crecido en la lucha contra este evolucionismo vulgar. Hay que seguir, no
una ruta fijada a priori, sino la que nos indique el desarrollo real de la
lucha de clases. Abandonad la idea de Stalin y Kuusinen de establecer un turno
para los países de distinto nivel de desarrollo proveyéndolos
de antemano de bonos para las distintas raciones revolucionarias. Lo repetimos:
hay que seguir el camino indicado por el desarrollo real de la lucha de clases.
En este sentido, Lenin es un guía inapreciable, pero hay que tomarlo
en su conjunto.
Cuando en 1919, sobre todo en relación con la organización de
la Internacional Comunista, Lenin resumía las conclusiones del período
transcurrido y daba a las mismas una formulación teórica más
acabada, interpretaba la etapa de Kerensky y Octubre del siguiente modo: "En
la sociedad burguesa con contradicciones de clase ya desarrolladas, puede
haber únicamente la dictadura de la burguesía, descarada o encubierta,
o la dictadura del proletariado. No cabe ningún régimen transitorio.
Toda democracia, toda 'dictadura de la democracia' (comillas irónicas
de Lenin), no será más que una envoltura del régimen
de la burguesía, como lo ha mostrado la experiencia del país
más atrasado de Europa, Rusia, en la época de su revolución
burguesa, esto es, en la época mas favorable para la 'dictadura de
la democracia'". Lenin utilizó esta conclusión como base
de sus tesis sobre la democracia, las cuales fueron un resultado de la experiencia
conjunta de las revoluciones de Febrero y Octubre.
Radek, como muchos otros, separa mecánicamente la cuestión de
la democracia en general de la dictadura democrática, lo cual constituye
una fuente de los mayores errores. La "dictadura democrática"
no puede ser más que la dominación encubierta de la burguesía
durante la Revolución, como nos lo enseña la experiencia tanto
de nuestro "doble poder" (1917) como la del Kuomintang chino.
La impotencia de los epígonos se manifiesta con una evidencia singular
en el hecho de que aún actualmente intentan oponer la dictadura democrática
tanto a la dictadura de la burguesía como a la del proletariado. Esto
significa que la dictadura democrática debe tener un contenido intermedio,
esto es, pequeño burgués. La participación del proletariado
en la misma, no cambia las cosas, pues en la naturaleza no existe entre las
distintas clases una línea media. Si no se trata de la dictadura de
la burguesía ni la del proletariado, esto significa que el papel determinante
y decisivo debe desempeñarlo la pequeña burguesía. Pero
esto nos vuelve a la misma cuestión, a la cual han contestado prácticamente
tres revoluciones rusas y dos revoluciones chinas: ¿es capaz actualmente
la pequeña burguesía, en las condiciones de la dominación
mundial del imperialismo, de desempeñar un papel revolucionario dirigente
en los países capitalistas, aunque éstos sean atrasados y no
hayan resuelto aún sus problemas democráticos?
No ignoramos que hubo épocas en que los sectores inferiores de la pequeña
burguesía instauraron su dictadura revolucionaria. Pero eran esas épocas
en que el proletariado o preproletariado de aquel entonces no se separaba
aún de la pequeña burguesía, sino que, al contrario,
en su aspecto aún no completamente desarrollado, constituía
el núcleo combativo de la misma. Ahora es completamente diferente.
No se puede ni tan siquiera hablar de la capacidad de la pequeña burguesía
para dirigir la vida de una sociedad burguesa aunque sea atrasada, por cuanto
el proletariado se ha separado ya de la pequeña burguesía y
se levanta hostilmente contra la grande sobre la base del desarrollo capitalista,
que condena a la pequeña burguesía a la insignificancia y coloca
a los campesinos ante la necesidad de elegir políticamente entre la
burguesía y el proletariado. Cada vez que los campesinos eligen a un
partido exteriormente pequeño burgués apoyan de hecho al capital
financiero. Si durante la primera Revolución rusa, o en el período
comprendido entre dos revoluciones, podía aún haber divergencias
sobre el grado de independencia (únicamente sobre el grado), esta cuestión
ha sido resuelta de un modo definitivo por el curso de los acontecimientos
de los últimos doce años.
Después de Octubre, se ha planteado prácticamente de nuevo en
muchos países, en todos los aspectos y combinaciones posibles, y se
ha resuelto siempre de un modo idéntico. Después de la experiencia
del kerenskismo, la fundamental ha sido, como se ha dicho ya, la del Kuomintang.
Pero no tiene menos importancia la experiencia del fascismo en Italia, donde
la pequeña burguesía arrebató el poder a los viejos partidos
burgueses con las armas en la mano para transmitirlo inmediatamente, a través
de sus dirigentes, a la oligarquía financiera. La misma cuestión
se planteó en Polonia, donde el movimiento de Pilsudsky fue dirigido
de un modo inmediato contra el gobierno reaccionario de los burgueses y terratenientes
y fue la expresión de las aspiraciones de las masas pequeño
burguesas y aun de amplios sectores del proletariado. No es casual que el
viejo socialdemócrata polaco V. Arski, temiendo no "apreciar en
su justo valor el papel de los campesinos" identificara el golpe de Estado
de Pilsudsky49 con la "dictadura democrática de los obreros y
de los campesinos". Nos llevaría demasiado tiempo analizar aquí
la experiencia búlgara, o sea, la política vergonzosamente confusa
de los Kolarov y Kabakchíev con respecto al partido de Stambuliski,
o el ignominioso experimento hecho con el Partido Obrero y Campesino en los
Estados Unidos, o el idilio de Zinoviev con Radich, o la experiencia del Partido
Comunista de Rumania y así hasta el infinito. En mi Crítica
del Programa de la Internacional Comunista he analizado algunos de estos hechos
en sus elementos sustanciales. La conclusión fundamental confirma y
robustece completamente las lecciones de Octubre: la pequeña burguesía,
incluyendo en ella a los campesinos, es incapaz de dirigir la sociedad burguesa
moderna, aunque sea atrasada, ni en la época de revolución ni
en la de reacción. Los campesinos pueden apoyar la dictadura de la
burguesía o sostener la del proletariado. Las formas intermedias son
una tapadera de la dictadura de la burguesía, ya vacilante o todavía
inconsistente después de las sacudidas (kerenskismo, fascismo, pilsudskismo).
Los campesinos pueden ir con la burguesía o con el proletariado. Si
éste intenta ir a toda costa con los campesinos, que todavía
no están con él, el proletariado va de hecho a la zaga del capital
financiero: los obreros partidarios de la defensa nacional en 1917 en Rusia,
los obreros del Kuomintang, los comunistas entre ellos, los obreros del PPS50,
y en parte los comunistas en 1926 en Polonia, etc. Quien no haya reflexionado
sobre esto hasta sus últimas consecuencias, el que no haya comprendido
los acontecimientos siguiendo sus huellas vivas, es mejor que no se mezcle
en la política revolucionaria.
La conclusión fundamental que Lenin sacaba de las lecciones de Febrero
y Octubre en la forma más definida y general rechaza de lleno la idea
de la "dictadura democrática". He aquí lo que escribió
más de una vez a partir de 1918:
"Toda la economía política, toda la historia de las revoluciones,
toda la historia del desarrollo político en el transcurso de todo el
siglo XIX nos enseña que el campesino marcha siempre o con el obrero
o con el burgués. Si no sabéis por qué, diría
yo a los ciudadanos que no lo han comprendido..., reflexionad sobre el desarrollo
de cualquiera de las grandes revoluciones de los siglos XVIII y XIX, sobre
la historia política de cualquier país en el siglo XIX y obtendréis
la respuesta. La economía de la sociedad capitalista es tal, que la
fuerza dominante no puede ser más que el capital o el proletariado
después de derrocar a aquél. No hay otras fuerzas en la economía
de dicha sociedad."(Obras, t. XVI, p. 217).
No se trata aquí de la Inglaterra o la Alemania contemporáneas.
Basándose en las lecciones de cualquiera de las grandes revoluciones
de los siglos XVIII y XIX, esto es, de las revoluciones burguesas en los países
atrasados, Lenin llega a la conclusión de que sólo es posible
o la dictadura de la burguesía o la del proletariado. No cabe dictadura
"democrática", esto es, intermedia.
Como hemos visto, Radek
resume su excursión teórica e histórica en un aforismo
que no puede ser más endeble, a saber, que hay que distinguir la revolución
burguesa de la socialista. Después de descender hasta esta "etapa",
Radek tiende un dedo a Kuusinen, el cual, partiendo de su único recurso,
esto es, del "sentido común", considera inverosímil
que tanto en los países adelantados como en los atrasados se pueda
propugnar la consigna de la dictadura del proletariado. Con la sinceridad
del hombre que no comprende nada, Kuusinen acusa a Trotsky de "no haber
aprendido nada" desde 1905. Y Radek, siguiendo el ejemplo de Kuusinen,
ironiza: para Trotsky "la peculiaridad de las revoluciones china e india
consiste precisamente en que no se distinguen en nada de las de Europa occidental,
y por esto deben conducir en sus primeros [?] pasos a la dictadura del proletariado."
Radek olvida un pequeño detalle: la dictadura del proletariado se ha
realizado, no en los países de la Europa occidental, sino precisamente
en un país atrasado del Oriente europeo. ¿Tiene la culpa Trotsky
de que el proceso histórico haya prescindido del carácter "peculiar"
de Rusia? Radek olvida, además, que en todos los países capitalistas,
a pesar de la variedad de su nivel de desarrollo, de sus estructuras sociales,
de sus tradiciones, etc., esto es, a pesar de todas sus "peculiaridades"
domina la burguesía, o más exactamente, el capital financiero.
De nuevo el poco respeto por las características peculiares parte aquí
del proceso histórico, y en modo alguno de Trotsky.
¿En qué consiste entonces la diferencia entre los países
avanzados y los atrasados? La diferencia es grande, pero así y todo
se trata de una diferencia en los límites de la dominación de
las relaciones capitalistas. Las formas y métodos de dominación
de la burguesía en los distintos países son extraordinariamente
variados. En uno de los polos, su dominación tiene un carácter
claro y absoluto: los Estados Unidos. En el otro polo -India- el capital financiero
se adapta a las instituciones caducas del medioevo asiático, sometiéndoselas
e imponiendo sus métodos a las mismas. Pero tanto aquí como
allí domina la burguesía. De esto se deduce que la dictadura
del proletariado tendrá asimismo en los distintos países capitalistas
un carácter extremadamente variado, en el sentido de la base social,
de las formas políticas, de los objetivos inmediatos y del ritmo del
proceso. Pero sólo la hegemonía del proletariado, convertida
en dictadura de este último, después de la conquista del poder,
puede conducir a las masas populares a la victoria sobre el bloque de los
imperialistas, de los feudales y de la burguesía nacional.
Radek se imagina que al dividir a la humanidad en dos grupos: uno "maduro",
para la dictadura socialista; otro, únicamente para la democrática,
tiene en cuenta con ello mismo, en oposición a mí, las características
"peculiares" de los distintos países. En realidad, no hace
más que poner en circulación una fórmula rutinaria y
estéril, susceptible únicamente de impedir que los comunistas
estudien las peculiaridades características reales de cada país,
esto es, el entrelazamiento en el mismo de las distintas fases y etapas del
desarrollo histórico.
Un país que no haya realizado o consumado su revolución democrática,
presenta peculiaridades de la mayor importancia, que deben servir de base
al programa de la vanguardia proletaria. Sólo basándose en un
programa nacional semejante, puede el partido comunista desarrollar una lucha
verdadera y eficaz contra la burguesía y sus agentes democráticos
por la mayoría de la clase obrera y de las masas explotadas en general.
La posibilidad de éxito en esta lucha se halla determinada naturalmente
en un grado considerable por el papel del proletariado en la economía
del país; por consiguiente, en el nivel de desarrollo capitalista de
este último. Pero no es éste ni mucho menos el único
criterio. Importancia no menor tiene la cuestión de saber si existe
en el país un problema "popular" amplio y candente en cuya
resolución esté interesada la mayoría de la nación
y que exija las medidas revolucionarias más audaces. Son problemas
de este orden el agrario y el nacional, en sus distintas combinaciones. Teniendo
en cuenta el carácter agudo del problema agrario y lo insoportable
del yugo nacional en los países coloniales, el proletariado joven y
relativamente poco numeroso puede llegar al poder, sobre la base de la revolución
nacional-democrática, antes que el proletariado de un país avanzado
sobre una base puramente socialista. Parece que después de Octubre
no debía ser necesario demostrar esto. Pero durante estos años
de reacción ideológica y de degeneración teórica
epigónica, se han apagado hasta tal punto las ideas más elementales
sobre la Revolución, que no hay mas remedio que empezar cada vez de
nuevo.
¿Significa lo dicho que en la actualidad todos los países del
mundo hayan madurado ya, de un modo u otro, para la revolución socialista?
No; esto es un modo falso, estéril, escolástico, propio de Stalin-Bujarin,
de plantear la cuestión. Indiscutiblemente, toda la economía
mundial en su conjunto ha madurado para el socialismo. Sin embargo, eso no
significa que haya madurado cada uno de los países. En este caso, ¿cómo
se puede hablar de dictadura del proletariado en algunos países, tales
como China, India, etc.? A esto contestaremos: la historia no se hace por
encargo. Un país puede "madurar" para la dictadura del proletariado
sin haber madurado, ni mucho menos, no sólo para una edificación
independiente del socialismo, sino ni aún para la aplicación
de vastas medidas de socialización. No hay que partir de la armonía
predeterminada de la evolución social. La ley del desarrollo desigual
sigue viviendo, a pesar de los tiernos abrazos teóricos de Stalin.
Esta ley manifiesta su fuerza no sólo en las relaciones entre los países,
sino también en las interrelaciones de los distintos procesos en el
interior de un mismo país. La conciliación de los procesos desiguales
de la economía y de la política se puede obtener únicamente
en el terreno mundial. Esto significa, en particular, que la cuestión
de la dictadura del proletariado en China no se puede examinar únicamente
dentro del marco de la economía y de la política chinas. Y aquí
llegamos de lleno a dos puntos de vista que se excluyen recíprocamente:
la teoría internacional revolucionaria de la revolución permanente
y la teoría nacional-reformista del socialismo en un solo país.
No sólo la China atrasada, sino en general ninguno de los países
del mundo, podría edificar el socialismo en su marco nacional: el elevado
desarrollo de las fuerzas productivas, que sobrepasan las fronteras nacionales,
se opone a ello, así como el insuficiente desarrollo para la nacionalización.
La dictadura del proletariado en Inglaterra, por ejemplo, chocaría
con contradicciones y dificultades de otro carácter, pero acaso no
menores de las que se plantearían a la dictadura del proletariado en
China. En ambos casos, las contradicciones pueden ser superadas únicamente
en el terreno de la revolución mundial. Este modo de plantear la cuestión
elimina la de si China "ha madurado" o no para la transformación
socialista. Aparece indiscutible que el atraso de dicho país dificulta
extraordinariamente la labor de la dictadura proletaria. Pero repetimos: la
historia no se hace por encargo, y al proletariado chino nadie le ha dado
a elegir.
¿Significa esto, por lo menos, que todo país, incluso un país
colonial atrasado, haya madurado ya si no para el socialismo, para la dictadura
del proletariado? No. Entonces, ¿qué posición adoptar
ante la revolución democrática en general y en las colonias
en particular? ¿Dónde está escrito, contesto yo, que
todo país colonial haya madurado ya para la resolución inmediata
y completa de sus problemas nacionales y democráticos? Hay que plantear
la cuestión de otro modo. En las condiciones de la época imperialista,
la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida
hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas
del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al
proletariado al poder como dirigente de las masas populares. ¿Y si
no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará
resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras.
En 1905, el proletariado de Rusia no se mostró aún suficientemente
fuerte para agrupar a su alrededor a las masas campesinas y conquistar el
poder. Por esta misma causa, la revolución quedó detenida a
medio camino y después fue descendiendo más y más. En
China, donde, a pesar de las circunstancias excepcionalmente favorables, la
dirección de la Internacional Comunista impidió que el proletariado
luchara por el poder, los objetivos nacionales hallaron una solución
mezquina e inconsistente en el régimen del Kuomintang.
Es imposible predecir cuándo ni en qué circunstancias un país
colonial ha madurado para la solución verdaderamente revolucionaria
de los problemas agrario y nacional. Pero lo que en todo caso podemos ahora
decir con completa certeza, es que no sólo China, sino también
la India, sólo pueden llegar a una democracia verdaderamente popular,
esto es, obrero-campesina, únicamente, a través de la dictadura
del proletariado. En el camino que conduce a esto pueden aparecer aún
muchas etapas, fases y estadios. Bajo la presión de las masas populares,
la burguesía dará todavía pasos hacia la izquierda con
el fin de lanzarse luego sobre el pueblo de un modo más implacable.
Son posibles y probables períodos de doble poder. Pero lo que no habrá
ni puede haber es una verdadera dictadura democrática que no sea la
dictadura del proletariado. Una dictadura democrática "independiente"
puede tener únicamente el carácter de régimen del Kuomintang,
es decir, dirigido completamente contra los obreros y campesinos. Debemos
de antemano comprenderlo y enseñarlo a las masas, no cubriendo las
realidades de clase con una fórmula abstracta.
Stalin y Bujarin sostenían que en China, gracias al yugo del imperialismo,
la burguesía podría realizar la revolución nacional.
Lo ensayaron. ¿Y el resultado? Llevaron al proletariado al matadero.
Luego dijeron: ha llegado el turno de la dictadura democrática. La
dictadura pequeño burguesa resultó ser únicamente la
dictadura enmascarada del capital. ¿Casualmente? No; "el campesino
va con los obreros o con la burguesía". En un caso se obtiene
la dictadura de la burguesía; en otro, la del proletariado.
Parece que la lección china es suficientemente clara, incluso para
un curso por correspondencia. No -nos objetan-; no fue más que una
experiencia fracasada, volveremos a empezar de nuevo, y esta vez crearemos
una dictadura democrática "verdadera". ¿Siguiendo
qué camino? Sobre la base social de la colaboración del proletariado
y de los campesinos, nos dice Radek, ofreciéndonos un descubrimiento
novísimo. Pero, permita usted, el Kuomintang se erigió precisamente
sobre esta misma base: los obreros y los campesinos "colaboraron"
sacándole a la burguesía las castañas del fuego. Decidnos:
¿cuál será la mecánica política de esta
colaboración? ¿Con qué reemplazaréis al Kuomintang?
¿Qué partido subirá al poder? Designadlo, aunque no sea
más que aproximadamente. A esto, Radek contesta (en 1928) que sólo
las mentalidades caducas, incapaces de comprender la complejidad del marxismo,
pueden interesarse por la cuestión técnica secundaria de qué
clase ha de ser cab de la cuestión de la expresión de partido
de la colaboración de clase, llevamos al proletariado al Kuomintang,
nos entusiasmamos con éste hasta perder el sentido, se ofreció
una resistencia a la salida del Kuomintang se dejaron a un lado las cuestiones
políticas combativas para repetir una fórmula abstracta, y cuando
la burguesía ha roto el cráneo de un modo muy concreto al proletariado,
se nos propone: ensayémoslo otra vez. Y, para empezar, "abstraigámonos"
de nuevo de la cuestión de los partidos y del poder revolucionario.
No. Es esta una broma de mal género. No permitiremos que se nos arrastre
hacia atrás.
Todo este equilibrismo se hace, como hemos dicho, en interés de la
alianza de los obreros y campesinos. Radek pone en guardia a la oposición
contra la subvaloración de los campesinos y evoca la lucha de Lenin
contra los mencheviques. Cuando uno ve lo que se hace con los textos de Lenin,
a veces se siente la amarga ofensa que se infiere a la dignidad del pensamiento
humano. Sí; Lenin dijo más de una ve araron a la Revolución
de Febrero de la de Octubre, los mencheviques formaron un bloque indisoluble
con los socialistas revolucionarios. Y en aquel período, estos últimos
representaban a la mayoría aplastante de los campesinos despertados
por la revolución. Los mencheviques, junto con los socialistas revolucionarios,
se aplicaron el calificativo de democracia revolucionaria y lanzaban a la
cara de todo el mundo como un reto que eran precisamente ellos los que se
apoyaban en la alianza de los obreros y campesinos (soldados). Por lo tanto,
después de la Revolución de Febrero, los mencheviques expropiaron,
por decirlo así, la fórmula bolchevique de la alianza de los
obreros y campesinos. A los bolcheviques les acusaban de tender a divorciar
los campesinos de la vanguardia revolucionaria matando con ello la revolución.
En otros términos, los mencheviques acusaban a Lenin de ignorar a los
campesinos, o, por lo menos, de no apreciar todo su valor. La crítica
de Kamenev, Zinoviev y otros contra Lenin, no era más que un eco de
la de los mencheviques. La crítica actual de Radek no es más
que un eco retrasado de la de Kamenev.
La política de los epígonos en China, la de Radek inclusive,
es la continuación y el desarrollo de la mascarada menchevique de 1917.
La permanencia del Partido Comunista en el Kuomintang era justificada no sólo
por Stalin, sino también por Radek, por la necesidad de esa misma alianza
de los obreros y campesinos. Cuando se aclaró "inesperadamente"
que el Kuomintang era un partido burgués, se repitió la experiencia
con respecto al Kuomintang de "izquierda". Los resultados fueron
los mismos. Entonces, sobre este triste caso concreto, que no justificó
las grandes esperanzas que había despertado, se elevó la abstracción
de la dictadura democrática en oposición a la dictadura del
proletariado. De nuevo se repitió el pasado. En 1917 oímos centenares
de veces de los labios de Tseretelli, Dan y otros: "Tenemos ya la dictadura
de la democracia revolucionaria, y vosotros nos queréis llevar a la
dictadura del proletariado, o sea, a la ruina." Verdaderamente, la gente
tiene poca memoria. Decididamente, la "dictadura revolucionaria democrática"
de Stalin-Radek, no se diferencia en nada de la "dictadura de la democracia
revolucionaria" de Tseretelli-Dan. Sin embargo, esta fórmula no
sólo la hallamos en todas las resoluciones de la Internacional Comunista,
sino que penetró en el programa de la misma. Es difícil imaginarse
una mascarada más cruel y al mismo tiempo una venganza más dura
del menchevismo de las ofensas que le fueron inferidas por el bolchevismo
en 1917.
Los revolucionarios de Oriente pueden exigir una respuesta concreta, fundada
no en viejos textos escogidos a priori, sino en los hechos y la experiencia
política, a la pregunta sobre el carácter de la "dictadura
democrática". A la pregunta de qué es la "dictadura
democrática", Stalin ha hado más de una vez una respuesta
verdaderamente clásica: para el Oriente es, poco mas o menos, lo mismo
que "Lenin se representaba con respecto a la Revolución de 1905".
Esta fórmula se ha convertido en un cierto sentido en oficial. Se la
puede encontrar en los libros y resoluciones dedicados a China, a la India
o a Polinesia. A los revolucionarios se les remite a lo que Lenin "se
representaba" con respecto a unos acontecimientos futuros que hace ya
tiempo que se han convertido en pasados, interpretando, además, arbitrariamente,
las "suposiciones" de Lenin, no como este mismo las interpretaba
después de los acontecimientos.
Muy bien -dice bajando la cabeza el comunista de Oriente-; nos esforzaremos
en imaginarnos esto exactamente como Lenin; es decir, según vosotros
decís que se lo representaba él antes de la revolución.
Pero haced el favor de decirnos: ¿qué aspecto tiene esta consigna
en la realidad? ¿Cómo se llevó a la práctica en
vuestro país?
-En nuestro país se realizó bajo la forma del kerenskismo en
la época del doble poder.
-¿Podemos decir a nuestros obreros que la consigna de la dictadura
democrática se realizará en nuestro país bajo la forma
de nuestro kerenskismo nacional?
-¿Qué decís? ¡De ninguna manera! No habrá
ningún obrero que acepte semejante consigna: el kerenskismo es el servilismo
ante la burguesía y la traición a los trabajadores.
-Entonces, ¿qué es lo que debemos decir?- pregunta descorazonado
el comunista de Oriente.
-Debéis decir- contesta con impaciencia el Kuusinen de guardia -que
la dictadura democrática es lo mismo que Lenin se representaba con
respecto a la futura revolución democrática.
Si el comunista de Oriente no está falto de sentido, intentará
decir:
-Pero es un hecho que Lenin explicó en 1918 que la dictadura democrática
sólo halló su realización auténtica en la Revolución
de Octubre, la cual estableció la dictadura del proletariado. ¿No
será mejor que orientemos al partido y a la clase obrera precisamente
de acuerdo con esta perspectiva?
-De ninguna manera. No os atreváis ni siquiera a pensarlo. ¡Eso
es la r-r-r-evolución per-r-r-rmanente! ¡Eso es el tr-trotskismo!
Después de este grito amenazador, el comunista de Oriente se vuelve
más blanco que la nieve en las cimas más elevadas del Himalaya
y renuncia a preguntar ya nada. ¡Que pase lo que pase!
¿Y el resultado? Lo conocemos bien: o arrastrarse abyectamente ante
Chiang Kai-shek, o aventuras heroicas.
8. Del marxismo al pacifismo
Acaso lo más inquietante,
en un sentido sintomático, del artículo de Radek, sea un pasaje
que al parecer se halla al margen del tema central que nos interesa, pero
que en rigor está ligado con él por el paso que da el autor
hacia los actuales teóricos del centrismo. Se trata de las concesiones
hechas, en forma ligeramente disimulada, a la teoría del socialismo
en un solo país. Es necesario detenerse en ello, pues esta línea
"accesoria" de los errores de Radek puede, en su desarrollo ulterior,
pasar por encima de todas las demás divergencias, poniendo de manifiesto
que la cantidad de las mismas se ha convertido definitivamente en calidad.
Se trata de los peligros que amenazan a la Revolución desde el exterior.
Radek dice que Lenin "se daba cuenta de que con el nivel de desarrollo
económico de la Rusia de 1905 dicha dictadura (proletaria) sólo
podría mantenerse en caso de que viniera en su auxilio el proletariado
de la Europa occidental." (El destacado es mío L.T.)
Error sobre error, y, ante todo, grosero quebrantamiento de las perspectivas
históricas. En realidad, Lenin dijo, y no sólo una vez, que
la dictadura democrática (y no proletaria) no podría mantenerse
en Rusia sin la revolución socialista en Europa. Esta idea la hallamos
desarrollada en todos sus artículos y discursos de la época
del Congreso de Estocolmo de 1906 (Polémica con Plejanov, problemas
de la nacionalización, etc.). En aquel período, Lenin no planteaba
en general la cuestión de la dictadura proletaria en Rusia anticipándose
a la revolución socialista en la Europa occidental. Pero ahora lo principal
no es esto. ¿Qué significa "con el nivel de desarrollo
económico de la Rusia de 1905"? Y ¿qué decir con
respecto al nivel de 1917? La teoría del socialismo en un solo país
se basa en esta diferencia de nivel. El programa de la Internacional Comunista
divide todo el globo terráqueo en zonas "suficientes" e "insuficientes"
para la edificación independiente del socialismo, creando de este modo
una serie de callejones sin salida para la estrategia revolucionaria.
La diferencia de nivel económico puede tener indudablemente una importancia
decisiva para la fuerza política de la clase obrera. En 1905, no llegamos
a la dictadura del proletariado, como no llegamos tampoco, dicho sea de paso,
a la dictadura democrática. En 1917 implantamos la dictadura del proletariado
con absorción de la dictadura democrática. Pero, con el desarrollo
económico de 1917, lo mismo que con el de 1905, la dictadura sólo
puede mantenerse y convertirse en socialismo en el caso de que acuda oportunamente
en su auxilio el proletariado occidental. Ni que decir tiene que esta "oportunidad"
no está sujeta a un cálculo establecido a priori, sino que queda
determinado en el transcurso del desarrollo de la lucha. Con respecto a esta
cuestión fundamental, determinada por la correlación mundial
de fuerzas, a la cual pertenece la palabra última y decisiva, la diferencia
de nivel de Rusia entre 1905 y 1917, por importante que sea en sí,
es un factor de segundo orden.
Pero Radek no se limita a esta alusión equívoca a la diferencia
de nivel. Después de indicar que Lenin supo comprender el nexo existente
entre los problemas internos de la revolución y los mundiales (¡y
tanto que lo supo comprender!), Radek añade:
"Lo único que hay es que Lenin no exageraba la idea de este nexo
entre la conservación de la dictadura socialista en Rusia y la ayuda
del proletariado de la Europa occidental, idea excesivamente exagerada en
la fórmula de Trotsky, según la cual, la ayuda ha de partir
del Estado, es decir, del proletariado occidental ya victorioso." (El
destacado es mío L.T.).
He de confesar que al leer estas líneas no daba crédito a mis
ojos. ¿Qué necesidad tenía Radek de emplear esa arma
inútil sacada del arsenal de los epígonos? ¿No ve que
ésta no es más que una repetición tímida de las
vulgaridades stalinistas, de las cuales nos habíamos reído siempre?
Entre otras cosas, el fragmento citado demuestra que Radek se representa muy
mal los jalones fundamentales del camino seguido por Lenin. Este no sólo
no opuso nunca, a la manera stalinista, la presión del proletariado
europeo sobre el poder burgués a la conquista del poder por el proletariado,
sino que, a la inversa, planteaba de un modo aún más saliente
que yo la cuestión de la ayuda revolucionaria del exterior.
En la época de la primera Revolución repetía incansablemente
que no mantendríamos la democracia (¡ni siquiera la democracia!)
sin la revolución socialista en Europa. En 1917-1918, y en los años
siguientes, Lenin no enfocaba nunca los destinos de nuestra Revolución
más que relacionándolos con la revolución socialista
iniciada ya en Europa. Decía, por ejemplo, sin más, que "sin
la victoria de la Revolución en Alemania, nuestra caída era
inevitable". Esto lo afirmaba en 1918, y no con el "nivel económico"
de 1905, y con ello no se refería precisamente a las décadas
futuras, sino a plazos muy próximos, de pocos años, por no decir
meses.
Lenin explicó docenas de veces que si habíamos podido resistir
"era únicamente porque una serie de condiciones especiales nos
habían preservado por un breve plazo [¡por un breve plazo! L.T.]
del imperialismo internacional". Y más adelante:
"El imperialismo mundial... en ningún caso ni en ninguna circunstancia
podría vivir al lado de la República soviética... Aquí,
el conflicto aparece inevitable." ¿Y la conclusión? ¿La
esperanza pacifista en la "presión" del proletariado y la
"neutralización" de la burguesía? No; la conclusión
es la siguiente: "Aquí reside la mayor dificultad de la Revolución
rusa... la necesidad de provocar la revolución mundial." (Obras,
XV, p.126).
¿Cuándo decía esto? No era en 1905, cuando Nicolás
II se ponía de acuerdo con Guillermo II para aplastar la Revolución
y yo preconizaba mi "exagerada fórmula", sino en 1918, en
1919 y en los años siguientes.
He aquí lo que Lenin decía en el III Congreso de la Internacional
Comunista, deteniéndose a echar una ojeada retrospectiva:
"Para nosotros, era claro que sin el apoyo de la revolución mundial
la victoria de la revolución proletaria [en nuestro país. L.T.]
era imposible. Ya antes de la Revolución, así como después
de la misma, pensábamos: inmediatamente o, al menos, muy pronto, estallará
la Revolución en los demás países más desarrollados
desde el punto de vista capitalista o en caso contrario deberemos perecer.
A pesar de este convencimiento, lo hicimos todo para conservar en todas las
circunstancias y a toda costa el sistema soviético, pues sabíamos
que trabajábamos no sólo para nosotros, sino también
para la revolución internacional. Esto lo sabíamos, y expresamos
repetidamente este convencimiento antes de la Revolución de Octubre,
lo mismo que inmediatamente después de triunfar ésta y durante
las negociaciones de la paz de Brest-Litovsk. Y esto era, en general, exacto.
Pero en la realidad, el movimiento no se desarrolló en una línea
tan recta como esperábamos." (Actas del Tercer Congreso de la
Internacional Comunista, página 354, edición rusa).
A partir de 1921, el movimiento no siguió una línea tan recta
como habíamos creído con Lenin en 1917-1919 (y no sólo
en 1905). Pero así y todo, se desarrolló en el sentido de las
contradicciones irreconciliables entre el Estado obrero y el mundo burgués.
Uno de los dos debe perecer. Sólo el desarrollo victorioso de la revolución
proletaria en Occidente puede preservar al Estado obrero de los peligros mortales,
no sólo militares, sino económicos, que le amenazan. Intentar
descubrir dos posiciones en esta cuestión, la mía y la de Lenin,
es una incoherencia teórica. Releed al menos a Lenin, no lo calumniéis,
no queráis alimentarnos con los fiambres insustanciales de Stalin.
Pero el desliz no se detiene aquí. Después de inventar que Lenin
había reconocido como suficiente el "simple" apoyo (en esencia
reformista, a lo Purcell) del proletariado internacional, mientras que Trotsky
exigía la ayuda desde el Estado, es decir, revolucionaria, Radek prosigue:
"La experiencia ha demostrado que, en este punto, Lenin tenía
también razón. El proletariado europeo no ha podido aún
conquistar el poder, pero ha sido ya lo suficientemente fuerte para impedir
que la burguesía mundial lanzara contra nosotros fuerzas considerables
durante la intervención. Con esto nos ha ayudado a mantener el régimen
soviético. El miedo al movimiento obrero, junto con las contradicciones
del mundo capitalista, ha sido la fuerza principal que nos ha asegurado la
paz en el transcurso de los ocho años que han seguido al fin de la
intervención." Este pasaje, si bien no brilla por su originalidad
entre los ejercicios de los escritores de oficio de nuestros días,
es notable por la acumulación de anacronismos históricos, confusión
política y errores groseros de principio que contiene.
De las palabras de Radek se desprende que Lenin en 1905, en su folleto Dos
tácticas (Radek se refiere sólo a este trabajo), había
previsto que después de 1917, la correlación de fuerzas entre
los Estados y entre las clases sería tal, que excluiría por
mucho tiempo la posibilidad de una fuerte intervención militar contra
nosotros. Por el contrario, Trotsky no preveía en 1905 la situación
que habría de crearse después de la guerra imperialista, y tomaba
en cuenta las realidades de aquel entonces, tales como la fuerza de los ejércitos
de los Hohenzollerns y de los Habsburgos, el poderío de la Bolsa francesa,
etc. ¿No ve Radek que esto es un anacronismo monstruoso, complicado,
además, por contradicciones internas risibles? Según él,
mi error fundamental consistía en que presentaba las perspectivas de
la dictadura del proletariado "ya con el nivel de 1905". Ahora se
pone de manifiesto un segundo "error": el de no haber colocado las
perspectivas de la dictadura del proletariado, propugnada por mí en
vísperas de la Revolución de 1905, en la situación internacional
creada después de 1917. Cuando estos argumentos habituales parten de
Stalin, no nos causan ninguna extrañeza, pues conocemos suficientemente
bien su "nivel de desarrollo", tanto en 1917 como en 1928. Pero
¿cómo un Radek ha podido ir a dar en tal compañía?
Sin embargo, no es esto lo peor. Lo peor es que Radek se ha saltado por alto
la barrera que separa al marxismo del oportunismo, a la posición revolucionaria
de la pacifista. Se trata nada menos que de la lucha contra la guerra, esto
es, de los procedimientos y métodos con que se puede evitar o contener
la guerra: mediante la presión del proletariado sobre la burguesía
o la guerra civil para el derrocamiento de la burguesía. Radek, sin
darse cuenta de ello, introduce en nuestra discusión este problema
fundamental de la política proletaria.
¿No querrá decir Radek que, en general, "ignoro" no
sólo a los campesinos, sino también la presión del proletariado
sobre la burguesía, y tomo en consideración únicamente
la revolución proletaria? Es dudoso, sin embargo, que sostenga un absurdo
tal, digno de un Thaelmann, de un Sémard o de un Monmousseau. En el
III Congreso de la Internacional Comunista, los ultraizquierdistas de aquel
entonces (Zinoviev, Thalheimer, Thaelmann, Sémard, Bela Kun51 y otros)
defendieron la táctica de provocar intentonas y revueltas en los países
occidentales como camino de salvación para la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas. Junto con Lenin, les expliqué del modo
más popular posible que la mejor ayuda que nos podían prestar
consistía en reforzar de un modo sistemático sus posiciones
y en prepararse para la conquista del poder, y no en improvisar aventuras
revolucionarias para nosotros. En aquel entonces, Radek, por desgracia, se
hallaba no al lado de Lenin ni de Trotsky, sino de Zinoviev y Bujarin. Supongo
que se acordará -y si él no se acuerda, lo recuerdan las actas
del tercer Congreso- de que la esencia de la argumentación de Lenin
y mía consistía en la lucha contra la fórmula "irracionalmente
exagerada" de los elementos de la extrema izquierda. Sin embargo, al
mismo tiempo que les explicábamos que el robustecimiento del Partido
y la presión creciente del proletariado era un factor de gran peso
en las relaciones internas e internacionales, nosotros, marxistas, añadíamos
que la "presión" no era más que una función
de la lucha revlucionaria por el poder., y dependía pelenamente del
desarrollo de esta última. He aquí por qué en el transcurso
de este III Congreso, Lenin, en una gran reunión privada de delegados
pronunció un discurso contra las tendencias de pasividad y de expectativa,
discurso que puede resumirse, poco más o menos, en la siguiente moraleja:
no queremos que os lancéis a las aventuras, pero no obstante, queridos
amigos, daos prisa, porque no es posible sostenerse durante largo tiempo únicamente
mediante la "presión".
Radek indica que el proletariado europeo no pudo tomar el poder después
de la guerra, pero impidió que la burguesía nos aplastara. Nosotros
mismos hemos tenido ocasión de hablar de esto más de una vez.
El proletariado europeo consiguió impedir que se nos destruyera, porque
su presión se juntó a las graves consecuencias objetivas de
la guerra imperialista y a los antagonismos internacionales exacerbados por
la misma. No se puede contestar (ni cabe, además, plantear la cuestión
así) cuál de estos elementos, la lucha en el campo imperialista,
el desmoronamiento económico o la presión del proletariado tuvo
una influencia decisiva. Pero que la presión internacional por sí
sola no basta, lo demostró con excesiva claridad la guerra imperialista,
la cual se desencadenó a pesar de todas las "presiones".
Finalmente, y esto es lo principal, si la presión del proletariado
en los primeros y más críticos años de la República
Soviética resultó eficaz, fue únicamente porque se trataba
entonces, para los obreros de Europa, no de presión, sino de lucha
por el poder, lucha que además tomó más de una vez la
forma de guerra civil.
En 1905 no había en Europa guerra, ni había desmoronamiento
económico; el capitalismo y el militarismo se distinguían por
una magnífica vitalidad. Y la presión de la socialdemocracia
de aquel entonces fue absolutamente impotente para impedir que Guillermo II
y Francisco-José llevaran sus tropas al reino polaco y acudieran en
auxilio del zar. Es más, aún en 1918 la presión del proletariado
alemán no impidió que los Hohenzollern ocuparan los países
bálticos y Ucrania; y si no llegó hasta Moscú fue únicamente
porque no disponía de fuerzas militares suficientes. De no ser así,
¿por qué ni para qué habríamos firmado la paz
de Brest?
¡Con qué facilidad se olvida la gente del ayer! Lenin, que no
se limitaba a confiar en la eficacia de las "presiones" del proletariado,
dijo más de una vez que sin la revolución alemana nuestra caída
era segura. Y esto, en sustancia, ha resultado cierto aunque los plazos se
hayan prolongado. No hay que hacerse ilusiones: obtuvimos una moratoria sin
plazo fijo. Seguimos viviendo, como antes, en las condiciones creadas por
una situación de "respiro".
Una situación tal, caracterizada por el hecho de que el proletariado
no puede aún tomar el poder, pero impide ya a la burguesía utilizarlo
para la guerra, es la situación de equilibrio inestable de clase en
su forma suprema de expresión. El equilibrio inestable se llama precisamente
así porque no puede persistir durante largo tiempo, y ha de resolverse
necesariamente en un sentido u otro. O el proletariado llega al poder, o la
burguesía, mediante una serie de represiones consecuentes, debilita
la presión revolucionaria en la medida necesaria para recobrar su libertad
de acción, ante todo en la cuestión de la guerra y la paz.
Sólo un reformista se puede representar la presión del proletariado
sobre el Estado burgués como un factor ascensional constante y como
garantía contra la intervención. De esta idea fue precisamente
de donde nació la teoría de la edificación del socialismo
en un país, dada la neutralización de la burguesía mundial
(Stalin). Del mismo modo que los búhos hacen su aparición al
atardecer, la teoría stalinista de la neutralización de la burguesía
mediante la presión del proletariado hubo de esperar, para surgir,
a que desaparecieran las condiciones que la engendraron.
Mientras que la experiencia, erróneamente interpretada, del período
de la posguerra conducía a la falsa esperanza de poder prescindir de
la revolución del proletariado europeo, sustituyéndola por su
"apoyo", la situación internacional sufría modificaciones
radicales. Las derrotas del proletariado abrían el camino a la estabilización
capitalista. El capitalismo superaba el desmoronamiento económico que
siguió a la guerra. Aparecieron nuevas generaciones que no habían
vivido los horrores de la matanza imperialista. Y el resultado de todo esto
ha sido que actualmente la burguesía puede disponer de su máquina
militar mucho más libremente que cinco u ocho años atrás.
La evolución de las masas obreras hacia la izquierda reforzará
de nuevo, indudablemente, en su desarrollo ulterior, su presión sobre
el Estado burgués. Pero ésta es un arma de dos filos. Precisamente
el peligro creciente que representan las masas obreras puede impulsar a la
burguesía, en una de las etapas próximas, a dar pasos decisivos
con el fin de demostrar que manda en su casa e intentar destruir el foco principal
de infección, la República Soviética. La lucha contra
la guerra no se resuelve con la presión sobre el gobierno, sino únicamente
con la lucha revolucionaria por el poder. Los efectos "pacifistas"
de la lucha de clases del proletariado, lo mismo que sus efectos reformistas,
sólo representa un producto accesorio de la lucha revolucionaria por
el poder; tiene una fuerza relativa y puede fácilmente convertirse
en su extremo opuesto, es decir, impulsar a la burguesía hacia la guerra.
El miedo de la burguesía ante el movimiento obrero, a que se refiere
Radek de un modo tan unilateral, es la esperanza fundamental de todos los
socialpacifistas. Pero el solo "miedo" a la revolución no
resuelve nada; el factor decisivo es la revolución. He aquí
por qué Lenin decía en 1905 que la única garantía
contra la restauración monárquica, y en 1918 contra la restauración
del capitalismo, era, no la presión del proletariado, sino su victoria
revolucionaria en toda Europa. Es la única manera justa de plantear
la cuestión. A pesar del prolongado carácter del "respiro",
la posición de Lenin sigue conservando hoy día toda su fuerza.
Yo no me separaba de él en nada, en el planteamiento de la cuestión.
En mis Resultados y perspectivas escribía yo en 1906:
"Es precisamente el miedo ante el alzamiento en armas del proletariado
lo que obliga a los partidos burgueses, que votan sumas fabulosas para los
gastos de la paz, a la creación de cámaras internacionales de
arbitraje e incluso de la organización de los Estados Unidos de Europa,
declamación vacía que no puede, naturalmente, suprimir ni el
antagonismo de los Estados ni las pugnas armadas." (Nuestra revolución,
p. 283).
El error radical del VI Congreso de la Internacional Comunista consiste en
que, para salvar la perspectiva pacifista y nacional-reformista de Stalin
y Bujarin, se consagró a formular recetas técnico-revolucionarias
contra el peligro de guerra, separando la lucha contra esta última
de la lucha por el poder.
Los inspiradores del VI Congreso, que no son, en rigor, más que unos
pacifistas llenos de miedo, unos constructores alarmados del socialismo en
un solo país, realizaron una tentativa para eternizar la "neutralización"
de la burguesía con ayuda de la aplicación intensa de los métodos
de "presión". Y como no pueden dejar de reconocer que su
dirección anterior condujo a la derrota de la Revolución en
una serie de países e hizo dar un gran paso atrás a la vanguardia
internacional del proletariado, lo primero que hicieron fue apresurarse a
terminar de un golpe con la "fórmula exagerada" del marxismo
que une indisolublemente el problema de la guerra al problema de la revolución,
y de este modo convirtieron la lucha contra la guerra en un fin en sí.
Para que los partidos nacionales no dejaran pasar la hora decisiva, proclamaron
permanente, inaplazable, inmediato, el peligro de guerra. Todo lo que se hace
en el mundo se hace para la guerra. Ahora la guerra no es ya un instrumento
del régimen burgués, sino que el régimen burgués
es un instrumento de la guerra. Como resultado de ello, la lucha de la Internacional
Comunista contra la guerra se convierte en un sistema de fórmulas rituales
que se repiten automáticamente con cualquier motivo y se desnatan,
haciéndolas perder su fuerza activa. El socialnacional stalinista tiende
a convertir a la Internacional Comunista en un instrumento auxiliar de "presión"
sobre la burguesía.
Es precisamente a esta tendencia, y no al marxismo, a lo que Radek sirve con
su crítica precipitada, poco meditada e incoherente. Después
de perder la brújula, ha ido a parar a una corriente que puede arrastrarlo
a riberas completamente insospechadas.
Alma Ata, octubre de 1928
Epílogo
Las predicciones o temores
expresados en las palabras finales del capítulo anterior se han visto
confirmadas, como es notorio, en el transcurso de unos cuantos meses. La crítica
de la revolución permanente sólo sirvió a Radek de garrocha
para dar el salto de la oposición al campo gubernamental. Nuestro trabajo
atestigua -al menos, así lo creemos- que el paso de Radek al campo
de Stalin no ha sido ninguna novedad para nosotros. Pero hasta la apostasía
tiene sus grados y sus matices de humillación. En su declaración
de arrepentimiento, Radek rehabilita completamente la política china
de Stalin. Con esto, no hace más que descender hasta el fondo de la
traición. Lo único que me queda por hacer es reproducir aquí
un pasaje de mi contestación a la declaración de arrepentimiento
de Radek, Preobrazhensky y Smilga, declaración que es un padrón
ignominioso de cinismo político.
"Como es de rigor en todo fracasado que se respete en algo, el trío
no podía dejar de cubrirse con la idea de la revolución permanente.
Para no hablar de lo más trágico que hay en toda la historia
reciente de la experiencia de la derrota del oportunismo, la revolución
china, el trío de capitulantes se sale del paso con el juramento banal
de que no tiene nada de común con esa teoría de la revolución."
Radek y Smilga sostenían tenazmente la subordinación del Partido
Comunista chino al Kuomintang burgués, y no sólo antes del golpe
de Estado de Chiang Kai-shek, sino también después. Preobrazhensky
mascullaba algo incoherente, como le sucede siempre en las cuestiones políticas.
Cosa notable: todos aquellos que en las filas de la oposición sostenían
la sumisión del Partido Comunista al Kuomintang han abrazado la senda
de la capitulación. Ninguno de los opositores que han permanecido fieles
a su bandera tiene esta tara. Una tara evidentemente ignominiosa. Tres cuartos
de siglo después de la aparición del Manifiesto Comunista, un
cuarto de siglo después del nacimiento del partido de los bolcheviques,
esos desdichados "marxistas" consideraban posible defender la permanencia
de los comunistas en la jaula del Kuomintang. En respuesta a mis acusaciones,
Radek, haciendo ya entonces absolutamente lo mismo que hace hoy en su carta
de arrepentimiento, pretendía intimidarnos con el "aislamiento"
del proletariado con respecto a los campesinos como resultado de la salida
del Partido Comunista del Kuomintang burgués. Poco antes de esto, Radek
calificaba el gobierno de Cantón de gobierno campesino-obrero, ayudando
a Stalin a disimular la subordinación del proletariado a la burguesía.
¿Cómo cubrirse contra estas acciones ignominiosas, contra las
consecuencias de esta ceguera, de esta traición al marxismo? ¿Cómo?
¡Muy fácil, acusando a la teoría de la revolución
permanente!
Radek, que ya desde febrero de 1928 empezaba a buscar pretextos para la capitulación,
adhirióse inmediatamente a la resolución sobre la cuestión
china adoptada en dicho mes por el pleno del Comité ejecutivo de la
Internacional Comunista. Esta resolución declaraba "liquidadores"
a los trotskistas, porque llamaban derrota a la derrota y no se conformaban
con calificar de etapa superior de la revolución china a lo que era
una contrarrevolución. En la resolución mencionada se proclamaba
el rumbo hacia el levantamiento armado y los soviets. Para todo aquel que
esté dotado de un poco de sentido político, aguzado por la experiencia
revolucionaria, aquella resolución aparecía como un modelo de
aventurerismo repugnante e irresponsable. Radek la apoyó. Preobrazhensky
enfocó la cosa no menos inteligentemente; pero desde otro punto de
vista. La revolución china, decía, ha sido aplastada para mucho
tiempo. No es fácil que estalle pronto una nueva revolución.
¿Vale la pena, en este caso, disputar con los centristas a causa de
China? Preobrazhensky me envió extensas misivas sobre este tema. Al
leerlas en Alma Ata, experimenté un sentimiento de vergüenza.
¿Qué es lo que ha aprendido esta gente en la escuela de Lenin?,
me pregunté docenas de veces. Las premisas de Preobrazhensky eran antitéticas
de las de Radek, pero las conclusiones eran las mismas: ambos querían
que Yaroslavsky les abrazara fraternalmente por mediación de Menshinski52
¡oh, en beneficio de la revolución, naturalmente! No son unos
arribistas, no; son, sencillamente, unos hombres impotentes, ideológicamente
vacíos.
Ya en aquel entonces oponía yo a la resolución aventurerista
del Pleno del mes de febrero de 1928 el curso hacia la movilización
de los obreros chinos bajo las consignas de la democracia, incluyendo la de
la Asamblea constituyente. Pero aquí el famoso trío dio un golpe
de barra hacia la extrema izquierda; esto costaba poco y no obligaba a nada.
¿Consignas democráticas? De ningún modo. "Es un
grosero error de Trotsky." Sólo soviets, y ni un uno por ciento
de descuento. Difícilmente cabe imaginarse nada más absurdo
que esta posición, si cabe llamarla así. La consigna de los
soviets para la época de la reacción burguesa es una ficción,
esto es, un escarnio a los soviets; pero aún en la época de
la revolución, o sea en la época de la organización directa
de los soviets, no llegamos a retirar las consignas de la democracia. No las
retiramos hasta que los efectivos soviets, que disponían ya del poder,
chocaron a los ojos de las masas con las instituciones efectivas de la democracia.
Esto es lo que en el lenguaje de Lenin (y no en el del pequeño burgués
Stalin y de sus papagayos) significa: no saltarse la etapa democrática
en el desarrollo del país. Fuera del programa democrático -Asamblea
constituyente; jornada de ocho horas; confiscación de las tierras;
independencia nacional de China; derecho de soberanía para los pueblos
que forman parte de la misma, etc.-; fuera de este programa democrático,
el Partido Comunista chino se halla atado de pies y manos y se ve obligado
a ceder pasivamente el campo a la socialdemocracia china, la cual puede, con
ayuda de Stalin, Radek y compañía, ocupar su sitio.
Por consiguiente, cuando iba a remolque de la oposición, Radek no se
dio cuenta de lo más importante en la revolución china, pues
propugnó la subordinación del Partido Comunista al Kuomintang
burgués. Radek no se dio cuenta de la contrarrevolución china,
sosteniendo después de la aventura de Cantón el rumbo hacia
el levantamiento armado. Radek salta actualmente por encima del período
de contrarrevolución y de lucha por la democracia, saliéndose
del paso con respecto a los fines del período transitorio mediante
la idea abstracta de los soviets fuera del tiempo y del espacio. En cambio,
jura que no tiene nada de común con la revolución permanente.
Es consolador...
... La teoría antimarxista de Stalin-Radek lleva aparejada consigo
la repetición, modificada, pero no mejorada, del experimento del Kuomintang
para China, para la India, para todos los países de Oriente.
Fundándose en la experiencia de las revoluciones rusa y china, en la
doctrina de Marx y Lenin, meditada a la luz de estas revoluciones, la oposición
afirma:
Que la nueva Revolución china sólo podrá derrocar el
régimen existente y entregar el poder a las masas populares bajo la
forma de dictadura del proletariado;
Que la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos -por
oposición a la dictadura del proletariado, que arrastra detrás
de sí a los campesinos y realiza el programa de la democracia- es una
ficción, un autoengaño, o algo peor, una política a lo
Kerensky o a lo Kuomintang.
Que entre el régimen de Kerensky y Chiang Kai-shek de una parte, y
la dictadura del proletariado de otra, no hay ni puede haber ningún
régimen revolucionario intermedio, y que el que propugne esta forma
de transición engaña ignominiosamente a los obreros de Oriente,
preparando nuevas catástrofes.
La oposición dice a los obreros de Oriente: quebrados por las maquinaciones
intestinas del partido, los capitulantes ayudan a Stalin a sembrar la semilla
del centrismo, os tapan los ojos y os cierran los oídos, llenan de
confusión vuestra cabeza. De una parte, os reducen a la impotencia
ante la dictadura burguesa descarada, prohibiéndoos desarrollar la
lucha por la democracia. De otra parte, os trazan la perspectiva de una dictadura
salvadora no proletaria, contribuyendo con ello a una nueva encarnación
del Kuomintang, o sea a los desastres sucesivos de la revolución de
los obreros y campesinos.
Los que os predican esto son unos traidores. ¡Aprended a no darles crédito,
obreros de Oriente; aprended a despreciarlos, aprended a expulsarlos de vuestras
filas!...
¿Qué
es la Revolución Permanente?
(Tesis fundamentales)
Espero que el lector no
tendrá inconveniente alguno en que, como remate a este libro, intente,
sin temor a incurrir en repeticiones, formular de un modo compendiado mis
principales conclusiones.
1. La teoría de la revolución permanente exige en la actualidad
la mayor atención por parte de todo marxista, puesto que el rumbo de
la lucha de clases y de la lucha ideológica ha venido a desplazar de
un modo completo y definitivo la cuestión, sacándola de la esfera
de los recuerdos de antiguas divergencias entre los marxistas rusos para hacerla
versar sobre el carácter, el nexo interno y los métodos de la
revolución internacional en general.
2. Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado,
y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la
revolución permanente significa que, la resolución íntegra
y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional
tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado,
empuñando éste el Poder, como caudillo de la nación oprimida
y, ante todo, de sus masas campesinas.
3. El problema agrario, y con él el problema nacional, asignan a los
campesinos, que constituyen la mayoría aplastante de la población
de los países atrasados, un puesto excepcional en la revolución
democrática. Sin la alianza del proletariado con los campesinos, los
fines de la revolución democrática no sólo no pueden
realizarse, sino que ni siquiera cabe plantearlos seriamente. Sin embargo,
la alianza de estas dos clases no es factible más que luchando irreconciliablemente
contra la influencia de la burguesía liberal-nacional.
4. Sean las que fueren las primeras etapas episódicas de la revolución
en los distintos países, la realización de la alianza revolucionaria
del proletariado con las masas campesinas sólo es concebible bajo la
dirección política de la vanguardia proletaria organizada en
Partido Comunista. Esto significa, a su vez, que la revolución democrática
sólo puede triunfar por medio de la dictadura del proletariado, apoyada
en la alianza con los campesinos y encaminada en primer término a realizar
objetivos de la revolución democrática.
5. Enfocada en su sentido histórico, la vieja consigna bolchevique:
"dictadura democrática del proletariado y de los campesinos",
no quería expresar otra cosa que las relaciones caracterizadas más
arriba, entre el proletariado, los campesinos y la burguesía liberal.
Esto ha sido demostrado por la experiencia de Octubre. Pero la vieja fórmula
de Lenin no resolvía de antemano cuáles serían las relaciones
políticas recíprocas del proletariado y de los campesinos en
el interior del bloque revolucionario. En otros términos, la fórmula
se asignaba conscientemente, un cierto carácter algebraico, que debía
ceder el sitio a unidades aritméticas más concretas en el proceso
de la experiencia histórica. Sin embargo, esta última ha demostrado,
y en condiciones que excluyen toda torcida interpretación, que, por
grande que sea el papel revolucionario de los campesinos, no puede ser nunca
autónomo ni, con mayor motivo, dirigente. El campesino sigue al obrero
o al burgués. Esto significa que la "dictadura democrática
del proletariado y de los campesinos" sólo es concebible como
dictadura del proletariado arrastrando tras de sí a las masas campesinas.
6. La dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, en
calidad de régimen distinto por su contenido de clase a la dictadura
del proletariado, sólo sería realizable en el caso de que fuera
posible un partido revolucionario independiente que encarnara los intereses
de los campesinos y la democracia pequeño burguesa en general, un partido
capaz, con el apoyo del proletariado, de adueñarse del Poder y de implantar
desde él su programa revolucionario. Como lo atestigua la experiencia
de toda la historia contemporánea, y sobre todo, la de Rusia durante
el último cuarto de siglo, constituye un obstáculo invencible
en el camino de la creación de un partido campesino la ausencia de
independencia económica y política de la pequeña burguesía
y su profunda diferenciación interna, como consecuencia de la cual
las capas superiores de la pequeña burguesía (de los campesinos)
en todos los casos decisivos, sobre todo en la guerra y la revolución,
van con la gran burguesía, y las inferiores con el proletariado, obligando
con ello al sector intermedio a elegir entre los polos extremos. Entre el
kerenskismo y el Poder bolchevique, entre el Kuomintang y la dictadura del
proletariado, no cabe ni puede caber posibilidad intermedia, es decir, una
dictadura democrática de los obreros y campesinos.
7. La tendencia de la Internacional Comunista a imponer actualmente a los
pueblos orientales la consigna de la dictadura democrática del proletariado
y de los campesinos, superada definitivamente desde hace tiempo por la historia,
no puede tener más que un carácter reaccionario. Por cuanto
esta consigna se opone a la dictadura del proletariado, políticamente
contribuye a la disolución de este último en las masas pequeño
burguesas y crea de este modo las condiciones más favorables para la
hegemonía de la burguesía nacional, y por consiguiente, para
el fracaso de la revolución democrática. La incorporación
de esta consigna al Programa de la Internacional Comunista representa ya de
suyo una traición directa contra el marxismo y las tradiciones bolcheviques
de Octubre.
8. La dictadura del proletariado, que sube al poder en calidad de caudillo
de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente,
al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del
derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se
transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente.
9. La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento
de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación
socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el
terreno nacional e internacional. En las condiciones de predominio decisivo
del régimen capitalista en la palestra mundial, esta lucha tiene que
conducir inevitablemente a explosiones de guerra interna, es decir, civil,
y exterior, revolucionaria. En esto consiste el carácter permanente
de la revolución socialista como tal, independientemente del hecho
de que se trate de un país atrasado, que haya realizado ayer todavía
su transformación democrática, o de un viejo país capitalista
que haya pasado por una larga época de democracia y parlamentarismo.
10. El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de
las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales
de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas
creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado
nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte,
y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución
socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional
y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución
socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio
de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria
definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.
11. El esquema de desarrollo de la revolución mundial, tal como queda
trazado, elimina el problema de la distinción entre países "maduros"
y "no maduros" para el socialismo, en el sentido de la clasificación
muerta y pedante que establece el actual programa de la Internacional Comunista.
El capitalismo, al crear un mercado mundial, una división mundial del
trabajo y fuerzas productivas mundiales, se encarga por sí solo de
preparar la economía mundial en su conjunto para la transformación
socialista.
Este proceso de transformación se realizará con distinto ritmo
según los distintos países. En determinadas condiciones, los
países atrasados pueden llegar a la dictadura del proletariado antes
que los avanzados, pero más tarde que ellos al socialismo.
Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aún
insuficientemente preparado para agrupar en torno suyo a los campesinos y
conquistar el poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta
el fin la revolución democrática. Por el contrario, en un país
cuyo proletariado haya llegado al poder como resultado de la revolución
democrática, el destino ulterior de la dictadura y del socialismo dependerá,
en último término, no tanto de las fuerzas productivas nacionales
como del desarrollo de la revolución socialista internacional.
12. La teoría del socialismo en un solo país, que ha surgido
como consecuencia de la reacción contra el movimiento de Octubre, es
la única teoría que se opone de un modo consecuente y definitivo
a la de la revolución permanente.
La tentativa de los epígonos, compelidos por los golpes de la crítica,
de limitar a Rusia la aplicación de la teoría del socialismo
en un solo país en vista de las peculiaridades (extensión y
riquezas naturales) de esta nación, no mejora, sino que empeora las
cosas. La ruptura con la posición internacional conduce siempre, inevitablemente,
al mesianismo nacional, esto es, al reconocimiento de ventajas y cualidades
inherentes al propio país susceptibles de permitir a éste desempeñar
un papel inasequible a los demás.
La división mundial del trabajo, la subordinación de la industria
soviética a la técnica extranjera, la dependencia de las fuerzas
productivas de los países avanzados de Europa respecto a las materias
primas asiáticas, etc., hacen imposible la edificación de una
sociedad socialista independiente en ningún país del mundo.
13. La teoría de Stalin-Bujarin no sólo opone mecánicamente,
contra toda la experiencia de las revoluciones rusas, la revolución
democrática a la socialista, sino que divorcia, la revolución
nacional de la internacional.
A las revoluciones de los países atrasados les asigna como fin la instauración
de un régimen irrealizable de dictadura democrática que contrapone
a la dictadura del proletariado. Con ello introduce ilusiones y ficciones
en la política, paraliza la lucha del proletariado por el Poder en
Oriente y retrasa la victoria de las revoluciones coloniales.
Desde el punto de vista de la teoría de los epígonos, el hecho
de que el proletariado conquiste el poder implica el triunfo de la revolución
("en sus nueve décimas partes", según la fórmula
de Stalin) y la iniciación de la época de las reformas nacionales.
La teoría de la evolución del kulak hacia el socialismo53 y
de la "neutralización" de la burguesía mundial, son,
por este motivo, inseparables de la teoría del socialismo en un solo
país. Estas teorías aparecen juntas y juntas caen.
La teoría del nacional-socialismo reduce a la Internacional Comunista
a la categoría de instrumento auxiliar para la lucha contra la intervención
militar. La política actual de la Internacional Comunista, su régimen
y la selección del personal dirigente de la misma responden plenamente
a esta reducción de la Internacional al papel de destacamento auxiliar,
no destinado a la resolución de tareas independientes.
14. El programa de la Internacional Comunista, elaborado por Bujarin, es ecléctico
hasta la médula. Dicho programa representa una tentativa estéril
para conciliar la teoría del socialismo en un solo país con
el internacionalismo marxista, el cual, por su parte, es inseparable del carácter
permanente de la revolución internacional. La lucha de la oposición
comunista de izquierda por una política justa y un régimen saludable
en la Internacional Comunista está íntimamente ligada a la lucha
por el programa marxista. La cuestión del programa es, a su vez, inseparable
de la cuestión de las dos teorías opuestas: la de la revolución
permanente y la del socialismo en un solo país. Desde hace mucho tiempo,
el problema de la revolución permanente ha rebasado las divergencias
episódicas, completamente superadas por la historia, entre Lenin y
Trotsky. La lucha está entablada entre las ideas fundamentales de Marx
y Lenin de una parte, y el eclecticismo de los centristas, de otra.
NOTAS
1. Tomado de
la versión publicada en La revolución permanente, León
Trotsky, Editorial Cenit, Madrid, 1931. La traducción del ruso fue
realizada por Andrés Nin. Las notas seguidas de (L. T.) son del propio
León Trotsky; las notas seguidas de (NdT) son de Andrés Nin.
Hemos realizado algunas modificaciones a la traducción, en base a la
versión publicada en The permanent revolution-Results and Prospects,
New Park Publications, Londres, 1962.
2. Ver el primer punto de la Crítica al programa de la IC en la pág.
283 de esta edición.
3. Este discurso, pronunciado el 6 de mayo de 1929, no se publicó hasta
principios de 1930, en circunstancias que venían a darle una especie
de carácter programático. (L.T).
4. Haciendas soviéticas,
explotadas directamente por el Estado (NdT).
5. Explotaciones colectivas (NdT).
6. Campesinos acomodados (NdT).
7. Guesde, Jules (1845-1922):
fue fundador del movimiento marxista francés, pero en la Primera Guerra
Mundial apoyó la participación de Francia en la guerra y pasó
a formar parte del gabinete de guerra.
8. XV Congreso del PCUS:
se realizó en diciembre de 1927.
9. Thalheimer, August (1884-1952):
socialdemócrata alemán, colaborador de Luxemburgo en la Liga
Espartaco. Dirigente del PC y editor de su órgano La bandera roja.
Expulsado, formó parte de la Oposición de Derecha.
10. Esta profecía
se ha cumplido ya (L.T.).
11. Ver pág. 59
de esta edición.
12. Seudónimo de Leo Yogische (ver Ioguiches en Breves Notas Biográficas),
militante socialdemócrata de izquierda, polaco, gran organizador, uno
de los fundadores del Partido Comunista alemán, asesinado por la policía
en Berlín en 1918 (NdT).
13. Ver pág. 27
de esta edición.
14. Es cierto que en 1909 Lenin cita mis Resultados y perspectivas en un articulo
polémico contra Martov. Sin embargo, no sería difícil
demostrar que Lenin toma estas citas de segunda mano, esto es, del propio
Martov. Sólo así se pueden explicar algunas de las objeciones
que me hace y que se fundan en un equívoco evidente.
En 1919, una editorial soviética publicó en folleto mi Resultados
y perspectivas. A esa misma época aproximadamente corresponde la nota
a las obras de Lenin, que dice que la teoría de la revolución
permanente ha adquirido una significación especial "ahora",
después de la Revolución de Octubre. ¿Leyó Lenin
en 1909 mi Resultados y perspectivas, o les dio aunque no fuera más
que un vistazo? No puedo decirlo. Yo, por entonces, me hallaba constantemente
viajando de un sitio a otro, hacía sólo rápidas visitas
a Moscú, y en mis entrevistas con Lenin -en momentos en que la guerra
civil se hallaba en su apogeo- teníamos más que hacer que dedicarnos
a recordar las viejas discusiones teóricas intestinas. Pero precisamente
en aquel período. A. A. Joffé, como lo relata éste en
la carta que me escribió antes de morir (véase Mi vida, p. 563-564)
tuvo una conversación con Lenin sobre la teoría de la revolución
permanente. ¿Se puede interpretar la declaración de A. A. Joffé
en el sentido de que Lenin hubiese leído por vez primera en 1919 mi
Resultados y perspectivas y reconociese que la previsión histórica
contenida en dicho trabajo era acertada? Nada puedo decir a este respecto,
como no sea limitarme a conjeturas psicológicas cuya fuerza persuasiva
depende del juicio que se tenga sobre el fondo de la cuestión debatida.
Las palabras de A. A. Joffé, según las cuales Lenin reconoció
que mi previsión era acertada, parecerán incomprensibles al
hombre educado en esa margarina teórica de la época posleninista.
Al revés, quien reflexione sobre el desarrollo efectivo del pensamiento
de Lenin en relación con el desarrollo de la revolución misma,
comprenderá que aquél, que nunca había examinado mi posición
en su conjunto, sino que lo había hecho de paso, a veces de un modo
evidentemente contradictorio, basándose en extractos aislados, debía,
no podía por menos, apreciar de otro modo en 1919 la teoría
de la revolución permanente.
Para reconocer en 1919 que mi previsión era acertada, Lenin no tenía
necesidad alguna de oponer mi posición a la suya. Le bastaba tomar
ambas posiciones en su desenvolvimiento histórico. No hay por qué
repetir aquí que el contenido concreto que Lenin daba cada vez a su
fórmula de la "dictadura democrática" y que se desprendía
no tanto de esta fórmula hipotética cuanto del análisis
de las modificaciones reales en la correlación de las clases, que este
contenido táctico y de organización ha entrado a formar parte
para siempre del arsenal de la historia como modelo clásico de realismo
revolucionario. Casi en todos aquellos casos, por lo menos en los más
importantes, en que desde el punto de vista táctico o de organización
mi punto de vista era opuesto al de Lenin, la razón estaba de su parte.
Precisamente por esto no veía ningún interés en defender
mi antigua previsión histórica mientras podía parecer
que no se trataba más que de recuerdos históricos. Sólo
me he visto obligado a volver sobre el asunto en el momento en que la crítica
de la teoría de la revolución permanente, hecha por los epígonos,
no sólo alimenta la reacción teórica en toda la Internacional,
sino que se convierte en un instrumento directo de sabotaje de la Revolución
china (L.T.)].
15. Ver pág. 35
de esta edición.
16. Ver pág. 267
de esta edición.
17. Martinov, menchevique
acérrimo durante largos años, ingresó en el partido bolchevique
en 1923, precisamente en el período en que se inicia la reacción
contra las tradiciones de Octubre. (NdT). (Ver Breves Notas Biográficas)
18. Líder de la socialdemocracia finlandesa, actualmente secretario
de la Internacional Comunista, que, con su política oportunista, determinó
el fracaso de la revolución proletaria en su país. (NdT). (Ver
Breves Notas Biográficas)
19. En 1917, Cachin era un socialpatriota ardiente, que después de
la Revolución de Febrero fue a Rusia, acompañando a Albert Thomas
y a Moutet, para predicar a los obreros y campesinos rusos la necesidad de
continuar "hasta el fin victorioso la guerra por la libertad y el derecho".
(NdT). (Ver Breves Notas Biográficas)
20. Actual secretario general del Partido Comunista Alemán, completamente
inédito en 1917. (NdT) (Ver Breves Notas Biográficas)
21. Líder del Partido Comunista checoslovaco, social patriota durante
la guerra, y uno de los representantes más típicos del oportunismo
de la Internacional. Gracias a su influencia ideológica, se ha podido
decir irónicamente que el mejor partido socialdemócrata del
mundo era el Partido Comunista checoslovaco. (NdT)
22. Como es sabido, la
extensa acta de esta histórica sesión fue suprimida, por orden
especial de Stalin, del libro del Jubileo y sigue ocultándose al Partido
hasta ahora. (L.T.)
23.Pokrovsky, M. N. (1868-1932): historiador, en el partido en 1905, en la
emigración de 1908 a 1917, miembro del grupo Vpériod. Vice comisario
de educación, ataca a Trotsky en el período 1923-1927. Condenado
post morten como "antimarxista".
24. Esto es, adversario del partido de los K.D. (constitucionalistas demócratas).
(NdT)
25. Recordaré que
en el VII Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista
grité a Bujarin, que echaba mano de los mismos extractos empleados
ahora por Radek: "¡Pero en Lenin hay otros textos completamente
opuestos!" Después de un breve momento de confusión, Bujarin
contestó: "Ya lo sé, ya lo sé; pero tomo lo que
me conviene a mí y no lo que le conviene a usted." ¡Tal
es el ingenio de ese teórico! (L.T.)
26. Alusión a la
situación inestable de Lunacharsky en su cargo de comisario de Instrucción
pública, del cual fue, en efecto, destituido en 1930. (NdT).
27. Uno de los fundadores de la socialdemocracia rusa, que se pasó
al liberalismo burgués y es actualmente monárquico de extrema
derecha. (NdT). (Ver Breves Notas Biográficas)
28. Hay que recordar que, en aquel período, Parvus se hallaba situado
en la extrema izquierda del marxismo internacional. (L.T.)
Parvus era un socialdemócrata ruso emigrado en Alemania, donde tomó
una participación activa en el movimiento socialista. Volvió
a Rusia en 1905. Durante la guerra fue agente del imperialismo alemán.
Murió en 1924. (NdT). (Ver Breves Notas Biográficas)
29.
Trudoviki, representantes de los campesinos en las cuatro Dumas, que oscilaban
constantemente entre los kadetes (liberales) y los socialdemócratas.
(L.T.)
30. Este extracto, entre otros cien, atestigua, digámoslo de paso,
que yo adivinaba ya la existencia de los campesinos y la importancia de la
cuestión agraria en vísperas de la Revolución de 1905,
esto es, un poco antes de que empezaran a hacerme comprender la importancia
de los campesinos los Maslow, Thalheimer, Thaelmann, Remmele, Cachin, Monmousseau,
Bela Kun, Pepper, Kuussinen y otros sociólogos marxistas. (L.T.)
31. En la Conferencia de
1909, Lenin propuso la fórmula: "el proletariado conduciendo tras
de sí a los campesinos"; pero acabó adhiriéndose
a la fórmula de los socialdemócratas polacos, que reunió
la mayoría de votos contra los mencheviques. (NdT).
32. El "Instituto
Lenin" de Moscú publicaba periódicamente Antologías
leninistas (Leninski Sbórniki), en las que reúne trabajos inéditos
de Lenin o relacionados con su actividad. (NdT).
33. Primer Congreso bolchevique
o III del partido: se celebra en 1905 en Londres, lleva el nombre III Congreso
del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, a pesar de estar compuesto
en su totalidad por bolcheviques.
34. Ver el extracto del
discurso de Trotsky en este Congreso en la pág. 126. de esta edición.
35. ¿Están
de acuerdo con esto los críticos trasnochados de la revolución
permanente? ¿Están dispuestos a hacer extensiva esta tesis a
los países de Oriente: a la China, a la India, etc.? ¿Sí
o no? (L.T.).
36. Secretario de la Comisión
de control del partido. (L.T.). (Ver Breves Notas Biográficas)
37. Presidente de la Comisión de control hasta hace poco. Actualmente
es presidente del Consejo superior de la Economía nacional. (NdT).
(Ver Breves Notas Biográficas)
38. Sémard, Pierre
(1887-1942): ferroviario, militante de la CGT, adhirió al PC en 1921,
fue miembro del Comité director del congreso de Lyon en enero de 1924,
luego del V Congreso de la IC, secretario general. Fue después de 1923
miembro del presidium del ejecutivo de la IC.
39. Uno de los ex líderes
del "Bund", partido socialdemócrata judío de tendencia
nacionalista y menchevista. Hasta principios de 1928, Rafes fue uno de los
directores de la política de la Internacional Comunista en China. (NdT).
(Ver Breves Notas Biográficas.
40. El Bolchevique, revista quincenal que aparece en Moscú. (NdT).
41. El poder del gobierno
provisional y el de los soviets durante el período comprendido entre
la Revolución de Febrero y la de Octubre. (NdT).
42. Recientemente,Yakovlev fue nombrado Comisario del pueblo para Agricultura.
(L.T.).
43. Extracto del acta de la reunión celebrada por la oficina de organización
del Comité Central el 22 de mayo de 1922: "Dar el encargo al compañero
Yakovlev de escribir, bajo la redacción del compañero".
(L.T.)
44. El 3 de junio de 1907, Stolipin disolvió la segunda Duma, acto
que fue expresión del triunfo temporal de la autocracia. (NdT).
45. Krenstinsky, N. (1883-1938): militante bolchevique desde 1903, vice comisario
de asuntos extranjeros, luego embajador en Berlín en 1921. Renunció
a la Oposición inmediatamente después del XV Congreso. Ejecutado
en marzo de 1938 en el tercer Juicio de Moscú.
46. Roy, Manabenbra Nath (1887-1954): de origen indio, se unió a la
IC en 1919. Representó a la Comintern en China (mayo de 1927). Simpatizante
de la Oposición de Derecha Rusa, fue expulsado de la Comintern en 1929.
47. Traducción aproximada de la palabra rusa ivostism, que se aplicaba
a los que "siguen" a otras fuerzas políticas o van a la zaga
de las mismas. (NdT).
48. Chiang Kai-shek, jefe del Kuomintang de derecha. Wan Tin-wei, jefe del
Kuomintang de izquierda. Tan Pin-sian, ministro comunista, que realizó
en China la política de Stalin-Bujarin. (L.T.).
49. Pilsudsky, J. (1867-1935): el dirigente del Partido Socialista Polaco
después de la Primera Guerra Mundial, cuando Polonia fue declarada
Estado independiente por los Aliados, llegó a la jefatura del gobierno
mediante un golpe de Estado. Siendo gobernante de Polonia, actuó como
agente ejecutor del imperialismo francés.
50. PPS, iniciales del Partido Socialista polaco (Daszinski y Cía.).
(L.T)
51. Bela Kun (1886-1939): uno de los dirigentes de la revolución húngara
de 1919, dirigió la República Soviética Húngara,
de corta duración. Se trasladó a Moscú y fue funcionario
de la Comitern, con una inclinación hacia el ultraizquierdismo. Rabioso
anti-trotskista desde el III Congreso. Según se informa, fue fusilado
por el régimen stalinista durante la purga de los exiliados comunistas,
a fines de la década del 30.
52. Presidente de la GPU (NdT). (Ver Breves Notas Biográficas)
53. En el período de florecimiento de la política derechista
sostenida por el bloque del centro y de la derecha, Bujarin, teorizante de
dicho bloque, lanzaba a los campesinos la consigna "¡enriqueceos!",
y entendía que, en las condiciones creadas por la economía soviética,
el kulak, en vez de evolucionar hacia el capitalismo, evolucionaba "pacíficamente"
hacia el socialismo. Esta fue la política oficial del partido desde
1924 hasta principios de 1928, cuando el kulak, al declarar la "huelga
del trigo", hizo ver a los dirigentes del partido que continuaba la lucha
de clases en el campo. (NdT).